
Elegía del Mediterráneo
Pedro García Cueto
Ediciones En Huida, 2026
68 págs.
Elegía del Mediterráneo de Pedro García Cueto: un canto de amor a la amistad y a la poesía
La tarea del escritor consiste principalmente en un acto de honestidad y respeto por el lenguaje. Ha de eslabonar lo que quiere decir y cómo lo debe decir, buscando siempre dentro de sí sentimientos verdaderos que después modelará a través de la palabra como el mejor de los escultores. Uno de los sentimientos que mueven más poderosamente a quien escribe es el amor transformado en amistad. Cuando ese afecto se ve golpeado por la pérdida del ser amado, queda el recuerdo y el respeto a quien ya no está, pudiéndose traducir en versos.
Es precisamente esto lo que nos propone el profesor, doctor en Filología Hispánica y escritor madrileño Pedro García Cueto (1968), quien nos brinda un nuevo volumen en su prolífica obra. De título sugerente y versos aún más poderosos en su interior, Elegía del Mediterráneo no es su primer libro dedicado a la poética levantina, pues previamente ha publicado ensayos como los tres que dedica a Juan Gil-Albert —La obra en prosa de Juan Gil-Albert (Institució Alfons el Magnànim – Centre Valencià d’Estudis i d’Investigació, 2009), El universo poético de Juan Gil-Albert (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2010) y Juan Gil-Albert y el exilio español en México (Generalitat Valenciana, 2016)—, así como el que homenajea a Francisco Brines —Francisco Brines, el otoño de un poeta (Huerga y Fierro, 2021)— y aquel dedicado a un conjunto de líricos representativos de esta tierra —La mirada del Mediterráneo, estudio de doce poetas valencianos contemporáneos en lengua castellana (Institució Alfons el Magnànim – Centre Valencià d’Estudis i d’Investigació, 2012)—. El presente libro, no obstante, es un volumen poético, materia en la que el autor ha sabido demostrar su maestría con títulos como El sueño de las alondras (Ars Poetica, 2018), La lentitud de la noche (Olifante, 2021) y La caligrafía del mar (Ondina Ediciones, 2022). Cuatro años después, García Cueto regresa al oficio poético, si bien nunca ha dejado de escribir en otros ámbitos como la crítica literaria y cinematográfica o la novela. Su lírica es resultado de todo un proceso de conformación de estilo resultado de su constancia como escritor, pero también de la asimilación de influencias de otros autores.
Algunos de ellos ya han sido mencionados, mientras que otros se erigen en protagonistas de libros como La llama poética de Luis García Montero (Sonámbulos Ediciones, 2022), Lorca, espejo y sueño (Editorial Dalya, 2023) o Fulgor y ceniza en la obra de Javier Lostalé (Ediciones en Huída, 2025). Quedan más presencias, como las que protagonizan Elegía del Mediterráneo. Publicado por el sello Ediciones En Huída, representa —en palabras de su autor desde la nota inicial— un “homenaje” a “tres maestros” y amigos en su vida: Pedro J. de la Peña (1944-2023), profesor de la Universidad de Valencia que “alumbró” al escritor con sus conocimientos y amistad, ayudándole en su tesis doctoral sobre Juan Gil-Albert; estudio convertido posteriormente en el primer libro ya mencionado de García Cueto, La obra en prosa de Juan Gil-Albert, que editó otro de los homenajeados: Ricardo Bellveser (1948-2021). Poeta valenciano, fue además gestor cultural y director de la institución Alfonso el Magnánimo. Por último, el poeta alicantino Antonio Porpetta (1936-2023), de quien el homenajeador aprendió “el arte de la elegancia, la categoría humana y la generosidad”.
En el prólogo de la obra, el poeta, crítico literario y periodista cultural Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) afirma que la presente obra “se erige como un canto íntimo y luminoso, un libro de poemas donde la memoria, la amistad y la admiración se entrelazan bajo la luz cálida del Levante; en definitiva, una afirmación obstinada de la vida a través de la palabra poética”. Así, los autores homenajeados “aparecen no solo como referencias culturales, sino como presencias vivas en la evocación poética”. Cárdenas nos subraya algo relevante dentro de esta Elegía del Mediterráneo: la presencia de dualidades aparentemente contrarias, símbolo de la conciencia del individuo como habitante del “umbral” entre la “vida” y la “muerte” o la “memoria” y “olvido”; así, el poeta busca “reconciliar la desaparición física con la permanencia espiritual”, tomando como “interlocutores constantes” a poetas queridos y admirados que ya no se encuentran entre nosotros. Por tanto, el libro se convierte “en un espacio de conversación más allá de la muerte”, en una “tentativa” de “retener lo irrecuperable”, pues “recordar es una forma de mantener viva una relación de amistad”.
