junio de 2026

La literatura y el mercado de la simpatía

Viñeta de Eugenio Rivera

Existe una pregunta incómoda que rara vez se formula en voz alta: ¿qué es exactamente lo que vendemos cuando vendemos un libro?

La respuesta parece obvia. Vendemos una obra escrita. Un conjunto de ideas, emociones, imágenes y recursos literarios organizados mediante el lenguaje. Sin embargo, basta observar con atención el funcionamiento del mercado editorial contemporáneo para descubrir que, con frecuencia, no se vende un libro, sino una persona.

La confusión se ha vuelto tan habitual que apenas la percibimos. Se habla de autores que «funcionan», de nombres que «atraen público», de personalidades que «conectan con los lectores». Los criterios comerciales son comprensibles en cualquier industria. El problema aparece cuando terminan sustituyendo al criterio literario. Cuando el talento para promocionarse comienza a valer más que el talento para escribir.

Muchos creen que este fenómeno pertenece exclusivamente al mundo de las celebridades. Piensan en figuras televisivas, influencers o personajes cuya fama previa garantiza miles de ejemplares vendidos. Sin embargo, la cuestión es mucho más amplia y mucho más sutil.

La popularidad no necesita focos ni cámaras. También existe a pequeña escala. En los círculos culturales abundan personas que han convertido la sociabilidad en una forma de promoción permanente. Asisten a todas las presentaciones, cultivan amistades estratégicas, multiplican contactos, reparten elogios con generosidad y saben estar presentes allí donde surge una oportunidad. Poseen una habilidad extraordinaria para hacerse visibles.

No necesariamente venden libros. Antes venden una imagen de sí mismos.

Son amables, encantadores, afables, sonrientes. Conocen el arte de la conversación agradable y el valor de la palabra oportuna. Dominan una forma refinada de la lisonja que rara vez parece lisonja. Saben agradar. Saben generar simpatías. Saben hacerse querer. Son expertos en la cortesía estratégica, en la presencia constante, en el elogio recíproco, en la recomendación mutua, en la diplomacia cultural, en la sonrisa conveniente y en el arte de estar siempre en el lugar adecuado. Algunos practican la adulación abierta; otros ejercen formas mucho más sofisticadas de halago, complacencia, peloteo elegante o complicidad interesada. No venden necesariamente una obra. Venden una presencia.

Nada de ello constituye un defecto moral. La amabilidad es una virtud. La cordialidad facilita la convivencia. La cortesía es deseable en cualquier ámbito humano. El problema surge cuando esas cualidades terminan siendo confundidas con virtudes literarias.

Un libro debería ser juzgado por lo que contiene y no por el grado de simpatía que inspira quien lo firma. La calidad de una obra no depende de la cantidad de abrazos repartidos en una feria del libro, ni del número de amigos acumulados en una red social, ni de la habilidad para conseguir presentaciones, recomendaciones o elogios recíprocos.

Sin embargo, vivimos en una época que premia la visibilidad por encima de casi cualquier otra cosa.

La atención se ha convertido en la moneda dominante de nuestro tiempo. Quien logra captarla posee una ventaja inmensa, independientemente del valor real de aquello que ofrece. La literatura no ha escapado a esta lógica. Como consecuencia, muchos lectores terminan comprando autores antes que libros.

El fenómeno no es exclusivo del mundo editorial. Ocurre con la moda, con las marcas, con los productos de consumo y con buena parte de la cultura contemporánea. Compramos símbolos, identidades, relatos publicitarios. A menudo adquirimos aquello que representa un objeto antes que el objeto mismo.

Pero la literatura debería aspirar a una exigencia diferente.

Un libro no es un perfume. No es una bebida. No es una campaña publicitaria. No es una estrategia de posicionamiento. Su materia prima es el lenguaje. Su verdadero valor reside en la precisión de una frase, en la potencia de una imagen, en la belleza de una metáfora, en la originalidad de una idea, en la profundidad de una reflexión o en la capacidad para nombrar aquello que antes parecía innombrable.

