febrero de 2024 - VIII Año

Heráclides Póntico (siglo IV a.C.): La filosofía clásica griega está llena de recovecos y misterios

Quiero ser discípulo de aquellos de quienes también me gustaría ser hijo
Plutarco

Hoy, me propongo ir del hilo al ovillo. Me sigue pareciendo, a estas alturas, admirable la existencia de aquellos pensadores que se preguntaron el por qué de las cosas, cómo era el mundo y cómo darle una explicación lógica a lo que hasta ese momento habían sido relatos míticos.

La filosofía griega clásica es apasionante. De muchos pensadores sólo nos han llegado fragmentos y con una paciencia arqueológica hay que ir completando el dibujo con las pocas teselas que disponemos.

Un problema con el que nos tropezamos a menudo, es que una misma idea o –no sé si llamarla descubrimiento- se ha atribuido a distintos pensadores. Solemos, además, por inercia, adscribirlos a una Escuela o Corriente de Pensamiento, cuando es frecuente que tengan influencias plurales… por lo que hay que rastrear, con sumo cuidado su andadura.

Comencemos por preguntarnos ¿quién fue Heráclides Póntico? Lo elijo a él como podría haber optado por otros varios. ¿Qué sabemos de él? Puede considerársele un filósofo, más también, un astrónomo. Lo que llamamos ciencia no se separó del tronco de la Filosofía hasta tiempo después.

La información que nos ha llegado sobre él procede, en buena medida, del polígrafo Diógenes Laercio. Incide en la influencia del atomista Demócrito, así como de Aristóteles. Puede constatarse también, su vinculación con la Escuela Platónica y su filosofía es deudora del pitagorismo.

Por tanto, es ostensible su eclecticismo y su disposición a captar y a asimilar las ideas que le parecieran más atractivas, fuese cual fuese, su procedencia. Al igual que él hubo otros muchos que siguieron esta forma de actuar.

Desde luego, con estos componentes su filosofía es muy original y, por tanto, difícil de adscribir a una posición determinada. Sabemos, eso sí, que nació en Heraclea Póntica; de hecho, de ahí procede la denominación por la que le conocemos. Era natural de Bitinia, un antiguo reino que se situaba al noroeste de Asia Menor y al suroeste del Mar Negro.

Pronto se trasladó a Atenas por ser ésta la ciudad a la que dirigían sus pasos los espíritus inquietos de toda la Hélade y que se iba convirtiendo en el centro de referencia político y cultural.

La originalidad de su pensamiento se pone de relieve, sin ir más lejos, en que se le atribuye o se dice de él que fue el primero (o de los primeros), en defender que la tierra lleva a cabo un movimiento de rotación en torno a su eje.

Hay algunas preguntas ineludibles, que otros se hicieron en el pasado y que nosotros hemos de formular ahora. Una de ella es ¿a quiénes llamamos filósofos? o ¿quiénes merecen ser calificados con este apelativo? Entre las respuestas posibles elijo estas: ‘A quienes comprendieron mejor que otros lo que caía bajo su mirada inquisitiva e inteligente’, ‘A quienes caminaban con paso firme persiguiendo encontrar respuestas al por qué de las cosas… sin saciarse nunca y buscando más y más’.

El conocimiento de la Naturaleza y de sus misterios es sencillamente inabarcable, mas quienes eran considerados y se consideraban así mismos, por modestia,  amigos de la sabiduría… debían tener como meta suprema el ir aproximándose a un conocimiento que diese una explicación convincente de los hechos.

Corren tiempos de frivolidad, donde además el esfuerzo personal no se valora. Todo se comercializa. Los investigadores encuentran todo tipo de obstáculos en su labor y muchos sucumben a la tentación de cubrirse con el cínico manto de un individualismo insolidario.

Es mucho más importante ‘el tener que el ser’. Por eso, precisamente por eso, son admirables quienes llevaron a cabo la ingente tarea de superar la indigencia intelectual.

Pasar de hilo al ovillo no es fácil. Es un camino lleno de aristas, escollos y preguntas sin resolver. Sabemos que Filolao de Crotona o Hicetas de Siracusa, afirmaron el movimiento de la Tierra. Ahora bien, conocieran unos las teorías de otros, o no, lo cierto es que todo esto contribuye a poner ante nuestros ojos un panorama vivo y, por qué no decirlo, un poco desconcertante, aunque quizás por eso mismo, apasionante como lo suelen ser todos los momentos aurorales. La rueda gira y no se detiene.

Llegó a la conclusión, asimismo, que Mercurio y Venus se mueven en torno al Sol. Ni que decir tiene que planteamientos como estos, lo convierten en un pensador  y astrónomo en torno al que merece la pena detenerse. Es una lástima que no podamos extraer más jugo de sus ideas y de otras similares, al ser tan escasas y fragmentarias las notas que han llegado hasta nosotros.

Igualmente, se ha dicho de él que fue el primer filósofo que consideró fijas a las estrellas. Apréciese que en su concepción astronómica la Tierra es la que se mueve y gira.

Según se cuenta, tuvo conocimientos amplios de matemáticas, lo que lo vincularía a la Escuela Pitagórica. Consideraba, inspirándose en la doctrina atomista de Leucipo y Demócrito, que el mundo está compuesto de corpúsculos libres que flotan en el espacio y que la divinidad ha construido el cosmos, entrelazándolos.

