abril de 2024 - VIII Año

‘La paradoja del detective’ de Enrique Lapuente

La paradoja del detective
Enrique Lapuente

Ondina Ediciones, 2022

En El simple arte de matar, el autor asegura que Hemingway dice, en alguna parte, que el buen escritor compite únicamente con los muertos y sólo así se puede explicar por qué Raymond Chandler sobrevuela una novela, como es La paradoja del detective, en la cual no sólo se dan la mano la novela negra y policíaca sino también el thriller -en el buen sentido de la palabra, lejos del esperpento escrito al peso que recibe premios de antemano y puebla las ferias actuales como reclamo- y una conspiración que haría las delicias de todo buen lector de Toole. Como si el autor tomase como modelo a los grandes y les rindiese homenaje a través de sus más de trescientas páginas, bebiendo únicamente de aquellos ilustres, pero también ya desaparecidos escritores a los que tanto debe esta novela. Desdeñando de manera inconsciente a la popular y más superficial plana actual, esa que el autor critica de manera sibilina cuando entiende que el lector se ve sometido al calor de la cultura blanda, del mainstream más absoluto, a causa del capitalismo, pero también situando a ese muerto, que Chesterton aconsejaba, muy lejos del final de una novela que no necesita de semejante artificio para atrapar al lector y que, sin embargo, sí toma el consejo del autor de el padre Brown, como no podría ser de otra forma.

Con estos ingredientes, Enrique Lapuente, escribe su segunda novela, tras explorar con sensibilidad en su debut literario una historia mucho más personal, aquella que trataba en Huellas del futuro olvido, en el que dos flujos narrativos se hilvanaban, reconstruyendo una historia familiar fracturada por la Guerra Civil española. Así, el autor, en su segunda novela, esta que nos ocupa, teje una historia de ficción muy diferente en la que, sobre un Madrid actual pero castizo, a modo de tablero, dispone de todo un elenco de personajes para construir una novela que arranca en blanco y negro, acompañado de las místicas escalas de John Coltrane, con el detective Blanco como único protagonista, para descubrir una trama mucho más compleja en la que hay tanto humo de tabaco, negrura policíaca y referencias literarias como para descubrir el amor del autor por la literatura con mayúsculas, pero también para beberse a sorbos y solo con hielo, gracias al refrescante uso de diferentes géneros como, por ejemplo, el epistolar en algunos capítulos alternos (completamente indispensables para entender la novela en profundidad) así como hasta tres narradores compartiendo espacio en el auténtico lujo de maquetación de Ondina Ediciones cuando encontramos notas, como ventanas abiertas en la narración, o diferentes fuentes tipográficas que ayudarán al lector a entender los diferentes puntos de vista.

Pero, ¿cuál es la paradoja del detective? ¿qué misterios encierra la novela de Enrique Lapuente? El autor, juega con maestría y oculta las cartas, pero deja ver lo suficiente como para recompensar a aquellos lectores más hábiles o familiarizados con la literatura, consiguiendo que La paradoja del detective no se quede en una novela policíaca sino lanzando un desafío a sus lectores.

Blanco y Lucía investigarán un delito, una conspiración, pero una de proporciones tan épicas como delirante, en compañía de Chesterton, Alfred Jarry, Gombrowicz que no son más que un grupo de lunáticos que toman el nombre de semejantes escritores para conformar un carismático reparto coral de esta falsa novela negra en la que la ciudad de Madrid se convierte en un personaje más de esta historia, exudando literatura y tinta por sus cuatro costados, a ritmo de jazz pero también rock industrial de los noventa (cuando nos adentramos en la mente de su protagonista y busca consuelo en los versos de las canciones de Reznor), por el centro de una ciudad en la que Blanco y Lucía descubrirán las costuras del encargo a este detective literario (capaz de conseguir el abrigo de Marcel Proust y hasta de dar con el bastón de los últimos días de Oscar Wilde, si se lo propusiese) y se encontrarán con esa conspiración que antes mencionaba, dotando a la novela de ese toque irreal, casi frenético, por el que, en el último tercio, la acción parece acelerarse hasta un descacharrante atentado con esos insectos devoradores de papel (los temidos pececillos de plata, pesadilla de cualquier bibliófilo) en una conocida librería del centro de la capital, ajusticiando a la buena literatura, intentando destruir, por todos los medios, algunos de esos ejemplares que sólo sirven para adocenar al público y sumergirlos en la ensoñación de estar leyendo, cuando únicamente están consumiendo.

¿Una novela de detectives, negra o policíaca? Mucho más que eso, La paradoja del detective es un reencuentro con el amor por los libros, en la que la historia sirve de excusa para reflexionar, creando una experiencia adaptada para diferentes tipos de lector; aquellos que se acercarán buscando una trama en la que sumergirse y romper con lo cotidiano, aquellos que disfrutarán de las diferentes referencias literarias que pueblan la novela, los que se encontrarán de bruces con la ironía y reirán con semejante reparto, pero también esos que volverán más de una vez a leer sus páginas y descubrirán diferentes enigmas,  como el que también reside tras los dos escritores ficticios de la novela, Fuchs y Diantre.

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