noviembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Una ética ecológica contra el totalitarismo tecnológico

Las grandes lunas llenas de silencio y espanto
Aurelio Arturo

jonasEl pensamiento lúcido y las advertencias de Hans Jonas (1903/1993) tienen, si cabe, más vigencia hoy que cuando fueron formuladas. Hemos sido inconscientes, cómodos y despreocupados. Hemos mirado para otro lado ante la paulatina degradación del Planeta. No hemos sido capaces de advertir, en toda su magnitud, la destrucción que acompañaba a un progreso tecnológico desaforado e irresponsable. No nos hemos parado a reflexionar sobre los fines y los medios, ni siquiera en este presente incierto donde la vida se hace progresivamente insostenible y donde cada día que pasa sin reaccionar damos un paso más hacia un abismo sin retorno.

Quienes vivimos en este mundo globalizado podría decirse que estamos moralmente agarrotados. No somos capaces de advertir, las decisiones que se toman a diario contra nosotros, desde esferas de poder que disfrazan sus intenciones y que con frecuencia se hacen invisibles. El poeta Rainer Maria Rilke acostumbraba a decir ‘Ganad las profundidades, la ironía ahí no desciende’. Por perder, hasta hemos perdido, la capacidad de captar la ironía. La insensibilidad ante todo lo que nos rodea es creciente así como la abrumadora mezquindad moral en que estamos inmersos.

A diario morimos de cáncer o de enfermedades vinculadas al cambio climático y no somos capaces de exigir que cesen los beneficios de las multinacionales farmacéuticas y que se piense un poco en el hombre.

Hemos tocado fondo. La humanidad parece prisionera en una inmensa cárcel de ignorancia y hemos emprendido un descenso por una siniestra escalera de caracol que nos lleva hacia un final colectivo ruin y miserable… pero no somos capaces de detenernos y seguimos bajando peldaño tras peldaño.

Karl Marx tuvo una intuición asombrosa cuando definió la naturaleza como el cuerpo inorgánico del hombre. No hemos querido darnos cuenta de que los atentados contra ese cuerpo inorgánico devienen, por su gravedad, casi en una forma de suicidio.

El poder de la tecnología se ha incrementado de forma geométrica hasta alcanzar un nivel altamente destructivo, que corre, lamentablemente, en paralelo con una pérdida de sentido moral y una indiferencia clamorosa ante las consecuencias de una civilización tecnológica que atenta contra la esencia de la dignidad humana.

El hombre ha de ser responsable de sus actos, no sólo individuales sino colectivos. Estamos hablando de la supervivencia de la especie humana y evidentemente, esto arroja una enorme responsabilidad sobre nuestros hombros. Por tanto, es urgente desplegar toda nuestra inteligencia para poner fin a esa espiral que amenaza con arrojarnos a un agujero negro. Todavía es tiempo de contrarrestar esos efectos nocivos con una inequívoca voluntad de futuro.

Hans Jonas no es el primero que advirtió de estos riesgos, pero sí un filósofo que dedicó la mayor parte de su obra a exponer, argumentar y defender una visión ecológica de la especie humana.

Fue un pensador honesto y consecuente. Fue discípulo de Martin Heidegger, pero rompió toda relación con él cuando su deriva ideológica le llevó a aproximarse y a apoyar al Partido Nacional Socialista. Hans Jonas fue judío. No hay que insistir en la importancia del pensamiento judío, en la filosofía y en la ciencia centro-europea, antes de que la barbarie nazi arrasara Europa.

responsabilidad2Entre los alumnos de Heidegger, Richard Wolin, señala entre otros a Hannah Arendt con quien Jonas mantuvo toda su vida una buena amistad, a Herbert Marcuse y a otros destacados pensadores. Pocos años después, también, se encargarían de demostrar su profundidad y capacidad de análisis como miembros de la Escuela de Frankfurt: Adorno, Horkheimer, Walter Benjamin…

Hans Jonas, uno de los filósofos de mayor alcance del siglo XX y que conecta mejor con nuestras preocupaciones y temores, advirtió pronto que si no embridamos los efectos desenfrenados de la tecnología, ponemos en peligro la naturaleza y, por ende, a la especie humana. Hemos adoptado una actitud profundamente insolidaria con el futuro de las generaciones que todavía no han nacido. Por consiguiente, tenemos una enorme responsabilidad con nuestros descendientes, a los que no debemos ni podemos privar de una vida digna.

