Se han hecho muchas películas sobre las pandillas callejeras, desde aquel inolvidable musical que fue West Side Story con una bellísima Natalie Wood, pero si hay un director que ha sabido reflejar con cierto onirismo ese mundo, ese universo de seres marginales ha sido Francis Ford Coppola, uno de los directores más importantes del cine contemporáneo, no en vano su saga de El padrino está entre las mejores películas de la historia del cine.
En este caso, me centro en La ley de la calle, basada en una novela de S. E. Hinton, que ya había adaptado Coppola en Rebeldes, rodada poco antes que esta. La película se filmó en 1982, con un reparto de caras conocidas del cine de la época, como Matt Dillon y Diane Lane, cuyas carreras posteriores han ido trazando un camino de ascensión, pero con altibajos en ambos casos. Muy atractiva era y es Diane Lane, aquella mujer inolvidable de otra película de Coppola, Cotton Club. El director contó también con rostros tan simbólicos como el de Dennis Hopper, uno de los actores que ya representó a un rebelde en Rebelde sin causa de Nicholas Ray y que trabajó con Coppola en la majestuosa Apocalipsis Now. Hopper había sido un rebelde en la famosa Easy Rider que levantó polvareda en toda una época con ese viaje iniciático de tres hippies (Peter Fonda, el inefable Jack Nicholson y el mismo Hopper) a un mundo que ya está cambiando (como nos recordaría Bob Dylan en su famosa canción). Contó para la película con un sobrino suyo, Nicolas Cage (futuro actor de éxito) y como productores asociados con sus hijos Roman y Gian-Carlo Coppola. Además de la futura directora e hijo del genial director, Sofía Coppola, como hermana del protagonista.
Rusty James es un chico violento que sueña con parecerse a su hermano, el “chico de la moto” (un icónico Mickey Rourke) porque representa todo lo que pueda llegar a ser un líder en el mundo de las pandillas. Matt Dillon es Rusty, muchacho que se mete en peleas, que no quiere llevar una vida ordenada, Rourke en su momento de gloria, luego llegará su decadencia, es el chico de la moto, un pandillero retirado que aborrece todo el pasado. Este personaje es un claro homenaje de Coppola a su hermano August, que fue su ídolo en la juventud y un guiño también al personaje interpretado por uno de los actores favoritos del director, Brando, en la inolvidable Salvaje. En realidad, el chico de la moto simboliza a un ángel que cuenta a Rusty anécdotas del pasado, porque al recordar quiere olvidar todo lo malo que ha vivido. Al igual que el ángel sobre Berlín de Wim Wenders, el chico de la moto quiere conducir a su hermano por un camino recto, lejos de la violencia.
La participación de Coppola en el guion de la película en compañía de la propia novelista, dio lugar a unos estupendos diálogos que son esenciales en la cinta. Los jóvenes de la película tienen un aire fantasmal, que nos recuerda a los soldados de la guerra de Vietnam en la frenética Apocalipsis Now o los vampiros de Drácula. Al comienzo de la película, vemos las nubes que surcan el cielo o una sombra de una escalera de incendios que se proyecta sobre una pared, todo ello refleja el paso del tiempo, una nostalgia que impregna la película y que se encarna en el personaje de Rourke. Los tiempos han cambiado y los protagonistas de la película tienen un aire onírico, como si viviesen un sueño. Aparecen muchos relojes en la película que marcan ese tiempo actual que se aleja del pasado, el presente ya es pasado enseguida, nada dura ni permanece, todo es efímero.
En el bar de Benny vemos relojes y escuchamos a Benny diciendo: “El tiempo es una cosa curiosa…un asunto muy curioso. Cuando eres joven, eres un niño, tienes tiempo para todo. Luego pasas un par de años de aquí para allá y no es importante. Pero cuanto más viejo eres, más te preguntas: ¿Cuánto tiempo me queda?”.
El reloj que cuelga de una furgoneta donde coinciden por primera vez Rusty, su hermano y un policía que acaba matando a este último, el famoso “chico de la moto” cuando entra en una tienda y libera a peces y perros porque quiere que sean libres. Este último acto representa una libertad que él nunca ha conseguido y que le persigue siempre, su pasado de pandillero ha marcado su vida. El policía reacciona disparando, pese a no ser un hecho para matar a una persona desarmada. La fama del antiguo pandillero le conduce a la muerte. En el rostro de Mickey Rourke, en una interpretación sosegada, incluso onírica, vemos a un actor brillante que ha dado lo mejor de sí mismo, lo que no consiguió en sus interpretaciones posteriores, malogradas por los excesos del propio actor. Hay algo que le emparenta con los actores del método Stanislavski, del Actor´s Studio donde salieron los más grandes: Brando, Clift, Jimmy Dean, De Niro y Pacino, entre otros.
La muerte de los peces agonizando sobre la hierba por falta de agua y la del chico de la moto los emparenta, ambos estaban presos, los peces en peceras y el chico en su laberinto del pasado que tanto había marcado su vida. Un final simbólico que hace recapacitar a su hermano menor de la conveniencia de cambiar de vida y dejar las pandillas para llevar una vida honrada, sin violencia. Diane Lane, la novia del chico muestra su admiración por su hermano y el amor por él, ya están eslabonados por los afectos para siempre.
El padrastro de los chicos está interpretado por Dennis Hopper, otro superviviente de una época que ya queda atrás, con el recuerdo de un James Dean que malogró su vida demasiado pronto. Hopper interpreta a un alcohólico, otra alma destrozada en este paraíso de seres en derrota, con una maravillosa fotografía en blanco y negro de Stephen H. Burum, que envuelve a la película en un aroma del pasado, en el aire nostálgico que tiene la cinta en todo momento, lo que nos hace recordar a Brando en el papel de Rourke.
Una estupenda película donde la memoria es fundamental y una demostración del genio de Coppola, uno de los mejores directores de la historia del cine contemporáneo, que ya impregnó de melancolía películas como El padrino, segunda parte, cuando Michael Corleone (un extraordinario Pacino) recuerda a su padre de joven en Italia, con el rostro y la voz de uno de los mejores actores del cine contemporáneo, Robert De Niro. Entre genios anda el juego.












