febrero 2023 - VII Año

ARTE

Max Ernst: un perpetuo recomenzar inventándose a sí mismo

Autorretrato (1909)

Podía decirse que las vanguardias son apátridas. Nacen aquí y allá, reciben y prestan influencias, se extienden como una mancha de aceite y lo más que prudentemente cabe afirmar es que cobran especial relieve en algunas ciudades emblemáticas, especialmente París.

De Max Ernst (1891-1976) nos consta su vagabundez, su peregrinar –fértil y fecundo, eso sí- por diversos países y ciudades, sin llegar a pertenecer plenamente a ninguna. Nació en Alemania, se nacionalizó primero estadounidense, más tarde francés, muriendo en París en 1976.

Es, desde luego, posible trazar su trayectoria vital y seguir el rastro de algunas de las vanguardias más significativas del siglo XX, como es el caso del dadaísmo y del surrealismo.

Perteneció a estos movimientos. Dotado de una gran energía, aparte de la pintura y el grabado fue, también, escultor y otras muchas cosas. Su vida creativa estuvo siempre marcada por un deseo infatigable de experimentar, de ir más y más allá, de mezclar y fundir diversas técnicas, de adentrarse en varios estilos y de utilizar los materiales que su instinto artístico y plástico era capaz de convertir en obras de arte que no tardarían mucho en apreciarse.

La influencia de Sigmund Freud y de las posibilidades que ofrecían sus investigaciones sobre el subconsciente, le incitaban a adentrarse en el mundo onírico y a plasmar en sus obras los sueños y también, el mundo o submundo de seres imaginarios que, en cierto modo, hacen recordar a Kafka.

Lo primero que captó mi atención en sus pinturas es el uso deslumbrante del color y sus figuras, que semejan frutos prohibidos con sabor a tiempo. Entre el nudo de sus ‘tempos’ se abre, las más de las veces, un racimo de espacios que no solo pueden observarse sino casi respirarse.

Una constante suya, es el desprecio a todo dogmatismo, a toda preceptiva y a todo tipo de reglas, que es obligatorio seguir. A medida que va madurando y asentando sus firmes convicciones, la realidad se encargaría de ir confirmando sus primeras impresiones, intuiciones y hallazgos.

No vacila en adentrarse en cavidades profundas y no exentas de peligros. Todo creador, si bien se mira, es un superviviente de diversos naufragios.

Max Ernst, Las Pléyades, 1921. Collage, aguada y óleo sobre papel

Lo considerado canónico, para quienes cuestionaban abiertamente el concepto burgués del arte, despedía un peligroso tufo a naftalina. Por eso, las vanguardias adoptaron una actitud desafiante y rupturista, quizás porque un mundo en crisis que se tambaleaba, mostraba para quienes supieran apreciarlo, estímulos para explorar las balbucientes eventualidades que ofrecía el porvenir, si es que ofrecía alguna.

Su espíritu –o su estilo- que viene a ser lo mismo, es contundente, intenso, austero, sazonado, fruto –aunque no lo parezca- de una disciplina auto impuesta. Sus creaciones tienen el valor de propiciar miradas nuevas y de añadir al arte otras formas de contemplar el mundo… y de existir.

La realidad está repleta de infamias difíciles de maquillar… más pese a eso, merece la pena adentrarse en sus intrincados laberintos llenos de recovecos y de espejos que devuelven imágenes poco tranquilizadoras.

Para descifrar las vanguardias, los críticos y expertos nos hablan de automatismos psíquicos y de otros conceptos, tal vez un tanto crípticos. Lo cierto es que asimilando lo que creía, que reforzaba su concepción del arte, puede afirmarse que convirtió la pintura en ‘collage’

Es, en varios sentidos, un pintor de pesadillas habitadas por figuras alambicadas y un tanto misteriosas, paisajes un tanto sombríos y extraños animales. Es esta otra forma de evocar y plasmar el subconsciente.

No quisiera pasar por alto que el nazismo, el siniestro régimen hitleriano, consideraba decadente y degradada toda concepción artística que no estuviera sometida a sus rígidos, dogmáticos y trasnochados preceptos. Su odio a toda manifestación cultural que no compartía, llevó al exilio o a la muerte a varios miles de creadores.

