octubre de 2026

EL ECO Y SU SOMBRA / ‘La bola negra’

Una advertencia inicial: es difícil ver La bola negra sin sentirse afectado por todo el ruido mediático de la maquinaria de la propaganda. Es una de esas películas que aturde antes de entrar en la sala y verla y continúa aturdiendo una vez que se sale de ella. No traigo el verbo aturdir con alguna connotación peyorativa, aunque tal vez alguna habrá.

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La bola negra progresa en tres líneas temporales: 1932, que sería la trama del dolor; 1937, la de la barbarie, y 2017, la de la restitución o la de la memoria. Todo lo engarza la voluntad póstuma del abuelo de Sebastián, el soldado franquista (por casualidad esa adscripción política, una criatura sensible, con ínfulas artísticas, sin pertenencia a facción bélica alguna) que se enamoró de un soldado republicano que custodiaba los últimos papeles de Federico García Lorca: una obra de teatro llamada La bola negra, de la que se tienen las primeras páginas, comenzadas en el tramo primero de la película a través del personaje de Carlos, un señorito granadino al que se le reprueba que participe como miembro del Casino, y de cuyo porvenir el guion crea la ficción de que esa obra estaba realmente acabada. La historia va creciendo, en flashbacks, en tiempos casi simultaneados. La parte más cercana en el tiempo la protagoniza Alberto, un joven dramaturgo en horas bajas al que descubrimos viviendo licenciosamente unas vacaciones en Grecia, nieto del soldado franquista, impelido a reconciliarse con su pasado al recibir una llamada que le informa de la muerte del abuelo desconocido. Todos estos personajes son homosexuales: debe aclararse esto.

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La bola negra es, más que una película, un acontecimiento cultural. No debe ponerse objeción alguna a esa circunstancia, la de la cultura, tan hermosa y deseable siempre. El mismo cine es cultura. Para bien o para mal, su pase por la taquilla (pronto se emitirá por Movistar +, que la produce) trasciende lo meramente cinematográfico.  Quizá acabe siendo más recordada por la turbulencia social que causó, la está causando, por su trajín en los medios, que por sus valores artísticos. Hay películas (buenas incluso) que avasallan en la taquilla, concitan la necesidad de expresar alguna opinión sobre ellas y acaban comidas por el olvido. Esta es de las buenas, en mi opinión. Esa bondad tiene matices, vuelvo a expresarme así. Muchos, tal vez. Entra en lo razonable (y es legítimo) que toda ella se construyera pensando en eso: en su recorrido popular, en esa voluntad de animar a que la gente que la ha visto (con más argumentos) y la que no (con lo recogido afuera de la sala, en la calle, en la prensa, en internet, en cualquier lugar en donde haya quien hable y quien escuche) exprese una opinión. Yo mismo he tardado en decidirme a contar qué me pareció. Hubo un momento en que prevaleció la idea de no contar nada. En este momento, por hastío, se me están quitando las ganas de seguir escribiendo. Creo, empero, que lo que cuente un servidor en adelante no dejará de ser una opinión montada sobre una opinión. La del cine, cuando salió, fue la primera. Sobre esa opinión, favorable, primeramente, masticada la película, observado el efecto que me ha causado al cabo de una semana de haberla visto, escribo esta segunda opinión. Deberíamos escribir sobre cine (o sobre cualquier cosa que nos emocione) no con inmediatez. Yo declaro, para desdecirme, que no hago eso casi nunca.

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Agrada que una película sobre Federico García Lorca se lleve una ovación de diecisiete minutos en Cannes. Ole los Javis. Qué bien, qué estupenda noticia para el cine español. Agradaría más si tras los aplausos alguien saliera como loco a buscar un libro de Lorca y metérselo en vena. El Lorca que venden los Javis es de taza de café en tienda de souvenirs culturales. Un Lorca como ese Che que ocupaba las camisetas de gente que no sabían poner en el mapa Sierra Maestra. Un Lorca de la cáscara amarga que probablemente habría aceptado gustosamente este homenaje, que se habría encantado interpretándose a sí mismo, con su pluma, con su aire burgués y etéreo, pero habría salido de la sala o del set de rodaje preocupado por el estilismo, por esa precisión (quirúrgica, metafórica, vital) con la que han vestido la historia, su historia. La poesía conduce la trama, cómo no, es de Lorca de quien se habla, aunque la convocada por Ambrossi y Calvo (y el libreto de la obra de teatro de Alberto Conejero de la que parten) es de factura más modesta, leve, apenas unos versos, un sentir lorquiano de manual, más ocupada en los detalles austeros, en la minucia sentimental, no en la ampulosa (brutal, iba a escribir) decantación barroca de sus mimbres. Los Javis tendrán esa fe poética que puede malograr o sublimar el mismo hecho artístico.