No se me escapa que todo esto es un tanto contradictorio. La Tierra está en el centro del universo, mas no es fija. Es ella la que se mueve en torno a su eje y es el universo el que permanece quieto.

No quiero, ni puedo olvidar que nada menos que Copérnico, lo considera uno de sus precursores. La historia de la Filosofía y de la Ciencia no es una línea recta sino un itinerario de avances y retrocesos, en los que van apareciendo los distintos eslabones de que se compone la cadena.

Los filósofos de la Grecia Clásica, por lo general, eran audaces, valientes y no tuvieron reparo ni miedo en cuestionar lo establecido.

La vida fluye y en ese constante fluir hay que saber apreciar, abrir el pensamiento a nuevas perspectivas. El saber es siempre resultado de una búsqueda constante, intensa y, con frecuencia una tarea en la que unos pensadores van pasando a otros el testigo.

Las cosas no son simples. La realidad oculta un lado oscuro que, sin embargo, merece la pena esforzarse por conocer. Tal vez, por eso, sus ideas las consideramos extraordinarias por lo sorprendentes y por el germen de novedad que contienen.

No es cuestión de someter a revisión concepciones de contenido historicista. No es el momento. Ahora bien, es atractivo concebir que el saber apunta hacia el futuro, hacia lo desconocido y no se para nunca.

La sed de conocimiento es una pasión que no envejece ni se sacia, sino que encuentra siempre nuevas fuerzas e impulsos para analizar, dialécticamente, la realidad.

Será todo lo complicado que se quiera, mas el pensamiento y el espíritu crítico que surge de él, se las han ido arreglando para echar un pulso a la ignorancia y pese a las dificultades, ganar las más de las veces la partida.

Considero muy sano el lema de omnibus dubitandum (de todo hay que dudar). No me resisto a glosar, una vez más, el papel que la duda ha jugado en la historia de la Filosofía y el profundo daño que han hecho al pensamiento las prohibiciones, cortapisas y trabas que se han llevado a cabo en nombre de fundamentalismos y de ortodoxias.

Permítaseme otra digresión. Siempre he admirado la filosofía de Baruch Spinoza, en especial su Ética. Tengo grabadas en la mente unas palabras suyas ‘non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere’ (no te rías, no llores, ni destetes solo intenta comprender).

Prosigamos nuestra andadura. Pensemos, aunque sólo sea un momento, en el papel y la función que ha venido desempeñando la memoria en la historia del pensamiento. Es el ser humano el que funda y crea lo que hemos venido llamando historia a partir de la transmisión de la memoria. Así de una generación a otra se ha ido transmitiendo el conocimiento como si de un testigo se tratara.

La memoria sirve, también, para enfrentarse al futuro prolongando el pensamiento y no deteniéndose jamás en la búsqueda de certezas, a partir del aguijón de la duda. Sin olvidar, claro está, que la experiencia es la fuente primaria de la exploración y conocimiento de la realidad.

Regresemos a Heráclides Póntico, en el que hoy hemos puesto nuestra atención, fuese o no fuese, el primer astrónomo que admitió la rotación de la Tierra sobre su eje. Creía, también, en una especie de inteligencia en el universo, que podemos llamar ‘Nous’. De una forma u otra, los principios  y raíces del heliocentrismo están presentes en su concepción del cosmos, aunque de forma incompleta y un poco tosca.

Escribió mucho, mas sus obras se han perdido. Tenemos noticia de que compuso un diálogo sobre la justicia y otro sobre las leyes y que, igualmente, escribió tratados sobre la mente y sobre el alma. Huelga decir que sería magnífico que pudieran ser accesibles y que en lugar de especular o, en el mejor de los casos basarnos en el testimonio de otros, poder entrar en contacto con sus propias concepciones e ideas.

Otra de sus preocupaciones fue la gramática y consta que compuso un Tratado acerca de la edad de Homero y Hesíodo. El tiempo, ayudado por el desinterés, ha posibilitado tanta destrucción, recordemos como acabó la Biblioteca de Alejandría y que no hayamos podido conservar las ideas y hallazgos  de estos pensadores y pre científicos. Por último es constatable, asimismo, que en un estilo conciso y utilizando recursos persuasivos, escribió sobre la dialéctica.

La filosofía clásica griega, de la que nos falta tanto por comprender, no tiene sus piezas bien encajadas, mas quizás por eso, es un desafío a que sigamos, sin denuedo, buscando e interpretando ‘sus claves’.

Es el nuestro un tiempo, de poco o casi nulo interés por el pasado, que algunos se empeñan en presentar asociándolo a un penetrante olor a naftalina. Nos faltan incentivos y los incentivos son necesarios para despertar la imaginación.

Conviene seguir la pista a quienes se atrevieron a especular, a razonar, sin temor a las servidumbres impuestas por las tradiciones. A lo largo de la Historia de la Filosofía tienen más importancia de la que parece, quienes han seguido el rastro de otros… buscando la verdad de las cosas e intentando que no se difumine y que la nebulosa de la ignorancia las arrastre al agujero negro  para siempre.

Es posible –no acabaremos nunca de encontrar la respuesta adecuada- que el pensamiento sea una dolencia crónica… mas no es menos cierto, que junto con la palabra es lo que nos hace humanos.

Quienes desprecian lo que no comprenden, no pueden situarse frente al espejo del tiempo sin que este transmita una imagen poco favorecedora, incluso ridícula, de quienes pretenden, irresponsablemente, cortar los hilos que nos vinculan al pasado.

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