mayo de 2026

PALOMITAS DE MAÍZ / David Felipe Arranz: “La salud mental de las nuevas generaciones es el precio que la humanidad está pagando sin protestar”

¡Mis queridos palomiteros!

Hay trayectorias que no solo se consolidan con el tiempo, sino que adquieren una dimensión ejemplar. Es el caso de David Felipe Arranz, a quien ya tuvimos ocasión de entrevistar en Entreletras con motivo de la concesión de la Antena de Oro, y cuya voz —firme, culta y profundamente comprometida— sigue siendo hoy una referencia indispensable en el ámbito del periodismo cultural, con reconocimientos como la Antena de Plata 2018 o el Premio a la Bibliodiversidad 2023 de la Asociación de Editores de Madrid.

Arranz ha desarrollado su labor en televisión en espacios del Canal 24 Horas de TVE —“Secuencias en 24”—, Castilla y León Televisión —“El programa de Cristina”— y Cuatro Televisión —“Cuarto Milenio”—, y en radio en emisoras como Radio Círculo, Radio Cervantes, Radio Inter, Gestiona Radio, Capital Radio y Radio Intereconomía, además de colaborar actualmente en “Las tardes de RNE” de Radio Nacional de España. A ello se suma su colaboración en cabeceras como El Norte de Castilla y ABC, así como en revistas culturales como “El Asombrario” de Público. Compagina su faceta radiofónica con la docencia universitaria en la Universidad Carlos III de Madrid y con la escritura —como autor y ensayista de más de 15 volúmenes—, sustentado por una sólida formación humanística y un compromiso indiscutible con la difusión de la cultura.

Por eso, la concesión del XXXIII Premio Ciudadanos en la categoría de Sociedad de la Información por “El marcapáginas” —programa de divulgación cultural que Arranz presenta y dirige desde hace más de 25 años y que se emite en Radio Intereconomía—  no solo reconoce su labor, sino que reafirma una manera de entender la cultura como servicio público. La entrega del galardón, convocado por la Asociación Consejo Audiovisual y Digital Ciudadano, tuvo lugar en la sede de la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, en Madrid, en el transcurso de una ceremonia celebrada el pasado 28 de abril que reunió a destacadas figuras del ámbito cultural y tecnológico.

Confieso, además, la alegría —no solo profesional, sino también personal— que me produce este nuevo reconocimiento a una trayectoria tan coherente como necesaria. Lejos de detenerse, Arranz continúa interrogando el presente con una lucidez poco frecuente. Volvemos a conversar con él desde ese territorio exigente en el que la cultura no se limita a resistir, sino que aspira, todavía, a influir.

David Felipe Arranz recibe el Premio Ciudadanos. Fotografía de Victoria Iglesias

— El reconocimiento institucional llega después de muchos años de resistencia cultural. ¿Tiene algo de reparación o, más bien, de confirmación de una forma de estar en el mundo?

Es un premio muy prestigioso porque lo da una asociación ciudadana de representantes que han destacado por su labor en pro de la sociedad: pensar que se lo dan a uno porque ese es precisamente el objetivo del periodismo, aunque a algunos compañeros se les olvide, es verdaderamente reconfortante. “El Marcapáginas” es mi manera de estar en el mundo, lo apuntas muy bien; de hecho, fue mi primer trabajo, cuando me di de alta como autónomo por primera vez en septiembre del año 2000. Tras unas pruebas radiofónicas para las prácticas ese verano en los informativos de la SER y la COPE que no se llegaron a materializar, elaboré mi propio proyecto. Lo presenté ese mismo verano a César Antonio Molina, al que considero mi maestro en el periodismo cultural, en la recién inaugurada Radio Círculo, me fichó y aquí seguimos.

— En un ecosistema mediático dominado por la velocidad, ¿qué significa hoy mantener en pie un proyecto cultural a largo plazo sin ceder al ruido?

 Es un insolente ejercicio de resistencia y de llevar la contraria a esta tendencia general a lo efímero: todo tiene que ser finito, breve, fugaz… El trabajo, la amistad, el compromiso, el amor… La gente se cansa rápido, tira la toalla a la primera de cambio, pero yo me quemo muy lento. Es algo inherente a los castellanos, pienso. Luego hay una cierta idea de lealtad a los propios proyectos: qué sentido tiene liquidar algo que has montado de la nada.

