enero de 2026

Inés Kerzan: «Creo que el teatro es la casa del actor»

Inés Kerzan en el montaje ‘Sigue a la liebre blanca’ (PasoAzorín Teatro)

Estimada Inés, eres actriz, has trabajado en muchas obras en diferentes medios, cuéntame cómo empezó tu pasión por el teatro. ¿Fuiste ya una niña apasionada por el mundo de la escena?

Aunque ahora entiendo que la vocación siempre estuvo ahí, en mi caso fue más bien una vocación silenciosa, era una niña introvertida y tímida, y no fue hasta la adolescencia cuando la sensibilidad artística se materializó en el deseo de ser actriz. De pequeña inventaba historias constantemente, hablaba sola, tenía amigos y animales de compañía imaginarios, y me relacionaba más con mi mundo interior que con el exterior. Durante años mi principal compañía fue un caballo. ¡Iba cabalgando a todas partes! Hasta tal punto vivía en mi imaginación, que durante unas vacaciones que pasamos con unos amigos que tenían un hijo un año mayor que yo, oí que el niño le preguntaba serio y preocupado a su madre: “Pero ella sabe que el caballo no existe, ¿verdad?” No me molestó, estaba muy ocupada ganando carreras, hablando con el animal o cepillándole. Y era consciente de que no era real y a la vez sabía que no había nada más real para mí que Pay, así se llamaba el caballo. Supongo que eso ya era la semilla de mi vocación, ya que en la coexistencia de esos opuestos es con lo que trabajamos los artistas. Siento lo mismo ahora cuando interpreto, ser el personaje es mi realidad, lo vivo incluso más intensamente que lo que llamaríamos vida real y, el saber que no lo es, no le resta un ápice de verosimilitud para mí. Durante la infancia, además de jockey, fui patinadora, princesa y médico. Lo más curioso es que no he dejado de ser ninguna de esas cosas. De jugar, dentro y fuera de escena. Mi misión es contar historias. Creo que, lo que fui, ante todo, fue una niña con una imaginación desbordante que, además, creció en un entorno artístico, principalmente relacionado con la música que, junto con las influencias familiares, también en cine, teatro y literatura, sin duda dio alas a mi vocación. En especial la literatura se convirtió enseguida en mi realidad preferida.

¿Cómo fueron tus comienzos en el mundo de la escena?

Pues, pese a mi pulsión artística latente, no fue hasta los veintiuno cuando encontré el valor suficiente para imponerme a mi entorno y hacer que, lo que hasta ese momento era una afición —formaba parte de un grupo de teatro amateur de habla inglesa— pasase a convertirse en mi profesión. Para la familia es muy distinto admirar el arte que aceptar que alguien cercano quiera ser artista. Rompí con todo y me fui a Nueva York a estudiar arte dramático. Allí viví y trabajé cinco años. Fueron unos comienzos maravillosos y duros a partes iguales. No soy muy partidaria de las escuelas, creo que ésta es una profesión que se aprende, de verdad, sobre las tablas. En mi caso dicha escuela tuvo una única función: corroborar lo mucho que me gustaba la interpretación. Además de las vivencias personales de esa época, impagables vivencias y fundamentales para cualquier artista —la vida es nuestro referente, nuestra inspiración— también el mundo profesional de allí fue una lección. Salí de la escuela y me convertí en un producto, en algo que los agentes y directores de casting veían únicamente como un vehículo que podía cumplir un objetivo dentro de un proyecto empresarial. El arte brillaba por su ausencia. Y, aunque no puedo estar más de acuerdo en que esto no deja de ser un negocio —show business— y que se puede y se debe ganar dinero con él —es una profesión de élite que requiere de afiladas destrezas y mucho sacrificio—también creo que no se puede perder el alma por el camino. El arte tiene que pasar por delante del dinero. Ese primer trato con la industria de allí me resultó muy agresivo, era joven, ahora lo veo y lo vivo de otra manera, pero decidí volver a Europa en busca del arte perdido. Regresé a Madrid, no tenía claro cuánto me quedaría, hablo, además de inglés, alemán y me planteé tanto Berlín como Londres como destinos, pero al poco de llegar hice una audición para PasoAzorín Teatro y aquí sigo. Lo que tiene el amor a primera vista. Y es curioso, porque yo iba mucho más enfocada a audiovisual que a teatro.

