octubre 2021 - V Año

LUGARES

Caro Adriático II: De Rijeka a Dubrovnik

Por Ricardo Martínez-Conde (www.ricardomartinez-conde.es).-

 

rijekaRijeka, cobijada en una de las axilas de la península de Istria, tiene una virtud: su vecindad con Barak, un pequeño pueblo que, allá abajo, ubicada en un altillo junto a la orilla, es una imagen convocadora, sutil por su ordenado caserío y la rara paz que la adorna si no fuese por el silbido del tren que la despierta, a veces, de su asumido letargo.

A la ex imperial Rijeka llegaba también –lo sé porque escuché el inconfundible sonido cerca de la ventana de mi hotel- el tren procedente del interior de Europa, de la mimada Viena. Y a ella se debe, muy probablemente, la influencia que exhibe la ciudad en las ostentosas molduras de los edificios y el trazado teatral, de escenario, de sus calles, o la factura de los palacios –hoy ya ajados- que se ubican todavía a media ladera mostrando su pose de orgullo.

El lustre austrohúngaro va hoy disminuido, pero no así, por fortuna, los condimentos de la mar que la atenta Nena nos ofrece en su acogedora cueva-restaurante junto al mercado, a unos pasos del muelle y las gaviotas.

A la mañana siguiente nos encaminamos hacia el triste Trieste de las leyendas fronterizas y de mis afinidades literarias: Svevo, Joyce, Saba y, un poco más allá, en Duino, el delicado Rilke de los eternos versos.

La ciudad es grande y ancha, una vieja señora aposentada a la orilla del mar que conserva orgullo y dignidad. Paseamos la orilla por esas avenidas que miran al mar de horizontes tan lejanos y algo en mí –lo advertí enseguida- me impelía mirar vieja costa. ¿Dónde?, ¿dónde está la silueta que conozco y he soñado a veces?, ¿dónde está el hogar donde nació tan honda poesía…? Sí, allá está, hacia el Este. Como un verso marino solitario, altivo, está Duino y su castillo. Ay!, viejo Rilke, remilgado y sutil. ¿Cuál fue tu mejor verso?, ¿las delicadas e inteligentes mujeres que te acogieron o tu honda sensibilidad un aquel solitariamente enfermiza que tanto nos ayudó a sobrevivir en medio de la tosca prosa oscura de la realidad?

IMG 5225 TriesteLas amplias calles y preservadas fachadas siguen otorgando su don al viejo Triste, pero, ¿por qué no aludir en más ocasiones a su sobria y armoniosa catedral (obra de mampostería, de ‘piedra puesta a mano’), a San Saturio, que, desde el siglo XI, se yergue en su viejo mirador, al arco romano incrustado en las paredes modernas, al anfiteatro a donde, un día antiguo, llegaba el mar…?

En fin. Continuemos.

La historiada y prominente península de Istria merecía una visita, aunque fuese pasajera –el viajero, es uno de sus atributos, ha de ‘mecerse’ al tiempo, como los árboles al viento-, así que allí estaba Pula para recibirnos. El gran teatro de las ceremonias y acontecimientos cívicos, la calle peatonal que circunda el altozano sobre el que se ubica el castillo y, sobre todo, la paz interior de la gran nave franciscana, elegante por escueta, o la luz de mar que adorna el interior de la catedral, tan cerca de las pequeñas olas que siguen entonando su monodia musical al llegar a los muros del muelle.

Cuando todavía anima (pero también acucia) el tiempo, habremos de empezar a pensar en el regreso. Es así que, una vez atravesado Rijeka, punto de inicio de todo el recorrido por la costa para volver hacia Dubrovnik, podemos volver a admirar el enclave de Barak. Unidad, armonía, sencillez: la foto deseada de un pueblo costero que luego vendrá el recuerdo a avivar una y otra vez.

Atardecía cuando llegamos a Senj, así que allí recalamos buscando cama y un algo de yantar. ‘Prosciutto’ dálmata, queso, ensalada de octópodo. Un pan bendecido por el grano: blanco, suave al paladar, todo ello regado con ese vino blanco casi aromático, escaso de grado pero con el dulce aroma de lo bien nacido de la tierra. Para el caso, la fecunda isla de Kurcula, de donde sale también ese aceite casi frutal, de un oro viejo que para sí hubiera querido cualquier pintor renacentista y sus frescos eclesiales.

senjSenj está guardado por un precioso castillo cuadrangular que preserva su autoridad en perfecta equilibrio desde su altozano. Abajo, apenas lleva agua el río (¡ya viene ahí la condena de la escasez de agua de cara al futuro!) Las calles, limpias, tienen trazado irregular dando lugar aquí y allá a pequeñas plazoletas donde ahora se va trasegando la leña, regularmente cortada y ordenada, para el inminente otoño, a saber cómo venga.

Queda, todavía, algún pescador rezagado en el muelle, el sol bosteza a lo lejos y el mar va perdiendo su transparencia.

Todo el día siguiente, desde primera hora, se nos fue pespunteando la larga e intrincada costa, esa que, de tan recortada como si fuese la inquieta primera línea trazada, propicia curva sobre curva en el camino, vistas sorprendentes y nuevas aquí y allá (siempre el mar, siempre el verdadero mar) Este paisaje, no muy deformado aún por el adocenado turismo, tiene mucho de primitivo, casi manual. Al igual que el orden de esos flotadores que, alineados en tantas radas o abrigos, hacen de viveros en la mar.

IMG 5328Paramos en Karlobag (rememoración del nombre imperial que un día trajo sus dominios hasta aquí) donde tomamos un dulce de manzana merecedor de honra y gloria, y luego recuerdo que hicimos escala en Belograd para disfrutar de una gran fuente de pescados (ensalada adjunta) preparados al ‘grill’, la especialidad de estas costas. Camino del sur, después de admirar de nuevo ese vergel que han confeccionado los campesinos en el delta del río Neretva, arribamos hacia el atardecer a Makarska, caserío turístico acogido bajo el amparo de una pared caliza de casi mil metros de altura. Es un escenario natural casi opresivo si bien, dando la espalda a la ladera amenazante, la ciudad mira (¿sonriente?) al horizonte de las islas. Allí recalan, por cierto, recios y fornidos y bien dotados veleros que, con la amanecida, partirán de excursión hacia cielos similares, dejándose deslizar por el viento sobre ese azul religioso de sus aguas.

Y al fin, siendo ya el mediodía, retomamos de nuevo Dubrovnik, la bella, la bien guardada. ¡Qué fácil dejarse mecer por la historia en sus calles empinadas! ¡Qué placer el mirar y pasear y sentir sin mayores pretensiones! A veces la geografía, y la historia, nos guardan algún rincón así.

Abro los ojos de nuevo, miro hacia abajo y reconozco ya la tierra ondulada y verde donde vivo. Ya hemos llegado.

Pero volveré de nuevo un día, seguro, al camino, a los mapas, a los sueños, a esos lugares distintos que me complementan.

 

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