— “El Marcapáginas” ha sobrevivido a varias transformaciones tecnológicas. ¿Cuál ha sido el cambio más peligroso para la cultura: la digitalización o la banalización?

La digitalización nos ha ayudado mucho en la difusión del periodismo: la web, las redes sociales, los soportes de grabación, etc. En mi caso, mientras hago las entrevistas, siempre grabo fragmentos para viralizar, unas fotos para los murales de las redes sociales, unos vídeos para que queden en la nube de los recuerdos… Creo que eso es un gran avance, porque de los inicios del programa, apenas queda rastro. Con respecto a la banalización, en mi programa no cabe. Eso se lo dejamos a algunos presentadores estrella del prime time, cuyo objetivo es solo entretener, desinformar, banalizar, en definitiva. Pero no olvidemos que detrás están quienes los contratan y, a su vez, los amos que mueven los hilos del mundo, que en este caso han decidido degradar los contenidos. Todo es intencionado. Nada ocurre por casualidad en el sistema de medios, ni por inocente generación espontánea.

— Usted ha defendido siempre la independencia. ¿Sigue siendo posible una crítica cultural libre sin ser expulsado del centro del debate?

Es posible realizar una crítica cultural libre, pero cada vez es más complicado. Si eres tu propio jefe, sin duda; si dependes de terceros, que a su vez son sometidos a promociones culturales provenientes de intereses del grupo al que pertenezcan, es más complicado. Por otro lado, se ha instalado lo políticamente correcto, de manera que es raro ver ya críticas demoledoras de obras que sean malas. Se tiene mucho cuidado con lo que se dice y con lo que se escribe, mientras que en la década de los años setenta y ochenta era más fácil ver la dinamita de la crítica haciendo saltar todo por los aires. En mi caso, cuando me encuentro con un mal libro o con una mala obra, omito el comentario y todos tan contentos.

— La cultura parece debatirse entre la especialización extrema y la simplificación masiva. ¿Dónde cree que se pierde al lector —o al oyente— contemporáneo?

La audiencia se pierde en la programación basura, porque le dan contenido de baja calidad y llenan sus pensamientos de ocurrencias, chistes, groserías, banalidades… Y lo peor es que las consume. Afortunadamente, creo que hay una tendencia joven a obviar estos formatos y a buscar el tesoro en otra parte, en las revistas, en los libros, en Internet, y la televisión generalista —no tanto la radio— se está enterrando en sus propias heces, que ya estaba tardando. La televisión en España ha desperdiciado esa gran oportunidad de formar y enriquecer al ciudadano que tuvo en sus inicios hasta mediados de los años noventa, y de la que habló el gran Edward R. Murrow, uno de los pioneros de la televisión, en aquel mítico discurso del 25 de octubre de 1958 y que luego filmó Goeorge Clooney en Buenas noches y buena suerte. Hoy en día, los directivos de las cadenas dan órdenes de que la cultura en sus parrillas sea poca o ninguna, y vaya picadita, picadita. Hay excepciones, como el “Secuencias en 24” del Canal 24 Horas o “Cuarto Milenio” de Cuatro TV, o buenos programas en RNE, pero son eso: excepciones. Por la parte de los lectores, estoy tranquilo: en España se edita mucho y muy bien, libros de calidad, de manera que es fácil hacerse con una biblioteca de primer nivel y alimentarse culturalmente.

César Antonio Molina y David Felipe Arranz

— ¿Estamos viviendo una edad de oro de la producción cultural o una inflación de contenidos sin jerarquía?

Estamos viviendo la eclosión frenética de las nuevas redes sociales, en las que el reposo de Facebook sería el modelo más antiguo y la locura de la nociva TikTok el formato más actual, en el que es imposible la reflexión y para eso lo ha creado Zhang Yiming, para licuar los cerebros. La Fiscalía de los Estados Unidos ya tiene en su poder desde hace un par de años un informe médico interno de ByteDance que filtró un trabajador descontento y que pone los pelos de punta: es una red adictiva creada para jibarizar las mentes de los incautos que se enredan en ella. Pero los amos vampiros de las tecnológicas están preparando cosas peores: su sed de codicia y de lucro no conoce límites. La salud mental de las nuevas generaciones es el precio que la humanidad está pagando sin protestar.