Inés Kerzan en el montaje ‘Sigue a la liebre blanca’ (PasoAzorín Teatro)

Tienes una especial relación con la compañía de Ramón Paso, se aprecia una enorme conexión con tus compañeras, Ana Azorín, Ángela Peirat, y con tus compañeros, David Zarzo y Jacobo Dicenta, cuéntanos cómo conociste a Ramón y cuándo empezaste a colaborar en sus obras y en sus lecturas dramatizadas, que lleva a cabo en la LiVrería, con v, curiosamente.

Llevo doce años trabajando con Ramón Paso y es, y ha sido, el principal artífice de mi carrera, la persona que más ha confiado en mí y que me ha hecho crecer como artista. Siempre he pensado que fue el destino el que me unió a PasoAzorín Teatro. Como he mencionado, yo estaba recién aterrizada de Nueva York, prácticamente no había ni deshecho las maletas, cuando mandé mi material para un casting, más por ver cómo funcionaba una plataforma para actores de la que me habían hablado, que porque pensase que eso fuese a ir a ningún sitio. Lo mandé, por pura intuición, al casting que ellos habían publicado, porque había algo distinto en él. Acto seguido me olvidé, acababa además de conseguir mi primer agente en Madrid y mi foco estaba en otras cosas. Pero me llamaron, hice una prueba, me dieron el papel y cuando empecé a trabajar en la compañía descubrí en Ramón a un escritor y director brillante, y en Ana a una actriz maravillosa y una amiga incondicional. Me enamoré y sigo artísticamente enamorada del proyecto teatral que tenemos en común. Entiendo que la sensación de sintonía fue mutua porque al poco me ofrecieron convertirme en socia de la compañía y llevo más de diez años produciendo, además de interpretando, nuestros proyectos comunes. Ángela no tardó en incorporarse al grupo y su talento y entrega la hacen una compañera y una socia maravillosa e indispensable. Trabajar con Jacobo Dicenta es siempre un placer, Drácula: biografía NO autorizada fue la primera vez que trabajamos juntos y es uno de los montajes que más he disfrutado en la vida. Al igual que con David Zarzo. Probablemente con ellos dos haya vivido las historias de amor más grandes en teatro, entre Drácula y Mina y entre Jardiel y Carmen en Usted tiene ojos de mujer fatal… en la radio. Me siento privilegiada por trabajar con Ramón y por tener compañeros de escena tan sobresalientes, no es fácil encontrar artistas con los que se tiene una conexión tan profunda.

¿Qué influencias has tenido a la hora de interpretar? ¿Tienes actrices favoritas? ¿Te ha influido el mundo del cine?

Crecí viendo Cine Clásico, quería ser Ingrid Bergman en Casablanca y Audrey Hepburn en Sabrina. Me enamoré de Sir. Laurence Olivier antes de distinguir a Mickey Mouse del Pato Donald. De ahí vienen mis primeras influencias interpretativas, del cine más que del teatro. Bett Davis en Eva al Desnudo me hizo comprender que, eso que yo hacía de jugar a ser otras personas y a contar historias, ¡era una profesión! Una peligrosa, además. Con los años, uno de los que se ha convertido en mis grandes ídolos es Kenneth Branagh, tanto como actor, como en su faceta de director. Su visión de una historia siempre me interesa y su trabajo me ha influido mucho, casi le he estudiado en Mucho ruido y pocas nueces, Trabajos de amor perdidos, Hamlet, Frankenstein, El último acto, Belfast… Podría seguir, para mí todo lo que toca lo convierte en arte. Le adoro. En una entrevista, además, le escuché unas de las cosas que más me ha llegado como actriz. Decía algo así como que, el objetivo, la razón por la que trabajamos y ensayamos tanto, no es para interpretar bien un papel, es para que el papel termine interpretándonos a nosotros. Eso es exactamente lo que se siente cuando todo fluye y vives la historia, has perdido el control, hay otra persona al volante. Me encanta también Cillian Murphy, es tan expresivo en su contención y tan carismático, jamás me canso de verle. Entre las mujeres mis favoritas son Hellen Mirren y Emma Thompson, probablemente. Entre los nacionales, Nuria Espert, Flotats y Pou, a los que además he tenido la suerte de ver en escena; son unos magníficos monstruos.