Probablemente, su obra más significativa, aunque escribió más de veinte y, desde luego, la más leída y analizada no es otra que El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica. En ella expone con claridad, valentía y un formidable sentido crítico las catástrofes que se avecinan, si no somos capaces de detener la espiral destructiva que puede engullirnos. La importancia de su pensamiento, ha sido a lo largo del siglo pasado, paulatinamente creciente en el campo de las éticas aplicadas.

No puede discutirse que la ética ecológica que propugna tiene un carácter fuertemente deontológico. Con implicaciones en la bioética y en la tecnoética. Defiende y argumenta que frente al totalitarismo tecnológico invasivo, hay que apostar fuertemente y sin demora por una ética ecológica.

Es de una importancia sin paliativos su postulado de que la Filosofía ha de servir para concienciar al hombre de su responsabilidad en esta etapa crucial, donde el crecimiento potencial del nivel destructivo puede hacer inviable la mera idea de futuro.

Hemos de constatar fácticamente la vulnerabilidad de la naturaleza ¡cómo hemos podido llegar tan lejos! usando y abusando, sin freno ni medida, de tecnologías cuyo peligro es tal que pueden actuar, nocivamente, por sí mismas sin que el hombre sea capaz de embridar ni racionalizar, si quiera, su potencial destructivo.

Es de enorme importancia su reflexión de que en la segunda mitad del siglo XX, la ciencia y la técnica han llegado a modificar de forma sustancial, nada menos que las relaciones entre el hombre y el mundo. Formula, asimismo, lo que considera un nuevo deber moral: proteger la naturaleza porque está en juego la supervivencia del hombre.

Llegados a este punto, elabora sus ya famosos imperativos que recuerdan el ‘imperativo categórico kantiano’ pero con otras derivaciones. Hans Jonás lo define como Imperativo Ético y en sus obras lo formula con variantes que no alteran, lo más mínimo, el fondo de la cuestión. Así, por ejemplo, en positivo ‘obra de tal manera que los efectos de tú acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la Tierra’ y en negativo ‘no pongas en peligro las condiciones de continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra’.

Quizás la diferencia fundamental con el imperativo categórico kantiano, sea que el ‘Imperativo de Responsabilidad’ de Hans Jonás no se dirige al individuo sino al comportamiento social, lo que es tanto como decir, político e histórico.

hansOtro concepto que me parece de singular relieve y valor es lo que Jonas explicita como ‘heurística del temor‘. El progreso desenfrenado y que no tiene en cuenta el daño que puede causar, nos puede colocar frente a consecuencias irreversibles. Pensemos, sin ir más lejos, en la manipulación genética y sus consecuencias. El hombre no puede dejar escapar de su control la investigación tecnológica para que esta esté al servicio del hombre y no se vuelva, en manos de los poderosos, en un instrumento de denominación. El poshumanismo ha puesto de manifiesto alguno de estos riesgos aunque todavía es pronto para extraer consecuencias definitivas.

Por tanto, hemos de ser inteligentes y prudentes, recordando el viejo principio ‘de que no todo lo que se puede hacer se debe hacer’. Ni se deben llevar a efecto investigaciones genéticas que destruyan la dignidad humana.

El principio de responsabilidad es, sin duda, de una enorme fuerza moral. Procura fundamentalmente salvaguardar la Tierra de la destrucción que la amenaza y garantizar unas condiciones de vida dignas para las generaciones futuras.

Hemos de reaccionar con todas nuestras fuerzas contra el denominado ‘optimismo tecnológico’ que cree, a ciegas, nunca mejor dicho, en las bondades del progreso de la ciencia y que por tanto no hay que ponerle cortapisas.

La mejor prueba de que el pensamiento de Hans Jonás molesta a muchos es que han realizado enormes esfuerzos por silenciarlo o reducirlo a círculos minoritarios, o incluso por que sus obras tengan una circulación muy reducida, lejos del alcance de quienes podrían mostrarse sensibles a las ideas que defiende y, protegerse contra los peligros que advierte. Coherentemente con esto, se tolera a regañadientes, que sus obras se debatan en universidades y en instituciones de escasa influencia social… pero se muestran vigilantes para que esas ideas no lleguen al común de los ciudadanos, ni incrementen su sentido crítico, acusando a quienes las defienden de radicales.

Hay quienes califican de apocalípticos los planteamientos de Jonas para poderlos así descalificar. Muy al contrario, hacer oídos sordos a estas ideas es sencillamente suicida cuando objetivamente, podemos afirmar que el futuro del Planeta está cada día más en peligro.

 

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