Desde que recuerdo, querida María Teresa, la música de órgano me ha provocado un estado mental de agitación positiva y tranquilizante.
¡Qué lástima que en la Residencia de Señoritas no haya ningún órgano! Hay varios pianos dedicados al estudio. El que mejor suena es el del salón de actos. No le puedo decir a María de Maeztu que compre un órgano, pero quizá fuese buena idea rescatar de alguna de las iglesias de las que están quemando alguno de estos instrumentos. No lo sé. Quizá se lo diga la próxima vez que la vea.
Ella misma me ha dicho que, dentro de los «Lunes Musicales» de la sección de música que coordina, el próximo vas a interpretar obras tuyas. No me lo pierdo; tendré que ir con mis mejores galas. Y no te preocupes, no llevaré sombrero; pero, a cambio, otra tarde me hablarás de tu pasado. Creo que es un buen trato; tengo curiosidad, soy historiadora.
El salón de actos, aunque es hermoso, siempre se llena con estas actuaciones y, sobre todo, si intervienes tú. Seguramente vendrán todos los alumnos del Instituto-Escuela. Será un placer escuchar las Seis melodías para voz y piano.
No tarda en llegar el lunes 24 de mayo de 1934. Hay que hacer una fila bastante larga para entrar; no esperaba menos. No dejan pasar ni a los alumnos de la Residencia de Estudiantes. Distingo a Federico García Lorca, Rafael Alberti y la directora María de Maeztu; a Zenobia y Juan Ramón, Gustavo Pittaluga, Jesús Bal y Gay —el musicólogo de la Residencia de Estudiantes—, el profesor de violín Zabulón del Val, Matilde Revilla Vázquez «la Revillito», Conchita Badía, María Barrientos, Mercedes Capsir, Graziella Pareto y muchos más.
Ya sé que son muchos nombres, muchos los que asistieron al evento, pero recuerda que yo soy historiadora y mi misión es hacer que no se olviden. En el programa de mano que me entregan, por fin descubro que la presentación corre a cargo de Gerardo Diego; contigo al piano, estarás acompañada por la soprano Matilde Martin. El programa se completa con canciones sobre poemas de diversos autores y varias piezas solo para piano.
Rosa García Ascot me sonríe a modo de saludo y se sienta a mi lado; ella sabe de música mucho más que yo. Seguro que, en sus palabras, descubro algún matiz escondido sobre tu obra. Lo único que me comenta es que había sido una pena no poder escuchar el Ave María para órgano y voz que compusiste para la entrada de tu hermana Conchi en el convento de las Madres Reparadoras de Las Arenas (Getxo). Ni siquiera en las propinas.
Aquel 12 de noviembre de 1917, me dice, no fue una fiesta para ti. Era una pieza que tú guardabas para tu intimidad. A la salida, todavía me preguntaba por qué la llamabais «Belén». Casualmente nos cruzamos con tu hermano, el violonchelista, que, como no podía ser de otra manera, también estaba allí, y yo no me anduve con rodeos. Conchita, o Belén, había nacido el día de Navidad, el 25 de diciembre de 1894.
Desde la Residencia de Señoritas hasta la calle de Claudio Coello, donde yo vivía, hay apenas media hora andando despacio, aunque yo procuro alargarlo más porque tu hermano y tú habéis decidido acompañarme. Enseguida nos alcanzas y pronto sale a colación el jesuita Antonio Petit. Yo no sabía quién era ese cura ni qué relación tenía contigo. Mientras vamos dejando atrás sombras, jardines, serenos y palacetes, me lo cuentas.
Hacía ocho años que había muerto, pero conservó hasta el final de sus días esa gracia almeriense que le hacía una persona especial. Era el confidente de mi hermana y mío. Yo tenía hacia él unos sentimientos encontrados: de una parte, era mi amigo, le contaba todo y era mi confesor; pero, de otra, se había llevado a mi hermana a la clausura, y eso me costaba trabajo perdonárselo.
