mayo de 2026

Raúl Nieto de la Torre: «Cuadernos de la Errantía es una anomalía editorial desde donde cuestionar lo establecido»

El poeta y editor Raúl Nieto de la Torre. Imagen cortesía de Mahalta Ediciones

Raúl Nieto de la Torre (Madrid, 1978) es un poeta que entiende la poesía de una manera amplia: no es solamente un género literario, no es exclusivamente la que se escribe de modo convencional, con versos, sino una forma y una condición de ser y ver el mundo. La rica obra de Nieto de la Torre supera la decena de títulos (el último de sus libros publicados es “Canción sin tiempo”, editado por Mahalta Ediciones en 2024), pero su actividad poética abarca cuantos ámbitos de conocimiento y expresión alleguen a lectores y degustadores de las artes esa esencia vital que llamamos poesía y que se encuentra en toda actividad humana, amén de en la naturaleza. Además, como hombre comprometido con su tiempo, la labor cultural es el ariete de su mirada social. Convertirse en editor es un paso congruente con un pensamiento que aspira a la mejora de su entorno: estamos ante un benefactor que cura más de los demás que de sí mismo. Raúl Nieto de la Torre es un hombre necesario, un renacentista del siglo XXI.

¿Cuándo y por qué nació “CUADERNOS DE LA ERRANTÍA”?

Estamos en marzo de 2020 y el mundo en general, también el editorial, está parado. Se caen las ventas, se acumulan proyectos en el cajón, se retrasan indefinidamente publicaciones que uno creía inminentes. Todo parece muy complicado para quien quiere seguir formando parte de una comunidad real, no solo virtual, de lectores-escritores. A la vez mucha gente escribe, el confinamiento, que tanto nos quita, nos concede a cambio el goce del ancho tiempo a solas, con nostros mismos.

Aquella tensión entre el bloqueo exterior y el crecimiento interior impulsó bastantes iniciativas independientes por aquellos años: vías de escape casi clandestinas por donde llegar al otro lado… No es casualidad que en ese 2020 nacieran, sin ir más lejos, Cuadernos de la Errantía, Cartonera del Escorpión Azul y Mahalta, tres espacios editoriales que conozco muy bien y que hoy gozan de merecido reconocimiento.

La complicidad y el trabajo de un grupo de personas entusiastas lo hicieron posible.

Ha dicho usted que “aquí hemos venido a disfrutar, para forrarse ya están otros”. En la actualidad, con el predominio del mercantilismo también en el mundo editorial, ¿qué sentido tiene su iniciativa?

Pienso en Cuadernos de la Errantía como en un viaje cuyo destino estamos aún por descubrir. No somos una editorial de mapa sino de brújula. En este sentido nuestro logo nos delata: seguimos una rara brújula cuyos puntos cardinales son el miedo, la inmortalidad, la nada y el deseo. Con Antonio Machado nos seguimos preguntando: ¿adónde el camino irá?

Si de verdad disfrutas, si la emoción del viaje es auténtica, sobran los planes para la mejora de la rentabilidad y resulta patética la idea de intentar forrarte con la poesía. Todos conocemos a editores vampiros que se han enriquecido a base de negociar suculentos contratos con y contra sus autores, con y contra ayuntamientos de cualquier signo.

El día que el lobo feroz de la ambición económica se disfrace de abuelita y nos devore, se habrá acabado nuestro viaje. Hay que prestar mucha atención a las grandes orejas peludas y a los colmillos ocultos del mercantilismo.

“Cuadernos de la Errantía” publica un libro al año. En su catálogo figuran poetas de reconocido prestigio, como Rafael Soler (Valencia, 1947), Federico Gallego Ripoll (Manzanares, Ciudad Real, 1953), Neus Aguado (Córdoba, Argentina, 1955, residente en Barcelona) y usted mismo (Madrid, 1978), cuya poesía rehúye el comercialismo. ¿Qué aportan a la actualidad poética sus autores?