La literatura es una de las pocas artes cuya materia prima está al alcance de todos y cuya excelencia sólo puede apreciarse mediante una lectura atenta. Exige tiempo. Exige concentración. Exige sensibilidad. Exige criterio. Exige una disposición que el mercado contemporáneo parece cada vez menos dispuesto a favorecer.

Por eso tantos escritores valiosos permanecen ocultos.

No porque carezcan de talento. No porque no tengan nada que decir. Sino porque dedican sus esfuerzos a escribir en lugar de promocionarse. Son autores que invierten horas en corregir una página cuando otros las invierten en construir una imagen pública. Personas más interesadas en perfeccionar una idea que en perfeccionar una estrategia de marketing. Escritores que creen que la obra debe hablar por sí misma.

Paradójicamente, esa actitud suele convertirlos en invisibles.

Mientras unos trabajan para ser conocidos, otros trabajan para ser buenos. Y el mercado rara vez distingue entre ambas cosas.

«El problema no es la fama; el problema es confundir la capacidad de venderse con la capacidad de escribir».

La historia de la literatura ofrece una lección que nuestro tiempo parece empeñado en olvidar. Muchos de los autores que hoy ocupan un lugar indiscutible en la cultura universal no triunfaron gracias a su capacidad para promocionarse ni a una habilidad especial para agradar a quienes controlaban los circuitos culturales de su época.

Kafka fue un hombre reservado, inseguro y alejado de cualquier forma de exhibicionismo. Emily Dickinson vivió gran parte de su vida apartada del mundo. Fernando Pessoa llevó una existencia discreta y casi anónima. Marcel Proust pasó largos periodos recluido, entregado a una tarea infinitamente menos visible que la promoción personal: escribir. Incluso Sartre, convertido después en una figura pública internacional, no construyó su prestigio sobre el encanto personal ni sobre una simpatía complaciente, sino sobre la potencia intelectual de sus ideas y de sus libros.

Resulta significativo que muchos de estos autores alcanzaran su verdadera dimensión cuando ya no estaban presentes para promocionarse. Una vez desaparecidos, dejaron de importar su aspecto físico, su habilidad social, su capacidad para agradar o la amplitud de sus relaciones. Ya no podían conceder entrevistas, asistir a presentaciones ni cultivar admiradores.

Sólo permaneció la obra.

Sólo permanecieron las palabras.

Y las palabras vencieron.

La posteridad no pudo juzgarlos por su atractivo, por su simpatía o por su habilidad para venderse. Tuvo que juzgarlos por aquello que realmente habían creado. Y fue entonces cuando apareció con claridad el verdadero valor de su trabajo.

 «Quizá por eso conviene desconfiar de una cultura que confunde con demasiada facilidad la popularidad con el mérito».

En cada época surgen autores cuya principal habilidad no consiste en escribir mejor, sino en hacerse visibles. Son expertos en la autopromoción, en la cortesía estratégica, en el elogio recíproco, en la sonrisa oportuna, en la presencia constante, en la habilidad para frecuentar determinados círculos y para cultivar una imagen favorable de sí mismos. Practican, con mayor o menor refinamiento, la adulación, la lisonja, el halago interesado, el peloteo elegante, la complacencia mutua, el intercambio de favores simbólicos, la diplomacia interesada, la cortesía calculada, la seducción social, el oportunismo amable y el arte de agradar.

No se trata de condenar la amabilidad ni las buenas maneras. Lo preocupante aparece cuando esas destrezas sustituyen al juicio crítico. Cuando la simpatía empieza a pesar más que la calidad. Cuando el reconocimiento se concede por afinidad personal antes que por excelencia artística. Cuando una obra recibe atención porque su autor es conocido, agradable, sociable o influyente, mientras otras, quizá más profundas o mejor escritas, permanecen ocultas por carecer de embajadores, padrinos o promotores.

Existe una diferencia fundamental entre el arte y la publicidad.

La publicidad intenta persuadirnos para que miremos.

El arte intenta que, una vez hemos mirado, no podamos olvidar lo que hemos visto.

