No era fina, tampoco una santa. Eso sí, rigurosa en el lenguaje y casi mística. Esta nortina de valles fértiles y de largo recorrido por las angosturas secas y lluviosas de Chile y Latinoamérica, vivió en España desde el treinta y tres hasta casi fines del treinta y cinco, gozando de la lectura de los grandes maestros espirituales que llevaba en el alma. A Santa Teresa, la leía en Ávila; a Luis de Góngora, en Salamanca; y a San Juan de la Cruz, en Segovia. Tenía admiradores como Luis Rosales, quien afirmaba que sólo por la calidad de sus Recados le daría el Nobel. Pero ya era merecedora del trascendental galardón por su Desolación, que clamaba desde sus huesos la vida dolida y la muerte. Por Ternura, con impresionables arrullos de infancia y rondas que aún se cantan en los colegios. Y por Tala, donde ahonda en las raíces de su continente. Mucho de su reconocimiento se lo debe a España. Su obra Desolación, a Federico de Onís, del Instituto de las Españas en Nueva York; Ternura, por su edición en Madrid en 1924; por una antología que incluye poemas suyos y publicaciones en diversos medios de comunicación. Cede sus derechos de Tala a los niños desvalidos de la Guerra Civil española. Con unos pocos libros, y ya estaba en el podio de los célebres. Para qué más cuando contenido y calidad sobran.
La escritora más importante de la literatura iberoamericana, la única Premio Nobel hasta la fecha, la primera cónsul nombrada en el continente, destacada maestra, llegó a España mucho antes que la destinaran como diplomática en Madrid, por méritos que trascendían en el mundo hispano como educadora, poeta, luchadora por la igualdad de la mujer y el hombre, y comprometida por la libertad en Latinoamérica, como constatamos en el discurso en defensa de Sandino, cuando los norteamericanos le pusieron precio a su cabeza, En sus acciones en defensa de los derechos del niño y de los indígenas.
En relación con su feminismo aseveraba que para predicarlo realmente debía comprender también a la mujer de clase obrera, puesto que hasta ese momento se la marginaba. Afirmaba entre otras cosas: “Instrúyase a la mujer; no hay nada en ella que le haga ser colocada en un lugar más bajo que el del hombre. Que pueda llegar a valerse por sí sola y deje de ser aquella criatura que agoniza y miseria si el padre, el esposo o el hijo no la ampara. Y no sea al lado del hombre ilustrado ese ser ignorante a quien fastidian las crónicas científicas y no comprende el encanto y la alteza que tiene esa diosa para las almas grandes”.
En 1923 está en Madrid, invitada a la Residencia para Señoritas por María de Maeztu, donde en base a la educación se enseñaba a las mujeres a ser independientes. Esta intelectual, por su actividad republicana, murió en el exilio, en Argentina. La relación entre ambas tuvo altibajos, aunque siempre se apreciaron, llegando Gabriela a ofrecerle su casa para que pasara el destierro cuando estuvo de cónsul en Lisboa. Gabriela hizo amistad con Clara Campoamor, Victoria Kent, Victoria Ocampo, Zenobia Camprubí —mujer de Juan Ramón Jiménez, a quien apoyó para el Nobel—.
Enemiga de dictaduras, de la desigualdad entre hombres y mujeres, partidaria del voto femenino e innovadora social, vuelve a Madrid en 1928. Representa a Chile y Ecuador en el Congreso de la Federación Internacional Universitaria en la capital de España. En 1932, el gobierno chileno le ofrece un cargo consular en Nápoles, el que fue rechazado por el régimen de Mussolini, por ser mujer y antifascista.
En 1933, arriba a Barcelona. En España ya se había producido un año antes la “Sanjurjada”, un fracasado golpe militar contra la Segunda República. Es el año en que Chile propone a Gabriela Mistral nuevamente como cónsul, pero en Madrid. Ella tiene cuarenta y cuatro años.
Fue marginada de la Antología de poesía chilena nueva, en 1935, cuyos autores fueron Anguita y Teitelboim, en la que aparecen sólo hombres, muy notables, pero que no justifican no incluirla. (Ellos son: Huidobro, Cruchaga Santa María, de Rokha, Rosamel del Valle, Neruda, Juvencio Valle, Díaz Casanueva, Cáceres, Anguita y Teitelboim). Y Neruda, en su famosa revista Caballo verde para la poesía, editada en Madrid (1935-36), la deja apartada. Quizás por celos poéticos, de que pudiera hacerle sombra, o por el hecho de que Pablo deseaba desesperadamente quedar como cónsul en Madrid ofreciéndole a Gabriela irse a Barcelona. Según la Mistral, tanto Pablo como Federico conspiraban para conseguirlo.
