octubre 2021 - V Año

LETRAS

Emilia Pardo Bazán: 170 aniversario de su nacimiento

Emilia Pardo Bazán

Mi ánimo es siempre festivo y por eso, pese a que se conmemora el centenario del fallecimiento de Dª Emilia Pardo Bazán y de la Rúa Figueroa, que tiene a su favor el peso grávido de los dos ceros, prefiero la celebración de otra fecha, porque ésa es gozosa: la de los 170 años de su nacimiento el día 16.09.1851, que también tiene su cero de ritual. Y eso aun reconociendo el valor adicional de su unión sucesiva al centenario del fallecimiento de D. Benito Pérez Galdós (1920) que lo liga con el más allá del posterior de Dª Emilia (1921). A ambos se suma en el Ateneo de Madrid la celebración del Segundo Centenario del nacimiento de Concepción Arenal, coincidente con la primera fundación del Ateneo. Bien es verdad que, si miramos al futuro, como debe ser, deberíamos celebrar que estamos ya consumiendo el tiempo del Tercero que nos espera en 2120.

Todo es, pues, un puro centenario del Ateneo, una institución que ha sido un lugar de referencia en la vida activa tanto a título personal como de su actividad literaria de Dª Emilia que con Galdós y Concepción Arenal fueron unos trabajadores infatigables como acredita la magnitud de la obra que nos han regalado, y fecundos innovadores, cada uno en su estilo, por la universalidad de su dedicación literaria y social.

Hay pocos recuerdos directos de su Canarias natal en las obras de Galdós; apenas unos sutiles arreglos de cuentas con su vida juvenil, p. ej. en el amigo Manso, personificado en los cubanos, y en muchos personajes de varias de sus obras, como Dª Perfecta, donde censura la presión familiar sobre la vida de los jóvenes. A cambio ha creado un Madrid cuyos tipos, desaparecidos ya, dieron una imagen cabal de aquella sociedad que aún puede identificarse en las fachadas de algunos comercios típicas de aquellas tiendas donde atendían al público jóvenes horteras que, a veces, dormían allí mismo bajo el amparo del mostrador.

En Pardo-Bazán, junto a la universalidad de sus personajes hay una generosa referencia a los tipos y a la sociedad gallega. «Los Pazos de Ulloa» es sin duda su obra más característica; en ella con una aguda sensibilidad da vida a unos tipos que aún siguen siendo vivos.  También en muchos de sus innumerables cuentos, algunos tan breves como excelentes, hay pinceladas de la variopinta sociedad gallega de entonces «con las meigas, las mouras, las sanadoras y los mendigos, los trasgos, los peregrinos, la bella molinera, el gaitero seductor y donjuanesco y la moza aldeana casadera que confía en conjuros para encontrar un buen marido», como resume Marisa Sotelo Vázquez.

Menos conocida es su obra poética, que es mínima. Dª Emilia era realmente castellano parlante, algo fácil de identificar: es la lengua en la que uno reza, hace cálculos aritméticos y maldice. Del cuento, dice en «La cuestión palpitante», que es «la forma primaria de la novela …, no escrito sino oral embeleso del pueblo y de la niñez. Cuando al amor de la lumbre durante las largas veladas de invierno o hilando su rueca al lado de la cuna las tradicionales abuelas y nodriza refieren en incorrecto y sencillo lenguaje medrosas leyendas o morales apólogos son …. ¡quién lo diría! … precedentes de Balzac, Zola y Galdós» y aún habría que añadir, los «refranes que dicen las viejas junto al fuego » del Marqués de Santillana o “El Conde Lucanor” de D. Juan Manuel, que han entretenido y educado, y seguirán haciéndolo, a mil y una generaciones.