— ¿Qué responsabilidad tiene el periodismo cultural en la creación de canon hoy, o ese concepto ha quedado definitivamente obsoleto?

La única responsabilidad hoy en día del periodismo cultural es sobrevivir a su extinción planificada por los directivos de los medios de comunicación. El panorama es dantesco: es una auténtica hecatombe ver su espacio reducido a la mínima expresión, especialmente las páginas de cultura de los diarios, que ya son mínimas o inexistentes. Hubo un tiempo en que el periodista cultural representaba una voz de autoridad en estos asuntos: hoy es sospechoso porque lee, porque sabe, porque crece interiormente. Y eso le molesta a un sector importante del poder político en este país, que no lee, que no sabe y que decrece interiormente. Es la épica batalla de la ignorancia contra el conocimiento.

— En su experiencia, ¿qué distingue una conversación cultural verdadera de una entrevista promocional disfrazada?

Cuando el entrevistado no sabe contestar con exactitud o responde con generalizaciones, estamos ante una entrevista promocional disfrazada. Pero ya me ocupo de informarme antes y de filtrar a mis invitados para que no sea así. En los inicios sí que me colaron algún gol que otro, pero pocos, porque se nota enseguida, sobre todo si los libros no los han escrito ellos.

— ¿Ha cambiado su forma de preguntar con los años o sigue buscando lo mismo en cada interlocutor?

Mi manera de preguntar tiene que ver con la empatía y con el texto. Localizo con mucha facilidad los pasajes favoritos de los autores, donde ellos han puesto más empeño: eso se nota y les gusta, incluso se sorprenden. Me gusta que en “El Marcapáginas” se sientan como en su casa: yo estoy para darles voz, empatizar con sus logros y su esfuerzo, y no para que me rellenen contenido. Y eso lo notan, porque casi siempre me lo comentan al acabar el programa. Me fijo también en cómo se expresan y en si hay adecuación entre lo que han escrito y lo que hablan. Normalmente la hay. Me interesa cada vez más el lado humano de mis invitados, su temperatura ética, sus preocupaciones sociales, su compromiso con la fuerza que les dan las armas de las letras. Es apasionante y, en algunos casos, con el tiempo se convierten en amigos por esa sintonía de valores.

— La radio, su territorio natural, ¿sigue siendo un espacio de profundidad o ha terminado por adaptarse a la lógica de la inmediatez?

Mi programa tiene un ritmo más sosegado, aunque he tenido que reducir la duración a 57 minutos. En la emisora anterior hacía tres horas en directo los viernes, de 20:00 a 23:00, y podíamos estar con un invitado muchísimo más tiempo. Hay que adaptarse: quería llegar a más hogares y Radio Intereconomía tiene más antenas.

— Usted ha dado voz a múltiples generaciones de escritores. ¿Percibe una ruptura generacional real o más bien una continuidad revestida de novedad?

Abunda mucho la autoficción en las generaciones más jóvenes, es un género que está de plena vigencia y que gusta, porque hay una identificación generacional, con cultura pop muy presente inserta en la trama. El escritor joven escribe desde su propia experiencia interior, sus vivencias familiares, sus quiebras emocionales, sus alegrías y su crecimiento. Antes era más frecuente encontrarse con la investigación histórica convertida en ficción o la ficción pura completamente imaginada. Lo noto también en la universidad, donde enseño varias asignaturas de periodismo y los jóvenes están muy preocupados por su futuro, por la salud mental, por la irrupción de la IA en sus vidas y cómo está haciendo que todo el sistema se tambalee… Son extraordinariamente vulnerables, creo que más que cuando yo era estudiante. Me gusta mucho conversar con ellos de estas cuestiones, porque ellos también me enseñan acerca de sus retos, que también son los míos: hacer una sociedad mejor, más educada, más preparada, más capacitada.

— ¿Qué papel debería jugar la crítica en un momento en el que la opinión parece haber sustituido al análisis?

