abril de 2026

‘La experiencia’, de Sergi Puertas

La experiencia
Sergi Puertas
Editorial Pez de Plata, 2022
304 páginas.

La experiencia, de Sergi Puertas: la farsa que se traga a su autor

Hay libros que nacen de una herida legítima y la convierten en literatura. Y hay libros que nacen de esa misma herida pero, en lugar de transformarla, se limitan a exhibirla durante trescientas páginas con la esperanza de que la indignación del autor baste para sostener el edificio narrativo. La experiencia pertenece, desafortunadamente, a la segunda categoría.

La premisa es doble y, sobre el papel, prometedora. Por un lado, Sergi Puertas (Barcelona, 1971) —escritor con varias novelas, poemarios y una trayectoria que incluye haber sido redactor jefe de la legendaria revista El Víbora— relata su paso por un centro de formación ocupacional donde imparte clases de diseño web durante jornadas maratonianas de once horas. El centro opera bajo un esquema fraudulento que cualquiera que haya pasado por la España de los fondos europeos reconocerá: Puertas trabaja sin contrato, factura como autónomo y debe devolver una parte del dinero facturado a la empresa que le emplea. La corrupción sistémica, los inspectores que miran hacia otro lado, los sobres con dinero negro. Por otro lado, y en paralelo, narra cómo, tras años de silencio editorial y tres novelas enviadas a decenas de sellos sin obtener siquiera una respuesta, decide enviar su libro de relatos Estabulario bajo la identidad ficticia de una joven de veinticinco años, a la que dota incluso de perfiles en redes sociales. El resultado no se hace esperar: donde antes hubo indiferencia, ahora llueven respuestas entusiastas de editores, incluida una oferta de publicación por parte de un editor al que Puertas camufla bajo un nombre falso en el libro pero que resulta ser, como es vox populi en el mundillo literario español, Enrique Redel, responsable de Impedimenta.

Ambas líneas argumentales podrían haber dado lugar a una crónica incisiva sobre la precariedad laboral y las miserias del sector editorial. La materia prima estaba ahí. Los correos electrónicos reales, audios grabados con el móvil, la experiencia vivida en primera persona. Sin embargo la ¿novela? fracasa en casi todo lo que se propone, y lo hace de un modo que resulta tanto más frustrante cuanto más prometedor era el punto de partida.

El problema principal es estructural y estilístico a partes iguales. El libro carece de una arquitectura narrativa reconocible. Las dos tramas, la laboral y la editorial, no se entrelazan con un propósito claro ni progresan hacia ningún tipo de resolución dramática o reflexiva. Se superponen, se interrumpen mutuamente, se repiten. Las jornadas en el centro de formación se relatan una tras otra con una monotonía que, lejos de funcionar como denuncia de la alienación laboral, simplemente aburre. Las idas y venidas para cobrar las facturas, las conversaciones con el director del centro, las descripciones de los alumnos y otras personas que desfilan por las páginas como figurantes de un vodevil sin gracia. Todo se acumula sin ritmo, sin tensión, sin destilación alguna del material bruto. Y la prosa, que debería ser el motor de un libro tan dependiente de la voz de su narrador, no ayuda: Puertas escribe con una verbosidad que confunde abundancia con intensidad. Donde haría falta un bisturí, empuña un martillo. Los párrafos se alargan, las digresiones se multiplican y el lector se ve atrapado en un flujo de conciencia que carece de la precisión necesaria para resultar envolvente. No es que Puertas no sepa escribir, al menos eso creo, sino que aquí parece haber decidido que la acumulación bruta de experiencias y agravios puede sustituir al trabajo de edición y contención que toda obra narrativa exige.

Lo de la edición merece su mención aparte. El descuido formal no se limita a la arquitectura narrativa, sino que desciende hasta la superficie misma del texto, en una edición plagada de errores que refuerza la sensación de que estamos ante un material bruto, sin filtrar, que la editorial renunció a pulir.