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Agrada (mucho, a ratos, esto lo volveré a decir) la ingeniería pop del producto. Ambrossi y Calvo son hijos del pop (hasta del glam o del bolero) que han leído las colecciones de poesía de Austral o que han mamado mucho cine melodramático a lo Douglas Sirk, tan amado por Almodóvar, de donde los Javis bebieron. Habrán querido que haya su poquito de Coppola en esta bola suya. Ahí está el muchacho enamorado agarrado a su trompeta como Gene Hackman se agarraba a su saxofón en su triste apartamento de La conversación. Habrán querido homenajear a la Virginia Woolf de La Señora Dalloway que Stephen Daldry lleva al cine con Las horas, que cuenta también con una historia mantenida en tres tiempos, con tres actrices en estado de gracia, por cierto. Tienen ambas obras, por cierto, un recado común que hacer: el de indagar en la pertinencia de la memoria, en el peso de las renuncias y de las heridas que causan.

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Creo que una sola imagen de la película, la que ocupa el cartel o uno de los carteles con los que se publicita, la resume entera. Es Sebastián, uno de los tres protagonistas, el que se presenta en el segundo periodo temporal, escalando una estatua de San Sebastián que ha sido derribada por un ataque de la aviación italiana al pueblo (nacional, no republicano) en donde vive. Ese santo Sebastián asaetado antes que bombardeado, convertido en icono gay por su apostura física, por su dolor sin alivio, por esa expresión de arrobo o de catarsis en la expiación. Es raro que los Javis (Calvo y Ambrossi) no hayan metido en los diálogos a Oscar Wilde o a Yukio Mishima, renombrados escritores que no escondieron sus devociones plásticas, intelectuales y eróticas por el santo.

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La bola negra es una tragedia política que se desentiende de lo político. Lo hace de un modo tan honesto que incluso los soldados que aparecen en ella no hacen de soldados: no se les ve en el frente, no hay escenas en que el fragor de la batalla apabulle, haga pensar de verdad en la barbarie de la guerra. Son soldados bien hechos, permítanme. Tienen prestancia, se ríen, corren desnudos por la playa. En este sentido, la soldadesca invitada a la función es de mentira, fogueo metafórico, no sé, una manera de contar la guerra sin que la veamos. Sebastián cae en un bando como podía haber caído en el otro. Hay como un humanismo atávico en el que se privilegia la emoción pura. Donde el conflicto intelectual solo se referencia cuando se cuestiona la legitimidad de que la orientación sexual sea motivo de censura o de odio. Calvo y Ambrossi quieren contar la represión, el hambre, la soledad, el sinsentido de las guerras recurriendo a un punto de vista casi único: el de la homofobia. Y está bien que sea ese el punto de vista contado y los directores se esmeren en que la ambición no malogre la primera vocación de la película, que es honrar a la imaginación, hacer que esa especulación alrededor de una obra de teatro perdida, que no inacabada, de Lorca prospere, se ensanche, se alargue (dos horas y media que no pesan) y lo ocupe todo.

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A Lorca no lo mataron únicamente por ser homosexual. Lo harían por silenciar a alguien que podría alardear de su condición desde la posición que disfrutaba; un hombre popular, libre, con púlpitos desde donde difundir una imagen incómoda (peligrosa) para el país que algunos estaban creando.

