noviembre 2020 - IV Año

CINE

El confinamiento como materia literaria y cinematográfica

"¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?"
Calderón de la Barca

tizianoNuestro actual «arresto domiciliario» decretado por el dichoso bichito chino (se me antoja, contra toda evidencia, que tiene forma de ideograma) nos regala un tiempo impagable del que podemos consumir una parte en echar una mirada retrospectiva a los encierros históricos o legendarios que en el mundo han sido. Hemos de reconocer que el confinamiento siempre ha tenido un aura de misterio que ha cocinado un generoso caldo de cultivo de fantasías de toda laya. Quimeras que han inflamado la imaginación de escritores y artistas en general. Desde Platón y su caverna hasta el Piranesi de las cárceles imaginarias y todo tipo de filibusteros de la farándula intelectualoide han abrevado en sus aguas pútridas pero fértiles y han ozado en los pastos crecidos a su nutritivo amparo. Ya desde la antigüedad tenemos el episodio de la Dánae griega que por aquellos dictados de los oráculos que prevenían de futuros peligros funestos fue enclaustrada por su padre Argisio, rey de Argos, en una celda de bronce. Como el rijoso Zeus ya se había percatado del sex appeal de la joven y no dudaba en darse un revolcón con ella con tal fin se transformó en lluvia de oro para así poderse introducir a través de las rejas del ventanuco de su cuchitril. No cabe metáfora más burda y gráfica que muy bien supieron plasmar los venecianos Tiziano & Co con su vertiginosa pincelada. Como es de suponer cuando a la prisión se le añade el inflamable ingrediente del sexo la cosa gana mucho. El ejemplo de la sufrida princesa argiva lo va a retomar la Santa Bárbara cristiana en ese afán de la ortodoxia católica por sincretizar ritos paganos y darles un barniz de moral y recato que enmascare su origen de dudosa ejemplaridad.

eboliAsimismo, la cueva será trasmutada en torre de castillo para tan solemne ocasión. El salto desde lo telúrico hasta lo celestial tampoco puede ocultar su simbolismo de raigambre teológica. No otro afán alimenta el cuento de los hermanos Grimm titulado «Rapunzel». En este caso, el padre cruel es metamorfoseado en bruja para cumplir los requisitos del género pero su papel es el mismo. La solitaria y alta torre sin puerta de acceso solo podrá ser profanada con la ayuda inestimable de la larga coleta dorada de la heroína en su función de soga y, por tanto, de indisimulado símbolo fálico que permitirá al fogoso príncipe trepar hasta ella. En definitiva, nos encontramos ante la tipología de «La doncella en la torre» (clasificación de Aarne-Thompson-Uther de los cuentos de hadas). Y esta torre tiene una réplica geográfica real en la célebre Torre de la Doncella de Estambul a unos 200 metros de la costa de Üsküdar. De nuevo el fastidioso oráculo de turno -según una leyenda turca- le profetiza a un emperador que su hija sería asesinada por una serpiente venenosa cuando llegara a la mayoría de edad. El empeño del atribulado padre para mantener intacta la vida de la niña en identificación clara con su virginidad vuelve a poner de relieve el rito de paso, el valor metafórico de la serpiente y el encierro en esa torre en medio del Bósforo. Lo que no impide que el día de su decimoctavo cumpleaños tenga a bien hacerle un regalo llevándole una cesta de frutas exóticas y en ella -ay, sorpresa- un áspid escondido acabe por morder a la joven provocándole la temida muerte. Así son las cosas. Los oráculos, como sabemos, son infalibles. De modo que estas leyendas se construyen bajo el fascinante signo del Eros y el Thanatos que alimenta toda la tradición de los amantes truncados, tema recurrente también de jugosa materia literaria. Aunque en el otro extremo se yergue inopinadamente desde nuestros escenarios el incombustible Segismundo de «La vida es sueño», personaje del genial Calderón de la Barca y de nuestro gran teatro barroco.

Su reclusión, dado que estamos en plena Contrarreforma, tiene que escapar por fuerza a los mimbres anteriores y, si bien mantiene el presagio oracular, abre nuevas vías a la cosmovisión del recurrente secuestro. Estos planteamientos van desde apreciaciones metafísicas hasta otras de índole netamente religiosa donde la predestinación vs. la libertad individual, tema fundamental en los debates teológicos de la época, ocupa su epicentro. El sueño en dialéctica con la propia vida, que tiene resonancias también en el pensamiento hindú, la mística persa, la moral budista, y la filosofía griega lo entronca directamente con el mito de la caverna platónica.

segisLa aproximación psicoanalítica ha señalado empero la sublimación de los conflictos edípicos del protagonista frente a su padre, el rey Basilio, y finalmente, la filosofía del solipsismo ha bebido de su vigoroso caudal. No lejos rondará Edmundo Dantès, el célebre Conde de Montecristo, despechado protagonista del novelón folletinesco de Alejandro Dumas padre que se convirtirá en el epítome de los reclusos par excellence pero ni de lejos logra acariciar las profundas e intelectualizadas preocupaciones del problematizado Segismundo. En nuestro país alcanzó rabiosa actualidad en los pasados años 60 en la digna encarnación del personaje que hizo para la TV el gran actor Pepe Martín. Si de aventuras se trata hay que apelar a otra reclusión inolvidable. Nos estamos refiriendo a la que durante veintiocho años confinó al aguerrido Robinson Crusoe de Defoe en una isla del delta del Orinoco, cerca de Trinidad, y que será el tema central de la primera novela inglesa de trascendencia capital para la literatura posterior. Su estatus de náufrago nos obliga a traer aquí el naufragio colectivo del desconcertante “El ángel exterminador”, film mexicano de Luis Buñuel que nos acerca a un grupo de la alta burguesía incapaz de salir de su angustioso y claustrofóbico encierro “voluntario” en una lujosa mansión de la calle Providencia.