Editamos muy poco y sin ambiciones mercantilistas, eso nos permite perder dinero sin perder las ganas de seguir publicando los libros que nos gustan. Frente a la habitual avalancha de títulos inanes, nosotros apostamos por una suerte de minimalismo editorial extremo que encuentra sentido en ese límite de un libro al año. Esa delimitación autoexigida, curiosamente, ya perfila el tipo de autor que nos interesa para la colección: son autores que combinan calidad e independencia, sin prisas, sin deudas ni favores que devolver a nadie, sin ánimo de convertirse en efímera novedad de la temporada. La colección Cuadernos de la Errantía se convierte así en una anomalía editorial desde donde cuestionar con actos lo establecido y estandarizado. En este sentido, respondiendo a su pregunta, la aportación a la actualidad poética de nuestros autores, de gran calidad, resulta fundamental para defender el proyecto.

El editor Javier Gil Martín (Madrid, 1981), creador de “Cartonera del Escorpión Azul”, es el otro pilar de “Cuadernos de la Errantía”. Ambos son poetas y jóvenes. ¿Cree usted que la poesía concita aún la atención de las nuevas generaciones?

No sé si tiene sentido en poesía hablar de los jóvenes y de los mayores en un género que lleva miles de años practicándose. Si un poema no tiene fecha de caducidad, ¿por qué deberíamos mirarle el DNI al autor? Entiendo que siempre hay interés acerca de si los jóvenes seguirán la estela de los mayores, de si la tradición de la poesía escrita tiene tirón entre los jóvenes o si será sustituida por otras formas de expresion. Entiendo el interés, pero no la preocupación. No conozco a ningún adolescente que, al leer a Bécquer por primera vez y sacar un cuaderno para escribir algo él mismo, se pregunte por la edad a la que Bécquer escribió tal o cual verso. Eso es cosa de ciertos académicos y eruditos, que entran en la poesía con la inapetencia pagada de quien se dispone a realizar una autopsia.

Por supuesto que la poesía, oral y escrita, sobrevivirá. No tengo dudas al respecto. Nada podrá nunca reemplazar el milagro de sentir algo, y coger un bolígrafo, y escribirlo de la forma más sincera y precisa posible, y salir a la calle con ese poema en el bolsillo a modo de amuleto… ¿Quién vence a un hombre o a una mujer que ha dicho lo que tenía que decir? Y si ha sido así, si ha dicho lo que solo él o ella tenía que decir, esa persona irá a las bibliotecas a continuar ese diálogo con los cientos de miles de poetas que han pasado por el mundo… Solo en ese diálogo intemporal, que se convertirá en coloquio, en expresión cultural, ese hombre o esa mujer podrán hallar compañía, serenidad y sentido profundo a su vida.

Libros de Cuadernos de la Errantía

Los libros de “Cuadernos de la Errantía” tienen la originalidad formal de no incorporar en la portada —solo en el lomo de los volúmenes— ni el nombre del autor ni el título de la obra. ¿Por qué?

Hay sin duda una voluntad de provocación estética en ese formato, pero también un acto de justicia.

Dado que artistas e ilustradores colaboran en nuestros libros, nos parecía justo que sus imágenes de cubierta y de contra carecieran de información verbal que pudiera interferir negativamente en la percepción. La elección de qué obra o artista acompañará a qué libro nos ocupa durante meses y es una de las partes más delicadas del proceso, pues existe una relación significativa pero implícita entre todas las imágenes en la colección y a su vez entre las imágenes y los textos.

Con el tiempo comprobamos, además, que no poner ni título ni autor en la cubierta era una forma sutil de atraer al paseante casual de las ferias y transformarlo en un curioso hojeador.

Nuestros libros tampoco tienen, por cierto, códigos de barras.

¿La errantía —la errancia— califica su concepción de la poesía? ¿Qué es la libertad en términos de creación poética?