Ligada a esta actividad está su orgullosa fundación de la Sociedad del Folclore gallego, no sólo «algo útil para la cultura regional» en la misma línea que Antonio Machado, otro destacado ateneísta, o de Unamuno que en su ensayo «En torno al casticismo» dice que «mientras pasan sistemas, escuelas y teorías va formándose el sedimento de las verdades eternas de la eterna esencia… [y creándose] una tradición eterna el legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales y eterno …[porque] la tradición es la sustancia de la historia … que se define como el fondo del ser humano». La actividad de Dª Emilia iba más allá de una mera curiosidad por «estereotipar cuentas de viejas; en realidad guarda estrecha conexión con varias ciencias, de las que más camino llevan andando en el presente siglo- etnografía, lingüística, mitografía, antropología».

Esa parte de su obra queda oculta por la amplitud de los temas y actividades que desarrolló, que aún hoy sigue siendo una inagotable fuente de análisis de una personalidad ubérrimamente fecunda. Se casó a los 16 años, una edad hoy insólita, con José Quiroga, que también tenía una buena posición social y económica y que, a la sazón, era un estudiante de derecho de apenas 19 años, algo que se consideraría hoy otra mayúscula insensatez, cuando los matrimonios, si los hay, son entre treintañeros. Sin duda las costumbres han mudado mucho, pero hay que considerar que la esperanza de vida por aquellas fechas rondaba los 50 años, aunque, como siempre, fue mayor para las personas de clases acomodadas.

Su situación social y económica le permitió vivir una vida con toda la libertad que da el poder y luego el éxito personal conseguido; libertad social que quizá también tiene aquel que apenas sobrevive, pero de la que carece una clase media secuestrada por aquella reaccionaria y pacata sociedad que aún hoy pervive, que ya se sabe que la mala hierba es de imposible exterminio.

A la hora de querer catalogar su actividad, los substantivos se acumulan. No fue sólo una escritora de novelas, sino que lo fue todo; por decirlo por orden alfabético, fue catedrática en la universidad, conferenciante, cuentista, dramaturga, editora, ensayista, feminista, novelista, poeta, periodista, traductora, …  En su aspecto más internacional fue la autora de muy interesantes crónicas de viajes por Europa, un género que si es interesante para los desconocedores de esos países, lo es casi más que para los aborígenes a los que se les ofrece una visión de sí mismos a través de ojos ajenos. Introductora del naturalismo en España, abandonaría esa corriente atraída por el simbolismo y misticismo de Tolstoi; la literatura rusa la conoció gracias a su relación con los escritores franceses; sobre ella, además de sus escritos, dio conferencias en el Ateneo.

La fortuna de tener un padre rico y culto le ofreció una excelente posibilidad de formación cultural de carácter enciclopédico que desbordó los usos sociales que entonces limitaban el nivel de la educación cultural femenina. Consistía, apenas, en una discreta educación, incluida la musical, y un savoir faire social; nada equiparable a la opción que tenían los varones. Su padre, afín al Partido Progresista, fue Alcalde de La Coruña y un decidido defensor de la causa de la mujer de la que Concepción Arenal era ya figura destacada. Diputado por La Coruña en los últimos años de Isabel II lo sería también en 1989, triunfante ya la «Gloriosa» en aquel breve intervalo del sexenio democrático que, cuando iba a cuajar en la I República democrática – tras el fallido intento monárquico de Amadeo I, fue frustrado por el golpe de Estado reaccionario de Martínez Campos cuyo pronunciamiento, en el que colaboro el Marqués de Molins, que entonces presidia el Ateneo nos impuso a Alfonso XII. En esa fecha se traslada a Madrid, y le acompaña su hija Dª Emilia con su marido.

Este traslado le da la oportunidad de entrar en contacto en el Ateneo, entonces epicentro de la cultura, con lo más granado de la intelectualidad española. En sus tertulias cultivó su amistad con Unamuno, que presidiría el Ateneo, Campoamor, Ayala y Giner de los Ríos y con el también coruñés Wenceslao Fernández Flórez; también sería amiga de Clarín que prologaría su libro «La cuestión palpitante» colmándola de elogios; «simpática, valiente y discretísima», halagos que contrastarán con su agria oposición a que Dª Emilia fuera académica de la Lengua, a la que también se sumó Pereda. Tuvo también una intensa relación epistolar con Menéndez y Pelayo del que se distanciaría al irse empoderando de sí misma. En el ámbito de la política tuvo tratos con los Presidentes de la I República Pi y Margall y Castelar, así como con Cánovas y con Canalejas. En el de las bellas artes destaca su relación con Beruete y Sorolla alguno de cuyos cuadros hay en el Ateneo.