Algunas de las lámparas de aceite de las más antiguas, que aún no habían sido reemplazadas, se iban apagando con el viento. No me gustaba nada el nombre que había tomado para el interior del convento y su vida futura: «madre María de la Reparación»; ni era madre, ni había que reparar nada. Yo la quería conmigo. No solo escucharla en sus cantos detrás de unas rejas; necesitaba abrazarla.
No, yo no quería ser monja. Estaba enamorada del piano, de su música, y del órgano y su sonoridad; pero mi hermana era mi hermana, era para mí un refugio, mi «musa espiritual». Si la única forma de tenerla era oírla cantar, tenía que escribir música para ella, para que la cantase. Y compuse mi Ave María, su Ave María, como un puente entre las dos; pero cuando lo interpretaba en el órgano que tenía en casa, un torrente de lágrimas caía sobre el teclado y no podía terminarlo.
Muchas veces la superiora, la madre María de la Providencia, me sorprendía apostada en uno de los muros del convento intentando escuchar la voz de mi hermana; entonces me invitaba a pasar dentro, pero no me dejaba verla. Por eso no aguanté mucho en Las Arenas; debía seguir mis estudios y me vine a Madrid. Y mientras, en la Asturias de mi niñez, había tormenta. En el conservatorio, ya en Madrid, con José Cubiles y Benito García de la Parra, se me abrieron todas las ventanas.
Un sereno estaba apostado junto al portal de mi casa. Una vez dentro, sola, sentada en un cómodo sillón frente a una ventana que daba a los jardines de El Buen Retiro, cogí un poemario intentando leer algunos de tus poemas. Se titulaba Julieta, lo habías publicado en Asturias en 1930; pero, por más que lo intentaba, no podía concentrarme porque me rondaba una pregunta en la cabeza: ¿Cómo una mujer como tú, con una sólida formación cultural y una arraigada y profunda fe católica, podía vivir en la Residencia de Señoritas entre tanta anarquista?
Amanece un jueves soleado. Tengo libre por la tarde y se me ocurre acercarme a la basílica de San Francisco. Me quedo fascinada observando los rostros de mármol de los apóstoles; cada uno tiene una mirada diferente, un pensamiento desigual, una expresión distinta. Yo no soy creyente, pero su mirada es tan profunda que me sobrecoge.
Al fondo, la sombra de una mujer arrodillada que está en posición orante se levanta y camina con paso decidido hacia la escalera que conduce al coro. Al principio no te reconozco, pero después tu perfume se me antoja familiar, cercano. Y el órgano, majestuoso, extiende sus acordes a lo ancho de la basílica, desde sutiles susurros hasta estruendos vibrantes. Su timbre varía según los registros, imitando flautas suaves, trompetas metálicas o cuerdas profundas, desgarradoras, como el recuerdo de tu hermana.
Es tu Ave María. Me pierdo en sus notas. Al acabar, me precipito escaleras arriba; necesito encontrarte, encontrarme con tu música. Estás de rodillas, buscas el cielo, o tal vez la llave de aquella cárcel en la que está encerrada tu hermana. Te sorprende verme, pero te alegras. Vuelves a sentarte frente al órgano e interpretas solo unos acordes de la obertura.
El padre José María Nemesio Otaño —me dices, como si yo no supiera que es una autoridad en ese instrumento— me ha conseguido unas horas de ensayo. Parece que no le ha sido muy difícil negociarlo con el párroco de esta Real Basílica de San Francisco el Grande, el padre José María de Olot. Están de acuerdo con mi profesor del conservatorio, don José María Ovide y de la Granda, que ocupa la cátedra de órgano desde 1921. Me conocen bien.
—¿Has visto? —me dices—, todos se llaman José María.
