abril de 2026

La Semana Santa y el Cine (y V)

La Pasión de Cristo en el cine de animación

La representación de la Pasión de Cristo en el cine de animación constituye un terreno fascinante y poco explorado que, a diferencia de las versiones en acción real —como la cruda y visceral interpretación de Mel Gibson—, permite explorar el simbolismo, la espiritualidad y la narrativa histórica con una sensibilidad distinta, haciéndola accesible a públicos diversos. Esta capacidad de adaptación se manifiesta de forma magistral en obras como The Miracle Maker (El hombre que hacía milagros), considerada el gold standard del género. Esta producción ruso-galesa del año 2000, dirigida por Stanislav Sokolov y Derek Hayek, destaca por una técnica mixta donde el stop-motion (con marionetas de plastilina) se utiliza para representar el mundo real, mientras que la animación tradicional 2D se reserva para las parábolas, recuerdos y visiones espirituales. Su impacto radica en una representación de la crucifixión profundamente conmovedora que no necesita caer en el gore gratuito, enfocándose más en la humanidad y el sacrificio de Jesús (doblado por el actor Ralph Fiennes).

Otras propuestas han buscado ángulos narrativos muy distintos, como es el caso de El León de Judá (2011), enfocada a un público infantil y familiar al contar los eventos de la Pascua a través de los ojos de animales de establo. Asimismo, la animación ha permitido revisitar clásicos como Ben-Hur (2003), donde la voz de Charlton Heston —que en su encarnación del protagonista en la célebre producción de William Wyler fue premiado con el Óscar al mejor actor— guía una historia que muestra cómo el encuentro con Jesús camino al Calvario transforma el odio en perdón.

En el ámbito televisivo, este lenguaje ha sido el vehículo más recurrente, con ejemplos que van desde la calidad técnica en CGI de la versión moderna de SuperlibroLa vida de Jesús (2011)— hasta el tono educativo de la serie de animé japonesa La Casa Voladora (1982) —producida y dirigida por Masakazu Higuchi y Mineo Fuji, de Tatsunoko Production— y la fidelidad histórica de Animated Stories from the New Testament (1987-2005), dirigida por Richard Rich.

La elección de la animación para este relato sagrado ofrece ciertas ventajas frente al cine “convencional”: tiene una libertad creativa para representar conceptos abstractos como el pecado o lo divino, facilita que los niños comprendan la importancia del relato sin el impacto traumático de la violencia física extrema y permite una universalidad donde el estilo artístico se adapta a diversas sensibilidades estéticas. En este sentido, se establece un diálogo de complementariedad con el cine de actores de carne y hueso.

Mientras que el cine de acción real suele buscar el impacto físico, la biología del dolor y la empatía a través de la “neurona espejo” ante el sufrimiento humano, la animación se inclina hacia lo simbólico. Utiliza la metáfora visual, como cambios en la paleta de colores o sombras alargadas, para expresar la agonía espiritual, permitiendo que el espectador reflexione sobre el significado del acto más que en el trauma de la herida.

Este diálogo entre lenguajes se profundiza mediante el uso de la técnica mixta como puente hacia lo sobrenatural. Donde el cine de carne y hueso encuentra sus límites en los efectos especiales para representar milagros o tentaciones, la animación ofrece una libertad absoluta, marcando una frontera clara entre lo terrenal y lo divino que el cine de actores a veces no logra separar con tanta elegancia. Además, la animación suele desplazar el punto de vista hacia testigos secundarios, creando un diálogo pedagógico que invita al espectador a descubrir a Jesús de forma periférica, a diferencia del cine de actores que a menudo busca un diálogo íntimo y místico poniendo la cámara directamente en el rostro de Cristo.

Un punto crítico en este intercambio es la “desacralización” del actor. En el cine de carne y hueso, el intérprete siempre corre el riesgo de sustituir la imagen mental de Jesús en el espectador: siempre tenemos la sensación de que el rostro del Hijo de Dios no es “ese”; sin embargo, la animación mantiene una distancia iconográfica. No se percibe a un hombre disfrazado, sino un símbolo artístico de la divinidad, lo que permite un diálogo puramente espiritual y menos centrado en la fama del actor.

