En este año 2026, Estados Unidos celebrará el hito fundacional de la historia de ese país: los 250 años de su Independencia. Con una sola hoja de pergamino y 56 firmas, Estados Unidos inició la más audaz singladura política de la historia moderna, el 4 de julio de 1776. También se celebrará en 2026 el 200 aniversario de la muerte de Thomas Jefferson (1743-1826), tercer Presidente USA y redactor de la Declaración de Independencia, igualmente en un 4 de julio, así como el del fallecimiento ese mismo día del segundo Presidente USA, John Adams (1735-1826), también firmante de la Declaración de Independencia.
Cuando se piensa en la importancia del 4 de julio en USA, se ha de pensar inevitablemente en Jefferson, autor principal de esa Declaración. Había recibido el encargo del Comité del Congreso Continental de redactar el borrador de una Declaración de Independencia. Y Jefferson comenzó a trabajar en su preparación el 11 de junio de 1776. Trabajó intensamente, casi en régimen de reclusión, escribiendo y descartando varios borradores previos, antes de formular el que el Comité presentaría como texto del documento final al Congreso.
El 2 de julio, reunido en Filadelfia para ese fin, el Congreso Continental votó a favor de la independencia de Gran Bretaña, y durante la tarde del 4 de julio se imprimió por primera vez la Declaración de Independencia. El 6 de julio de 1776, el texto completo apareció en el Philadelphia Evening News, donde los colonos británicos pudieron leer estas palabras: “Sostenemos que estas Verdades son evidentes por sí mismas, que todos los Hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertas Derechos inalienables, entre los que se encuentran la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”. Brillantes y potentes palabras que se convirtieron en la base sobre la que se construyó la nueva nación.
La importancia de la Revolución Americana
Durante el siglo XVIII, la tradición inglesa avanzó en el liberalismo, aunque prescindiendo de procesos electorales, mientras en el continente, Rousseau y otros ilustrados franceses —como Morelly y Mably— proponían “democracias directas” de vago aroma comunista. En ese contexto, fueron los colonos británicos de Norteamérica quienes lograron integrar en un sistema viable las conquistas políticas del incipiente liberalismo con el principio del sufragio universal. Los actores decisivos a esos efectos fueron el británico Thomas Paine (1737-1809) y Thomas Jefferson, responsables en buena medida de que el nuevo país no deviniese una monarquía constitucional, con Washington como primer rey. Paine, el más eximio panfletista de todos los tiempos, anticipó incluso las instituciones del Welfare State. Para cuando Jefferson fue elegido presidente, el liberalismo norteamericano ya era una democracia, en sentido estricto.
Para ello fue fundamental la convicción de los Padres Fundadores de que es un sagrado principio el de que, si bien ha de prevalecer siempre la voluntad de la mayoría, esa voluntad ha de ser razonable para ser legítima, pues la minoría posee derechos iguales, que leyes iguales deben proteger, y violar esto sería opresión. Un criterio que se asienta en un país paulatinamente gigantesco colonizado por inmigrantes de media Europa, en el que se alcanzó una Constitución consensuada efectivamente por representantes de todos sus territorios, en 1787. La igualdad jurídica era allí tan indiscutible que quien pretendiera ostentar algún título hereditario renunciaba automáticamente a la ciudadanía. Al mismo tiempo, y por análogas razones, cesó toda jurisdicción en materia de ideas y costumbres que representasen la censura, una facultad ostentada hasta entonces en todas partes por el poder político.
El inicio de la libertad política moderna en su propia realidad, ha de situarse, pues, en la Revolución Americana (1776). Una revolución que inspiró todas las revoluciones posteriores, incluida la francesa. Pero, a diferencia de las revoluciones anteriores y posteriores, sí que tuvo éxito. Y ciertamente lo tuvo, pues estableció un sistema de libertad bien asentado, y creó también la primera democracia moderna, fundando un régimen de libertad que aún pervive. Una revolución capaz de triunfar sobre el gran escollo en el que quedó varada la Revolución Inglesa y en el que se hundió la Revolución Francesa: la tiranía parlamentaria.