Emilia Pardo Bazán

Animada desde niña por su padre, se vuelve una ávida lectora desde muy joven; manifiesta también su afición por la escritura dándose a conocer con diversas publicaciones en periódicos gallegos y madrileños a los que enviaba colaboraciones desde 1866 con solo 15 años. Se consagró en 1876 con motivo de la celebración del Segundo Centenario del nacimiento de Fray Benito Jerónimo de Feijóo que se celebró en Orense. Acude a la convocatoria de cuatro premios de los cuales la Comisión solo concede dos: el «Pensamiento de oro y plata» a la poesía «A Galicia» de Valentín Lamas Carvajal, uno de los precursores del “rexurdimento” y creador junto a Manuel Murguía de la Real Academia Gallega (fallece el mismo día de su constitución) de la que acabaría siendo nombrada Presidente de honor Dª Emilia Pardo Bazán en 1906. En esta ocasión recibe la «Rosa de oro», por unanimidad, por su «Oda a Feijóo». Lamas Carvajal tenía 27 años y Pardo-Bazán 25 años. Eran jóvenes, pero siendo la esperanza de vida entonces 50 años es como su hoy tuvieran 40 años o más.

Se declaró desierto el premio de biografía por la baja calidad de sus obras y el cuarto premio, un «estudio crítico» sobre la obra de Feijóo, autor del Teatro Crítico, fue objeto de una gran discusión. El jurado elegido por la Comisión del Centenario entre «cuarenta nombres de hijos distinguidos de Galicia, que hubiesen probado su capacidad científica o literaria en la cátedra, la prensa, la tribuna o por cualquier otro medio de publicidad» devolvió a la Comisión la tarea de elegir al ganador. Ésta, a su vez, endosó la tarea de la decisión al Claustro de la Universidad de Oviedo de la que Feijóo fuera Catedrático de Teología desde 1709.

De los tres trabajos presentados, Miguel Morayta, famoso político republicano madrileño, Catedrático de Historia de España y Universal en la Universidad de Madrid y masón, retiró el suyo quizá molesto porque la Comisión solo le había dado un voto frente a los 4 del empate ente Concepción Arenal y Pardo- Bazán al que quizá no fue ajeno el talante más liberal o conservador de los miembros del jurado, más propicios los primeros a Concepción Arenal y los segundos a Dª Emilia. Años después (1912) Morayta publicaría un libro titulado «El Padre Feijóo y sus obras» que se supone basado en el trabajo presentado al premio.

Quedaron así en liza sólo los trabajos de Pardo-Bazán y Concepción Arenal. En apretada votación, siete a seis, llevará el premio Dª Emilia a la que no se le darán los cuatro mil reales debidos, sino una «mención honorífica». De la calidad de los trabajos se dice que era más riguroso, sistemático y profundo el de Concepción Arenal, pero que el de Dª Emilia era más literario, más ágil y más ameno, aunque ella misma acabaría abominando de él con el paso del tiempo, pues dice en carta a Menéndez Pelayo: «ese librucho que la Comisión de Orense, por fortuna mía, archivó y no puso a la venta».

De este suceso hay una referencia harto misógina de Menéndez Pelayo que en su «Historia de los Heterodoxos Españoles» tras alabar el trabajo de Pardo Bazán dice «Otro estudio hay acerca de Feijoo, y de pésimo espíritu, por cierto, publicado en la Revista de España por Dª Concepción Arenal. Mucho habría que decir de él; pero … respetemos la filosofía con faldas». Es evidente su rechazo al feminismo de Concepción Arenal, una mujer más radical que Dª Emilia, que publicara años antes, en 1869, «La mujer del provenir», reivindicando el derecho de la mujer a una educación sin límites y cuyas doctrinas de respeto a los encarcelados por la justicia y otras doctrinas pedagógicas eran consideradas heréticas por aquella sociedad que apenas empezaba a sacudirse sus telarañas mentales, que aún quedan muchas por eliminar.

