septiembre 2020 - IV Año

ENTREVISTAS

Claudio Magris: ‘La pseudocultura de la transgresión es incapaz de transgredir’

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Por Ricardo Martínez-Conde.-

El profesor y escritor Claudio Magris, firme aspirante al premio Nobel de Literatura, acaso por haber nacido en una Europa dividida y haber sufrido el efecto de la separación por causa de la guerra, está considerado hoy como uno de los teóricos más profundos en la cuestión de Europa como cultura. Él ha reflexionado como pocos sobre la idea de frontera, y suya es la frase, tan expresiva de una idea de pertenencia, cuando dijo: «Se es de un paisaje».

Pero aún más, sus respuestas a una conversación que mantuve con él hace un tiempo adquieren sustancialmente –gracias a lo preclaro de sus puntos de razonamiento- una vigencia que, a mi entender, hace oportuno el traerla aquí a colación, acaso como aportación intelectual a una situación actual tan dividida y fragmentada en cuanto a las distintas posturas o soluciones de cara a conservar el viejo legado de Carlomagno. O bien, sin más, a mantener viva la idea de una Europa que, por encima de las inevitables disensiones, fructifique como un planteamiento de unidad cultural, pues tal ha sido una de las razones del nacimiento de la vieja idea de Europa, más allá de las inexcusables razones de la defensa de unos criterios económicos a la vez que políticos.

A día de hoy, no obstante, tales valores podría decirse que, antes que ser defendidos, están siendo puestos en entredicho con ideas de actuación no sólo disimiles, sino dispares por no decir contradictorios. El contenido de tal conversación, en esencia, queda reflejado en el texto que a continuación se reproduce:

hqdefault– ¿Considera que la vieja idea de la Mitteleuropa va camino de convertirse en algo para la mera añoranza en los libros de texto? Y, de ser así, ¿no se habrá desechado con ello un referente cultural aglutinador de los valores más sólidos que han forjado la idea de Europa como civilización?

– Ciertamente, ‘Danubio’ es, como Ud. dice, un canto a la unidad y a la riqueza de lazos entre los pueblos y las culturas diversas; precisamente el Danubio es un río que por cruzar tantas fronteras llega a ser el símbolo de la necesidad de cruzarlas, de la necesidad de reconocerse en una unidad superior. Pero el Danubio es también un río que simboliza la dificultad de cruzar las fronteras y de llegar a ese sentimiento de unidad. Mi ‘Danubio’ expresa esta exigencia de unidad y su tensión, el sentimiento de que el valor reside en la superación de las identidades individuales y en el reconocimiento de una unidad mayor. Pero todo el libro es también la historia de un mundo, precisamente de aquel mundo danubiano, en que este sentimiento de unidad es a menudo tan difícil, y donde tremendas diferencias y numerosas fronteras dividen a los hombres y a las naciones.

– Su conclusión…

– En resumen: ‘Danubio’ es un camino contemporáneo hacia esa unidad, el relato de lo difícil que será ese camino y, lamentablemente, el relato de todos aquellos pasos atrás que habrán de darse. Desafortunadamente, después de la caída de los muros ideológicos en 1989 – caída que todos saludamos y que podría y debería habernos permitido, por primera vez, la construcción de una Europa unida, se están construyendo nuevos muros nacionalistas y chovinistas para separar de nuevo a los hombres y a los pueblos, y algunas veces incluso para algo peor. Yugoslavia es el ejemplo más llamativo, pero no el único; creo que en toda Europa, o al menos en gran parte de ella, amenaza, en diversas formas más o menos violentas el peligro de un terrible desgarro, de una disgregación y desintegración tribal. La variedad es una riqueza – todo mi libro es un canto a esta riqueza – pero solamente si se la considera como premisa concreta del sentido de lo universalmente humano. No creo que el pasado haya sido idílico, que en el pasado los pueblos fueran hermanos; también el pasado está lleno de luchas, desgracias y atrocidades. Nuestra tragedia actual consiste en el hecho de que por primera vez podríamos tener la posibilidad de construir una Europa, superando definitivamente todos los rencores, y de que en lugar de ello estemos cayendo en una regresión particularista.

