junio de 2026

La última de Spielberg: mala con avaricia…

Ahora que Steven Spielberg ha descubierto que el pueblo judío puede llegar a ser tan humanista y simpático como el nazi interpretado por Ralph Fiennes en La lista de Schlinder, parece que ha decidido abandonar la tierra para posar su preclara mirada en el más allá. Y el más allá, hoy por hoy, si uno no es musulmán, es el espacio exterior, esa inmensidad en términos cuantitativos que por el momento deja mucho que desear en términos cualitativos. Lo que le ha salido, y bien que siento decirlo, es un telefilm del domingo por la tarde. No por el modo de estar rodada, puesto que Spielberg se pega una fiesta de velocidad, movimientos de cámara y planos-secuencia, sino sencillamente por la trama, que no gustaría a los niños por lo mucho que tarda uno en enterarse de algo, y que no gustará a los adultos, a mi juicio, por la poca valía e interés que posee eso que ese largo preámbulo ocultaba. Es cierto, sí, que Spielberg ha vuelto a Encuentros en la tercera fase o E.T., sobre todo en el sentido de que sigue personalmente convencido de que vida más inteligente tiene que equivaler a vida angelical, de manera que los aliens tan sólo vienen a visitarnos para hacer regalos de santidad y moralidad, como en La llegada de Villeneuve. Pero hasta ahí. Tanto Encuentros… como E.T. fueron un prodigio de ambientación, ternura y a la vez de lo que yo llamaría la “tensión del aproximamiento”, algo así como que el espectador sigue la historia con el alma en vilo a sabiendas de que el misterio se va a desvelar, de que va a contemplar el prodigio, de que Spielberg le va a poner delante de la revelación sensible, cálida, y multicolor de la Bondad… (muy significativo, por cierto, el título: ¿qué sagrada y niñera institución lleva centurias hablando de la Revelación por aquí, la Revelación por allá…?).

Pues bien, en esta no, en esta no hay magia, y Spielberg lo que te da al final como premio de consolación es un mito actual del consumo que atrae a muchos turistas pero que es un pretexto para el merchandising. Ni rastro de “tensión de aproximamiento”, sólo burdo ajetreo. Fui a verla porque al ver el cartel anunciador se me ocurrió que los visitantes habían estado siempre entre nosotros, curioseando, estudiándonos, y que esos eran los ciervos. Por eso, pensé, los ciervos son tan huidizos, a la vez que lucen un porte tan noble. Nada que ver. Por otra parte, se había dicho que la cercanía de los númenes daba algo de miedo, lo cual hubiera encajado con señales provenientes de un bosque nocturno. Espeluzno ninguno, escenas de acción más vistas que el tebeo unas cuantas, estilo Múnich, la spielbergrada de 2005. Spielberg, además, tiene la gran suerte de que su protagonista sea presentadora de televisión, mira qué casualidad… Sabemos, además, que es lo que viene después del punto final de la película: viene, sin duda, Ultimátum a la tierra, el fantástico clásico de 1951 que Keanu Reeves “remakeo” o versionó en 2008.

Pero bueno, la música es de John Williams, Colin Firth está tremendo, y se nos dice, bien alto y bien claro, que o aprendemos de una vez a tener empatía o vamos derechitos a la extinción (escucha bien, Bibi).

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Archivo Entreletras

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