abril 2021 - V Año

ARTE

George Martin, el Maravilloso Mago de Oz

El pasado 8 de marzo se cumplieron cinco años de la desaparición de George Martin, productor musical, que alcanzó merecida fama internacional de la mano del grupo británico The Beatles.

Geoge Martin

Nadie habría pensado que este hombre guapo como un galán de cine pero discreto y reservado iba a cambiar el curso de la historia. Como el personaje de los cuentos de Lyman Frank Baum, parapetado detrás de su consola para ocultar su pequeñez, se multiplicó por cuatro hasta alcanzar su verdadera dimensión, a través de unos indómitos visitantes que un buen día llamaron a su puerta. Tenía ya 36 años y desde hacía más de cinco dirigía Parlophone, una triste compañía discográfica de medio pelo, filial de EMI.

Cuando el cuarteto de Liverpool (para nosotros, la Kansas del relato)  – en una nueva edición de Dorothy, el león, el leñador y el hombre de hojalata – llegó a su sacrosanta guarida de Abbey Road, se encontró con un aparente gigante que no era tal. La ingenuidad de aquellos paletos del norte con ínfulas de genio proyectó en él una importancia que distaba mucho de ajustarse a la realidad. Sólo el desparpajo macarra del pequeño George se atrevió a declararle,  cuando les pidió su opinión,  que “su corbata no me gusta nada”. Un segundo de silencio que resonó con la contundencia de una sonora bofetada se saldó, inopinadamente, con una carcajada general que consiguió que los cuatro se lo metieran en el bolsillo for ever and ever. Y es que semejante gentleman, impecable en sus modales y su indumentaria, como los de un moderno Mandrake, aunque lejos de las burdas maneras de aquellos insolentes mozalbetes, compartía con la troupe idéntico sentido del humor.  No en vano, había empezado a producir, algún tiempo antes,  una serie de discos de comedia de la serie radiofónica de la BBC “The Goon Show” con Spike Milligan, Peter Sellers,  Harry Secombe y Michael Bentine. El delirante humor irreverente  de este otro cuarteto  era  una declarada referencia para nuestro cuarteto de marras. Y como por ensalmo toda esa magia pasó a las grabaciones de The Beatles por el camino de baldosas amarillas que Martin había ido cimentando con paciencia y tesón desde su humilde feudo esmeralda.

Más allá de la circunstancial complicidad, el sonido de la banda no le había gustado demasiado pero encontraba encantadoras las armonías vocales a lo Everly Brothers de John y  Paul. Cuando logró limar las asperezas iniciales se puso manos a la obra y,  todos juntos en un exquisito trabajo de equipo,  grabaron trece LP´s, esenciales  para todo aquel que quiera saber de qué va la música pop,  como los mismos trece libros que Baum –y siguen las coincidencias-  escribió sobre la Tierra Prometida de Oz. Asimismo no deja de ser sugerente que en el Cavern, McCartney cantara “Over the Rainbow”, mientras Lennon hacía muecas por detrás al tiempo que gritaba: “¡Se cree Judy Garland!”.   Para más inri,  las penalidades de los chicos no distaban mucho de las de Dorothy y los suyos, con amenazas de la envergadura de la Bruja Mala del Este y la Bruja Mala del Oeste, que ahora bien pudieran llamarse el “Bautismo de Fuego en Hamburgo” o la “Negativa de Decca”, respectivamente.  Así pues nuestro redivivo mago se aprestó urgentemente a remontar su desangelada carrera en Parlophone,  apoyado en el talento en bruto de aquellos incorrectos melenudos.  Y con tal ahínco que, finalmente, ganó el acertado calificativo del Quinto Beatle aunque otros personajes de la familia le disputen este indiscutible título. Y eso que tanto en edad, unos quince años mayor que aquellos, como en educación musical, marcada por su fascinación por Rachmáninov y Ravel, distaba mucho del talante montaraz de los recién llegados.

Grabando Sgt Pepper

Después del registro del segundo sencillo, “Please, Please me”, Martin miró por encima de la mesa de mezclas a los chavales, espetándoles por su sempiterno megáfono con voz metálica: “Caballeros, acaban ustedes de grabar su primer número uno”. Efectivamente, su fino olfato de prestidigitador no se equivocaba y el tema, colaboración de Lennon y McCartney, llegó a lo más alto en las listas el 22 de febrero de 1963. Su contribución fue clave para que la canción se convirtiera en el himno que hoy conocemos. Inicialmente los compositores le habían dado una factura de balada lenta en la línea del “Only the Lonely”, del arrebatador Roy Orbison, pero Martin les sugirió que doblaran la velocidad para sorpresa de los incrédulos músicos que sospecharon que lisa y llanamente les estaba tomando su abundante cabellera. La sorpresa inicial  dio paso, finalmente, a una admiración sin límites que rayaba la idolatría. No olvidemos el poder cautivador del que hacen gala los magos para terminar convirtiéndose en encantadores de serpientes y los advenedizos destilaban la maligna insolencia de una boa constrictor. Sin embargo, el valor del genio fue conseguir que aquellos teenagers asustados pero perversos afianzaran su autoestima cuando descubrió que detrás de su evidente carisma se escondía un auténtico talento.

