octubre 2022 - VI Año

LETRAS

El Cid, el poder y el derecho

El Cid por Cándido Pérez

En nuestra tradición cultural no son muchos los héroes que logran permanecer en el recuerdo y hasta en el aprecio del gran público. El Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, es sin duda uno de ellos. Como lo son el británico rey Arturo o el francés Lancelot. Aunque, a diferencia de estos, el Cid no es un personaje de ficción, sino real. Diferencia notable, porque el Cid, además de ser un caballero castellano del siglo XI, del periodo de formación del reino castellano, es también un personaje literario de primer orden en la literatura universal, inspirador de obras literarias, pictóricas y cinematográficas.

En lo histórico, el Cid fue un héroe muy popular en vida y más aún después de muerto. Hombre recto y justo, diestro con la espada y hábil jefe de tropas. Y también hombre culto, formado en el latín y en el derecho. Un hombre representativo del tipo humano propio de la aparición histórica de la potencia castellana en el siglo XI. Fue el tiempo de aparición y desarrollo de los fueros, y en el que el debate político se centraba en la legitimidad del poder, en la seguridad jurídica y en el sometimiento de todos a los jueces y al derecho del reino, es decir, a la autoridad del Rey.

En lo literario, el Cid protagonizó una de las primeras obras escritas en romance castellano, el Cantar del Mío Cid. Obra muy importante en la literatura medieval europea, por su temática y calidad literaria. Datado hacia el año 1140 -según Menéndez Pidal-, inauguró una línea de creación literaria, pictórica, e incluso cinematográfica en el siglo XX, centrada en la vida y hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar. Existe, además, un importante ciclo de romances ligados a la figura del Cid. A veces, extraídos del propio Cantar de Gesta, y a veces sobre episodios no tratados en el mismo, como es el Romance de la Jura de Santa Gadea.

El siglo XIX mostró una auténtica predilección hacia el Cid. Autores románticos nacionales y extranjeros encontraron en su figura un motivo especial para su inspiración. A diferencia de otros héroes medievales de existencia puramente literaria, el Cid no era un personaje de ficción. Era un personaje real, que vivió entre los años 1043 y 1099. Y sus hazañas y fama revelaban un héroe de hondura, cuyos perfiles desbordan la mera conceptuación de bravo, hábil y afortunado guerrero que vive aventuras más o menos fabulosas. El siglo XIX produjo en España el despertar del recuerdo de este héroe.

Cantar de Mio Cid. Biblioteca Nacional de España

Entre otras muchas obras cidianas del XIX, cabe destacar el drama de Hartzenbusch Jura en Santa Gadea (1845), el cuadro de Marcos Giraldez “La Jura de Santa Gadea” (1864), que se conserva en el Senado, o la obra de Zorrilla La Leyenda del Cid” (1882). Y aún serían de mencionar las referencias al Cid en el Himno de Riego (1821), de Evaristo San Miguel y la expresión de Joaquín Costa, en sus comentarios al desastre de 1898, al decir que “España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar”. De las tres obras, dos se centran en el episodio de la Jura de Santa Gadea y la otra recrea la leyenda del Cid. En las tres, las recreaciones del personaje obedecen a razones políticas, pues se adentran en la consideración de la legitimidad del poder político y su subordinación al derecho.

No extraña el reconocimiento de los españoles al Cid, pues se trata de un héroe muy atractivo, como lo demuestra este episodio. La estampa de Rodrigo Díaz exigiendo al Rey el juramento en Santa Gadea, integra una rotunda simbología política de limitación del poder, pues éste ha de ser legítimo y ha de someterse a controles legales. Es un tema recurrente en la trama argumental del poema, que explica el destierro con el que comienza la narración, aunque la Jura no figure explícitamente en el texto del Cantar.

La Jura de Santa Gadea es, probablemente, uno de los hechos más emotivamente épicos de la tradición cidiana. Él, que era descendiente del mítico Juez de Castilla, Don Laín Calvo, y que era el paladín del Rey, se sentirá obligado a exigir de Alfonso VI, para que éste pueda ser rey de Castilla, el juramento de no haber tenido ninguna parte en el asesinato de su hermano y anterior rey, Sancho II, muerto a traición en Zamora. Alfonso VI se someterá al derecho y otorgará la Jura, pero no dejará de guardar rencor al Cid, quien le exigió un juramento humillante para su regia persona.