Vuelve a asaltarme aquella idea de la noche anterior, su residencia y la cercanía, la familiaridad, el afecto con el que habla de los curas. De nuevo ocupas la banqueta, y siento ahora la caricia de tus dedos sobre el teclado; la sonoridad de la nave alcanza su plenitud con el conocido como Preludio y fuga en mi bemol mayor, BWV 552, «Santa Ana», de Johann Sebastian Bach. Lo reconozco, pero no sé bien por qué lo interpretas ahora. Continúas tocándola despacio, alargando las notas, deleitándote en ella. Solo al acabar de interpretar la obra me lo cuentas, mientras recuerdas:
«Yo temblaba bajo las miradas del silencio. Los tubos del órgano, obedeciendo a la tensión del momento, se habían callado. La madera antigua del salón de actos, mezclada con el humo de las velas y el incienso, desprendía un aroma que me recordaba viejas tradiciones. Imagínate cómo estaba yo. Conrado del Campo, Eduardo Martínez, Eugenio Vallejo, que eran los miembros del tribunal, buscándome con su mirada; mi profesor de órgano, que seguro que ya sabía algo… la expectación en el salón de actos era plena. Los otros candidatos, nerviosos como flanes; y el profesor Tomás Bretón Hernández, el hijo del famoso compositor de La verbena de la Paloma, que actuaba como presidente del tribunal, seguía callado. Habían nombrado ya al tercero y segundo premio, dos compañeros geniales; yo estaba arropada en medio de mis profesores de armonía, Benito García de la Parra, y de piano, José Cubiles. Tomás Bretón se levantó despacio, manteniendo la tensión: «Y el primer premio extraordinario de interpretación de órgano de este año es para…». Y entonces sonó mi nombre, aunque no lo oí entre la emoción y los aplausos. Tres veces me hicieron interpretar esta obra, «Santa Ana» de Johann Sebastian Bach. Tres veces. Luego me pidieron una propina y, naturalmente, el Ave María. Se lo debía a mi hermana, Belén; el premio se lo dediqué a ella y sentí las lágrimas de mi madre como si fueran mías».
No estaba perdiendo un tiempo precioso de ensayo, estaba reviviendo su historia. Al día siguiente de recibir el premio, en el número 104, 3.º derecha de la calle de Alcalá, donde vivía tu madre, hacéis una fiesta. La crónica de Adolfo Salazar en el diario El Sol sobre la entrega del premio decía:
«Quiero destacar aquí la brillantez técnica y el profundo sentido lírico de la premiada, María Teresa Prieto y Fernández de la Llana, y subrayo también que su interpretación no solo cumple con el rigor académico del Real Conservatorio, sino que revela una madurez artística superior a la de una simple concursante. Se presenta como una compositora dotada de una sensibilidad moderna dentro de las formas clásicas. Destaca también su capacidad para manejar las complejidades del órgano, un instrumento que exige una coordinación absoluta. Asimismo, quiero dejar patente que la concesión de este premio a María Teresa reafirma el papel creciente de la mujer en la música culta española».
A pesar de ello, observo que en tu vida personal se marcan demasiadas fechas negras, excesivas ausencias. En poco menos de un año te vuelvo a ver vestida de luto riguroso. Se han roto las fiestas navideñas, y me dices por teléfono que ha vuelto de México tu hermano Carlos. Tu madre ha muerto. Yo viajo también a Oviedo. Belén estaba de camino; le habían concedido una dispensa especial en el convento de Las Arenas.
¡Cómo recuerdo aquellos momentos! Era el primer día de enero de 1933. En mi cabeza volvía a sonar otra vez tu Ave María, pero entonces me sonó como un réquiem. Al día siguiente, desde muy temprano, aquel 2 de enero de 1933, el trayecto entre la calle Campomanes, 14, y la parroquia de San Isidoro el Real está intransitable. Parecía que toda Asturias se había concentrado allí. Tuvieron que abrirme paso para llegar a vuestra casa. No me di cuenta de que en el portal estaban instalando la mesa de duelo.
Os encontré sentadas en ambos sofás, frente a frente y en silencio. A vuestra madre la habíais colocado en otra habitación contigua. Estuvimos un largo rato abrazadas. ¿Qué decir? Reconocí a tu hermana Belén. Llevaba el hábito de las Reparadoras, de lana negra con un escapulario del mismo color, con la toca blanca que rodea el rostro y se cubre con un velo negro, y un gran crucifijo sobre el pecho. Busqué con la mirada a tus hermanos. Charlaban con «su excelencia reverendísima» monseñor Juan Bautista Luis y Pérez, el obispo. No quiero interrumpir.
