¡Mis queridos palomiteros!
Hace unos días tuve la oportunidad de compartir un café con don José Moreno Arenas. Lo que iba a ser un encuentro entre amigos acabó convertido en una larga conversación sobre Federico García Lorca, el teatro y tantas otras cuestiones que fueron apareciendo a lo largo de la mañana. Se nos pasó el tiempo casi sin darnos cuenta. Y es que hablar con alguien que conoce tan bien los escenarios y ha dedicado buena parte de su vida a escribir para ellos siempre resulta enriquecedor.
José Moreno Arenas es un dramaturgo granadino con una amplia trayectoria a sus espaldas. Su nombre está especialmente ligado al teatro breve y a esas pequeñas piezas conocidas como “pulgas dramáticas”, donde el humor, la ironía y el absurdo sirven para poner en evidencia muchas de nuestras contradicciones. Sus obras han cruzado fronteras y han despertado el interés de investigadores y estudiosos del teatro.
Aquel encuentro me permitió acercarme también al hombre que hay detrás del dramaturgo, una faceta que rara vez descubrimos cuando nos limitamos a leer sus trabajos.

Precisamente, a propósito de aquella conversación, traigo a colación la reseña que Miguel Arnas Coronado, escritor y miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, ha dedicado a Entremeses / Impromptus, obra de Fernando Arrabal y José Moreno Arenas publicada por Libros del Innombrable (Zaragoza, 2024), y que os dejo aquí para que disfrutéis de su lectura.
“Sabido es que el teatro es para presenciado, no para leído. Mas, en este caso, tenemos un libro de gratísima lectura: además de tres obras de cada autor, tiene sendas entrevistas, introducciones a su obra y un cotejo de ambos. En aquellas y en la comparación se dan pistas útiles al lector, animándolo al ejercicio de imaginación imprescindible si quiere ubicar los textos en la vida real; del escenario se encargan las acotaciones.
Arrabal nos obsequia con su obsesión por el bíblico tohu-bohu, la confusión, el abismo, el caos primigenio antes de la creación, que continúa entre nosotros como un resto inherente a lo humano. En la primera, Tohu-Bohu, Cerbantes (así, con b, según la grafía original del genio de Alcalá) se enfrenta a un olvidado hoy, pero famoso en su tiempo, Feliciano de Silva, reflexionando sobre esa fama en vida que nada dice de un autor. En la segunda, Oración IA, dos personajes del año 2053 se proponen ser buenos, cumpliendo la ley de Dios sin la ayuda, sorprendente y grotescamente, de la IA ni de artilugios cibernéticos de toda laya. En la tercera, El Greco y el Inquisidor general, este reprende y acusa a aquel por la pintura de desnudeces sospechosas en su cuadro El martirio de San Mauricio. Cuando ya los familiares prenden al pintor, un emisario de Su Majestad acude a recogerlo para almorzar con él. Donde manda patrón, no manda marinero, y a veces, viceversa.

Moreno Arenas incluye tres piezas divertidas que obligan a recapacitar. En El reloj, los personajes discuten sobre la ley, la necesidad de esta y, en ocasiones, su injusticia. En la siguiente, La cabeza, otros dos individuos se enzarzan en disputa sobre las conveniencias sociales. Ambas son una especulación sobre esas normas que nos agobian, la dificultad de cambiarlas, haciéndolas más justas y racionales, o la libertad individual, y todo desde un diálogo ágil y juguetón, convertidor de tan ética disquisición en un divertimento surrealista y aparentemente intrascendente, solo aparentemente. La tercera –más extensa–, El purgatorio, enfrenta a Christopher (Marlowe) y William (Shakespeare) sobre la honradez, la autoría, la popularidad, disquisición y disputa desarrollada en una especie de sala de espera en la que consiste el Purgatorio, y de la que viene a sacarlos, para hacerlos entrar en la Gloria, Don Pedro (Calderón de la Barca). Tras la máscara de absurdez morenoareniana, luce la ética más luminosa.
Las entrevistas, algo desquiciada como de hábito en el caso de Arrabal y reivindicativa de la libertad más absoluta en el caso de Moreno Arenas, son riquísimas; y el prólogo y las introducciones, esclarecedores”.