Con independencia de la realidad histórica subyacente al episodio de la Jura de Santa Gadea, ésta es muy importante, pues forma parte esencial de la caracterización del Cid como héroe. El héroe medieval no lo es sólo por su valentía, audacia o habilidad demostrada en sus aventuras, como lo puede ser Ulises, el gran héroe griego. El héroe medieval lo es, fundamentalmente, por la vinculación de sus acciones a una causa santa o a una causa justa. El héroe medieval tiene una dimensión moral, de inspiración cristiana, obviamente imposible de apreciar en los héroes clásicos greco-latinos.

El Cantar está compuesto en el siglo XII, momento en que se reavivaba la añoranza medieval de la antigua Roma. Para entender ese ideal de recuperación de Roma que alienta toda la Edad Media y eclosiona en el Renacimiento, conviene advertir acerca de una peculiaridad del pensamiento de esa época, imprescindible para entenderlo. Para esto último, hemos de variar nuestra forma corriente de pensar. Usualmente, en nuestro tiempo, las ideas de progreso y de futuro están íntimamente ligadas. Nuestro tiempo basa sus esperanzas en lograr un futuro mejor. Y el progreso, en tanto que situación mejor buscada, remite de forma directa al futuro.

Pero eso no era igual en la Edad Media. Los hombres de ese tiempo pensaban de modo contrario. Así, cuando querían imaginar un mundo mejor, un mundo bien organizado, miraban al pasado, al añorado Orden Romano, mientras que el futuro se les aparecía siempre oscurecido por múltiples amenazas, las mas de las veces imprevisibles. El pasado era el mundo añorado y desaparecido de la Pax Romana y de la ley igual para todos. Mientras que, el presente y el futuro inmediatos, eran el resultado de las invasiones que destruyeron a Roma, eran el mundo del privilegio, de la violencia y de la ignorancia. Un mundo sombrío en el que elemento greco-latino, negándose a morir, sobreviviría a lo largo de la Edad Media para retornar con el Renacimiento, en el siglo XV. Pero en el siglo XI, el Renacimiento queda aún lejos, y el mundo medieval, de momento, sólo puede soñar con recuperar ese pasado mejor.

Fue en ese mundo en el que Rodrigo Díaz de Vivar recorrió el camino del héroe, en tanto que representó el ideal del “caballero cristiano”. Un arquetipo de la preservación del orden y el racionalismo cristianos que son, como lo era la misma Iglesia, el legado civilizador de Roma que sobrevivía en una época difícil y conflictiva. Rodrigo es héroe, también, en tanto que consigue afirmarse como un hombre cuerdo y justo que afirma la razón y el derecho frente a la magia y al abuso de un mundo desquiciado. Héroe en tanto combate y vence a los musulmanes, y en tanto conserva el más profundo sentido de la justicia, representado por la idea de la sumisión de todos a la ley.

La Ley aplicable a la Jura no se especifica, pero es fácil deducirla. Seguramente serían las normas del viejo derecho visigodo. Un producto legal éste típico de la época inicial del medievo, en que el elemento jurídico romano era asimilado por los invasores germanos en textos legales como el Liber Iudiciorum (Fuero Juzgo, desde el siglo XIII), que establecía en su Libro IV las condiciones para suceder. Condiciones de raigambre romanista que determinan la ilegitimidad del heredero que atentase contra su causante. Si esto era lo establecido para el orden privado, en el público, cuando se trataba de la sucesión al trono, la cuestión tomaba perfiles más intensos.

Exigir la Jura a Alfonso VI, significaba despejar las dudas y sospechas de su implicación en la muerte de su predecesor, el rey Sancho II. Y eso era importante, no sólo por la gravedad de la imputación de partícipe en un asesinato. La razón que lleva al Cid a exigir el juramento, no es sólo esa. La razón es despejar la duda sobre la indignidad de Alfonso para ser rey, con la única prueba que cabe aportar en ausencia de otra mejor, la declaración jurada. No necesitan más los castellanos para obedecer al nuevo rey. Y el primero que actuará en consecuencia será el mismo Cid quien, a continuación de la Jura, presta a su vez el juramento de fidelidad al nuevo Rey.

Como ya se ha indicado, el episodio de la Jura de Santa Gadea, pese a ser muy importante en la tradición cidiana, no constituye un asunto principal del Cantar, aunque si lo enmarca, pues está eludido, pero referenciado, en el poema y sucede justamente al principio. Es importante en el conjunto de la obra, pero no es su asunto central. Sin embargo, es fundamental para entender la excelente acogida del personaje durante el siglo XIX en los medios liberales.