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Hay cosas en La bola negra que carecen absolutamente de una función narrativa: únicamente comparecen por capricho autoral, lo cual no es algo nuevo. Lo que desgracia esa licencia es que todas esas injerencias espurias (los soldados corriendo desnudos por la playa, los marineros estilo Jean Paul Gaultier en el Mirador de San Nicolás granadino) nazcan y mueran en el mismo instante, que no contribuyan a nada, salvo al espectáculo queer, amplificado, tal vez innecesariamente. Esa artificiosidad (pretenciosa, convocada excéntricamente) no es poética al modo que hubiera deseado el propio Lorca, sino publicitaria, más orientada a la mercadotecnia que a la verdadera emoción artística. Hay unas monjitas muy modernitas que opinan sobre los republicanos a los que atienden en el hospital militar de los nacionales. Dicen de uno que es majo. Una de ellas fuma mientras ve cómo se los llevan a fusilarlos. Hay un número maravilloso (Penélope Cruz en su salsa, faraónica, estelar, triste, en el fondo) que hace reír y llorar a la vez. Eso no sobra, en mi opinión. Poco humor hay para el mucho humor que los Javis incorporan a sus películas. Y este espectador agradece que, en eso, al menos, hayan sido contenidos, se hayan cohibido, no hayan querido mezclar géneros. La bola negra, aun así, es un híbrido de ellos: es película bélica, romántica, política. Me dejaré alguno. Tampoco es una película sobre Lorca, aunque el poeta la cruce en buena parte y uno, al tanto de cosas, no pueda evitar unir palabras y emociones.

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La música de Raül Refree, delicada a veces, apocalíptica otras, muy presente en todos los casos, tiene la misma contundencia que la imagen a la que apoya. A veces funciona como vehículo de la memoria (las piezas cantadas de la época como El soldadito español o Las tardes del Ritz, la herencia de la tradición, la vanguardia permutándola) y otras como subrayado incidental, articulado con el mismo primor con el que se organizan las pequeñas tramas, los diálogos, los escenarios. Esa contundencia aturde también. Hay silencios que rivalizan con la partitura más elocuente. Los metales y los timbres de la banda sonora marcan la pauta emocional machaconamente, anticipan sin que se precise, remarcan lo que la imagen ya consigue. Hay también un subrayado narrativo excesivo: todo se explica con colmo de detalle. Los protagonistas lo dicen todo, no se guardan nada, no permiten que se recree la imaginación de quien observa y escucha en poner las piezas que faltan. No es que los Javis crean que el espectador es tonto, no se atreverían, pero dan pinceladas gruesas (los soldados fascistas recreando con absoluto rigor plástico todos los tópicos a los que presumiblemente enfrentan sus convicciones más puritanas) y acaban construyendo un fresco voluble, una especie de cuadro grande en el que se pueden encontrar los horrores de la guerra y, al tiempo, la frivolidad de quienes las perpetran. Todos esos clichés lastiman la esencia misma del film: legitimar lo diferente, dar coherencia a la heterodoxia, vestir con mimbres folclóricos (y contemporáneos, por desgracia) la penosa represión que sufrió (que ha ido sufriendo, que todavía sufre) el colectivo gay, de modo que la impresión que subyace al salir de la sala es la de que hemos asistido a una conferencia sobre la salvación del hombre, a pesar de la barbarie a la que siempre se afilia, muy a pesar de esa condición infame sobre la que la civilización ha ido escribiendo (con triste fortuna muchas veces) la necesaria convivencia entre los distintos. Esa voluntad es encomiable, hay que decirlo. Que alguien desavisado, de pronto iluminado por la didáctica de la obra, considere que podemos vivir en armonía y no levantar trincheras, barricadas o prejuicios. Se puede disentir sin lastimar a quien no se nos parece. Esa máxima prevalece, se iza con solvencia. La película puede no gustar, permítanme, pero es irreprochable su condición de herramienta normalizadora. Los que se posicionan contra el fascismo (creo que abundan, por fortuna) encontrarán ligerezas argumentales, pequeños deslices morales. Los que lo secundan (no serán de tener amplitud de miras ni tampoco serán de pagar nueve euros para ver lo que condenan) podrán dar con motivos suficientes para ningunearla. Insisto en algo fundamental: La bola negra no es solo una película, no se presenta con la liviandad con la que las más de las veces va uno a la sala de cine, esto es, para entretenerse, para pasar un buen rato; bien al contrario, la película araña, rasga la superficie del adulador y del disidente. Los pone frente a frente, hace lo que debe: crear una feliz discusión. También esa es una de las funciones del séptimo arte.