Inés Kerzán. Fotografía de Itsaso Arana (Filmaffinity)

Eres una actriz muy dotada para la comedia, e interpretaste, entre otras muchas, Los habitantes de la casa deshabitada, de Jardiel, una obra muy divertida, pero has interpretado muchos papeles, ¿dónde te ves más cómoda, en la comedia o en el drama?

¡Pues justo comedia es lo que tuve que aprender a hacer! Era el género que menos había trabajado y el que más se alejaba de mis cualidades base, supongo. Pero, con el paso de los años y después de haber participado en más de cuarenta montajes, las herramientas que adquieres —como dije al comienzo esta profesión se aprende ejerciéndola— son valiosas y diversas y, actualmente considero que no es el género el que determina la dificultad para mí, sino el texto y la idiosincrasia del proyecto. Un buen texto es la base del actor y un director con el que te entiendes, es el faro. También es importante reseñar que ese buen texto es un campo de juego brillante, pero que requiere que estés a la altura. Y no es fácil estarlo a la de Paso, Wilde, Shakespeare o Jardiel. En realidad, tampoco es deseable estar siempre en tu zona de confort como artista, la zona de confort te permite afianzar tus herramientas, pero tienes que adquirirlas saliendo de la misma. A priori diría que la comedia tiene una mayor dificultad técnica, porque, al trabajo base de cualquier personaje y al código de la función, tienes que añadirle el colocar los chistes. Pero con los años este concepto tiene matices para mí, ya que, en cierta forma también hay que colocar el drama para que funcione, y hay textos dramáticos de una dificultad pasmosa. Probablemente, la mezcla de ambos en la tragicomedia sea el triple salto mortal y mi género favorito en el que estar incómoda.

¿Qué medio te gusta más? ¿Televisión, cine o teatro? Aunque me imagino la respuesta, dinos algo sobre ello.

Creo que el teatro es la casa del actor, el teatro es puro y sin artificios, no es más que texto e interpretación, se demuestra, por ejemplo, en este ciclo de lecturas dramatizadas que estamos haciendo en La LiVrería. En el cine y la televisión el actor es un elemento más, uno importante sin duda, pero uno más. Además, para mí el teatro tiene la adrenalina del directo, que es maravillosa, no puedes más que estar presente y dejar que la historia te lleve. En un rodaje, al grabar en desorden y fraccionado, la experiencia es muy distinta, requiere de una gran técnica y foco, pero la sensación de viaje que tienes en una función es imposible trabajando en cámara. Además de la adrenalina, al directo se le suma la dificultad de que nadie va a gritar “corten” si te equivocas o si algo sale mal. Como se nota, sin duda, prefiero el teatro, por eso es mi principal actividad.

Por último, qué proyectos tienes ahora, aparte de seguir con la compañía de Ramón Paso, estás escribiendo, vas a participar en algún proyecto inmediato.

Por supuesto seguir con nuestra compañía, tenemos varios proyectos en marcha. Ahora a comienzos de año, las lecturas de las que hablábamos a raíz de un encomiable trabajo de edición de Éride Ediciones, que tiene el catálogo de teatro más amplio e interesante en nuestro país, varios proyectos teatrales y una gira, de la que aún no puedo desvelar mucho. Ésta es una profesión de supersticiosos. Personalmente, además, me resulta curioso que me preguntes por la escritura porque llevo un tiempo priorizándola. Era una pulsión que siempre había formado parte de mi expresión artística y a la que no había podido dedicar el tiempo que se merecía. He escrito una novela, que espero que se publique pronto, y estoy a mitad de escritura de la segunda. Con los años me he dado cuenta de que mi vocación, más que interpretar, es contar historias; por eso soy actriz, pero también escribo y produzco. La expresión multifacética de mi pulsión artística es lo que más realizada me hace sentir y estoy feliz de estar encontrando el equilibrio para desarrollarlo todo.

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