abril de 2026

Soledades de Dorothy Parker

Dorothy Parker escribe con trazos angulosos, nos hace ver su personalidad. Sus frases son contundentes, se nos clavan y nos ponen en nuestro sitio. Ella nos dice: aquí estoy yo. Son como el ala del sombrero, nos marcan su territorio. Y detrás en la sombra está su sensualidad, su melancolía.

No se trata de las mujeres contra los hombres. Ya lo dijo Virginia Woolf: ay de la literatura de mujeres que se limite a quejarse de los hombres. Hay muchas mujeres que no le simpatizan nada, no hará un bando con ellas.

Como esas ricachonas que sueltan una cháchara vacía llena de tonterías.

Como esa dama que aprueba que su marido se muera tranquilamente y está contenta con Dios: “La actitud de amable tolerancia por parte de la señora Whitakker no se limitaba a sus parientes menos afortunados. Se extendía a los amigos de la juventud, a la clase trabajadora, las artes, la política. Estados Unidos en general y a Dios, el cual la había servido siempre con la mayor eficiencia. Podría haberlo recomendado con las mejores referencias”.

O esa otra a la que han dejado y va en un taxi mirando la ciudad y al ver a una criada dice: que suerte, ellas no sufren, ellas son insensibles. O esas otras que hacen su caridad de grandes damas y luego ya pueden ir a sus cócteles.

O esa otra que educa a su hijo en el miedo y la represión.  Sí, las damas neoyorquinas que aparecen en el libro “Una dama neoyorquina” no son admirables precisamente. La verdadera dama con sustancia es la que escribe.

Pero a menudo se trata de la soledad, de un mundo que nos deja frustrados. La mujer casada que tiene amantes cada vez más vacíos se va frustrando. La que depende de los permisos de su marido soldado y todas las entrevistas se malogran.

Por eso titula otra colección “La soledad de las parejas”.  A veces no piden gran cosa, aceptan esa vida con cierto cinismo. La vida está llena de engaños y vaciedades patéticas. Los amantes no son mejores que los esposos.

Las personas escamotean su crueldad con un sentimentalismo pringoso. Y la “rubia imponente” está deseando dejar sus tacones.

Pero la tenemos a ella, marcada, en su estilo contundente, en sus afirmaciones sin miedo. Luis Antonio de Villena dice que era capaz de perder una amistad por decir una frase con fuerza.

La tenemos en su desenvoltura, en su ironía afilada. La tenemos marcando los contornos, igual que marca el sombrero.

La tenemos dirigiendo una tertulia literaria con soltura en el hotel Algonquin y revolviendo la literatura de su tiempo.

Alan Rudolph, que retrató a los modernos cuando eran liberadores en “Los modernos”, la retrató con modernidad en “La señora Parker y el círculo vicioso”.

Y luego está esa intensa inquietud.  Se ve en ese monólogo de una mujer que no puede dormir en la madrugada, que se niega a contar ovejas, que discute mentalmente con La Rochefoucauld, que deshace tópicos y lugares comunes. Que se revuelve en la cama con fuerza y con rebeldía.

Tengo que leerla otra vez. Cuando estuve en Nueva York busqué el hotel Algonquin donde ella animaba su moderna y especial mesa redonda de la literatura. Cuando ser moderno significaba algo abierto y no un dogmatismo. Cuando era un abrirse de esperanzas, no una obligación paralizante.

Una vez ella fue la modernidad, también lo fue Nueva York. Era otra Nueva York, era otra América, no la que pretenden simplificar ahora. Lo digo dando rodeos, para que las máquinas tontas que no se enteran de nada no me pillen.

En el hotel Algonquin añoraba cuando lo moderno era un dinamismo, no una obligación paralizante y un simplismo. Era una esperanza entonces leer a Dorothy Parker. Igual que escuchar a esos modernos bohemios de los que habló Alan Rdulph.

Todo se deteriora, todo se vuelve caricatura y se empobrece. Ninguna mujer conseguiría ahora nada obligándose a ser Dorothy Parker. Pero un día lo moderno fue una creatividad.

Lo siento si soy nostálgico. Si te arrancan una pierna sientes nostalgia de esa pierna. Si sustituyen la democracia por el fascismo siento nostalgia por la democracia.

Nueva York fue esa ciudad elusiva y alusiva que retrató una vez Woody Allen. Igual que retrató a la Prarís emergente con toda la magia de la noche.

Ojalá lean a Dorothy Parker las mujeres y los hombres de ahora y vayan más allá de consignas y de fórmulas.

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