Pero ya en el ámbito estrictamente histórico, sin que por ello escapemos de las garras de la fiera corrupia que llamamos leyenda, también dispondremos de sobrados ejemplos igual de memorables. No hay más que bucear en la historia de nuestro país para que nos vengan a las mientes personajes tan apasionantes como la popular Juana la Loca, la Princesa de Éboli o el infante don Carlos por citar unos pocos.

EstelaTordesillas fue la torre inexpugnable donde Juana I de Castilla, vivió recluida a partir de 1509 primero por orden de su padre, Fernando el Católico, y después de su hijo, el emperador Carlos I. La motivación de su encierro no fue de carácter sexual ni por un vaticinio desgraciado como sabemos pero tampoco conocemos con certeza cuál fue aunque se amparó en su presunta incapacidad mental. Era necesario que se evitara pensar que la reina estaba en su sano juicio para garantizar la supremacía de los varones en el trono castellano. Los adversarios del rey tendrían argumentos de sobra para derrocarlo por usurpador. Desde luego, visto así la motivación se podría tildar también de sexual aunque con una lectura distinta de la que hemos venido haciendo hasta ahora. Esto ha llevado a desarrollar todo tipo de especulaciones conspiranoides que las diversas obras literarias han recogido fielmente. Juana estuvo prisionera la friolera de cuarenta y seis años con extremo celo y rigor por parte sus carceleros que la infligieron, al parecer, daños físicos y psicológicos. Es de entender que su figura era clave para dotar al levantamiento de los Comuneros de la legitimidad que les era necesaria. Por ello resulta sorprendente que cuando en 1520 estos la liberaron ella se negara a encabezar la revuelta. Naturalmente, cuando su hijo Carlos les derrotó no dudó en volver a encerrarla. Los mismos intereses gozaban de la misma vigencia. La supuesta locura por celos y amor a su marido, Felipe el Hermoso, tras su muerte fue popularizada por el Romanticismo tanto en pintura como en literatura y nos ha dejado las obras teatrales de Manuel Tamayo y Baus (Locura de amor), y de Benito Pérez Galdós (Santa Juana de Castilla) y las películas «Locura de amor» (1948) de Juan de Orduña y «Juana la Loca» (2001) de Vicente Aranda.

carloSi la casa-fortaleza de Tordesillas sirvió de cárcel a la reina Juana en el caso de la princesa viuda de Éboli tres fueron sus celdas desde el Torreón de Pinto, primero, para pasar a la fortaleza de Santorcaz y acabar en 1581 en su Palacio Ducal de Pastrana. Eso sí, el mismo misterio envuelve su encierro. De casta le venía al galgo, porque si ya el rey Carlos se convirtió en custodio de su madre, su hijo Felipe II va a heredar con creces las maquiavélicas habilidades paternas y no solo arrojará los huesos de la princesa al fondo del último calabozo sino que también hará lo mismo con su propio hijo, don Carlos. Se rumoreó que Ana de Mendoza, la de Éboli, fue amante de Felipe durante el matrimonio de éste con la joven Isabel de Valois y más tarde, lo fue de su secretario, Antonio Pérez. Estos sucesos desencadenarán una serie de intrigas políticas que se van a saldar con la detención de este y el confinamiento de aquella. Sea como fuere, aunque su misterio ha alimentado menos obras que el precedente nos ha dejado películas tan sorprendentes como la que Olivia de Havilland en el papel de nuestra heroína interpretó en 1955 con el título tan previsible de «La Princesa de Éboli», y que dirigió rutinariamente Terence Young, el afamado realizador de la primera serie de la saga de James Bond.

En cuanto al hijo de Felipe II, Don Carlos, también se han tejido toda suerte de hipótesis y conjeturas, envolviéndolo en otra madeja llena de tinieblas y teorías diversas. Como se ve los personajes históricos no solo se escapan a una valoración rigurosa sino que dan pábulo a más leyendas si cabe que los que nos ha regalado la mitología. Aquí el encierro lleva la sospecha infundada que alimentó la leyenda negra de que Felipe II asesinó a su hijo mientras estaba detenido. Fue tema de creación romántica a raíz del drama «Don Carlos» del poeta alemán Schiller que difundió en alas de una música grandiosa Giuseppe Verdi en su ópera homónima, obra que exhala la misma majestuosidad granítica que exhibe el Monasterio de El Escorial pero que tendenciosamente nos ofrece una visión del rey, como un anciano celoso y represor, frente a un joven príncipe, valiente y apasionado. En ella, Carlos e Isabel de Valois, su madrastra, luchan por su amor contra un implacable Felipe II mientras los Países Bajos, defendidos por el príncipe, luchan por sus libertades. La biografía, sin embargo, nos deja una imagen del príncipe bien distinta, un Don Carlos con fuertes desórdenes mentales y de conducta que le llevarán a cometer excesos como mandar incendiar una casa por una bagatela, intentar apuñalar públicamente al duque de Alba o defenestrar a uno de sus pajes y a su guardajoyas. Si recordamos que Segismundo también lanza a un criado por la ventana, fuerza a Rosaura, hiere al padre de esta cuando la defiende y la emprende a mandobles contra Astolfo es inevitable que hagamos el paralelismo y aventuremos una colección truculenta de suspicacias.

En fin, no dudamos de que la situación actual aunque trae cosas malas también nos procurará las suficientes buenas y entre estas tenemos la completa seguridad de que la literatura a lomos de la imaginación, una vez más, saldrá ganando. ¿Es preciso recordar que tanto para leer como para ver cine hay que encerrarse a cal y canto?

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