No me importa ser el hombre más listo del mundo.
Sólo desearía que no fuera este mundo.
Adrian Veidt, Wachtmen
Noticia de estos mismos días en el diario El País: en la Harvard Business School los mandamases de la institución han decidido hacer replicas digitales de sus mejores profesores y ponerlos a frente de cursos pagados y bien pagados, a menudo en contra de la voluntad de los propios docentes (https://elpais.com/economia/negocios/2026-10-19/llego-la-hora-de-los-avatares-harvard-clona-a-sus-docentes.html). A los estudiantes les va a encantar, porque podrán quedarse en su casa, porque a un muñeco del guiñol no hay que tenerle ni temor a preguntar algo tonto, ni pedirle permiso para fumar hachís, ni respeto ni consideración algunos. A los profesores pronto también les va a encontrar el gustillo a la situación, cuando entiendan que, con unos ciertos ajustes técnicos para no hacer el ridículo, podrían convertirse en “hombres múltiples”, como el personaje de Marvel, y por tanto multiplicar sus nóminas. Los gestores de Harvard no digamos, en cuanto se den cuenta de que pueden revivir digitalmente a Milton Friedman y que dé clases de neoliberalismo salvaje a partir de los datos de sus obras y conferencias y sin que sus herederos vean ni un duro. Pero nada de esto, siendo muy grave, lo es tanto. Lo más alarmante de todo es que eso que la ultraderecha lleva vaticinando desde hace cincuenta años con el nombre de “El Gran Reemplazo” (https://es.wikipedia.org/wiki/El_gran_reemplazo), la hipotética sustitución gradual de europeos blancos y prístinos por inmigración de lo que ellos perciben como “razas inferiores” —y las razas no existen, existen las etnias—, en efecto va a tener lugar, pero reemplazando demócratas por fascistas, en primer lugar, como estamos viendo a diario, y, en segundo lugar, desde hace poco, trabajadores por calculadoras hiperhormonadas y con ínfulas... Para que se entienda bien la dimensión de este cambio: ¿Quién se metería a vivir en un edificio de viviendas que hubiera diseñado el avatar de un arquitecto, por mucho que esté equipado con toda la información de esa disciplina desde Vitruvio en adelante? ¿Quién se subiría en un parque de atracciones a una montaña rusa que ha sido supervisada el día anterior por el avatar de un mecánico? ¿Quién admitiría las recetas, y aún el diagnóstico, de un médico compuesto de LLM? ¿O quién se dejaría asesorar acerca de delicadas inversiones de sus ahorros por un empleado de banca virtual…?
Lyotard escribió en los años setenta, a encargo de una institución canadiense, La condición posmoderna, para examinar cómo había cambiado en ese momento nuestra relación con el saber. Era un gran informe y sus conclusiones bonitas y, digámoslo así, de buen agüero. Hoy, en cambio, lo que nos están diciendo es que, en el siglo que gente como Isaac Asimov anhelaba haber conocido, nuestra relación con el estado del saber va a ser, literalmente, ninguna. Ninguna en absoluto. Va a ser Fahrenheit 451 sin necesidad de quemar un solo libro. Naturalmente, existen leyes que prohíben este tipo de prácticas (https://www.derechosdigitales.gob.es/es/derechos-digitales), pero o bien se las saltan a la torera, como Harvard, que no es una institución cualquiera, o bien se seguirá haciendo clandestinamente, lo que significa mucho más adulteradas y harto más caras, como sucede con las drogas. Los profesores que hoy en Madrid han cortado la A-3 para protestar por las condiciones de la educación pública no saben que su profesión podría estar en peligro de extinción mañana mismo. Yo mismo soy profesor, y en realidad están derrochando un sueldo mensual conmigo, porque tengo la mayoría de mis clases grabadas en podcast de Ivoox. Una IA podría además predecir mis respuestas, porque tengo audios de muchos más temas, no sólo de mi especialidad. Para colmo, todos sabemos que a la(s) IA(s) les puede dar por “alucinar”, y que generalmente les gusta complacer a los usuarios tendiendo a reforzar mis opiniones. Si hicieran una réplica de mí, no me gustaría verme defendiendo las presidencias de Aznar porque al bicho se le han cruzado los cables o no ha pillado una ironía mía sobre tan insigne prócer -esta misma… La modernidad desde Descartes ha consistido en priorizar el conocimiento supuestamente riguroso muy por encima la experiencia vivida. Este gran reemplazo es su consecuencia directa…