Por la ventana, entre el gentío, veo que acaba de llegar el coche fúnebre; va tirado por caballos. Era un carro triunfal de estilo barroco, de color negro con guarniciones de plata, tirado por seis caballos negros enjaezados con penachos de plumas del mismo color. Iniciaba la comitiva la Cruz Alzada, portada por un acólito y flanqueada por dos ciriales. Delante del coche de caballos se colocó la comunidad de sacerdotes y el cabildo, revestidos todos con capas pluviales negras.
No falta el macero que, vestido con tabardo de terciopelo y gorra con plumas, porta una maza de plata; acude en representación del poder local. Un grupo de niños de las Escuelas del Ave María, del barrio de Pumarín, precedían al coche, agrupados en dos filas, flanqueando la calle con grandes velas de cera como gesto de gratitud por las limosnas de la fallecida. Una vez resueltos los últimos detalles, Carlos, tu hermano, fue el encargado de dar la señal de salida. Tú ibas apoyada entre Carlos y Belén, rodeada por todos tus hermanos.
Salí a la calle y, después de firmar en el libro de duelo, fui sorteando al gentío. Mientras desciendo por la calle Campomanes entre salmos, luego por la calle de la Magdalena y la plaza del Fontán para llegar a la plaza del Ayuntamiento, donde está la iglesia de San Isidoro el Real, me acuerdo de lo que me contó tu hermano Carlos sobre tu padre.
Había sido organista durante muchos años; por entonces tú solo eras «la hija del organista de San Isidoro». Era catedrático de órgano en el conservatorio de Oviedo y escribía casi a diario en el periódico El Carballón. Además, en Oviedo ya eran famosas las tertulias en su casa, en el Círculo de Labradores, en el Casino de Oviedo. En la librería de Juan Casaprima se comentaban las novedades musicales llegadas de Madrid y París. Además, en San Isidoro, tras los ensayos, según tu hermano Carlos, era común que se formaran corros de conversación en la sacristía o en los alrededores de la parroquia, donde Ildefonso ejercía como una autoridad en teoría musical para los jóvenes aprendices.
¡Qué lástima no poder escuchar ninguna de sus composiciones musicales! Durante el recorrido de la comitiva fúnebre, me impuse la tarea de buscarlas en los archivos del conservatorio, y también sus artículos en los periódicos. También entonces, en San Isidoro, nos recibió el sonido majestuoso del órgano, como si fuese realmente tu padre el que estuviera sentado frente al teclado. Siento que todos tus recuerdos se enredan entre sus notas. La ceremonia, para mi gusto, es demasiado larga, pero emocionante. Perdón, vuelvo a juzgar y no debo.
Tras ella, tus hermanos subieron de nuevo el féretro al carro de caballos y, bajo los salmos, la comitiva emprendió camino hacia el cementerio de El Salvador. Todo estaba cumplido. Recuerdo que volvimos a tu casa con tu hermana Belén. Entre sus manos, un rosario de cuentas negras no dejaba de dar vueltas. Amenazaba lluvia, pero por dentro nos inundaba ya una lluvia de recuerdos indelebles. Nos espera un vacío que yo intento llenar como puedo.
Tu hermana se volvió a Las Arenas y nosotras, juntas, regresamos a Madrid. Era un tren viejo, con máquina de vapor, que dejaba atrás el humo como el recuerdo. En las más de once horas que duró el viaje nos dio tiempo a hablar de todo, a guardar silencio y a rezar, aunque eso solo lo hacías tú. De vez en cuando pitaba, descargando una angustia que la máquina y nosotras llevábamos muy dentro. Al pasar bajo el túnel de la Perruca, la oscuridad interior fue todavía más profunda.
Seguramente se habrían enterado tus amigos y tendrías en casa muchas cartas de condolencia. Sé que me agradeciste que me quedara unos días contigo. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde entonces! Prometo escribirte más a menudo. Ahora recibe mi más fuerte abrazo y dale recuerdos a Belén y a tus hermanos.
Eliberia











