julio de 2024 - VIII Año

Anotaciones sobre ‘En la distancia’ de Josefina Rodríguez Aldecoa

Editorial Alfaguara, 2004

Josefina Rodríguez Álvarez es conocida como Josefina Aldecoa (Era el apellido de su marido, Ignacio Aldecoa, escritor de cuentos. Adoptó su apellido en 1969 a su muerte, como apellido literario). Nacida en la Robla (León) en 1926 y muerta en 2011, en Mazcuerras (Cantabria)

Es reconfortante la lectura de este texto. Se puede encontrar en su obra todo un testamento pleno de reflexiones de nostalgia y de memoria. Constituye todo un legado para aquellos que siendo niños en el inicio de este periodo oscuro llegaron maduros al periodo de la Transición. No solo acoge los sentimientos de unas generaciones que vivieron todos esos años, sino que constituye un paseo delicioso por la historia de la literatura española a lo largo de varias décadas. También recoge la historia de amor de una pareja que, cimentada en los peores años de la postguerra, acabaron por vivir juntos 15 años y ser pareja literaria hasta la muerte de Ignacio Aldecoa, en 1969.

Decía la autora que empeñados en resistir en la Transición a los fantasmas de la guerra, nos habíamos olvidado de nosotros mismos y habíamos sepultado nuestro pasado en aras de la convivencia. Hay mucho de cierto en esto, tanto que pasados los momentos de angustia del golpe del 81 y la victoria socialista en la década de los 80, todos los esfuerzos estuvieron centrados en el empeño de modernizar el país. Así ese empeño colectivo nos llevó a olvidamos de lo sucedido en el período de la dictadura, entregados a fondo en disfrutar y satisfacer las necesidades más perentorias, sin reparar en el pasado, condenando al olvido todo lo acaecido. Dice la escritora que llegado Aznar al poder y tensionando el tablero político, la gente cayó en la cuenta en lo que había dejado atrás, y comenzó a reparar y a rescatar del olvido muchos datos de su propia historia.

La literatura y el cine dieron con el sendero de la memoria, comenzando a rescatar muchas de las estampas y de las señas de identidad perdidas. Los propios escritores arrimaron el hombro en el esfuerzo y se empezaron a restituir algunos de los que compusieron la generación de los 50. De ahí el título de esta obra. Después del marco jurídico de la Ley de Memoria Histórica se abrió el portón para contar el pasado con algo más de respaldo institucional.

Josefina Aldecoa nos recuerda esto a través de la evocación de muchos de sus momentos vitales que constituyen su lucha reparar el daño y por rescatar del olvido nuestra propia memoria. Su madre maestra republicana, le indujo el amor por la pedagogía y la literatura aprendiendo a valorar el periodo republicano como una época democrática. Esa maestra fue la que le enseñó todo lo que luego le resultó útil en su vida. A ella le debe buena parte de su formación en unos momentos en que la escuela franquista marcaba el destino de todos los españoles.

Josefina vivió su infancia y su adolescencia bajo los amargos momentos históricos de la guerra civil y la dictadura. No obstante, atesoró los recuerdos de su infancia en la Robla (León), con belleza de sus campos y los momentos más señeros de su infancia en el campo leonés, hasta su cambio de destino en Madrid embarcada en estudiar una carrera y ganar su independencia. Enfocó sus estudios hacia la pedagogía que arrancaba en aquel momento, dentro Filosofía y Letras, carrera que cursó en la Universidad Central de la mano de García Hoz. Su experiencia fue anodina y sin pulso. No obstante, en la Universidad conoció a algunos de los que luego se convirtieron en escritores de renombre y amigos como el poeta José María Valverde.

Cuenta la autora que hizo unos tímidos ensayos de rememorar los viajes por los pueblos cercanos a Madrid, siguiendo los pasos de las Misiones Pedagógicas de la República, y con material del British Institute, pero el intento se vio frustrado por la sombra alargada de la sección femenina de Falange, más interesada en ofertar cursos de cocina y costura, programas más relacionados con el papel de la mujer como ama de caso. Era más acorde con la perspectiva de su papel dentro del nuevo régimen político.