El desenlace del premio no les impidió tener una excelente relación. Pardo-Bazán apoyó a Concepción Arenal para ser miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas en la que acababa de ser premiada por su obra «La beneficencia, la filantropía y la caridad», si bien presentada con el nombre de su hijo. Pese a ser una institución liberal, antes de abrir la plica alabó la “entidad del filósofo y hombre de Estado” al que suponía como autor.

La propuesta para el nombramiento de Concepción Arenal la inicia Rafael Altamira, también socio del Ateneo, en su artículo «La cuestión académica» publicado en «La España moderna» que editaba Alcalá Galiano, otro socio que también presidiría el Ateneo. En él denuncia la marginación de las mujeres en cuanto a su acceso a las Reales Academias; la apoya Dª Emilia y también «El Heraldo de Madrid» repitiendo el título del artículo de Altamira. Sorprende la acusación de Clarín, amigo de Dª Emilia a la que le prologara su libro «La cuestión palpitante», que se despacha con un ácido artículo donde denuncia que usa a Concepción Arenal como ariete para su propia entrada en la Academia de la Lengua: «pide doña Emilia, por aquello de que… pobre que pide por Dios, pide por dos”.  También Dª Emilia propone a Gertrudis Gómez de Avellaneda para su entrada en la Academia de la Lengua, que tampoco prosperaría, ni su propia entrada. España era muy machista y católica. No olvidemos el escándalo de la Electra de Galdós. Lo triste, es que aún sigue siéndolo.

Será Dª Emilia la que pronunciará un discurso el día de la inauguración de la estatua a Concepción Arenal en Orense, excelente obra de Aniceto Marinas, autor de numerosos monumentos. Fue promovida en 1892, entre otros, por Nicomedes Pastor Díaz, también socio del Ateneo.  Se opuso a esta propuesta la propia Concepción Arenal alegando que «… las estatuas deben levantarse al genio, a la santidad o al heroísmo: yo no soy ni un genio, ni una heroína, ni una santa. Usted pensará que es modestia mía o falta de franqueza: yo le aseguro a usted que le hablo con toda sinceridad”. La inauguración ocurre en 1898, Concepción Arenal había fallecido en 1893; en su discurso de Dª Emilia titulado «Feijóo y su siglo» con la ironía y autoridad de su bien ganada fama rechaza la opinión de Menéndez Pelayo sobre Feijóo y Concepción Arenal.

Esta coincidencia en la denuncia de la situación social de la mujer hizo de este trio galaico, fallecidos en los S. XVIII, XIX y XX, un referente al posterior desarrollo del sufragismo y feminismo de las mujeres en España, que apenas arrancaba en vida de ellas. Finalizando el siglo, Dª Emilia hará un nuevo guiño a Feijóo con su publicación titulada el «Nuevo Teatro Crítico». El inicial éxito que tuvo su contenido, donde había ensayos, críticas literarias, noticias sobre otros escritores y estudios de actualidad política y social que reflejan la vida intelectual de su época, acabaría tres años después en un fracaso editorial. En 1882 con motivo de un congreso pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza celebrado en Madrid Dª Emilia califica a la educación femenina de «doma» de la mujer para imbuirle la obligación de pasividad, obediencia y sumisión al marido y reivindica su derecho de acceso a todos los niveles educativos, a ejercer cualquier profesión, y a su felicidad y al respeto a su dignidad como ser humano, en la línea de Feijóo y Concepción Arenal.