Dentro de estas técnicas, el stop-motion es la que mejor interpela a la realidad, situándose en un limbo entre lo vivo y lo inanimado para replicar una “materialidad espiritual”. Al ver figuras de arcilla o tela, el espectador percibe objetos reales sujetos a la gravedad, cuyas pequeñas imperfecciones y texturas rugosas aportan una fragilidad humana que hace a la figura de Jesús vulnerable y cercana, pero a la vez sagrada. Es por ello que producciones como The Miracle Maker pueden resultar más impactantes que películas de gran presupuesto, pues el cerebro realiza una conexión simbólica profunda al presenciar a la creación misma sufriendo por su creador.

Finalmente, el stop-motion permite una percepción del tiempo suspendido. Cada segundo requiere veinticuatro fotografías de un objeto manipulado por manos humanas, trasladando a la pantalla una pesadez e intención que refuerza la solemnidad del relato; así, la crucifixión no es solo un suceso, sino una “escultura que sufre”. Esta técnica supera el “valle inquietante” del CGI al crear una distancia estética segura donde el espectador proyecta su propia fe sobre la materia, similar a ver una talla barroca cobrando vida. Bajo un control absoluto de la luz, se crean atmósferas de claroscuro inspiradas en Caravaggio que dotan al ambiente de una angustia física palpable.

Algo parecido ya había ensayado el cineasta granadino José Valdelomar —exponente visual de la Generación del 27— en su película experimental Fuego en Castilla (1958), donde transformó la percepción del arte sacro con su concepto de la “Vibración de la Estela”: por medio de la técnica que él denominó “táctil-visión” consiguió “despertar” a las esculturas de Juan de Juni, Alonso Berruguete y Gregorio Fernández del Museo Nacional de Escultura de Valladolid; mediante luces que parpadeaban y se movían de forma rítmica lograba que las tallas de madera parecieran respirar, sufrir o moverse y al desplazar la fuente de luz, las sombras proyectadas creaban una sensación de relieve y volumen que el ojo humano no percibe de forma estática. Esta técnica de “animación” enfatizaba el patetismo y el dolor del barroco castellano, convirtiendo las imágenes en una experiencia casi hipnótica. Valdelomar fue un visionario que buscaba expandir los límites de la pantalla en una experiencia inmersiva. En esta película aplicó el sistema aformatado, con el que intentaba romper el marco rígido del cine tradicional para que la imagen se desbordara hacia los muros y el techo de la sala. Asimismo, hizo uso del sonido diafónico y envolvente (antecedente del sistema sorround) que buscaba que el espectador no solo viera, sino que “sintiera” la película a través de los contrastes auditivos abriendo paso a la tridimensionalidad acústica (para ello su banda sonora contó con el “rugido” de las castañuelas de Vicente Escudero, el gran renovador del baile flamenco: cuando la luz iluminaba violentamente una de las esculturas de la imaginería barroca, el golpe del crótalo del bailaor —con su “ritmo de fuego”— subrayaba esa “herida” visual).

Para cerrar estos breves apuntes sobre el cine de animación, tenemos que referirnos al filme El rey de reyes, que el año pasado se estrenó en diciembre y cuyo éxito viene a hablarnos de la buena salud de la que goza este tipo de cine a la hora de abordar el tema que nos ocupa. La película narra la vida de Jesús desde su nacimiento hasta su resurrección. Dirigida por el cineasta surcoreano Seong-ho Jan, la obra se adentra en la historia del Hijo de Dios a través de un viaje imaginario en el que un niño, Walter, presencia milagros, sacrificios y tentaciones, hasta descubrir el poder de la fe y el perdón. El guion se inspira libremente en el libro infantil The Life of Our Lord (La vida de nuestro Señor), de Charles Dickens, con fragmentos de la Biblia de las epístolas de Mateo y Lucas tomados del Nuevo Testamento. Como curiosidad cabe recordar que el relato del escritor británico no pudo publicarse hasta los primeros años de la década de 1930. El propio autor se negó a autorizar su difusión hasta la muerte del último de sus hijos, puesto que lo había escrito pensando en ellos y en su educación personal. Todo esto le otorga a la película un plus de interés y originalidad.

En suma, estamos ante un tipo de cine —el, a veces subestimado, cine de animación— que cuenta con los suficientes recursos y medios para acercarnos con solvencia y belleza a “la historia más grande jamás contada”. Permítanme un consejo: acérquense a él, aunque no tengan hijos ni sobrinos.

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