La revolución americana en las 13 Colonias
Como todas las revoluciones que la siguieron, también la revolución americana tuvo sombras. La revolución se desarrolló mediante una larga guerra de ocho años. Una guerra que ya había comenzado en abril de 1775 (batallas de Lexinton y Concord). Y que tuvo también una fuerte componente de guerra civil, entre los colonos independentistas y los leales a la Corona. Acabó con la Paz de París (1783), que reconoció la independencia de los Estados Unidos de América. Los colonos británicos de Norteamérica habían sido los más directamente favorecidos por la vitoria inglesa en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Todos se sentían orgullosos de su victoria e idolatraban al Premier que la hizo posible, William Pitt. Así, Pittsburg, capital de Pensilvania, se construyó sobre un fuerte francés, Fort Duquesne, conquistado por los ingleses en 1758, que lo rebautizaron como Fort Pitt, antes de que se erigiese la ciudad.
La agitación independentista tuvo que dedicar mucho tiempo y esfuerzos para asentarse en la opinión general de los habitantes de las 13 Colonias. Los conflictos con Inglaterra se habían iniciado poco después del final de la Guerra de los Siete Años, por los tributos que impuso el Parlamento británico a las colonias. Pero la idea de la independencia no consiguió llegar a ser mayoritaria hasta el año 1775, gracias a las medidas adoptadas por el Parlamento con las denominadas Leyes Intolerables (1774), y por el famoso panfleto de Thomas Paine, Common Sense (Sentido Común), que creó un estado de ánimo general en favor de la independencia.
Sentimiento general, sí, pero no totalmente mayoritario a favor la independencia, el 4 de julio de 1776. Aunque no se poseen datos de masacres de grandes proporciones, sí que abundaron violencias, persecuciones y matanzas de colonos, por parte de las fuerzas británicas, de los colonos leales y de los indios, que fueron utilizados por el ejército inglés en su hostigamiento a los rebeldes. Igual que sucedió con los colonos leales a la Corona, que también fueron duramente perseguidos por los independentistas. Como resultado, al terminar la guerra con la Paz de París, en 1783, se estima que, del millón de habitantes de la 13 Colonias, unos 300.000 colonos leales a la Corona, se trasladaron al Canadá, para escapar a posibles represalias. Una cifra notablemente alta.
La consolidación de una democracia
El consejo de Jefferson a su país —preferir los azares de la libertad a las seguridades de la tiranía— inauguró en Norteamérica un tranquilo progreso, solo interrumpido entre 1861 y 1865 por una dura guerra civil. Por el contrario, en países que no eran nuevos, ni tan grandes, como los europeos, los azares de la libertad impusieron revoluciones interminables, como las francesas y el resto de las europeas, que ilustran las complejidades del cambio en presencia de circunstancias de fuertes despotismos tradicionales. Madison, Monroe y el segundo Adams, los Presidentes jeffersonianos, completaron el diseño jurídico de algo que la pluma de aquél iniciara declarando al espíritu, a la mente, completamente refractarios a la constricción.
Jefferson aspiró a abolir la vieja costumbre de que los meros pensamientos puedan ser materia sujeta a la coacción de las leyes, cuando los poderes legítimos del gobierno sólo deben extenderse a actos lesivos para otros. Por ejemplo, legislar sobre la fe, la dieta o cualquier objeto de idiosincrasia personal prescinde de considerar que la verdad se defiende sola, apoyada sobre el libre examen, el experimento y la razón, y sólo el error necesita apoyo del gobierno. Si el Estado no se dedica a defender la libertad contra actos verdaderamente lesivos para terceros, asumirá tareas de salvador y terapeuta, que no le corresponden, y que, a su vez, son inseparables de luchas de facciones.
La libertad de pensamiento efectiva, la libertad de expresión y el derecho de resistencia ante los abusos de los poderes públicos, fueron los mayores logros de Jefferson y los presidentes que le siguieron, los llamados presidentes jeffersonianos, Madison, Monroe y John Quincy Adams. En 1829, el Presidente Jackson, pudo hablar ya sin complejos de la “democracia” americana. Con todos ellos, la democracia liberal se consolidó en el régimen político de USA, y ha perdurado hasta el presente. Esa ha sido la verdadera importancia de la Revolución Americana, cuyo 250 aniversario se conmemora en este año 2026.