A ellos tres, a su tarea, aunque lenta en sus frutos, debemos el habernos adelantado a otros países como Francia en el reconocimiento del derecho al sufragio; también a Galdós que a  través de los personajes, de forma directa como en el caso de Electra, o de modo más indirecto, pero muy eficaz por más sutil a través aun de los más reaccionarios, denuncia la injusticia del trato que sufren las mujeres por el hecho de serlo; así, p. ej., en Marianela crítica a una caridad que divierte a quienes la practican olvidándose de practicar la justicia social. Pese a que Francia era una sociedad mucho más progresista que España, aquí se reconocería el derecho al voto de la mujer mucho antes, en 1931, al aprobarse la única Constitución democrática que hemos tenido: la de la II República que este año cumple sus 80 años y a la que se debe un gran homenaje.

En su logro intervino otra mujer singular, Clara Campoamor, también socia del Ateneo de Madrid, que todo lo que se siembra acaba dando frutos. También está la obra de Carmen de Burgos en «El Globo» en su columna de «Notas femeninas» titulados «La mujer y el sufragio» o la que,  bajo el pseudónimo de «Colombine», además de la moda defendía la «legalización del divorcio», lo que le granjeó verse convertida en la diana de los ataques clericales y de los sectores más reaccionarios del país; y también en «El heraldo de Madrid» que apoyará el sufragio femenino con la columna titulada «El voto de la mujer» y el de tantas otras mujeres entre las que sería injusto olvidar a Victoria Kent o a Margarita Nelken, aunque se opusieran a este proyecto del voto alegando «ahora no es el momento». Sin duda lo era; ¡lo era desde hacía muchos siglos! Ese mismo año se reconocería el derecho al voto en Portugal y no sería hasta 1944 cuando lo harían Francia y Bulgaria y luego Italia, Hungría, Eslovenia y Rumanía (1945), Bélgica (1948), Grecia (19499 aunque las que sabían leer y escribir ya podrían votar desde 1930, Chipre (1960), Mónaco (1962), Suiza (1971).

Contextualicemos, para su mayor valor, el éxito y el trabajo de todas estas mujeres, también varones, por recuperar la dignidad femenina. El Papa Pio IX, ciertamente reaccionario, publica su encíclica «Quanta Cura» (1864) que acompaña del «Syllabus» de errores. Casi todos se reconocen hoy en las constituciones modernas como derechos fundamentales. Otros aún siguen triunfantes como el rechazo a que “en caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad debe prevalecer el derecho civil“. El antifemnismo de la iglesia es secular, recordemos el escándalo de la Electra de Galdós, y aún sigue vivo hoy con las manifestaciones encabezadas por obispos contra el matrimonio civil, el homosexual, el divorcio, el uso de anticonceptivos, el aborto, etc., que nos devuelven al S. XIX. Denunciaba el Papa que „el régimen de las escuelas públicas, en donde se forma la juventud … puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil … [sin que] a ninguna otra autoridad se reconozca el derecho de inmiscuirse … en el régimen de los estudios, en la colación de los grados, ni en la elección y aprobación de los maestros“ . Hoy se siguen reivindicando en España sin que ni este Gobierno se atreva a reivindicar su superior e indiscuible competencia. Tambien denunciaba que „la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia“ entre otras lindezas. No es pues, de sorprender que cuando León XIII publica su encíclica «Rerum novarum» (1891), un tímido intento de «aggiornamento«, en Madrid se digan misas para pedir de Dios su protección porque el Papa se ha vuelto socialista. Hoy da vergüenza el rechazo a la libertad de los homosexuales, que solo actúan “conforme a la naturaleza que Dios les ha dado”, como recomendaba Marco Aurelio.

En ese contexto ideológico general tuvo lugar la formación de Dª Emilia bajo preceptores privados y en el colegio francés protegido por la Real Casa, que la aproximó a La Fontaine y Racine a los que leía directamente en francés; su conocimiento del inglés e italiano le permitió estar al tanto de los avances científicos y filosóficos en boga en centroeuropa. Quiso sumar el alemán para poder leer directamente a Kant, pero lo acabaría leyendo en francés. Como tantas otras mujeres, recordemos «La mujer del porvenir» de Concepción Arenal, no tuvo su oportunidad de ir a la universidad, entonces vetada a las mujeres. Es notoria la argucia de Concepción Arenal de vestirse de varón para asistir a clase. Al ser descubierta y ante su insistencia, el Rector de la Universidad Central acordó someterla a un previo examen de su nivel cultural cuyo resultado acabó en que se le autorizaba a seguir los cursos, pero no a ser examinada, ni a obtener el título. Además, se sentaba al lado del profesor que entre clase y clase la llevaba a un aula donde permanecía separada del contacto con sus compañeros. ¡Y eso fue una revolución!