En cuanto al notable vate aristócrata Vicente Huidobro, la mira con menosprecio por no ser más que “una maestra de aldea”. Cuando éste le escribe al poeta Rosamel del Valle, la menciona como: “Esa pobre Mistral, lechosa y dulzona, tiene en los senos un poco de leche con malicia”.
Cuando llegó a Madrid, el Encargado de Negocios de la Embajada de Chile, Carlos Morla Lynch, muy solidario con los españoles en la Guerra Civil, que en número de más de tres mil asilados amparó en los alquilados locales de la sede diplomática, la invita a las tertulias que realiza en su casa con muchos de la Generación del 27. La retrata en su excelente obra En España con Federico García Lorca: “Pausada, tranquila, de una serenidad austera, seca y severa, que infunde respeto al tiempo que arredramiento. Tiene la certidumbre del granito”.
La escritora y periodista Teresa de Escoriaza, que ofreció por radio el primer discurso feminista (el 22 de mayo de 1924), publica en el diario Libertad el nombramiento de Gabriela: “En su primer viaje a Madrid ya era una escritora de gran reconocimiento que acaba de publicar, con una magnífica acogida, su segundo libro. En Madrid se le hicieron varios homenajes” (Ibid., pp.114, 115). Entre los cuales fue brillantemente ensalzada por María de Maeztu y Enrique Díez-Canedo.
Se hizo cargo del consulado en Madrid en junio de 1933, que hasta ese momento representaba el poeta Víctor Domingo Silva, que fue jurado cuando se le concedió a Gabriela el Premio en los Juegos Flores por sus Sonetos de la muerte, pero el escritor no quería dejar el puesto. Gabriela Mistral tuvo que reclamar varias veces al Ministerio esta engorrosa situación. Finalmente se hizo cargo de una oficina vacía y sin personal, por lo que debió contratar a Luis Enrique Délano, que afortunadamente pasó por el consulado solicitando trabajo. Él estaba en Madrid con una mísera beca, con su esposa Lola Falcón, quienes luego tuvieron un hijo en España, Poli Délano, que se destacó como un gran narrador. Délano padre, con los años, fue también un notable escritor y llegó a ser embajador en Suecia cuando le concedieron el Nobel de Literatura a su amigo Pablo Neruda.
La escritora Concha Zardoya, que nació en Valparaíso, era hija de padres españoles que se instalaron en Chile, donde hicieron una pequeña fortuna. Fue alumna de Gabriela Mistral en Santiago y alcanzó a educarse hasta medio año de pedagogía en castellano. Al retornar los padres a España invirtieron su capital y lo perdieron. Concha recurrió a Gabriela cuando estaba de Cónsul en Madrid para seguir sus estudios de filología. Ella la contrató de forma personal para que pasara en limpio los poemas que trazaba casi ilegiblemente. Me contaba que Gabriela salía de su casa-consulado para sentarse en una banca, en el Parque de El Retiro, a escribir poemas sobre su falda, y que luego tomaban té en una cafetería casi al lado de su piso. Debido a una investigación que hice para escribir una biografía novelada titulada Gabriela Mistral o retrato de una peregrina, ubiqué su domicilio: Av. Menéndez Pelayo nº11, donde se colocó una placa que fue inaugurada por la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, el embajador y el alcalde.
Sus amistades fueron: Carmen Conde, quien le solicita un prólogo a su libro Júbilos; Antonio Oliver; Blanca de Los Ríos; Ortega y Gasset y María Edilia Valero, que dice: “¡Oh tardes de Gabriela Mistral, en la avenida Menéndez y Pelayo! ¡Cómo vivís en mi memoria! Al evocar estos recuerdos, veo a Gabriela Mistral en actitud hierática, majestuosa, inconfundible, rodeada de amigas, admiradores e intelectuales que de todas partes acudían a visitarla. …Una vez me decía don Miguel de Unamuno, uno de los más asiduos a las tertulias gabrielinas: ‘La casa de Gabriela me hace la impresión de que estamos en La Cacharrería del Ateneo: allí se habla de literatura, ciencias y artes, y hasta del diablo, si es que hay diablo’” (Hispanoamericanas en Madrid (1800-1936), Hora y horas, Juana Martínez y Almudena Mejías. Dirección General de la Mujer, Madrid, 1994).