También se produce una dualidad en el sentir de la escritura. El poeta, en palabras de Cárdenas, siente que las palabras se muestran insuficientes ante la riqueza de los sentimientos a expresar, produciéndose una “tensión entre la imposibilidad y la necesidad de decir”. La escritura “se reconoce como parcial, quebrada, y pese a todo, el único medio disponible para acercarse a lo vivido”, siendo “esa conciencia de límite” lo que “paradójicamente […] otorga al libro su fuerza”.
En lo concerniente a temáticas, se pone el peso en el mar como reflejo del tiempo, la búsqueda de la depuración en el estilo poético, la conciencia del paso de la vida y su resistencia a través de la escritura, la memoria o la posteridad.
Ya inmersos en el poemario, encontramos que cada texto va a dedicado a uno de los poetas homenajeados. Empezando por Pedro J. de la Peña, surge el titulado El caballo galopa en el mar, cuyo contenido nos brinda una sugerente escena protagonizada por dos parejas de jinetes con sus respectivos caballos en una playa. La fuerza de la naturaleza presente en el viento y el agua parece contagiar a los animales y a sus dueños, un hombre y una mujer. Una energía que simboliza la del ímpetu amoroso, auténtico protagonista del poema. Seguimos por Bécquer en el Moncayo, donde el propio autor se ve reflejado en el autor de Rimas y leyendas, escribiendo al igual que él en la celda: “Como tú, poeta, que lo amabas / y le dedicaste tus poesías”. El poeta sevillano se imagina en el Moncayo y consigue transformar el paisaje que le envuelve “sintiendo el peso del vacío”: Exilio del pensamiento, / luz que atardece en su mano, / la tarde declina sobre su frente / y el paisaje se va borrando”. En el siguiente, Y nos unió Gil-Albert, la rima se hace presente para evocar la figura del amigo y el modo en que ambos admiraban al autor referido en el título del poema: “No te faltaba ironía, / cuando me decías con sonrisa / que fue olvidado y alabado / por los necios que lo aupaban”. En una tarde alicantina el poeta conversa con su dedicatario al final del día, formulando una pregunta muy manriqueña en torno a la trascendencia: “¿Quién se acordará de nosotros? / cuando seamos ceniza al viento / y nada quede de nuestra obra. / La creación, lo escrito, quedará / para unos pocos, quizá un solo lector / que en la lejanía del tiempo / conversará con nuestro olvido”. Adiós a los poetas venecianos muestra el rechazo del poeta amigo a los novísimos (“lejos de cultismos y de citas”) en su busca de un “lenguaje verdadero” capaz de expresar “lo hondo en un poema”. Se equipara esa pureza de intenciones con “la luz cristalina” del paisaje y hay una alusión al atentado que sufrió De la Peña por parte de Terra Lliure: “por defender el castellano / en tierras movedizas / intentaron segar tu vida”. El poema culmina en agradecimiento, al ser el interlocutor ejemplo a seguir en estilo de vida y en forma de acercarse a la poesía. Pepe Hierro se sienta a nuestro lado rememora una cita entre estos dos poetas y el autor de Cuaderno de Nueva York, describiéndole por su faceta artística (“dibujaba en servilletas barcos y pajaritos”) y su entusiasmo a pesar de la edad: “Ya andaba lento y cansado / y hablaba con las manos al viento, / su vigor era su alegría / que nadie le robó”. También el recuerdo de un pasado gris de cárcel y poetas envidiosos, así como la añoranza del norte. Igualmente se recuerda el encuentro de ambos amigos con quien escribiera La casa encendida en Y Rosales nos miraba: “era un gigante enamorado, / un hombre con luz en las manos, / le temblaba el libro de sonetos / y sentí su voz honda y verdadera”.
Entre los poemas dedicados a Antonio Porpetta encontramos La casa respira en ti, donde el poeta recuerda una amarga niñez, habitando un hogar que es “árbol florido” de “ramas secas” y viendo a sus progenitores “discutiendo”. Su autorretrato es el de “un niño que se escondía / tras la ventana del cuarto de sus padres, / donde el silencio y el vacío / eran el reloj del tiempo”. En Viajero del mundo se menta el carácter viajero de Porpetta (“escribiste tus memorias de poeta errante”). También está presente su pareja, en cuya compañía la vida fue cálida: “Con Luz María, tu luz, / fuiste caminando por los senderos / de un paisaje estival / que recordaste en tus memorias”. Esa “antigua luz” es ahora “ceniza” ante “la nada” que le “espera”. Hay una remembranza del encuentro en Valencia del autor y el poeta al que rinde tributo: “Me contabas tu vida, sin prisa, / hacías pausas para llorar, / gran caballero andante / ya navegas frente a la mar”. Y canta el mar tiene como tema el paisaje marino, siempre presente a pesar de la ausencia de los seres queridos —Porpetta y su mujer—. Junto a ellos, el autor se imagina como “ceniza […] / en el agua contemplada / en el cristalino azul”. Lo cantado —el mar— pervive frente “al cantor” —el trío protagonista—. En Dibujos en la arena, el poeta dibuja “en la arena / un rostro de mujer” que resulta ser nuevamente el de “Luz María que vuelve / hecha sirena en el mar”. También “Antonio regresa para bailar / con el maridaje de la tarde”, siendo “dos bailarines que se mecen en las olas”. Después el poeta traza un nuevo retrato: “una rosa” que es Porpetta “que escribe / una novela sobre los zares / y su muerte tan cruel”. Por último, el poeta esboza en la arena un poema de Bellveser, de quien ahora analizamos los poemas dedicados.