Simplemente sobrevivir, que bastante es. Todo mi apoyo a los críticos literarios y de cualquier tipo, porque es una figura necesaria y, ahora mismo, que los responsables de los medios consideran prescindible. Craso error. La desaparición de los críticos tradicionales es inversamente proporcional a la proliferación de instagrameros y tiktokeros. La continuidad de los críticos y de los suplementos culturales solo va a depender de la voluntad de los directores de sus respectivos medios y del departamento de finanzas, claro.

Premios Ciudadanos. Moisés Rodríguez, David Felipe Arranz y Víctor Jara. Fotografía de Victoria Iglesias

 En un contexto de polarización, ¿puede la cultura seguir siendo un espacio de encuentro o funciona, en la práctica, como un campo más de disputa ideológica?

La cultura es el espacio de consenso ahora mismo. Poner un pie fuera de ese espacio mediático ahora mismo es arriesgarte a que te lo pise el millón de bots con seudónimo que hay infiltrados en todas las redes y financiados por los partidos políticos. Todos están de acuerdo en que el fomento de la lectura siempre es positiva.

 — ¿Hay hoy más autocensura que censura?

Hay mucha ignorancia, que es peor. Cuando no se tiene nada en la cabeza o no se ha leído, se dicen muchas tonterías o se tiende a darles voz. Por ejemplo, en un telediario, entre hablar de un autor, un ensayista o un científico que acaba de publicar un libro maravilloso o del gasto mayor de los españoles en las vacaciones de verano, la agenda setting de turno del medio elegirá siempre lo segundo porque cree que da más audiencia y es más popular y populista. Pasa lo mismo con el cine: los programadores han borrado de la faz de las parrillas de las televisiones generalistas el cine clásico y solo programan películas recientes. No quieren refinar el gusto de las audiencias. Yo tuve de contertulio en “El Marcapáginas” en 2014 y 2015 al director de producción de programas de una celebérrima cadena, otrora líder de audiencia, que decía que él leía poesía e iba a la ópera y a los museos, pero que fabricaba telebasura porque lo suyo era un negocio; y que él, por supuesto, jamás veía la propia chabacanería sensacionalista que producía deliberadamente para que la gente la viese después de comer y así poder hacer caja en la cadena. Era de un cinismo galopante. Saben perfectamente lo que hacen y no es el único caso.

— ¿Qué le preocupa más: la falta de lectores o la falta de exigencia de los lectores?

No me preocupa ninguna de las dos cosas. Leer en papel activa las neuronas y el espíritu crítico, y soy de la creencia de Cervantes de que hay que leer aunque sea los papeles rotos de las calles. Me encanta ver a la gente leyendo en papel en los bancos y en las salas de espera, aunque sea un Premio Planeta [risas]. El formato digital es bastante agresivo a nivel ocular y desgasta rápido. Yo acabo machacado cuando llevo demasiado rato leyendo en el teléfono, se me caen los ojos al suelo y termina por dolerme la cabeza y el cuello.

— ¿Qué preguntas cree que no se están haciendo en el periodismo cultural actual?

¿Quiénes son los responsables de la demolición programada del periodismo cultural? ¿Cui prodest, a quién beneficia? Con nombres y apellidos, por favor. ¿Dónde quedará el periodista cultural cuando la IA haga las reseñas? Hay un gran silencio en torno a estas cuestiones, nadie quiere abrir la caja de Pandora que es el incierto futuro del oficio.

— Después de este reconocimiento, ¿qué le gustaría aún demostrar —si es que queda algo por demostrar—?

Me quedan muchas cosas por hacer aún, especialmente en el plano intelectual y en el personal. La vida es un reto continuo y me encanta ponerme las cosas más difíciles cada vez para descubrir fronteras en lo profesional y en lo personal. Vaya aburrimiento si no. Mi referente, César Antonio Molina, lo ha sido todo en este universo cultural, no solo ministro de Cultura, sino un grandísimo gestor cultural, director del Instituto Cervantes y del Círculo de Bellas Artes, de suplementos culturales de referencia y, por su puesto, profesor universitario y escritor.

— Si tuviera que redefinir hoy el sentido de su trabajo en una sola idea, ¿cuál sería?

En el periodismo cultural, el amor y la admiración por el esfuerzo creativo de los otros es la forma más generosa de inteligencia.

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