La errancia es un concepto que existe en el diccionario y que alude a la acción de errar, es decir, de andar vagando. La errantía es algo distinto. La errantía, para empezar, es un término que no aparece en los diccionarios y viene a ser una errancia elegida que incorpora la idea de error, sugerida en la propia palabra.

La libertad se halla en la raíz de esa elección consciente que es la errantía y en todo el proceso creativo que de ahí se deriva, un proceso a menudo considerado inútil o erróneo por los poderes estandarizadores de nuestra sociedad. Libertad, creación poética y error son inseparables en mi concepción de la poesía.

En los créditos del interior de los libros se dice que “está permitida la reproducción total o parcial de este libro siempre que sea sin ánimo de lucro y con la mención expresa del autor de los textos y de las ilustraciones”. Es decir, justo lo contrario de lo que leemos en las producciones de las grandes editoriales. ¿La cultura y el conocimiento en general deberían ser tratados como bienes de primera necesidad? En caso contrario, ¿su mercantilización es una forma de opresión, alienación, violencia?

A menudo se ha intentado aplicar al género de la poesía la fórmula comercializadora de otros géneros como la novela o el ensayo, que tienen muchos más lectores y por tanto más ventas y gente asalariada alrededor. Así pues, se intenta aplicar también en la poesía una suerte de jerarquía de aspiraciones canónicas basada en competiciones o premios, en reseñas de suplementos culturales y listas de poemarios más vendidos. El poeta primerizo se pregunta cuánto ganará con su primer libro sin entender que esto no funciona igual que una novela policiaca al uso.

Es muy frecuente en nuestra sociedad trasladar fórmulas y modelos de un ámbito a otro sin entender que cada ámbito exige procedimientos distintos y que no todo vale. Mucha gente pasa de observar la clasificación de la liga de fútbol a la clasificación de los mejores libros del año sin pestañear. ¿Es que es lo mismo? Frente al espíritu competitivo rampante, la poesía debería promover un espíritu cooperativo, sin escalafones.

Al acecho, claro, está el lobo insaciable de la mercantilización, capaz de corromperlo casi todo disfrazándose de dulce abuelita. Y digo casi todo porque la poesía —ese es su gran valor y por eso es un bien de primera necesidad— no puede mercantilizarse sin perder su sentido auténtico. Quizá junto a esa opresión, alienación y violencia a las que alude en su pregunta habría que colocar la codicia y la estupidez como causas primeras del desastre.

El sello de las solapas afirma que “Cuadernos de la Errantía es un lugar donde dejar testimonio de la incertidumbre y del asombro propios de una vida vivida y pensada intensamente”. ¿Es posible la literatura, la poesía sin el vértigo del azar, como parece ofrecerse en la actualidad?

Los poderes económicos de nuestra sociedad quieren personas unidimensionales y estandarizadas, personas que encajen sin protestar en sus archivos de Excel y desde allí puedan ser gestionadas como mercancía. Para eso hace falta convertir la cultura en entretenimiento rentable y propaganda de valores consumistas.

No es extraño el auge en los últimos años de los instapoetas, vinculados a las redes sociales y autores de textos confesionales y pretendidamente terapéuticos que resultan indistinguibles unos de otros. Se venden como sencillos, rápidos, consumibles. La presencia de una “voz propia” ha sido siempre un parámetro de calidad para reivindicar a autores valiosos, pero en esos instapoetas no cuenta esa “voz propia” porque es la voz del amo digital la que habla por ellos. El número de seguidores en Instagram, que no se caracterizan por “el vértigo del azar” sino más bien por una “replicación identitaria”, determinará su éxito de ventas y les garantizará un contrato editorial con largas colas de firma en la Feria del Libro de Madrid, entre otras. Su “voz propia” son cifras en un archivo de Excel.

