abril de 2026

‘Cumbres Borrascosas’: deseo, muerte y perdición

Hace unas semanas me propuse ir a ver una película que ha causado mucha polémica.  Conocedora de la novela en la que se basa el film y convencida de que iba a ver un pastiche erótico-festivo, destinado a hacer suspirar a una mayoría de mujeres de todas las edades, un lunes por la tarde a la poco festiva hora de las siete, me presenté en un cine de esos hiperconfortables y  acompañada de ocho espectadores nada más —con medio kilo de palomitas en una mano y una cerveza en la otra— me senté dispuesta a enfadarme al término de la proyección con la directora de tamaño desatino, según mucha crítica especializada, que ha llegado a decir que Emily Bronte, la autora de la novela, se revolvería en su tumba ante semejante despropósito de adaptación y… ¡ocurrió todo lo contrario!

Emily Brönte, la salvaje, solitaria y antisocial jovencita que escribió esta historia en 1847, murió muy joven después de haber escrito y publicado una sola novela: “Wuthering Height”. La trama es bien conocida por muchos: un granjero acomodado recoge a un niño huérfano (Heatchcliff) y se lo lleva a su casa para que comparta infancia con sus hijos.  Su hija (Catherine) y el niño  crecen libres por los campos que rodean la granja y la amistad infantil se convierte en amor y deseo en la juventud. Por un malentendido, Catherine se casa con el dueño de una propiedad cercana (Linton) y Heatchcliff desaparece para volver rico, seductor y vengativo.

La novela ha sido adaptada a la pantalla grande y a la chica más de quince veces desde 1939 hasta nuestros días, eso sin perder de vista adaptaciones radiofónicas. Desde Laurence Olivier, siempre tan elegante, pasando por Ralph Fiennes, la mirada más inquietante del cine, hasta Jacob Elordi, el nuevo Heatchcliff; este personaje oscuro, atractivo y cruel nos seduce en cada nueva adaptación. Y el personaje de Catherine, desde una casi casta Merle Oberon,  pasando por la delicada Juliette Binoche, y  una luminosa e increíblemente bella Margot Robbie  nos encoge el corazón de igual manera que Heatchcliff nos hipnotiza.

Volviendo a la versión actual de la directora Esmerald Fennell, que ya adaptó otra envolvente novela —“Brideshead Revisited” de Evelyn Waugh, titulándola “Saltburn”(2023) a su manera. Esta nueva adaptación de “Cumbres Borrascosas” no se puede entender más que desde la poesía, eso sí, desde la poesía más gótica, oscura y desgarradora que se precie, porque toda ella es una gran metáfora sobre el deseo y el amor enfermizo que causa la destrucción a aquellos que lo viven, y aun sabiéndolo no pueden evitarlo.

Es verdad que la directora obvia la mitad de la novela, pero también es verdad que es una gran conocedora de la misma, pues crea personajes híbridos a partir de personajes que elimina del metraje. Tomemos por ejemplo al padre de Catherine, mezcla sin duda del padre buen hombre de la novela y del hermano tirano de la niña, que se dedica a atormentar constantemente a Heatchcliff desde niño. El padre sobrio representa la bondad y el ebrio representa la mezquindad de su hijo; o a Nelly, la sirvienta, mezcla del fanático criado Joseph de la novela y de la bondadosa sirvienta, que en este caso la transforma en una mujer asiática. (Será por aquello de la inclusión).

También es cierto que la película termina a la mitad de la novela, pero la esencia de la misma se muestra en los diálogos de los dos protagonistas que son casi textuales.

Desde la primera secuencia (totalmente inventada por la directora Esmerald Fennell), ya nos da las claves de lo que vamos a ver, o más bien sentir: deseo, amor, crueldad y muerte.  Cada plano es un festival de colores simbólicos que se contraponen constantemente: la oscuridad de Cumbres Borrascosas contra la luz de la Granja de los Tordos; el blanco como pureza y el rojo como sangre, pasión y muerte; el color rosado y suave de la mansión de un marido entregado de tal manera a su esposa que entela el cuarto de ella del color sonrosado de su piel y hasta hace dibujar su peca en la seda de las paredes, a  la habitación  miserable, sucia y oscura de Heatchcliff; la opacidad en la mirada vengativa del protagonista y la mirada luminosa  de Catherine, ambos en el cénit de su belleza física, un verdadero duelo interpretativo de primeros planos. Pero no todo es sexo, la directora también, aunque de pasada, realiza una crítica social: la clase baja es pobre y sucia, la clase alta luminosa, las deudas de juego y el alcohol llevan a la ruina, y las mujeres siempre moneda de cambio a través del matrimonio.

En su momento, la novela fue catalogada de pornográfica y eso que en ella no hay ninguna escena sexual más allá de algún beso y un par de abrazos, pareciendo que Catherine se queda embarazada de su marido casi por casualidad; no es así en el film, aunque es justo resaltar que la escena más tórrida no es precisamente la culminación del acto sexual por parte de los protagonistas, porque toda la película es un canto a la excitación y el deseo. Y fue catalogada la novela como pornográfica porque la sociedad de la época no podía imaginar que una joven soltera y criada en una casa parroquial en los páramos de Yorkshire hubiera construido personajes tan abyectos como por ejemplo el de Isabella, la hermana (en la novela) / pupila (en la película) del marido de Cathy, tan virginal como demente y perversa.

“Cumbres Borrascosas”, de Esmerald Fennell, merece verse sin razonar demasiado, porque toda ella es un lienzo de pasiones devastadoras de unos personajes heridos desde su más tierna infancia. Heatchcliff y Catherine se amarán y se odiarán por siempre porque son el mismo fantasma vagando por los páramos de la eternidad.

“Cumbres Borrascosas” (2026)
Dirección y Guion: Esmerald Fennell
Producción: Esmerald Fennell, Margot Robbie y Josey McNamara
Protagonizada: Jacob Elordi y Margot Robbie
Basada en la novela “Wuthering Heights”, de Emily Brönte

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Archivo Entreletras

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