septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Disculpen las molestias (De la braguetocracia y otras lindezas)

Por Jordi Grau*.- | Mayo 2018

tronosMonarquía no viene de ‘Mono’, como pudiera sospecharse, sino de ‘Único’, según la palabreja griega antigua correspondiente y el resto hasta llegar al término ‘Monarquía’; es un derivado bastardo de ‘Anarquía’, es decir, sin poder, dándole la vuelta para convertirlo en ‘El Poder de uno solo’, o sea la ‘Monarquía’; nada que ver con ‘Democracia’, que quiere decir ‘El poder del pueblo’. De ahí mi perplejidad al darme cuenta de que estoy viviendo en lo que llaman ‘Monarquía demócrata’, un ‘no se sabe bien’ si manda uno o mandamos todos y que, con el debido atrevimiento, voy a llamar ‘Braguetocracia’, que es como decir ‘El mando de la bragueta’.

Porque la Monarquía es eso: no solo el mando de uno solo sino la herencia del poder a partir de una bragueta real y creando eso que llaman ‘Dinastías’, una especie de casta superior a la que el pueblo llano tiene que rendir pleitesía. Así ha sido durante siglos y siglos y sigue siendo en países de estructura primitiva o en algunos casos curiosos como el nuestro y por motivos extraños. ‘Dinastías’ son braguetocracias colaterales, nacidas de prerrogativas concedidas por los braguetócratas primarios, lease ‘reyes’, a las familias de las que han recibido apoyo militar, económico o aportación de ideas para la perpetuación del mando. Los favores eran -y son- como es fácil comprobar, otorgando títulos de categoría superior y hereditaria como Marqués, Duque o Conde, según méritos adquiridos en materia agraria, militar o política. Braguetonimia, en fin, consolidación del poder.

Pero los siglos no perdonan y la paciencia, el sentido de libertad, el impulso vital del pueblo, tampoco. El color de los siglos ha ido cambiando, y sigue. Poetas, pensadores, visionarios de la técnica, rebeldes, nacidos unos de otros, le han dado la vuelta al Mundo. También han evolucionado los sistemas de poder, es cierto, como lo es también que los jerarcas de hoy tratan de apoderarse, y se apoderan en gran medida, de la fuerza creativa de los que un día fueron simplemente súbditos. Pero ésta es harina de otro costal.

FamiliaHace siglos, cuando los varones no usaban todavía bragueta, los reyes eran de verdad los amos del cotarro y, bien que mal, mandaban. Algunos incluso gobernaban, que no es lo mismo. Unos guerreando, ampliando su poder, otros intentando -se han dado casos- mejorar la vida de sus súbditos. Pero hoy en día, gastados ya unos cuantos meses del siglo XXI, en un mundo globalizado en el que ya no mandan personas sino monedas, ¿Qué sentido tiene mantener instituciones braguetocráticas, por muy decorativas que puedan ser? Decorativas en el mejor de los casos, ya que en su mayoría solo son poco más que inercia, pretextos, altavoces ridículos con los que maquillar intereses oscuros. Aunque, eso sí, manteniendo a cambio del supuesto prestigio de la braguetomía privilegios a veces injustificables, opulencia, lujo, ostentación, en definitiva, lo que se llama ‘vivir como un rey’. Lo malo es que esta ficción, esta farsa, este escaparate nos cuesta un riñón, porque, querido lector o lectora, lo pagamos tú y yo a través del ‘Misterio’ de Hacienda, estemos de acuerdo o no. Algunos se benefician, claro, sobre todo la ‘Noblecracia’ y los magnates de altura, pero los demás a recibir la limosna del trabajo precario, a callar o a la cárcel. Triste ¿Verdad?. ‘Cornudos y apaleados’, como dice el antiguo refrán, sin otra opción que la ironía, la desesperación o, en todo caso, el desprecio. En casi todo el Mundo la ‘Braguetocracia’ es una ridiculez, una antigualla, pero en nuestro país sigue ere que erre. Solo nos queda saberlo.

Empecé a escribir este artículo con humor, tratando de conseguir por lo menos una sonrisa poniendo en evidencia un sistema aberrante de poder, si hay alguno que no lo sea, pero lo estoy terminando entre la indignación y la rabia. Discúlpame, amigo/a. Y si no lo eres, piensa un poco. A unos y otros, ‘perdonen las molestias’.

* Jordi Grau es pintor, fotógrafo y director de cine, considerado una referencia del cine español clásico.
 
 

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