Volver a Yásnaya Polyana recuerda el momento en que Ricardo llegó hasta la tumba de Tolstoi, en la finca rural donde éste nació, vivió y que da nombre al poema. Como el autor ruso, el valenciano también dejó esta vida, y así le recuerda nuestro autor: “Tú vives ya en el ocaso, / en los escritos que has dejado / y Anna Karenina respira en el universo / de tu alma cincelada”. En Los libros y la vida, equipara el poeta a los libros con “un lienzo […] / donde teje el poeta su paisaje”. García Cueto relata cómo su amigo, al final de la vida, despobló de libros —aquellos que le forjaron como lector antes que como poeta— las estanterías de su casa (“huecos prendidos sin memoria”), “como si regalase su vida”. Sólo conservó “un bello tomo de poemas” que no donó, “donde vive Lorca y el romancero / y se agigantan los gitanos”. En Valencia es una tarde se rememora un atardecer en el que el autor paseó por la capital del Turia guiado por el poeta homenajeado: “tu pincelada en tus ojos vivos, / como llamas con fulgor / en esa Valencia que tú soñabas”. Brines sueña desde mi ventana revive al autor de Donde muere la muerte, así como la entrevista que Bellveser le hizo —Bellveser fue fundamental para que viera la luz el ensayo Francisco Brines, el otoño de un poeta—. García Cueto cierra los ojos para imaginarse en compañía de ambos: “Brines se va como Tadzio al infinito / marcando con el dedo / el confín del mar. / Y tú, Ricardo, eres Thomas Mann / dejando tu cuerpo yerto en las orillas”. Los padres y la casa familiar vuelven con El liquen de la piel, que es lo que el poeta halla al buscarlos: “su musgo en las paredes, / donde una vez yo fui feliz”. Cuando nace un libro hace referencia al poemario El sueño de las alondras —de cuyo prólogo se encargó Bellveser—. Esas aves se equiparan a las golondrinas becquerianas que en este caso no regresan, convertidas en símbolo de melancolía. Así, se dirige al poeta y amigo ausente: “Te extrañó que hubiera tristeza en mí / tan ufano y ganador, / pero los que llevamos la nostalgia / siempre somos dioses derrotados”. Como contrapeso está Un árbol milenario, símbolo luminoso en la vida de quien escribe: “Sigue siendo hermoso / de verde follaje sus hojas, / como un bosque sus sentidos / y en la cumbre el pensamiento”.
El poemario se completa con una serie de poemas dedicados a los tres poetas. Cuando el lenguaje muere supone la elegía de García Cueto a sus tres maestros, indicando cómo las palabras se vuelven insuficientes como herramienta con la que transmitir el dolor sentido ante la ausencia: “A veces el lenguaje no sirve, / para expresar el dolor / lo que se siente en lo hondo / de este mar de pensamientos”. Esplende el mar retoma la añoranza por los amigos que ya partieron: “hoy veo ecos perdidos / de vuestro tiempo vivido. […] En la costa valenciana / veo la tarde morir, / cómo se van vuestros latidos / hacia la nada que es la muerte.” Como vemos, la presencia nuevamente de Manrique en sus Coplas resulta innegable, quedando claro más adelante con ese doble morir en la fragilidad de la memoria futura: “¿Quién os recordará? / Unos cuantos seres queridos, / que, como decía Manrique, / contemplan el paso / inexorable de la vida”. Lo “conseguido” se desvanece con el morir (“páginas de libros en el agua / mojados como un pliego antiguo, / donde siento el espejismo vital”). En Dónde irá la primavera encontramos la clave del título del poemario. La pregunta que encabeza el poema refiere a esa pérdida de la alegría, formulándose en el mes en que Pedro y Antonio se fueron “hacia la nada”. El poeta escribe este poema “que es elegía del Mediterráneo” donde “vuelan” sus versos. En el poema final Adiós, poetas el autor se despide de sus amigos, manifestando su presencia y compañía constante: “Adiós, poetas valencianos, / vuestros rostros son espejos / en el declinar del ocaso. […] / Conmigo vais, aventureros, / de ciudades y de abrazos. / Siempre luz en mi sendero, / luz que nunca apagaré”.
Elegía del Mediterráneo es un canto de amor sincero por sentido a tres personas únicas desde sus distintas personalidades poéticas y afectuosas. García Cueto esboza una obra clara en su naturaleza lírica, como esa agua del mar levantino tantas veces evocado en sus versos. Cumple así con el aprendizaje heredado de sus maestros, comprometido con la verdad despojada de todo artificio. Una delicia para los amantes de la buena poesía.











