abril de 2026

«Hermética: la tradición perdida de Occidente», de Sandra Chaparro

Hermética: la tradición perdida de Occidente
Sandra Chaparro

Amazon, 2026
163 páginas

Combate por un antiguo saber perdido

Hermética: la tradición perdida de Occidente, de la historiadora Sandra Chaparro, da noticia de la gesta alejandrina que fundió la filosofía natural griega con la cosmogonía egipcia

Cuando el Pontífice cristiano Alejandro VI Borgia (1431-1503), ordenó decorar los aposentos papales romanos con figuras de Osisis y del buey Apis, símbolos de la cosmogonía egipcia, no incurrió en herejía alguna. Simplemente, su docto capricho obedecía a la exaltación y reconocimiento del pasado hermético cristiano. Mediante la fusión de la filosofía natural griega con el saber antiguo del Alto Egipto acuñado en Menfis y Alejandría, su feraz mixtura había dado sentido e inspirado buena parte del horizonte pensante, no solo el del cristianismo primitivo, sino también aquel que conectaba, a lo largo de la Edad Media, con el Renacimiento mismo, mecenado por el propio Rodrigo Borgia. Así lo cuenta con grata amenidad la historiadora de las Ideas, traductora y novelista (*) Sandra Chaparro Martínez, en su obra Hermética: la tradición perdida de Occidente, autoeditada y de reciente publicación.

El eco hallado en el Vaticano por aquella fértil fusión de horizontes, evocando el decir de Hans-Georg Gadamer, procedía de la caída del Imperio Romano de Oriente, tras la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453. Fue entonces cuando el temor a la persecución puso en fuga a un puñado de pensadores cristiano-bizantinos, que accedieron a Venecia, Milán, Génova y Florencia provistos de las traducciones propias y árabes de los herméticos primitivos y griegos, amén de sus propias bibliotecas; merced a tal ajuar, los huídos, como Gemisto Plethon, nunca perdieron el hilo que vinculaba su saber con el de sus ancestros alejandrinos, fogueados durante el esplendor helenístico de los dinastas Ptolomeos, sucesores de Alejandro el Grande desde la ciudad portuaria que lleva su nombre; ancestros herederos, a su vez, de un legado pensante que se remontaba a 3.000 años antes de nuestra era, encarnado en Imhotep, (2.690 y 2610 a.C.).

Medidores del Tiempo

Sacerdote de la Corte del faraón Zóser y morador de Iunu, Heliópolis, ciudad solar del Alto Egipto, Imhotep y sus pares rendían culto a los dioses midiendo el tiempo. Creían así mantener incesante el curso del Universo, cuenta la autora. Los sacerdotes faraónicos, embutidos en sus ropajes talares, observaban el firmamento encaramados en zigurats y altas terrazas durante las noches estrelladas. Allí, en el confín del océano primordial, los observadores rituales ubicaban la transformación de la estrella Sirio en el pájaro Bennu, el rastro de cuyo vuelo seguido por el Sol en su majestuoso despliegue avanzante, originó con su lumbre toda manifestación de vida, de materia tanto orgánica como inorgánica, animal, planta, piedra, mineral, viento…

Con una exquisita prosa, salpimentada con un armonioso aluvión de datos, citas y rasgos históricos, la autora va desgranando el discurrir del saber antiguo, fertilizado por la presencia en Alejandría de pitagóricos y platónicos. Establece que, en su mundo circular, en retorno perenne, los egipcios integraban el submundo de la muerte como prosecución del existir. Faraones y sacerdotes versaban así sus vidas hacia las fuentes del Conocimiento para hacer grata la existencia de la grey.

El contacto permanente con lo primordial, explica la autora, generaba una renovación cósmica de la energía del sistema así creado, dando a luz un nuevo orden social unificado, que imitaba la estructura centralizada del Universo. De tal constructo resultaba la armonía del mundo cósmico con el mundo natural, fundamento de toda felicidad. Sin embargo, la eternidad del cosmos dependía del equilibrio de los contrarios, en un proceso en el que el ser humano participaba activamente.

Conceptos troncales, que abarcaban desde el de Magna Mater, cuya estela abarca desde la figura de Isis hasta los días del cristianismo mariano, coexistirán en el relato de Sandra Chaparro con otros de profunda enjundia social. Es el caso de Maat, un dispositivo ideológico y moral, político pues, macerado genialmente por el saber antiguo de los egipcios: lo fundamentaron sobre la solidaridad vertical de una sociedad capaz de reemplazar el caos por una forma suprema de armonía fruto de su alineamiento con el orden divino de la Naturaleza. Teologizada, pues, quedaba así la Política.

Potencial pedagógico

Pertrechada de un potencial pedagógico casi perdido en las Universidades de nuestros días, la autora consigue despejar tanta tiniebla proyectada sobre aquellos escenarios devastados por la ignorancia premeditada, incapaz de acceder a la excelencia racional de la viva pasión que el hermetismo acuñaba.

Aquellos saberes atesorados por los herméticos, desde los Oráculos caldeos hasta el Corpus hermeticum atribuido a Hermes Trismegisto, arcana encarnación trinitaria, dieron cuenta del ánima que, al decir de los antiguos, yace en el magnificente interior de nuestro mundo. Fue la tóxica cerrazón de la intolerancia, contra la que este libro pugna con brío, benevolencia y lucidez, la que causó el asesinato de Hipatia, dechado de saber y orgullo femenino de la mejor Alejandría, lapidada y despedazada por las soflamas incendiarias del obispo Cirilo de Alejandría, vergonzosamente santificado por una Iglesia cristiana a la sazón fanatizada.