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– A mi entender, usted, a través de su obra, ha resaltado los valores de la poesía como un móvil renovador dentro del legado escrito de los pueblos, vinculándolo a la filosofía y la novela. ¿Es así?. En caso afirmativo, ¿qué explicación daría para ello?

– Ciertamente, en mis libros está este sentimiento del valor innovador, revolucionario de la poesía. Hay también una estrecha relación con la filosofía y con la novela; naturalmente se trata de una relación subjetiva, por así decir; no creo que otros géneros, del teatro a la lírica, sean menos relevantes de por sí. Es cierto que, sobre todo en ‘Danubio’, me interesa especialmente la dimensión épica de este valor y su significado filosófico: la poesía como viaje a la búsqueda del sentimiento, del sentido de la vida. De ahí, el carácter novelesco (la relación entre viaje y novel) y filosófico. Creo que, en este sentido, la poesía significativa dedica gran parte de atención y amor al mundo, a la realidad, a las personas y a las cosas, pero también presta atención a las posibilidades, a cómo deberían de ser las cosas, al ‘todavía no’, a la utopía. Este sentimiento de la poesía está relacionado con el rechazo a creer que la realidad, tal como es en el momento en que la vemos, sea la única realidad posible; en el rechazo a creer que la realidad no sea algo más que su propia fachada. Los llamados ‘realistas’, también en el plano político, son muy poco realistas , precisamente porque cambian la realidad, la única realidad posible, la que se les presenta ante los ojos en aquel preciso momento, y no ven ni sienten aquello que, tras la fachada de esa realidad, apremia por salir a la luz, por afirmarse. Nadie hubiera creído, por ejemplo, que Dubcek, tras haber sido eliminado como basura de la escena política de Checoslovaquia, podría volver a hablar triunfalmente ante muchedumbre de Praga; los llamados políticos realistas hubieran considerado un utopista visionario e irrealista a quien hubiera previsto esta posibilidad, cuando estaban siendo irrealistas y miopes ellos mismos. Por consiguiente la poesía es revolucionaria e innovadora, pues está continuamente atenta al rescate, a la renovación y a la transformación de la realidad.europa

– Un hombre de la cultura como Ud., tan vinculado a la idea de Europa como civilización, ¿se siente desgarrado por las perspectivas de futuro que pueda intuir? En un diálogo mantenido con el novelista Gregor von Rezzoli hablaban incluso de la dura necesidad de tener que considerarse unos ‘ex’ en muchos aspectos dado cómo están evolucionando los acontecimientos sociales hoy.

– Para quien cree, como yo, con fuerza en la unidad de Europa y en el sentimiento de lo universalmente humano que une a todos los hombres, el momento histórico actual, con la feroz afirmación de numerosos individualismos y pequeñas identidades locales que se niegan mutuamente, constituye una poderosa causa de turbación y de espanto. Creo que durante algunos años, probablemente durante bastantes, nos encontraremos ante numerosas barbaries dando muchos pasos atrás en el plano de lo humano: nacionalismos cada vez más exacerbados y reducidos enfrentan a los hombres y obstaculizan su unión. Deberemos acostumbrarnos a sufrir muchos ‘knock down’, pero no para abandonarnos a un pesimismo pasivo, sino para darnos ánimo de levantarnos tras cada ‘knock down’, para reponernos tras cada una de las derrotas ocasionales y proseguir el «buen combate», para utilizar la expresión de San Pablo. No se trata, desde luego, de mantener una actitud apocalíptica frente a la realidad; no se trata de ignorar, en el contradictorio proceso de la historia, los grandes pasos hacia delante que se están dando en numerosos sectores, especialmente en lo social. Pero respecto a la regresión nacionalista que se perfila, soy bastante pesimista, al menos en lo que se refiere al futuro más inmediato; un período que, si bien no será eterno y volverá a pasar, me temo que desgraciadamente no será breve.

Danubio– Ud. ha pasado de ser, en poco tiempo, un escritor de un gran influjo y aceptación en los medios literarios de España. De acuerdo a su conocimiento de nuestro país, ¿cómo juzga nuestra aportación cultural con carácter histórico? ¿Y su perspectiva de futuro dentro de Europa?