Solo las grandes editoriales distribuyen sus libros a otros continentes. Las pequeñas no pueden hacer frente a los costes económicos que ello comporta. ¿Qué se pierde, qué perdemos?

El gran poder de las editoriales de papel está concentrado en muy pocas manos con intereses principalmente económicos. Las publicaciones digitales, sin embargo, no entienden de fronteras ni de costes y eso abre una forma de escape y promoción para pequeños proyectos como el nuestro. Se pierde algo, quizá bastante, pero las opciones de reproducción están ahí. Además, ciertos festivales y ciertas ferias internacionales son una vía clandestina por donde la poesía de editoriales independientes puede viajar en legendarias maletas con doble fondo. El encanto de esa clandestinidad sigue ahí y de algún modo confiere un valor especial al objeto que así llega a nuestras manos. Y hay otras opciones, como los talleres de edición artesanal, en especial los cartoneros, que pueden contribuir a la distribución en pequeña escala de textos previamente obtenidos por vía digital.

Quiero creer que, a pesar de todas las barreras, hoy en día es posible acceder al contenido de cualquier libro ya sea en papel o en formato digital.

¿Internet socializa el conocimiento, lo lleva a cualquier rincón del mundo, o es la más moderna de las herramientas de imposición de gustos, cánones, y, por ende, de dominación económica?

Sospecho que la calidad de la educación fuera de Internet tiene mucha importancia a la hora de determinar lo que sucede dentro de Internet. Hay que invertir en una educación real, realizada con los cinco sentidos y entre personas reales que se miran a los ojos, que oyen sus voces humanas, que se cuentan sus problemas reales, que conocen su entorno próximo, que piensan y sienten como seres vivos expuestos a la incertidumbre, conscientes de la muerte como un final inevitable y compartido, creyentes en la cultura como espacio de salvación colectiva frente a tiranos y tecnócratas. Me da pánico pensar que la educación virtual colonizará un día la mente de nuestros adolescentes, si no lo ha hecho ya.

Una buena educación real permite acceder al mundo digital con una distancia saludable, más seguros y con actitud más crítica. Pero esa educación cuesta dinero y muchos gobiernos están más interesados en favorecer el consumo depredador de nuestro planeta y pensar en las próximas elecciones. Los ciudadanos tenemos parte de culpa: preferimos partidos políticos que invierten en circuitos de Fórmula 1 para su ciudad antes que en reducir la ratio de alumnos por aula.

Dicen que una justa dosis de veneno puede curarnos mientras una dosis elevada nos matará sin duda. Entre esas dos dosis nos movemos por el mundo digital, a menudo ignorantes de sus posibilidades para liberarnos o para esclavizarnos. Una educación más real nos ayudaría a encontrar la dosis de veneno adecuada.

¿Cómo se puede conocer en el mundo el trabajo inmenso de la pequeña “Cuadernos de la Errantía”?

Mi familia procede de un pueblo pequeñito de Cuenca en torno al que nacen ríos que llegan, andando los kilómetros, al Mediterráneo y al Atlántico. El nacimiento de un río no es a menudo más que un chorrito de agua limpia saliendo de entre las piedras, al pie de una montaña, y hay muchos lugares recónditos en todo el mundo donde nacen ríos que serán inmensos, necesarios para la vida. Cuadernos de la Errantía es una propuesta diminuta en un ecosistema cultural donde existen muchas editoriales pequeñas y medianas que hacen una labor fantástica.

Un río, una persona, una colección de libros “así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada”, que diría José Agustín Goytisolo. Es la suma de cientos de proyectos independientes, cada uno con su singularidad y sus anomalías, lo que genera a la larga una comunidad lectora crítica y lo que puede abrir nuevas vías de expresión para la poesía y para la literatura en general.

El boca a boca me sigue pareciendo una buena forma de llegar a hermosos parajes desconocidos. Entrevistas como esta son también muy de agradecer.

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Escrito por

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