¡Mis queridos palomiteros!
La célebre obra del popular dramaturgo valenciano Rodolf Sirera, El veneno del teatro, se representa hasta el 3 de mayo en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa, de cuyas actividades informamos a menudo. Esta propuesta, bajo la dirección del autor barcelonés Robert Torres, introduce una novedad fundamental: por primera vez, el intenso duelo de poder está protagonizado por dos mujeres de raza, Silvia Maya y Marta Sangú, lo que aporta una frescura inédita a un texto que históricamente ha sido interpretado por hombres.
¿De qué va El veneno del teatro?
La trama nos sitúa ante un escenario inquietante. Un aristócrata invita a una reconocida actriz a su palacio con el pretexto de ofrecerle un papel en una obra nueva. Sin embargo, la invitación es en realidad una emboscada psicológica. El anfitrión desea poner a prueba sus teorías sobre la interpretación y la verdad, forzando a la actriz a una situación donde la línea entre el ensayo y la vida real se difumina peligrosamente.
A través de un dominio absoluto de la situación, el aristócrata manipula la voluntad de la intérprete, convencido de que el arte solo alcanza su máxima expresión cuando el dolor es auténtico. La protagonista se ve encerrada en un laberinto de amenazas y simulacros donde cada una de sus reacciones es analizada como si fuera una pieza de laboratorio, convirtiendo el escenario en un lugar de riesgo físico y mental.
Silvia Maya y Marta Sangú: El peso de la interpretación

El éxito de este montaje en el Teatro Fernán Gómez recae en el buen pulso que mantienen sus actrices. Silvia Maya y Marta Sangú construyen una tensión constante, apoyada en el ajustado uso de los silencios y en un manejo del espacio que delimita quién lleva la voz cantante en cada momento
Al cambiar el género de los personajes, la obra explora nuevas formas de sometimiento y resistencia. No estamos ante un simple choque de caracteres, sino ante una exhibición de talento. Ambas actrices logran que la progresión dramática sea asfixiante, atrapando al espectador en el mismo conflicto que viven ellas.
Una puesta en escena sin elementos accesorios

Robert Torres apuesta por una dirección sobria y efectiva. Ha eliminado cualquier elemento innecesario que pudiera distraer de lo esencial: el texto y la palabra. La escenografía y la iluminación se ponen al servicio del conflicto, creando una atmósfera claustrofóbica que refuerza la sensación de estar ante un hecho real y no ante una ficción programada.
De esta manera, la dirección consigue que la intriga crezca de forma orgánica y organice el tiempo de tal modo que el ritmo de la pieza sea ágil. Ello permite que las ideas de Sirera alcancen al respetable y le hagan cómplice de la historia.
Cita imprescindible con el teatro de texto
El veneno del teatro, además, cuestiona los límites de la creación artística y la moralidad.

La oportunidad de disfrutar de este clásico en el Teatro Fernán Gómez —programado con buen tino por Juan Carlos Pérez de la Fuente, su director artístico— con un reparto femenino tan sólido, es un aliciente que ningún aficionado a la escena debería dejar pasar. Se trata de una pieza inteligente, ejecutada con maestría, que vuelve a poner en valor por qué este texto sigue siendo un referente fundamental de nuestra dramaturgia contemporánea.











