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Camila Cañeque
La Uña Rota, 2026
244 páginas
No sé por dónde coger este libro de Camila Cañeque. No sé por qué puerta entrar. ¿Por la mera de la literatura? ¿Acaso considerarlo una performance con palabras? No sé, ya digo. Veremos.
De Cañeque tenemos su libro primero, su libro talismán, su libro último —ahora penúltimo— que fue La última frase. En aquel libro de fragmentos, de enunciados, de aseveraciones dudosas, sí supimos encontrar la entrada. En aquel libro se entraba por la última frase. Porque, en fin, todo en él eran finales, terminaciones (¿nerviosas?) de la literatura. Aquel libro anunciaba sin renunciar una mirada esquiva, desviada. Los finales, ese acto tan literario, de los que Camila sabía encontrar puertas.
Este Anuncios, ¿qué anuncia? O ¿acaso denuncia?
Según su editor este libro lo escribió la autora al mismo tiempo que La última frase. Dos libros, dos obras que hacen la obra completa de una autora que anunciaba un inquietante futuro literario. Si en aquel libro todo eran palabras, últimas palabras, —«la ficción nos ofrece la seguridad de su propia muerte. Es la mayor fabricante de finales. Y la mejor», decía allí la autora— en este lo que faltan son palabras. No de Don, el ¿protagonista? Del texto, el parlanchín músico de jazz, lituano, que habla y habla ¿a la cámara, a la grabadora de Camila?, sin esperar respuesta; habla sin ton ni son; habla como si improvisara un tema jazzístico; habla como ensayando la vida; o anunciando su final.
Pero, ya se sabe, en música los silencios cuentan. Camila lo sabe y, entonces, decide silenciarse, silenciar a una narradora que, sí, allí está. Está con una grabadora, o con una memoria prodigiosa, o con una cámara que no toma ninguna imagen. Todo son imágenes en Anuncios. En La última frase, ya lo he dicho, todo eran palabras. Aquí todo son imágenes. Sí, las palabras de Don no son imágenes, son, si acaso, las últimas frases de un tipo que no está dispuesto a transigir con la vida monótona y desprestigiada.
Camila le da voz, pero a nosotros, a los lectores, nos da imágenes, nos da la actuación de Don, su palabrería y su textura visual. Pues más que leer visualizamos a Don en su cubículo-apartamento. Camila nos entrega a Don también, en el bar, en los bares, el codo apoyado en la barra, escuchando las conversaciones de desconocidos. Camila abre su grabadora ¿mental? y desparrama las voces de personajes sin nombre. ¿Son figurantes de la existencia de Don? ¿O es Don el figurante de la mirada de Camila?
Hay algo de la objetividad extrema del Nouveau roman. Recuerda a la mirada fría de Samuel Beckett. Hay algo de muchos en Cañeque y casi todo de ella misma. Mirada aguda.
¿Ven por qué decía que no encontraba la entrada a este Anuncios? Es que todo son preguntas. Pocas certezas.
Bueno, una certeza. Una confirmada por la propia autora, que, en la dedicatoria final agradece al cineasta Jonas Mekas, también lituano, el haberle presentado «a este personaje».
La performance de Don (y de Camila, que lo observa y graba) es como la que anunciaba la autora en su artículo Compartir intemperie de 2018 (Revista Jotdown), en el que daba cuenta de un mendigo llamado Albert Bushwick, residente en el cruce de Lafayette Avenue y Bushwick Avenue (NY), que se había convertido en un living landmark, es decir en un hito geográfico tan visitable como el Empire State o la Sagrada Familia en Barcelona.
Si Don se ha convertido — por mor de la autora Camila— en un living landmark que sólo visita Cañeque en íntima pero parlanchina representación, entonces los lectores somos visitantes de ese monumento, evento, monuevento o lo que quiera Camila.
El caso es que uno se adentra en el libro de Camila y casi no sabe salir. Don agobia un poco. Sobre todo, su escuálido apartamento, buhardilla, caja de resonancia (ver la foto de Camila en la página 238). Así que sí, Camila estuvo allí.
Don agobia y se agobia: «Yo he perdido. He perdido el sentido de las cosas reales. Me dejaron. Todas esas cosas que me gustaban se han ido. Ya no están aquí, en el presente. No existen ahora. Las cosas siguen ahí, pero tienen otro significado. Me gusta, sí, todavía me gusta esta ciudad. Pero todo ha cambiado. Antes era diferente para mí. Es difícil saber qué es lo que ha pasado. Ahora todavía están allí, pero me han dejado. Veo los lugares, paro las asociaciones han cambiado», dice Don.
La mirada de Camila Cañeque, su mirada literaria, que es (y que pudo ser) una forma diferente de ver los lugares, los mismos lugares, pero que han cambiado y que tienen otro significado. La última frase…, es el último anuncio.
De Anuncios no se sale.