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Tengo que contar algo sobre la nieve. Qué poética es la nieve. Lorca la manejó con magisterio. Supo entender que la nieve es la metáfora del olvido y de la muerte. Sabía que la nieve es la pureza más frágil. Como la del hombre cuando se mira a sí mismo y cree haber encontrado su razón de ser, aunque luego se desdiga y se precipite en el miedo, en las tinieblas, en el hecho de que «también sobre el alma nieva» (Canción otoñal, Libro de poemas). La nieve como el río que finalmente muere en la mar.

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Con todo, La bola negra es majestuosa en muchos aspectos, no en todos. Es una de esas películas de codicia voraz, construida para la conmoción, para que se converse sobre ella (bendito cometido), pero íntimamente fallida, aunque contenga pasajes (su atrevido inicio) de gran cine. Cuando finaliza, al pensar en lo que se ha visto, se ven (debo decir, yo vi) fracturas, pequeños o grandes obstáculos para considerarla una obra mayúscula, una de esas películas que adquieren, nada más verse, la consideración de obra maestra. Su mercantilización, noble y lícito propósito, habida cuenta de que es un producto comercial y debe hacer que la inversión dé sus beneficios, le ha hecho ganar y perder, convertirse en un objeto al que acercarse o del que alejarse. Se tiene la impresión de que esa especie de obligación por verla hará que la veamos con cierta reticencia. Como si lo que te pidiera el cuerpo fuese darla de lado, no caer en la obligación impuesta. Como si prefirieras la excentricidad de decir: no he visto La bola negra, me he desentendido, me ha cansado antes de verla, la culpa la tienen los medios de comunicación, es insoportable esa insistencia, parece que si no has ido a verla no eres nadie. Con todo, apreciada esta circunstancia inevitable, la de ser concernido como espectador habitual en su inagotable difusión mediática, La bola negra es una obra más que respetable, que maneja la sensibilidad con sensibilidad, aunque haya matices en esta afirmación, y hace algo a lo que no muchas películas se atreven: arriesgarse, poder incluso bordear los límites mismos de la caricatura, en la que cae a veces a sabiendas de sus ideólogos, que se han tirado al mar de sus onanismos, qué autor no lo hace, librándose también de esa caricatura con sobriedad y, en su absoluta falta de contención, ambicionar el beneplácito de cualquier tipo de espectador, sin que su orientación sexual, política o religiosa impida que el discurso explicitado cale, alcance a un destinatario universal, abstracto. Se va a llevar un chorro de premios, añado. Y yo los aplaudiré, conste eso. Porque está muy bien hecha, podría decirse. Parece cine grande, lo es, del que gana premios, del que habla incluso quien no es de ir al cine. Eso, me parece a mí, está bien. Que se hable de cine; que haya gente que, al verla, la deteste o la adore. Me alegra que exista La bola negra. Con su didactismo, con su homoerotismo de MTV, con su afán por sacar a los muertos del olvido, que es la tierra infame o es el desprecio, con su fe absoluta en sí misma. Con su esfuerzo tangible por traer la memoria histórica al presente, pese a quien pese. Está bien que se la repudie por todas las razones que convengan (yo tengo alguna, se ha visto, ninguna lo suficientemente pesada como para borrar la película y preferir no haberla visto) o que tenga una legión de enfebrecidos feligreses (yo podría ser uno de ellos, pero sin alharacas) que la consideren, más que una película, una experiencia, una especie de homilía laica en la que se hace digna cualquier manera de amar que cualquiera pueda tener, y eso incluye cocodrilos, según un personaje nos cuenta. Por todo esto hay que ir a ver La bola negra al cine. No esperen a que la programen las plataformas televisivas. Es un espectáculo de sala grande. Sale uno reconfortado con el cine en sí mismo. Por esa sensación de que lo que te están contando te lo están contando solo a ti. Esa mentira hermosa.

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