Sus estudios y sus salidas al extranjero a través del “Instituto Británico” de Madrid le permitieron adentrarse en otros horizontes. Visitó Londres con la ayuda de amigos y comenzó a entender otra realidad diferente a la del franquismo y donde conoció a la que fue pareja de Bertrand Russell.

Desde esa estancia en UK empezó a comparar y deducir que otra realidad europea era posible, y que la prisión que suponía la dictadura en España en esos momentos era irremediablemente tóxica. A su vuelta buscó el refugio de otros escritores y amigos para compartir tantos sinsabores. Así conoció a Ignacio Aldecoa con el que compartió sus inquietudes. Formaron pronto pareja junto con otros más que en esos momentos formaron parte de las tertulias literarias como Sánchez Ferlosio y Carmen Martin Gaite. Después de casarse volvió a viajar becada a USA donde aprendió las técnicas pedagógicas del momento, y a su vuelta, siguiendo la estela de lo aprendido, comenzó a escribir. En este viaje fue acompañada por Ignacio Aldecoa, abriéndose ambos paso en las universidades americanas, experiencias que les permitieron después volver en otras ocasiones.

Recoge el relato su vida en común, sus paseos veraniegos por las lslas Baleares y las Canarias, y la devoción de ambos por el mar, medio que inspiró muchos de los relatos cortos del escritor vasco que, incluso, le llevaron a embarcarse un tiempo para observar la dura vida de los pescadores.

A la vuelta de USA se instalan en Madrid, iniciando su convivencia en la capital y emprendiendo la tarea común de escribir. Nace su hija Susana a la que la escritora siempre se sintió muy unida, siendo el apoyo reparador de Josefina cuando fallece Ignacio.

Ante el problema de mandarla a la escuela, movió a Josefina a montar un parvulario en el barrio de “El Viso”, a donde se mudaron, momento en que inició su otro oficio, crear y administrar un centro escolar como fue el colegio “Estilo”. Este fue un centro con la pedagogía moderna, aprendida en sus viajes, laico, con la novedad para la época de la coeducación en las aulas y con todos los perfiles de un centro educativo europeo. A partir de ese momento con la ayuda de su hermana y del profesorado reparte su tiempo en tutelar el centro y seguir escribiendo.

Recoge en el texto también los momentos crudos de la represión en el 62 cuando fue detenida por manifestar ante la DGS su apoyo en defensa de las mujeres de los mineros detenidos y torturados en las cuencas mineras asturianas.

El relato se detiene el papel que la literatura ha tenido para Josefina como bálsamo reparador de las ausencias de su marido fallecido. Este evento acentuó su compromiso en evocar sus recuerdos, muchos compartidos con sus amigos escritores, y emprender un camino de recuperación y reparación íntima. Se recogen algunos interesantes detalles sobre las obras algunos de ellos, y el papel de la censura. Es un relato reflexivo de ausencias, pero también de esperanzas, donde su hija y su nieto ocuparán un lugar central en el último tramo de su vida.

Es importante observar sus reflexiones sobre el papel del hombre y la mujer, sobre la forma de enfocar sus sentimientos y la manera de encarar muchos de los aspectos relacionados con sus experiencias vitales.

Los últimos años los pasó en Cantabria en la paz y en la serenidad que le otorgó la playa de Oyambre y la casa que compró su hija en Mazcuerras, una localidad cerca de Cabezón de la Sal, donde en una casa de indianos con jardín, contempló a la escritora paseando durante algunos años, hasta que se produjo su final en 2011. Aún parece estar presente escribiendo en una mesa cerca de la ventana, iluminada por el trasluz que se proyecta sobre ella, tal como aparece en la portada.

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Archivo Entreletras

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