– Mi encuentro con la cultura española, con los lectores y críticos de España y con la realidad española ha sido para mí la gran aventura intelectual de estos últimos años. Me he sentido en casa, en un mundo cercano a mí donde he visto un espejo de mi propia realidad, y además, en España ‘Danubio’ no ha sido leído como un libro exótico que trata de cosas lejanas, sino como la historia de una odisea localizada en el espacio geográfico de la Europa central, una historia que contempla un poco a toda Europa y, tal vez, particularmente a España. Digo particularmente a España por una razón: creo que precisamente en estos últimas décadas España ha sufrido una transformación radical, un desplazamiento de sus fronteras culturales interiores, una especie de traslado espiritual, con una continua conquista de nuevos valores y con la pérdida de las antiguas certidumbres y otros valores que puedo reconocer, como en un espejo, en mi ‘Danubio’. Pues mi ‘Danubio’ es un viaje donquijotesco por los caminos polvorientos de la realidad, continuamente a la búsqueda del yelmo de Mambrino, continuamente al encuentro de bacías de barberos y, no obstante, en la continua y obstinada exigencia de encontrar – a pesar de las bacías de barberos – los yelmos de Mambrino.

Claudio-Magris– En este contexto, el papel de España…

– Creo que en este proceso de la unificación europea, desgraciadamente tan atormentado como difícil, España puede apadrinar, entre otras cuestiones, especialmente este extraordinario movimiento, esa mezcla de tradición secular y la increíble capacidad de lanzarse a un presente o hacia un futuro que parecen contradecir aquella tradición; se trata, en suma, de un camino ulisíaco que naturalmente conlleva el continuo peligro del extravío, pero también la continua aceptación de ese desafío y riesgo. Todos sabemos que naturalmente no son ni España ni Italia los países que tienen el mayor peso en la formación de Europa, sino las naciones económicamente más potentes. Debemos saberlo, pues sólo sabiéndolo se le pueden poner barreras a ese predominio. Veo numerosas contradicciones en España, algunas de ellas desde luego pueden ser peligrosas, pero también mucha vitalidad creativa y es precisamente esto – creo o espero – lo que España puede aportar a la unidad europea. El peligro de este impulso creativo es que se embriague demasiado de lo nuevo, de lo llamado post-moderno, que se pierda el sentido de lo clásico y del rigor, el horizonte utópico y metafísico. Pero creo que en la riqueza de la cultura española hay también muchos antídotos contra estos peligros implícitos en la propia vitalidad moderna. En cuanto a lo que a mí concierne, el diálogo con los lectores españoles, con la gente y con la cultura de España, es una de las experiencias que más me han enriquecido en estos años y que me obligan permanentemente a estar vivo.

– Es manifiesto, o al menos a mí me lo parece, su admiración por un escritor como Robert Musil. Este autor, en su obra ‘El hombre sin atributos’, pone en boca de un personaje: ‘Yo trato de conocer los caminos que llevan a la santidad para saber si se puede ir en coche’. Al margen de la brillante ironía, ¿cree usted que en esas palabras podría encerrarse una premonición respecto de esa cultura del hedonismo que hoy parece ser predominante?

– Creo que en aquel pasaje de Musil, lo que intentaba satirizar el escritor no era tanto la tendencia al hedonismo y a lo acomodaticio, sino más bien una tendencia al compromiso dentro de la dimensión absoluta y metafísica, y a la modernización tecnológica que constituye el centro irónico del ‘Hombre sin cualidad’ y que toca muchos puntos centrales de nuestra civilización. Ciertamente, si Musil hubiese conocido la actual forma de esa cultura hedonista, hoy predominante, hubiera tenido logradas y definitivas palabras de ironía en sus careos; y no precisamente porque despreciase el placer o, menos aún, la alegría que constituye un bien, sino porque hubiera recogido inexorablemente el falso placer y la falsa gloria anunciados, desde el nuevo filisteísmo hasta la insignia de la pseudocultura de la transgresión, que en realidad es incapaz de transgredir.

(Primavera, 2017)

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