No es que el Cid no fuese objeto de abundante tratamiento literario anterior. El romancero antiguo, recopilado en el siglo XIV, recoge muchos romances cidianos, entre los que está el comentado de la Jura de Santa Gadea. También abundan referencias y temas cidianos en los poetas y dramaturgos del Siglo de Oro, de Lope de Vega a Cervantes. Y Guillén de Castro, con Las Mocedades del Cid (1605), sobre la base del romancero, recrearía los hechos del Cid anteriores a la Jura de Santa Gadea. Obra que inspiró Le Cid de Corneille, en Francia (1636). En siglo XVIII se publicó por primera vez el Cantar en edición impresa (1779), lo que contribuyó a difundir su fama.

Pero el Romanticismo, tanto en España como en Europa, apreció con entusiasmo inusitado las gestas del Cid y la calidad literaria del Cantar. La recuperación romántica del personaje sería integral, no limitada al reconocimiento de sus virtudes cívicas o políticas. Y es que las virtudes cívico-políticas que acredita el Cid en la Jura no son las virtudes principales del héroe. Se limitan a complementar sus otras muchas virtudes. El Cid es piadoso, es generoso, es clemente, es caritativo, es sabio, es valiente, es diestro con la espada y es leal. El hecho de que además sea un hombre justo parece ineludible corolario de las otras muchas virtudes que lo acompañan.

Así, en las obras del siglo XX que trataron sobre Rodrigo Díaz de Vivar, se subrayaron más otras virtudes. Rubén Darío tomó la caridad en su poema Cosas del Cid, así como Manuel Machado destacó la generosidad en el infortunio en su Castilla, o como Antonio Gala se centró en los sentimientos humanos, en su Anillos para una Dama. Sólo Eduardo Marquina retomaría en su recreación del Cid el tema de sus virtudes más políticas.

Y esto es importante destacarlo, porque lo que el Cid demuestra en el episodio estudiado no es sólo su inclinación natural hacia la justicia. Inclinación que se aprecia bien en algunos de los episodios que Las Mocedades del Cid de Guillén de Castro, o Le Cid de Corneille, escogieron en sus recreaciones del personaje. Ambos subrayaron que Rodrigo Díaz de Vivar era buscado como árbitro o conciliador, por la confianza que inspiraba su rectitud. Una inclinación de Rodrigo a la justicia más que meramente intuitiva. Su tradición familiar le señala como conocedor de las leyes, pues pertenece al linaje del Juez Laín Calvo.

Como se ha dicho, el siglo XIX, mostró una preferencia singular respecto al Cid como defensor de la legalidad y de la justicia, en su acepción más jurídica de resultado de la aplicación de las leyes. Una preferencia que se explica, sobre todo en el episodio de la Jura de Santa Gadea, por el ambiente característico de la primera mitad del siglo XIX, en que los liberales españoles desearon -sin ningún éxito- que los reyes Fernando VII e Isabel II, fuesen monarcas sinceramente constitucionales.

La explicación es sencilla, pues los liberales españoles de comienzos del siglo XIX encontraron un modo muy satisfactorio de expresar sus anhelos constitucionales en la reivindicación del personaje del Cid. Una figura reciamente hispana y un héroe capaz de anteponer la defensa de la ley a su propio interés. Un comportamiento éste que servía para encomiar el heroísmo de los mártires liberales, como el mismo Riego, como el Empecinado o como Torrijos, entre otros muchos.

Llegó el siglo XX, y éste, sin dejar de recrear la rica y abundantísima tradición cidiana, fue poniendo en segundo plano su imagen liberal, propia del siglo XIX, sin que por ello la figura del héroe haya sufrido menoscabo. Antes bien, se popularizó más aún, tras llevarse al cine, en 1961, por Anthony Mann, con Charlton Heston y Sofía Loren en los papeles estelares. En 1999 se celebró el 900 aniversario de la muerte del héroe, y en este siglo XXI se celebrará su milenario.

Pese al enorme lapso temporal transcurrido desde que Rodrigo Díaz de Vivar realizase sus gestas, el Campeador continúa siendo un personaje de referencia, ampliamente conocido en España y en el mundo. Como señaló Manuel Machado en los versos de su poema “Castilla”, … por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos, -polvo, sudor y hierro-, ¡el Cid cabalga! Y es tan deseable, como previsible, que El Cid seguirá cabalgando aún por mucho tiempo en los siglos venideros.

Pedro López Arriba

Licenciado en Derecho y Filosofía (UAM) y funcionario de la Administración del Estado

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