Al espíritu protofemenista del padre de Dª Emilia y de sus amigos y a la excelente biblioteca que tenía en su casa a su disposición debió su profunda cultura, inhabitual incluso en varones de su edad. Ello y sus frecuentes viajes al extranjero, siguiendo como dice ella, la recomendación de Costa, también socio del Ateneo, le puso en contacto directo con Víctor Hugo, Goncourt y Zola. Del beneficio que obtuvo de sus viajes deriva su recomendación a toda persona culta para que hiciera un viaje al año como dieta mental.

Su contacto con el naturalismo francés la convirtió en su introductora en España donde publicó varios artículos en «La Época» que luego reuniría en el libro «La cuestión palpitante». Ello provocaría una reacción inmensa porque lo francés, en aquellas fechas, tenía fama de ateo y pornográfico y ella tenía en su haber el de colaboradora en la revista «La Ciencia Cristiana» oponiéndose a la teoría de Darwin; políticamente era carlista, ideología no infrecuente en una Galicia reaccionaria sometida como pocas regiones al dominio de la iglesia. A esa publicación seguirá «La tribuna». Ésta parece que fue la causa de su separación matrimonial, lo que acaba por granjearle la fama de rebelde y provocadora que ya le acompañará toda su vida.

El interés por la literatura rusa le llega a través de las traducciones que lee en francés. En el Ateneo de Madrid, del que llegaría a ser Presidente de la Sección de Literatura en 1906, dio una serie de conferencias sobre este tema acercando su conocimiento a quienes por no saber francés no podían leerla en castellano. Dª Emilia evolucionará del naturalismo, al que nunca renunció, al espiritualismo tolstoiano.

También merecen mucho interés todos sus libros de viajes, algunos también en el interior de España, en una época donde el viajar fuera era un lujo al alcance de muy pocos. La única emigración del español, siempre huérfano de idiomas, fue América desde inicios del S. XVI hasta bien pasado el S. XX, aparte del caso dramático del exilio del franquismo. A ese género literario dedicó una gran atención estudiando en la Biblioteca Nacional los libros de viajeros de los siglos precedentes. Dª Emilia opinaba que «el viaje escrito es género poético (entendiendo la palabra en su sentido más amplio y alto), y que un libro de viajes que comunique al lector la impresión producida por una comarca en una organización privilegiada para ver y sentir […] lo que no ven ni sienten los profanos es tan obra de arte como una novela». Aparte de su valor literario, la literatura de viajes tiene un valor sociológico inmenso, sobre todo para los aborígenes a los que da la oportunidad de conocer como los ve un extraño, donde cada uno ofrece diversas visiones de su propio país que él no percibe, bien que pasados por el variado filtro del propio punto de vista de cada extranjero.

En estos días, a iniciativa de su Presidente, Dr. Arquitecto Juan Armindo Hernández Montero, se ha creado en el Ateneo una Comisión para la Conmemoración de Dª Emilia Pardo-Bazán y de la Rúa-Figueroa, sea del centenario de su fallecimiento o para la Celebración del 170 aniversario del nacimiento. Se sumará así y se coordinará a las que, sin duda, habrá en Galicia y en toda España en recuerdo de esta mujer, de esta ateneísta, que ha sido y sigue siendo una referencia indiscutible de la literatura española y aún universal.