Es posible que de ahí surjan los animales extraños, desasosegantes, monstruosos y fantásticos que, en contra de toda lógica, se combinan y entrecruzan con plantas y otros vegetales. Plantas que a su vez, en más de una ocasión, se transforman en insectos.

Max Ernst, al igual que muchos otros artistas, presenta perfiles contradictorios. Tenía una solida formación académica e intelectual, fruto de los años pasados en la Universidad de Bonn, donde estudió filosofía, filología clásica, literatura, historia del arte y psiquiatría, entre otras materias. Esto no fue obstáculo para que como creador fuese nítidamente autodidacta.

Es sugestivo y a la par esclarecedor conocer que pintores le influyeron en su juventud y le motivaron a utilizar de otra forma y con otras intenciones lápices y pinceles.

En 1912 tuvo lugar en Colonia la Exposición del Sonderbund. Allí, el joven Max pudo contemplar y extasiarse con obras de Van Gogh, Cézanne, Munch o Picasso. Ante sus ojos se abrió otro mundo.

Cada vez se animaba más a denostar y a oponerse a lo convencional. Así fue dando paulatinamente los pasos que le ayudaron a encontrarse a sí mismo y, lo que es más importante, hallar su espacio en el universo innovador y creativo.

Los críticos que nos hablan de él, la mayoría de forma hagiográfica, exponen que inventó el frottage, posteriormente el grattage,  hasta convertirse en un depurado elaborador de collages.

Max Ernst, Punching Ball o la inmortalidad de Buonarroti (Autorretrato), 1920. Collage

Ávido de experiencias nuevas, aparece como actor en una de las primeras películas de Luis Buñuel, ‘La edad de oro’,  en el papel del jefe de los bandoleros. El film causó un notable escándalo y durante medio siglo fue prohibido. No por eso abandonó su vertiente de intérprete, colaborando en otros proyectos surrealistas en los años siguientes.

En 1941, ante el panorama que se vislumbraba con las tropas hitlerianas acampando a sus anchas por Europa, emigró a Estados Unidos gracias al apoyo que le prestó Peggy Guggenheim, con la que acabaría casándose. En lo sentimental su periplo vital es inseguro, incierto… plagado de uniones y rupturas.

Es revelador que el miedo al lienzo en blanco o la parálisis creativa que periódicamente acomete a los  artistas, Max Ernst lo resolvía, una y otra vez extrayendo material de su subconsciente. Como él mismo confesaba, procuraba huir de la ‘ceguera de la razón’ recurriendo a las posibilidades que le brindaba sumergirse en el inconsciente freudiano.

Tuvo una relación de amistad y complicidad con el poeta y ensayista André Breton y, a través de círculos vanguardistas, aprendió a desenvolverse y a utilizar técnicas semi-automáticas.

Permítaseme una breve digresión. Estamos acostumbrados a que los recuerdos se fabriquen siempre a medida de la Historia. Todo debe encajar. El resultado ha de ser ordenado y coherente… reservando un espacio, eso sí, para la discrepancia o disidencia. ¡Poco importa que esta visión, rara vez sea certera, ni siquiera cierta!

Tuvo el coraje de crear y de vivir sin sujetarse a ninguna barrera, ni aceptar presiones. Eso sí, dando cauce a su dolor, su rabia… y su ira, aunque se negó siempre –y eso dice mucho a su favor- a que su sentido trágico se diluyera en la normalidad.

Los artistas vanguardistas tienen, con frecuencia, gestos de futuro…  que quedan fijados en el espacio y en el tiempo. Sus manifestaciones artísticas son beligerantes… mas dejan en el ánimo un aroma cargado de decepción, tristeza… melancolía.

Tal vez las vanguardias y los vanguardistas nos han proporcionado estímulos sugestivos al atreverse a quebrar, a romper la monotonía de los días. No está demás dejarse llevar por una cierta inclinación hacia lo heterogéneo, no solo en lo concerniente al pensamiento sino a la creación artística. Como decía el poeta portugués Fernando Pessoa, a veces vivir nos convierte ‘en un espacio sin ventanas o con las ventanas cerradas donde solo hay ideas y sueños… ajenos a la realidad’

No falta quien ha sostenido que Max Ernst se movía por caminos y vericuetos excéntricos y extravagantes, es decir, fuera de los trillados y establecidos como ortodoxos. Desde luego, no hizo otra cosa que cuestionar, combatir y superar las viejas y artificiales concepciones artísticas imperantes.

Constituye un acierto su disposición a poner siempre, en duda, las apariencias. Elegir un sendero, saber seguirlo con coherencia, estudiar cada obstáculo y diseñar pacientemente, la técnica más adecuada para superarlo define, bien a las claras, los procedimientos que acometía Max Ernst, ante las dificultades que le salían al paso. Su ‘modus operandi’ era original y a un tiempo desconcertante.

La representación de la muerte es relativamente frecuente en sus obras, bien de forma directa o bien dando un rodeo circular para volver al punto de partida y regresar así al pánico, a lo desconocido.

Max Ernst, El jardín de Francia, 1962. Centre Pompidou

Posar nuestra mirada sobre las vanguardias y sus representantes, que jugaron un papel importante tanto a principios del XX, como en el periodo de entreguerras, no es en modo alguno baladí. No se ha insistido lo suficiente, en que estos artistas rompedores, especialmente tras el final de la II Guerra Mundial, influyeron no poco en las nuevas tendencias norteamericanas, especialmente las neoyorkinas.

Regresemos a Max Ernst. A veces, un artista o grupo de artistas, a través de sus creaciones se atreven a desafiar las convenciones establecidas, abriendo así resquicios a un tiempo nuevo. Aunque lo que podríamos calificar de malsana y tóxica razón tribal, nunca haya sentido simpatía alguna por las vanguardias.

Fueron valientes y decididos. Podría valorarse de ellos que estaban convencidos y poseídos por una energía vital que los empujaba a actuar con la fuerza voluntarista de que nunca se termina lo que no se empieza. Hicieron buenas las palabras de Ovidio en las ‘Heroidas’ que se han atribuido tantas veces a Maquiavelo: “Exitus acta probat” que no solo tienen el significado de: el fin justifica los medios, sino también, de que el éxito es de quien se lo trabaja y sabe aguardar el momento oportuno para hacer que la realidad acepte ideas nuevas, nuevas formas y nuevos cauces para expresarlas.

Tampoco, debe pasarse por alto que los sufrimientos y los fracasos refuerzan los vínculos dialécticos de quienes tienen mucho que decir, en el contexto de un mundo aleatorio, cambiante.

Expresar lo que se entrevé como seña de identidad de un tiempo y no caer ni en la melancolía, ni en miradas abatidas y huidizas de quienes, en medio de una realidad problemática… prefieren sucumbir con ella, en lugar de ensayar fórmulas inéditas de supervivencia.

Max Ernst regresó a Francia, se nacionalizó francés, pasó sus últimos años en Seillans y murió en París, añorando el París de las vanguardias que, tan intensamente, había vivido y que ya pertenecía al recuerdo. No era ya otra cosa que irremisiblemente… tiempo pasado, quizás muerto.

Con frecuencia, sugiero la lectura de un libro. Hoy quiero hacerlo con uno de Santiago García, titulado La novela gráfica, que rinde en sus páginas un merecido homenaje a Max Ernst. Se publicó en 2010, en Astiberri Ediciones, Bilbao,  editorial de cómics especializada en novela gráfica.

Su afán de innovación lo convirtió en impredecible. No cesaba de reinventarse. Solía ser desconcertante ya que nunca hacía lo que se esperaba de él. Quedarán en la memoria sus célebres collages  realizados a partir de recortes y grabados antiguos. No me resisto, tampoco, a citar el juego de texturas que convierten sus paisajes en símbolos de devastación.

Por encima de todo, fue un experimentador infatigable que buscaba, con afán, expresar el mundo extra-dimensional de la imaginación y de los sueños, aunque acaben tornándose en lacerantes pesadillas.

Las imágenes de las novelas que ilustró son sencillamente paradigmáticas. Si hubiera que quedarse con alguna, lo haría con La mujer de cien cabezas, que data de 1929.

A un siglo de distancia es, más que conveniente, volver la vista atrás y repensar, también desde la óptica artística y cultural, el periodo de entreguerras. Esa mirada retrospectiva puede aclarar no pocas cosas.

Las vanguardias no surgieron porque sí. Lo hicieron del hastío y del cansancio de la concepción burguesa del arte.  Había que innovar e innovaron. Había que modificar el mundo del arte y lo modificaron. Por eso, el siglo XX no puede concebirse ni analizarse sin las vanguardias, de las que seguiremos hablando en otras entregas.

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

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