septiembre 2020 - IV Año

ARTE

‘Gloriana’: suntuoso rescate de una joya escondida

Ópera: El Teatro Real pone en valor una obra de Britten vergonzosamente despreciada en su estreno – Un soberbio espectáculo de poder, género, esplendor y miseria en la corte de Isabel I

Fotografías cedidas por el Teatro Real

Gloriana2A finales del XVI España seguía siendo la ‘potencia mundial’, frente al creciente papel de Inglaterra. Isabel I o Elizabeth I, también denominada ‘Gloriana’ o la ‘Buena Reina Bess’, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, pasó por la cárcel, con una madre ejecutada, y finalmente fue reina tras la desaparición de sus hermanos. Este periodo llamado ‘isabelino’ sentó las bases para el primer nacionalismo británico, en un periodo en el que Shakeaspeare, Bacon y Marlowe dominaban los escenarios. Pero Isabel, también llamada ‘la Reina Vírgen’, una dama enérgica, con personalidad, que podía ser malhablada e inteligente a la vez, impulsiva o activa, reivindicó su papel de ‘más que reina’. Enamorada de Robert Deveraux, conde de Essex, infinitamente más joven que ella, no dudó en firmar la orden de ejecución contra él al sentirse traicionada en el ejercicio de la política. Era la reina de Inglaterra e Irlanda, pero a la vez una mujer. Con estos mimbres, la historia de la reina y su amante tuvo una larga carrera literaria. Con un protagonista como Lytton Strachey, hijo de aristócrata autor del Círculo de Bloomsbury, íntimo amigo de Keynes y de Gerald Brenan, y de la pintora Dora Carrington, con la que no pudo consumar una relación por ser ‘gay’. En 1928 Strachey publicó una popular biografía nada canónica, como las suyas, sobre Isabel I y Essex, que tuvo gran repercusión. Warner adaptó en 1938 la historia para rodar en color ‘La vida secreta de Elizabeth y Essex’ dirigida por Michael Curtiz, con Bette Davis, Errol Flynn y Olivia de Havilland , que en su momento no se pudo estrenar comercialmente en la España de Franco por las alusiones a la Armada Invencible, pero que en épocas contemporáneas se ha asomado a algunas televisiones. Unos años más tarde, en 1952 es Metro quien convierte la historia en ‘La Reina Virgen’ dirigida por George Sydney y con Jean Simmons como Isabel I. Hay otras versiones de esta historia, tanto para cine como para televisión.

Gloriana3Con vistas a la coronación de la reina Isabel II en 1953, el primo de la monarca, lord, con su aceptación previa, encarga una ópera a Benjamin Britten (1913-1976) el más claro representante del género en el siglo XX dentro del Reino Unido, finalmente estrenada el 8 de junio de ese año en el Covent Garden de Londres. La lujosa velada concebida para ser un acto majestuoso y de gran brillantez social al que asiste la familia real, la realeza europea y los más altos dignatarios internacionales se convierte en un clamoroso escándalo, y al día siguiente la prensa ‘destroza’ la función, que ha permanecido más de sesenta años ‘escondida’ y ‘sepultada’ hasta casi el olvido.

¿Qué podía tener ‘Gloriana’ para causar ese escándalo? Según David Mc. Vicar, director de la puesta en escena de la función que ahora se realiza en el Teatro Real de Madrid, en coproducción con la English National Opera y la Ópera flamenca de Amberes, en aquella época de posguerra ‘el nacionalismo británico estaba todavía en plena expansión, y no se admitió que se presentara a la reina como a una ‘outsider’, con pasiones y sentimientos ‘demasiado humanos’, a la que además se la podía contemplar ‘con total falta de respeto’ y sin peluca en sus aposentos privados. En 1953 hablar de políticas de género hubiera sido una utopía. Basta ver las fotos de aquella noche, con la reina ataviada con tiara real, y todos los asistentes de etiqueta y traje largo, cargados de joyas y de condecoraciones, para quienes esta obra se convirtió en un insulto’.

Hay otro elemento que ‘explica’ ese ‘fracaso’, además de la envidia contra el compositor, como era su personalidad. Britten, un pacifista que en la guerra vivió en Estados Unidos y un ‘gay’ que públicamente mostraba a su pareja en un tiempo en el que las prácticas homosexuales estaban prohibidas en Reino Unido y podían suponer la cárcel, fue ‘condenado’ aprovechándose de este ‘fracaso’. De este autor de músicas imprescindibles en el XX, del que se han representado en el Real obras como ‘Peter Grimes’, ‘El sueño de una noche de verano’, ‘La violación de Lucrecia’, ‘Otra vuelta de tuerca’, ‘Muerte en Venecia’ o ‘Billy Budd’, entre otros, no se puede decir otra cosa después de ver ‘Gloriana’ que esa partitura tan excepcional causa impresión hoy por su extrema energía, potencia, combinación de lirismo con el pulso de la épica, llena de resonancias barrocas e instrumentación de enorme riqueza, que homenajea a esa época pero desde una perspectiva de gran modernidad, y que en esta versión está muy bien dirigida por Ivor Bolton en la parte musical. Bolton es un verdadero experto en instrumentos antiguos (que además toca de maravilla). El libreto es correcto y cumple sin ser especialmente original.

Gloriana4Esta ‘piedra preciosa’ perdida, en las manos de David Mc. Vicar, que es un hombre con un gran sentido teatral y del espectáculo, adquiere todo su ser de la mano de una escenografía nada aparatosa de Robert James, pero donde los escasos elementos se utilizan con maestría como el mapa de la base, la enorme cortina que separa la intimidad de la alcoba real con los salones palaciegos, que puede ser taberna y servir para una fiesta en el salón del reino, tan iconoclasta como lo era la orgía de ‘Rigoletto’ en este mismo escenario también bajo su dirección, aquí con una danza donde aparecen personajes travestidos, saltimbanquis y circenses. En la misma línea el cuidado del vestuario a cargo de Brigitte Reifenstuel espectacular por su inteligencia y ausencia de extravagancia, la gran presencia de una coreografía muy lograda de Colm Seery, y especialmente el trabajo de las dos sopranos que en cada una de las funciones encarnan a la protagonista, Anna Caterina Antonacci y Alexandra Deshorties. Lo mejor que se puede decir de ellas es que no solo están brillantes como voces sino también como actrices, en un personaje que requiere una variada gama de registros a lo largo de toda la obra: de la severidad a la frivolidad.

El impacto musical y visual de esta ‘Gloriana’ es clamoroso por su capacidad para el espectáculo sin recurrir a la aparatosidad –’pecado’ en el que caía la función precedente en este teatro, la ‘Aída’ de Hugo de Ana demasiado recargada en lo audiovisual- . En todo momento Mc. Vicar ofrece un enorme espectáculo no ya por su uso acertado de la teatralidad sino también de los sentimientos.

Hay que preguntarse –y descalificar- a ese público de oropeles, rangos y realezas, en una desgraciada exhibición de poder y clasismo, que en su momento fueron incapaces de admirar esta partitura tan brillante como iconoclasta, donde en su final el personaje de la reina se dirige hablando al espectador con leves compases de fondo –no con un aria cantada como habría ocurrido en otra ópera más convencional- para hacer balance de su papel de soberana y de mujer por encima de todo, en un ser vencido por los años difícil sobreviviente en una corte donde anida la rivalidad, la traición, la hipocresía, la mentira y el engaño. Desde una lectura en clave de género, ‘Gloriana’ está aún más viva y fresca que cuando se representó por vez primera.

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