Otros trámites que realicé fueron para dar su nombre a un colegio primario bilingüe en el barrio de Las Tablas, con el entusiasmo del director Diego Such. Asimismo, al anfiteatro de Casa de América con la anuencia de la directora María Asunción Ansorena. Se colocó una placa por el embajador de Chile en un homenaje que se le hizo en septiembre de 2004, que no corresponde a la que se instaló posteriormente en septiembre de 2008, que es la que figura a la entrada de este recinto con una frase de ella. Existen, además, calles que llevan su nombre, así como otros colegios, que indican no sólo el aprecio de Madrid sino de España por esta gran autora, maestra y diplomática. Se relacionó con varios de la Generación del 98 y con los de la Generación del 27 en casa del diplomático Carlos Morla y Bebé Vicuña, quien cita: “Federico se ha sentado, movido por uno de esos impulsos tan genuinamente suyos, a sus pies, y ella ha comprendido y apreciado la gentileza del gesto. Le ha pasado cariñosamente la mano por la cabeza” (Ibid., p.121). En otra ocasión, Morla y García Lorca van a su casa a verla porque está enferma. Federico le lleva un ramo de rosas ya alicaídas por la demora de ambos en tertuliar por los bares. Morla relata en su libro lo que ella piensa: “La Generación del 98 odia la América con la excepción única de Valle Inclán, que es quien la ha entendido… Baroja la insulta cada vez que puede, y el propio Unamuno, don Miguel, me ha dicho hace días que el indio americano debe desaparecer. Mantengo con casi todos, hasta con Maeztu, a pesar de su actitud loca, relación amistosa. Prefiero frecuentarlos poco, por las tonterías que les oigo sobre nuestros países. Pero también tiene una muy buena opinión de los poetas jóvenes, que son los que pertenecen a la Generación del 27”.
Respecto a la República afirmó: “El hecho me produjo gran alegría, pues no olvidé nunca que al frente del anhelo republicano nacional estaba una brillante pléyade de intelectuales. Un sentimiento de fraternidad me ligaba a ellos, y me alegré con la nueva alegría de España” (Gabriela Mistral. Su prosa y poesía en Colombia, tomo I, p.371).
En cuanto a su expulsión de España, fue por una carta que envió a Chile sobre el ambiente que ve en una sociedad negativa que impulsó Primo de Rivera. Le pidió al destinario, que era su amigo, que dicha misiva no la mostrara a nadie. Éste lo primero que hizo fue entregársela a un periodista, que la publicó en la revista Para Todos. El resultado significó una gran protesta de los españoles en Chile. El Ministerio le dio un plazo de 48 horas para abandonar Madrid, trasladándola a Portugal, donde albergó a muchos republicanos en su consulado. En su reemplazo quedó Pablo Neruda.
Existe una cita de Gabriela que la retrata como mujer y escritora comprometida: “Ni el escritor, ni el artista, ni el sabio, ni el estudiante pueden cumplir su misión de ensanchar las fronteras del espíritu si sobre ellos pesa la amenaza de las Fuerzas Armadas, del Estado gendarme que pretende dirigirlos. El trabajador intelectual no puede permanecer indiferente a la suerte de los pueblos, al derecho que tienen de expresar sus dudas y sus anhelos. América en su historia no representa sino la lucha pasada y presente de un mundo que busca en la libertad el triunfo del espíritu. Nuestro siglo no puede rebajarse de la libertad a la servidumbre. Se sirve mejor al campesino, al obrero, a la mujer, al estudiante, enseñándoles a ser libres, porque se les respeta su dignidad” (Revista Bohemia, 1957, p.51).
Fue cónsul en varios países. Antes de recibir el Nobel de Literatura, se suicida en 1942 su gran amigo Stefan Zweig con su esposa Lotte y, después, en 1943, su sobrino Yin Yin, a los 18 años, del que se hizo cargo cuando era aún un bebé, queriéndolo como a un hijo. Le produjo un dolor tan intenso que estuvo a punto de enloquecer. Obtuvo el Premio Nobel en 1945. Pero su país la galardonó con el Premio Nacional de Literatura en 1951. En este breve poema predijo su sufrida y solitaria muerte lejos de su tierra coquimbana:
“Y va a morirse en medio de nosotros
en una noche en la que más padezca,
con solo su destino por almohada,
de una muerte callada y extranjera”.
(Este texto fue escrito por el autor para el «Homenaje a Gabriela Mistral: Poeta de las dos orillas», que se celebró en el Ateneo de Madrid el sábado 23 de mayo de 2026, acto organizado por los poetas Francisco Castañon, Antonio Daganzo y Eugenio Rivera, miembros honorarios de la Fundación Castiila que presiden Jesús de Castro y María José Mattus).