La figura de Boecio (425-525 d.C.) que asumió la gesta de transmitir la sabiduría hermética al Occidente latino, cobra aquí su elevada estatura al haber armonizado la Providencia divina con el libre albedrío humano, empeño al cual Isidoro de Sevilla agregó una excelsa contribución filológica, semiótica llave de la futura mentalidad simbólica que acreditaría la Lingüística.

La denostada Edad Media, maltratada sin piedad por los mentores más triviales de la luego fértil Ilustración, refulge en el texto reseñado, ya que, dentro de las limitaciones de aquella era, que la autora remarca. No bien afirma que fue capaz de incoarse el legado hermético mediante figuras de la talla de Bernardo de Claraval o Hildegarda de Bingen, merced también a Poggio Bracciolini, preclaro buhonero recolector de libros antiguos por claustros helvéticos y germanos como los del monasterio de Fulda. Allí se acopió el saber hermético de siglos, convenientemente cristianizado en la Alta Edad Media por los denominados Padres de la iglesia.

Gracias a ellos, a sus lecturas y reflexiones, Nicolás de Cusa, o Pico de la Mirandola, pudieron establecer nexos de aquel añejo saber con numerosos ámbitos, incluso con la Cábala hebrea, dando paso a la reivindicación pagana de Niccolo Maquiavelo, que la autora, historiadora de las Ideas, ha tratado en otras ocasiones. Y lo hizo al igual que el providencialismo, doctrina que guio los pasos de monarcas españoles y europeos durante los siglos XVI y XVII, cuyo exponente lo fue Juan de Nieremberg, asesor áulico de los Austrias españoles, estudiado por la autora en su tesis doctoral Providencia (Biblioteca Comillas, 2012).

La invitación a la reflexión es, por mor de este libro, una grata constante. Lejos de la apología, con bisturí crítico la autora descubre que dentro de aquel fascinante mundo, unificado y centralizado en torno al Uno primordial de los Antiguos, yacía ya la diversidad que acabaría por arrumbarlo. Tras recibir –y remontar– los embates del desencantado racionalismo escolástico, sería sorprendentemente la alquimia, satanizada por la incomprensión que subsume su función a la mera purificación de metales en lugar de captar su esencia purificadora del espíritu, la que preludiaría el método experimental. De él derivaría el empirismo científico asumido por Isaac Newton, impregnado aún por destellos del pensamiento hermético y, también, mágico. La Ilustración y Adam Smith, después, intentarían newtonizar la Economía y otras Ciencias Sociales, atribuyéndoles credenciales netamente empíricas que las alejaron de su entraña humanística y social, reivindicaba por el joven Marx.

Ruptura

Lenta pero inexorablemente, la fusión de los contrarios preconizada por la sapiencia hermética fue desplazada por el principio ilustrado de la no contradicción, escribe Sandra Chaparro. Lo mecánico saldría al paso de lo orgánico, arrebatándole su estro vivificante. Aquella ruptura inauguraba la desaparición de la fértil mixtura entre la cosmogonía egipcia y la filosofía natural griega, de la cual el ser humano era parte integral, para devenir éste en mero espectador del mundo visible, ciego al sustrato invisible que yace bajo lo aparencial y que el hermetismo certeramente desvelaba.

Las jugosas citas de la historiadora incluyen, entre muchos otros, autores de la entidad de los medievalistas Henri Pirenne y Jacques Le Goff, así como el egiptólogo Jan Assman y el historiador Stephen Greenblatt, que inspira con su metodología la propia de la autora. La fluida erudición puesta al servicio del lector, la belleza de sus descripciones y la sapiencia histórica que rezuma, junto al contenido histórico-cultural de lo tratado, adquiere un alcance inesperado en nuestros aciagos días, desolados por el gobierno del mundo en manos hoy de incultos, zafios y amorales mandatarios, enemigos jurados del saber, de la Cultura y de la Historia. Sirva la contribución de este excelente libro –autoeditado, escarnio de cierta liviandad editorial al uso­–, para reconciliarnos con un saber cuyos conocimientos tanto regocijo intelectual puede propiciar a sus lectores y tan certeras directrices brinda, todavía hoy, a quienes, sacralizando la más huera tecnología, desertaron de la vocación universal de los valores acuñados en Occidente.

COMPÁRTELO:

Escrito por

Archivo Entreletras

EL ECO Y SU SOMBRA / El sonido más hermoso después del silencio: Keith Jarrett en Colonia
EL ECO Y SU SOMBRA / El sonido más hermoso después del silencio: Keith Jarrett en Colonia

Lo del concierto en Colonia de Keith Jarrett cuesta comprenderlo. Una hora en la que una melodía muy pequeña va…

¿Elecciones para qué?
¿Elecciones para qué?

TRIBUNA ESPECIAL ELECCIONES CATALUÑA 14-F Cataluña lleva sumida en su propio caos una larga década. Lo que empezó como la…

Max Ernst: un perpetuo recomenzar inventándose a sí mismo
Max Ernst: un perpetuo recomenzar inventándose a sí mismo

Podía decirse que las vanguardias son apátridas. Nacen aquí y allá, reciben y prestan influencias, se extienden como una mancha…