La publicidad necesita repetición.

El arte necesita profundidad.

La publicidad busca llamar la atención.

La literatura busca merecerla.

Por eso resulta tan preocupante que la lógica publicitaria haya penetrado hasta el corazón mismo de la cultura escrita. Cada vez con más frecuencia se pregunta cuántos seguidores tiene un autor antes de preguntarse cómo escribe. Se examina su capacidad de convocatoria antes que su capacidad expresiva. Se valora su presencia pública antes que su dominio del lenguaje.

Y, sin embargo, el lenguaje es la esencia de la literatura.

La literatura no se construye con sonrisas. No se construye con relaciones públicas. No se construye con campañas de visibilidad. Se construye con palabras. Con verbos precisos. Con imágenes memorables. Con estructuras sólidas. Con metáforas capaces de iluminar aspectos desconocidos de la realidad. Con observación, sensibilidad, inteligencia, imaginación y trabajo.

Nadie preguntaría cuántos amigos tenía un arquitecto antes de admirar una catedral. Nadie juzgaría una sinfonía por el encanto personal de quien la compuso. Nadie evaluaría una pintura por la popularidad social del pintor. Sin embargo, en la literatura parece haberse vuelto normal juzgar la obra a través de la simpatía de su autor.

La popularidad es una cualidad social.

La calidad es una cualidad literaria.

Confundir ambas constituye uno de los errores culturales más persistentes de nuestra época.

Schopenhauer ya advertía de la facilidad con que las sociedades confunden el prestigio social con el valor intelectual. Ortega y Gasset observó igualmente cómo los mecanismos colectivos de reconocimiento no siempre coinciden con los de la excelencia cultural. Ambos comprendieron algo que sigue siendo cierto hoy: la verdad, la belleza y el talento rara vez avanzan acompañados por la unanimidad.

La posteridad suele ser más justa que el mercado.

El mercado premia la visibilidad.

La posteridad examina la obra.

El mercado escucha el ruido.

La posteridad escucha las palabras.

El mercado recompensa al personaje.

La posteridad termina juzgando al escritor.

Y es entonces cuando se produce una de las grandes paradojas de la cultura. Muchos de los autores más admirados de la historia quizá habrían tenido dificultades para abrirse camino en un entorno dominado por los criterios actuales de marketing. No eran expertos en autopromoción. No cultivaban una marca personal. No vivían pendientes de su visibilidad. No convertían cada encuentro social en una oportunidad estratégica.

Se dedicaban, sencillamente, a escribir.

Por eso resulta peligroso presentar el éxito comercial como una prueba automática de calidad. Vender mucho significa únicamente que muchas personas han comprado una obra. Nada más. La calidad literaria pertenece a otro ámbito. Más complejo. Más difícil de medir. Más resistente a las estadísticas, a las modas pasajeras y a los entusiasmos momentáneos.

El mercado compra autores.

La literatura debería leer libros.

Confundir ambos planos constituye uno de los errores culturales más persistentes de nuestro tiempo.

La literatura comienza a degradarse cuando la calidad de los textos es sustituida por la simpatía de sus autores. Cuando la profundidad cede terreno ante la autopromoción. Cuando el criterio es reemplazado por la popularidad. Cuando la lisonja ocupa el lugar que debería corresponder al talento. Cuando la conversación agradable pesa más que la inteligencia. Cuando la apariencia desplaza a la sustancia. Cuando la habilidad para venderse acaba siendo más importante que la habilidad para escribir.

Y entonces dejamos de preguntar si un libro está bien escrito.

Dejamos de preguntarnos si sus frases poseen belleza, si sus ideas poseen fuerza, si sus imágenes poseen originalidad, si sus páginas contienen verdad, emoción o conocimiento.

Comenzamos a preguntar únicamente quién lo ha escrito.

Es en ese momento cuando el mercado triunfa sobre la literatura.

«La literatura comienza a degradarse cuando la calidad de los textos es sustituida por la simpatía de sus autores».

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Escrito por

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