Un buen ejemplo de ausencia de trabajo de edición es la obsesión con el vocablo «estabulario». Más allá de su función como título del libro de relatos que origina la trama editorial, Puertas emplea el término una y otra vez a lo largo de la obra, hasta convertirlo en una especie de muletilla conceptual que pierde fuerza con cada aparición. Lo que en un primer momento podría funcionar como metáfora, el estabulario como espacio de experimentación con seres humanos, trasladado al ámbito laboral y editorial, se desgasta por pura sobreexposición. La insistencia acaba generando el efecto contrario al buscado y, donde debería haber resonancia, hay cansancio.

Luego está la cuestión del engaño editorial en torno a Estabulario, que constituye a la vez el núcleo más problemático del libro y su mayor atractivo. Puertas defiende que la respuesta entusiasta de los editores a la supuesta joven autora demuestra un sesgo de la industria. El edadismo, la cosificación de las escritoras, la primacía de la imagen sobre el texto. Es una tesis que puede tener algo, o mucho, de verdad, pero el modo en que la presenta la debilita enormemente. Porque el relato del engaño no admite una sola lectura. El propio Redel ha sostenido que aceptó publicar Estabulario por su calidad literaria —y las reseñas del libro de relatos, comparado con Ballard, Lem y Cronenberg, sugieren que esa calidad existía— y que su reticencia inicial al descubrir la verdadera identidad del autor se debió al engaño en sí, no a que Puertas no fuera una chica bohemia de veinticinco años. Puertas, naturalmente, lo interpreta de otro modo. Pero el libro no ofrece al lector herramientas para arbitrar entre ambas versiones. Se limita a exponer la suya con la certeza del ofendido, sin la distancia que habría convertido el episodio en algo más que un ajuste de cuentas.

Porque eso es, en el fondo, lo que La experiencia acaba siendo: un ajuste de cuentas. Con los editores que no le respondieron, con el director del centro de formación, con los alumnos que no le hacían caso, con un sistema laboral que le explotaba, con una industria cultural que no le daba su lugar. Y sin embargo, paradójicamente, el único retrato que emerge con nitidez del libro es el del propio autor. No el de un héroe herido ni el de un rebelde lúcido, sino el de un hombre de mediana edad atrapado en un bucle de resentimiento, cuyo horizonte vital parece limitarse a sobrevivir la jornada, fumarse un porro y tomarse unas cervezas. La sátira que Puertas dirige hacia los demás rebota y le golpea a él. Los personajes que pretende ridiculizar tienen tan poca entidad que funcionan menos como caricaturas efectivas que como evidencia de la incapacidad del narrador para ver más allá de su propia frustración.

Hay, además, un problema de tono. El libro se presenta como una suerte de artefacto híbrido entre la crónica, la autoficción y la denuncia social, pero no consigue habitar con comodidad ninguno de esos registros. Como crónica, le falta rigor y estructura. Como autoficción, le falta la autoconsciencia que el género exige, el narrador se toma demasiado en serio a sí mismo y demasiado poco en serio el acto de narrar. Como denuncia, le falta la capacidad de trascender lo anecdótico para iluminar algo más amplio. La corrupción de los centros de formación y la superficialidad del mundo editorial son temas que merecen ser contados, pero hay que saber hacerlo.

No cabe duda de que Puertas lleva dentro historias que merecerán ser contadas. Pero la experiencia vivida, por intensa que sea, no se convierte automáticamente en buena literatura. Hace falta el filtro de la forma, la disciplina de la estructura, la generosidad de conceder a los personajes, incluso a los villanos, una dimensión que vaya más allá del estereotipo. La experiencia carece de todo eso. Es un libro que se agota en su propia indignación y que, al final, solo consigue demostrar que la frontera entre la denuncia legítima y el desahogo personal es más delgada de lo que su autor parece creer.

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