Nuestro mago, sin embargo, no tenía unos orígenes muy venerables: había nacido en una humilde familia del norte de Londres sin ninguna tradición musical. Aunque empezó a tocar el piano de oído, a los 16 años ya dirigía una orquesta de baile en la escuela.  Declarada la Guerra se unió a la flota aérea de la Marina Real y se convirtió en piloto graduándose de teniente aunque no llegó a combatir nunca. Aprovechó su condición de veterano para estudiar oboe y piano durante tres años en la Escuela Guildhall. Gracias a ello pasó por la división de música clásica de la BBC y, finalmente, entró a trabajar, como ayudante de manager de Artistas y Repertorio, en EMI. En aquella época  no existía la categoría de música pop. “Había solamente clásica, jazz, bailables y canciones”, manifestaba Martin sobre el rutinario negocio en el que se había metido.

Cuando conoció a  Brian Epstein, joven que regentaba el departamento musical de la tienda familiar y que en sus ratos libres representaba a un desconocido grupo que buscaba desesperadamente grabar un disco, se le abrieron unas expectativas que entonces no supo calibrar adecuadamente. Incluso, siguiendo con el paralelismo con el famoso cuento americano, nuestro Oscar Zoroastro, etc. etc… era renuente, al principio, a prestar su ayuda a aquellos cuatro desarrapados que venían a completar sus imperfectos caracteres. ¡Qué lejos estaban todos de imaginar que para ello, este encuentro era decisivo! La sinergia será su gran baza más allá de los talentos personales.

En aquellos momentos, el papel del productor musical era muy diferente de lo que supone en la actualidad. No era más que un mero intermediario entre los músicos y el producto final. Una pieza minúscula que servía solo de correa de transmisión y que tenía pocas posibilidades creativas. Oficiaba de gerente, conseguía oportunidades, se encargaba de la logística de la grabación y poco más. No diseñaba el sonido del artista. Con Martin y otros profesionales de su misma generación, recordemos a Phil Spector, Joe Meek o Berry Gordy,  aquel papel neutro dará lugar a un nuevo profesional. De allí surgieron los míticos productores estrella que alcanzarían el rango de magos del sonido como, salvando las distancias, había ocurrido décadas antes en el mundo del teatro con la soberanía omnímoda de los “metteurs en scene”.

A raíz del tercer single del grupo, “From me to You”, Martin intercede para que les dupliquen los  royalties, puesto que el contrato inicial impuesto por la discográfica era escandalosamente leonino. Tal gesto dará como resultado que los directivos de la filial le miren como un despreciable vendido. Decididamente, el mago y sus cuatro criaturas  formaban ya un equipo  donde, como en la psicología de la Gestalt, el todo siempre resulta ser mayor que la suma de sus partes. Cada uno de ellos también empezaba a completarse en el contacto diario como Dorothy y sus amigos. E incluso, cuando grabaron el siguiente single,  “She loves you”, los chicos ya pudieron permitirse llevarle la contraria a su particular “creador” cuando  les  cuestionó la validez del acorde con el que cerraban el tema.  “Ellos arreglaron el final de una manera curiosa con Harrison haciendo el acorde en sexta y los otros haciéndolo en tercera y quinta. Era como un arreglo de Glenn Miller”. Al final, los músicos se llevaron el gato al agua. Ya podían trabajar vis a vis en igualdad de condiciones. El respeto era mutuo y ahora los cuatro aprendices de brujo formaban con nuestro mago un poderoso monstruo de cinco cabezas con un solo corazón. Para colmo el trabajo estaba alentado por una infatigable perseverancia propia del más férreo estajanovismo.

La colaboración iba a alcanzar cotas sublimes cuando McCartney sorprendió a todos al llevar al estudio una nueva composición titulada inicialmente  «Scrambled Eggs» y que luego  se llamaría  “Yesterday”. Martin propuso un cuarteto de cuerdas a lo que Paul se opuso en redondo. Pero el buen gusto de Martin formado, como ya vimos,  en el repertorio de la música clásica consiguió un acabado magistral que McCartney no tuvo más remedio que aplaudir. Estos arreglos, rigurosamente novedosos en aquel momento, abrieron caminos insospechados para el pop. El grupo los seguiría cultivando, ya fuera con la ejecución de un solo de piano que  con la velocidad doblada lograba el timbre barroco de un clavecín a lo Bach (“In my life”) o con la incorporación de un octeto de cuerdas (“Eleanor Rigby”), que certificaba la influencia del excelente score  de Bernard Herrmann, del film “Psicosis” de Hitchcock, ¡otro mago!, con los vigorosos staccatos de la famosa secuencia de la ducha. Este tema formaría parte del álbum “Revolver” que, oh casualidades, al principio iba a llevar el título de “Abracadabra”.