Esta conmemoración de Dª Emilia se incluye dentro de la del tránsito del Ateneo del II al III Centenario de su primera fundación y enlaza con las habidas en conmemoración del V Centenario de la vuelta al mundo, una gesta no suficientemente conmemorada en España, y las que recordaron a D. Benito Pérez Galdós y a Concepción Arenal, tres figuras de las letras y de la libertad en el S. XIX, señeras de la cultura de España y aún mundial. Fue un siglo terrible; de él somos deudores; en él empezaron a romperse las cadenas cuya reimposición se está pretendiendo hoy por muchos; eso convierte en viva la tarea de seguir rompiendo las existentes que nos han vuelto imponer e impedir que impongan más, hasta lograr dar fin a la “transición a la democracia” y recuperar la real; una donde todos seamos realmente iguales ante la ley; donde sea verdad que no hay discriminación por ninguna condición personal, hereditaria o social; porque si no es así, no hay democracia.

En esa línea es también necesario que de la mano de unas “nuevas tecnologías” que ya son viejas, y cuando la pandemia hace arriesgado el ejercicio presencial del derecho universal al voto, una conquista del siglo XX, se reconozca el derecho al voto telemático sin tener que reclamar de los tribunales la “tutela judicial efectiva” que impide el ejercicio del sufragio universal. Su negación en el Ateneo, se alega que el Reglamento habla de “papeletas” y no de “voto electrónico”, Faraday tenía apenas 30 años cuando se redactó el Reglamento, es la última necedad de “esa minoría de inasequibles al desaliento”, en palabras de un socio del Ateneo de cuyo nombre no quiero acordarme. Su torpeza debe tener igual fin que tuvieron las de los reaccionarios al progreso que se oponían en el S. XIX al triunfo de la libertad y de la democracia: a que los esclavos dejaran de serlo, respetando el derecho a la compra; a que la mujer pudiera ser socia del Ateneo, porque el Reglamento decía ”socios” y no “socias”; a que la mujer pudiera votar, porque su cerebro tiene menor tamaño; a que pudiera entra en las Reales Academias, ¡porque siempre fue así!, con todo lo cual se impide que podamos votar todos. El Ateneo seguirá defendiendo en su seno el diálogo respetuoso y leal, impidiendo que lo substituya el grito y la insidia de quienes busca el fraude en las urnas aunque ya no proponen ni el “diálogo de los puños y las pistolas”, ni el fusilamiento de 16 millones de demócratas.

En esa tarea de progreso fue y seguirá siendo activo el Ateneo de Madrid; en ella estamos comprometidos sus socios; “no pasará” ni un día más sin que triunfe la democracia real; el progreso del que está necesitado el país; el que debemos ofrecerle desde el Ateneo como la vanguardia que siempre ha sido de él.

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El caso Miguel Hernández

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Quevedo en sociedad y III.- Obra y vinculación cívica

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Quevedo en sociedad II.- La crítica como ‘función’ social

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Quevedo en sociedad I.- El hombre, la sociedad

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VII Certamen de Novela Histórica de Úbeda

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Antología poética. Alfonsina Storni

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Ángel González: palabra sobre palabra

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Galdós y el melodrama

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IV encuentro de Poesia a Sul

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Feminismos: la mujer sobre la letra

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El Hidalgo: literatura y pobreza

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (y II)

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (I)

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El nazismo para Antonio Ramos Oliveira en 1930

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Ana Caro Mallén: una esclava en los corrales de comedias del siglo XVII

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José Rodrigues Miguéis, casi olvidado

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Tristeza que es amor. Alusión a Don Quijote

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George Sand: ‘Un invierno en Mallorca’

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (y II)

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (I)

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Imagen de José Ángel Valente

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Valente, sin aditivos

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Valente: Qué la palabra sea solo verdad

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José Ángel Valente, en ‘el borde de la luz’

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John Berger: ‘Un hombre afortunado’

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Los desafíos de Lou Andreas-Salomé

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La primavera y su sombra

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El Conde de Montecristo, historia de una venganza

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Luis Martín-Santos y James Joyce

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Los cimientos culturales del abolicionismo: Harriet Beecher Stowe

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Pinceladas sobre Agatha Christie

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (y II)

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

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Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

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El eterno romanticismo

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Qué es ser agnóstico

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Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

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El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

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El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

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La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación