mayo de 2024 - VIII Año

Medardo Fraile y la plural, rebelde y resistente generación del  50 (y II)

Con la luz de atardecer, sobresaltada y triste,
Se salía a las calles de un invierno
Poblado de infelices gabardinas
A la deriva bajo el viento.
Jaime Gil de Biedma

“Moralidades”

II. Recordar su legado: un acto de justicia poética

Costaba mucho resistir, mas reciamente resistieron. Mientras algunos, sibilinamente,  se apresuraron a pasar por alto  páginas hermosas  sin haberlas leído. La Generación del 50 –al menos muchos de sus miembros- corren el peligro de sumirse en el olvido. Son muchos quienes, por comodidad, cobardía o ambas, prefieren no recordar, a hacer un ejercicio de memoria de lo que fueron esos años.

Medardo Fraile en más de un sentido fue un verso suelto. Publicó más de cien cuentos o relatos breves, algunos de ellos, han figurado en antologías más o menos, efímeras. La crítica en general no se ha detenido a apreciar esos personajes grises –un tanto oscuros- que viven en ellos y que, contra viento y marea, salen adelante, soportan humillaciones y son capaces de intentar llevar a cabo sus ilusiones y anhelos… pese a la hostilidad ambiental y a la tristeza imperante.

Permítaseme que destaque entre sus libros de relatos breves: “Con los días contados”  (1972) que tiene más lecturas y más interpretaciones de las que se les ha venido dando. El lector que desee profundizar y conocer una visión más analítica y completa, puede recurrir a “Cuentos de verdad” (Cátedra 2000), una edición a cargo de María Pilar Palomo.

La prosa de Fraile sabe a verdad. Quizás fuera demasiado individualista para inscribirlo, sin más, a una corriente. Sus cuentos modernos y originales se leen con fruición mientras que los de algunos de sus coetáneos están “fosilizados”.

Es portador de “pulsiones de cambio” que permanecían interiorizadas en otros, pero que con él comienzan a exteriorizarse, mostrándonos que se puede “salir del laberinto” aunque sea mentalmente. Su literatura es un ejemplo de que hay muchas formas de decir NO, desde el susurro al grito impotente  y ahogado.

De alguna manera un ciclo, gris y opaco, comenzaba a extinguirse. Había quienes se negaban a hacerse preguntas porque las respuestas eran incomodas y dolorosas. En sus relatos breves, parece que se escucha “palpitar” la intensidad de unos momentos angustiados. No era posible plasmar críticas de carácter político, mas él lo hace, a través de las condiciones de vida,  más justas y liberadoras  a las que algunos de sus personajes, aspiran.

Cuando nos habla de hambre, frío, miseria… está haciendo un acta de acusación hacia la soberbia, la indiferencia y la complicidad de quienes hacen posible este estado de cosas. Ciertos  personajes de sus relatos no son sino supervivientes fantasmales que luchan contra ese tiempo inmóvil… o quizás, contra sí mismos.

Otros, dan la impresión de que caminan como sonámbulos hacia la nada. ¡Cuántos sueños mudos!, ¡cuántos sueños prohibidos! Las suyas son oscuras implicaciones que nadie escucha, tal vez porque mueren antes de nacer. Sacan fuerzas de flaqueza, para no dejarse doblegar y no sucumbir a los momentos de debilidad.

En medio de esos círculos siniestros: la fantasía, incluso la magia, parecen iluminar ese ambiente lóbrego. Es más, a veces da la impresión de que lo que podría llamarse compromiso está llamando sigilosamente, a la puerta. Las débiles esperanzas… vienen seguidas de golpes secos de los que es difícil reponerse. No pocos cuentos son claustrofóbicos. Son apuestas por un futuro donde la alegría y los derechos contrasten con un presente miserable.

Hay algunos datos biográficos de Medardo Fraile, que el lector debe conocer. Entre sus autores predilectos menciona en varias entrevistas a Ramón Gómez de la Serna, quizás por lo inclasificable… quizás porque en su prosa alienta poesía.

Toda la denominada Generación del Medio Siglo, sentía admiración hacia Antonio Machado. En el caso de Medardo Fraile, se da además la circunstancia, de que lo tuvo como profesor en el Instituto Calderón de la Barca, próximo a la madrileña Plaza de España. Su contacto con el maestro lo marcó. Es, desde luego, mucho más que una anécdota.

Sus cuentos o relatos breves, donde en la mayoría de las veces, están presentes la ternura, rasgos poéticos… y un sentido del humor con cierta retranca y cierto distanciamiento hacia lo narrado, fueron publicados, asimismo, en diversas revistas de esos años: Clavileño, Cuadernos Hispanoamericanos o Papeles de Son Armadans…

Sus cuentos se reunieron en Páginas de Espuma (2004) bajo el título “Escritura y verdad: Cuentos completos”, con un excelente prólogo de Ángel Zapata, uno de sus mejores conocedores y uno de los pocos que ha trabajado a fondo sus textos y correlaciones.

Para Medardo Fraile, como él mismo expresó en algunas entrevistas, “el cuento es a veces una gota de sangre”. Creía en la concisión y evitaba los adornos retóricos. Él lo formula así “la palabra que no es justa, es enemiga del cuento”.

Fue un autor inquieto que cultivó distintos géneros como el teatro, con piezas en un acto, a veces en colaboración con Alfonso Sastre. En 1945 fundó junto a otros, el primer grupo experimental de la posguerra.

No quiero pasar por alto la pieza en un acto, estrenada en el Infanta Beatriz, “Ha sonado la muerte”. Otra faceta suya que no puedo dejar de mencionar es la de ensayista y crítico literario. Me limitaré a citar algunos de estos textos que tienen no poco interés como “La familia irreal inglesa” (1993), que bien podría catalogarse como un ejercicio de ensayos periodísticos. Su conocimiento de la vida, costumbres, literatura y pensamiento de Gran Bretaña es amplio, mas como puede apreciarse en el título, nunca falta la ironía.

Con elegancia, salda cuentas con la mediocridad e insolvencia crítica de la época que le tocó vivir. Así, entre sus ensayos, figura “Samuel Ros (1904/1945): hacia una generación sin crítica”, su tesis doctoral versó sobre este intelectual por el que sentía curiosidad no exenta de cierta admiración, pese a situarse en las antípodas ideológicas. La crítica oficial no ha hecho a penas mención de él, pasando a engrosar la legión de los olvidados, pese a su falangismo.

Asimismo, su “La letra con sangre: estudios literarios”, es una espléndida colección de ensayos penetrantes, originales y desprejuiciados. En 1909, escribió sus memorias o algo parecido, bajo el título “El cuento de siempre acabar”, donde la ironía, un poco de sarcasmo y esa capacidad de tomarse a broma a sí mismo, está presente. Creo que esta obra tiene ciertas reminiscencias con la “Automoribundia”  de Gómez de la Serna.

Tuvo reconocimientos, con toda seguridad menos de los que merecía, entre otros el Premio Sésamo, que en cierto modo, tenía un aire un tanto vanguardista y  “underground” y, sobre todo, el Premio Nacional de la Crítica en 1965.

La Generación del 50 mostró y demostró, sobradamente, que el Ensayo era un medio para desentrañar la mediocridad, la ramplonería y la notable insuficiencia crítica como demostraría, sin ir más lejos, Carlos Blanco Aguinaga, otro de los casi olvidados de esta Generación.

Medardo Fraile puso de relieve que la literatura era un instrumento, una herramienta de transformación de la realidad, utilizada sabiamente… en sus justos términos. Hablando de lo social, dejaba caer críticas y denuncias políticas incuestionables. Tan importante era lo que decía como lo que sugería.

Como otros, realizó en su juventud, con dolor, “el duro aprendizaje de la derrota”. Los reproches morales pueden ser eficaces mas notoriamente insuficientes. Hay que recurrir a paradojas “para decir, lo que se quiere decir y no se puede decir”.

Fue incisivo, claro y todo lo directo que pudo, frente a una letanía de justificaciones, que acabarían diluyéndose años más tarde, como simulacros espectrales. Podría afirmarse que Medardo Fraile vivió, lo que hoy llamaríamos, un “presente líquido”. En todo caso, su alma de escritor era acuática. Le preocupaban y mucho los comportamientos morales, mas muy poco la moralidad hueca e hipócrita del franquismo.

De cuando en cuando, no vacilaba en arrancar máscaras y poner de manifiesto la vaciedad de los “guardianes de las verdades oficiales”. Sus dardos son con frecuencia, oblicuos, indirectos… mas, de enorme eficacia. Evitando, eso sí, con pudor, declaraciones buenistas tan abstractas como vacías de valores éticos.

En su prosa, puede afirmarse que está presente la levadura de la libertad. Es valiente negarse a participar en el autoengaño, que no es más que otra forma de mentira.

Próximo el final de este breve ensayo que intenta recuperar la figura de Medardo Fraile, sugiero al lector que dedique un fructífero paseo, acompañado de las meditaciones consiguientes, hasta los Jardines de Medardo Fraile, en el madrileño barrio de Prosperidad.

Si se me preguntase cuáles son sus cuentos predilectos para mí, respondería que “Los ladrones del paraíso” de 1999, donde las ausencias son una presencia punzante.

Su sentido del humor se pone de manifiesto, una vez más, en que era miembro honorifico del colectivo surrealista “La llave de los campos”. No se podrá negar que el titulo que ostentaba “Ministro de los barcos a la deriva” es sumamente indicativo de todo cuanto representaba. El humor es siempre un poco subversivo.

Todavía son accesibles sus textos en algunas librerías, otros están agotados.

Conviene recordar que el mejor homenaje que puede hacerse a un escritor es leerlo y disfrutarlo.

Lo imagino con su media sonrisa inteligente y a la vez provocadora. Elegante e irónico… con esa desenvoltura de los que no se toman del todo en serio a sí mismos.

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