septiembre 2020 - IV Año

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Giacomo Puccini y ‘La bohème’: Una aproximación

El escritor y musicógrafo Antonio Daganzo comenta uno de los títulos fundamentales del compositor italiano: ópera navideña por antonomasia, que vuelve a representarse en el Teatro Real de Madrid, en coproducción con la Royal Opera House de Londres y la Lyric Opera de Chicago, del 11 de diciembre de 2017 al 8 de enero de 2018.

giacomo-pucciniGiacomo Puccini (Lucca, 1858 – Bruselas, 1924), representante de la tercera generación de una familia de músicos, formó parte del notorio grupo de autores que perseveraron en la tradición operística italiana tras el genial legado de Giuseppe Verdi. Puccini tenía como compañeros en dicho grupo a dos músicos que cosecharon sus primeros éxitos a comienzos de la década correspondiente a 1890: Pietro Mascagni y Ruggero Leoncavallo. El primero, con su obra Cavalleria rusticana, fechada en 1890, institucionalizó, por así decirlo, la corriente ‘verista’ en la ópera italiana, un ‘modus operandi’ musical que se alejaba conscientemente del idealismo romántico para dar paso a un esfuerzo evidente por mostrar la realidad tal cual era. Siguiendo esta senda, Leoncavallo, en 1892, también obtuvo un gran triunfo con Pagliacci. A Puccini le llegó su turno para la celebridad un año después, en 1893, cuando Manon Lescaut, ópera basada en la novela del Abate Prévost, recibió los favores de crítica y público. El mérito mayor de Puccini fue el de imprimir su sello personal en una obra que, pocos años antes, ya había sido llevada a los escenarios de la mano del compositor francés Jules Massenet; referencia obligada, por otra parte, si nos proponemos entender el estilo musical del italiano.

boheme5Tras el triunfo, Puccini se planteó la posibilidad de subir a las tablas la novela Escenas de la vida de bohemia, del escritor parisino Henri Murger (1822-1861). El compositor había quedado subyugado por sus personajes: el poeta Rodolfo, la costurera Mimí, el pintor Marcello, la casquivana Musetta, el filósofo Colline, el músico Schaunard, y tantos otros; admiraba su tenacidad para seguir subsistiendo, casi del aire, sin traicionar unas almas dedicadas al arte y al pensamiento, que esperaban siempre, con una chispa de esperanza en sus corazones, el momento del éxito. Ni que decir tiene que Puccini se sintió muy identificado con el texto: él también había vivido sus años bohemios, en busca de un reconocimiento artístico que finalmente obtuvo. Movido por la necesidad ineludible de rescatar del olvido aquellas vidas desgraciadamente cubiertas por el velo del anonimato, como si hubieran sido reales –y, en puridad, Murger se basó en tipos auténticos de la bohemia de París-, el músico contó con la ayuda de los libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, que adaptaron el texto original de la manera que a Puccini le parecía mejor para procurar la brillantez de su música. Fue una colaboración en la que se atravesaron momentos muy difíciles, debido a la severidad y la intransigencia con que Puccini imponía sus criterios en materia de diálogos y situaciones en escena, pero que finalmente dio frutos excepcionales e hizo nacer una semilla de amistad que germinaría en forma de nuevos trabajos, como Tosca y Madama Butterfly, óperas que se cuentan, junto con la póstuma Turandot, entre lo mejor de la producción pucciniana.

Boheme-poster1Ponerle etiqueta a La bohème es tan imposible como ponérsela al estilo musical de su autor. Fundamentalmente, Puccini fue un romántico de la última hora, al que le preocupaba muy especialmente la calidad melódica y armónica, circunstancia que le diferenciaba decisivamente de músicos cultivadores de la estética ‘verista’, como los antes referidos Mascagni y Leoncavallo, cuya música se revestía en ocasiones de una afectación melodramática vulgar y excesiva. A partir de esa premisa romántica, Puccini valoró el linaje wagneriano del ‘leitmotiv’, de los motivos conductores, y lo unió –como señalase muy oportunamente el comentarista José María Martín Triana- a la tendencia francesa de adaptar las líneas de canto a las peculiaridades fonéticas del idioma. Todo ello funcionó como soporte de su extraordinaria capacidad melódica, que en La bohème queda demostrada desde el principio hasta el final.

Esta comedia lírica inclasificable, cuya autoría corresponde a un músico igualmente inclasificable –como hemos visto-, tiene, contrariamente a lo que remite su denominación, uno de los finales más terribles de toda la historia de la ópera. A lo largo de los cuatro actos que la componen –los dos primeros transcurren en Nochebuena, y por ello La bohème se ha convertido en la ópera navideña por antonomasia-, vemos cómo una joven y bella costurera, Mimí, se introduce en un alegre grupo de bohemios, entre los que figura Rodolfo, poeta sin éxito que la ama y al que ella corresponde; los problemas económicos hacen imposible una vida en común de los enamorados, porque Mimí va enfermando progresivamente de tuberculosis y Rodolfo no puede hacer nada por ella; al final, Mimí regresa a la buhardilla de su amado, donde, en una amplia y conmovedora escena, fallecerá sobre un pobre camastro, rodeada por los amigos bohemios y bajo la mirada de un Rodolfo que llora con amargura su muerte.

pucciniQuizá el mayor logro de Puccini en La bohème fue el no rendirse ante el sentimentalismo más banal que podía haber propiciado tal argumento. Por el contrario, construyó unos motivos melódicos cíclicos –cada personaje tiene uno- que reforzaban los momentos más emotivos de la obra sin necesidad de grandilocuencia melodramática, y esto lo complementó con arias de extraordinaria belleza, como el ‘Che gelida manina!’ (‘¡Qué manita tan fría!’), para tenor, que canta Rodolfo en el primer acto; momento que prepara la respuesta por parte de la soprano en ‘Si, mi chiamano Mimì’ (‘Sí, me llaman Mimí’). O como el aria para bajo que canta en el cuarto acto Colline, el filósofo: ‘Vecchia zimarra, senti’ (‘Escucha, viejo gabán’). Son sólo algunos ejemplos, de los muchos ofrecidos por la partitura, que ponen bien a las claras cómo Puccini era fiel a sus ideas, y cómo respetaba aquella máxima suya que rezaba, con dejo desafiante, ‘contra todo y contra todos, compondré óperas con melodías’.

La obra fue estrenada el 1 de febrero de 1896 en Turín. Cundió el pasmo entre el público, y la crítica tildó la música de ‘demasiado ligera’. Tuvo que pasar algún tiempo para que se comprendiese la verdadera intención de Puccini: la de cantar ‘las pequeñas cosas’, como a él mismo le gustaba decir. Alguna bendita culpa de este reconocimiento posterior habría que adjudicársela a Gustav Mahler –el insigne musicólogo austríaco Kurt Pahlen se encargó de recordarlo-. Siendo director de la Ópera Real de Viena, Mahler se vio en el compromiso de elegir entre dos óperas de una exacta temática: La bohème pucciniana y La bohème que, en 1897, había compuesto nuestro ya igualmente conocido Ruggero Leoncavallo. El juicio del gran músico fue rotundo: ‘Es el trabajo de Puccini el digno de ser representado en Viena’. Palabra de Mahler.

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