Abbey Road

Otra de las grandes proezas de Martin fue “Strawberry Fields Forever”. Dado que disponía de dos grabaciones en dos tempos distintos decidió unir los dos registros en uno solo, lo que suponía una temeraria osadía con los medios tecnológicos que había en el estudio. Es posible que sea  uno de los grandes hitos de la edición moderna junto al apoteósico tsunami de “A Day in the Life” o al ambiente circense de collage sonoro de “Being For The Beneffit of Mr. Kite!”, ya en lo que se considera la cumbre del rock psicodélico y el álbum conceptual, en su octavo trabajo con el grupo, el imprescindible  “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” (1967). El disco hoy es un ícono de la cultura popular y  supuso una de las principales influencias creativas y técnicas para toda una generación de artistas. Algo comparable, sin ánimo de exagerar, al cuadro “Las señoritas de Aviñón” de Picasso, pintado sesenta años antes.

Para la experimentación, Martin se sirvió del riquísimo archivo de sonido que atesoraba EMI  y que él había utilizado con profusión años antes cuando ambientaba los discos de comedia, de los que antes hablábamos. Quizá en la exuberante portada, que diseñó Peter Blake, se debería haber incluido un retrato de Martin que le sacara del anonimato aunque, como sabemos,  los magos tienden a desaparecer tras su capa oportunamente cuando se les reclama  su presencia, como bien demostraba el ya mentado Mandrake de Lee Falk. Por cierto, en la carátula sí se materializaba, entre la muda multitud de homenajeados, otro mago que profesaba el ocultismo y la magia negra, el simpar Aleister Crowley, y  que, para llevar la contraria, no le hacía demasiados ascos a la notoriedad.

Otra portada que merece nuestra atención es la del último LP del cuarteto, “Abbey Road”. Incorpora una fotografía hoy ya emblemática de Ian McMillan. En ella podemos ver un Volkswagen Beetle  aparcado sobre la acera izquierda tras el legendario paso de cebra que cruzaban nuestros héroes. Sobre esta imagen se han hecho tantas interpretaciones, en esa campaña  que iniciaron los exégetas buscando claves ocultas en los discos, que resulta, sin embargo,  sorprendente que nadie, hasta donde el que escribe esto sabe, haya reparado en que ese coche no puede ser más que el “quinto Beatle”, buscado afanosamente durante años. Broma pertinente tratándose del humor iconoclasta del cuarteto que podría evocar no sólo la figura del ínclito Martin sino incluso también lanzar un guiño macabro a aquel fallido intento de Lennon de sumar al mismísimo Hitler a la muchedumbre de celebridades del ya mencionado “Sgt. Pepper”. Tanto si simboliza al personaje como si no, desde luego la magia está servida en un alambicado juego de espejos donde nada es lo que parece. ¿O sí?

Tras la ruptura del grupo, Martin grabó con decenas de grandes artistas. McCartney trabajó con él en “Live and Let Die” para una de las películas de James Bond. El mago participó en otros dos proyectos de la saga. También compuso música para más películas, grabó con la banda América, con la cantante de jazz Sarah Vaughn y con el extravagante Elton John, pero nunca alcanzaría las altas cotas que había conseguido con sus añorados y atribulados peregrinos de Oz en su rutilante Ciudad Esmeralda.

Participó en el proyecto “Anthology”, ya tras el asesinato de Lennon.   Se fue quedando sordo como Beethoven, en el mayor castigo que pueda aquejar a un músico, pero nunca perdió el entusiasmo.

En los años 70 pudo cumplir uno de sus grandes sueños, la creación de los Estudios AIR en el tranquilo entorno tropical de la isla caribeña de Montserrat aunque, lamentablemente, desaparecieron el 17 de septiembre de 1989, a consecuencia del devastador huracán Hugo que arrasó el 90% de los edificios de la isla. Casualmente, un eco de aquel ciclón que arrancó la casa de Dorothy Gale en su Kansas de origen para ponerla en el camino de Oz.

Cuando Martin murió,  hacía ya más de medio siglo, contra todo pronóstico, que su magia había puesto en marcha una revolución que cambió para siempre la música y la cultura modernas. Como escribiría J. K. Rowling: “la varita elige al mago».

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