febrero de 2026

Nota sobre un poemario reciente de Jesús Munárriz: ‘Museo secreto’ (Hiperión, 2024)

La reciente publicación de la versión íntegra del poemario Museo secreto (Hiperión, 2024), de Jesús Munárriz, que conoció una primera edición menos extensa en 2012 (Caracas, Monte Ávila), apenas difundida en España, da pie a la presente nota, que no busca ser sino complemento o addenda de un artículo anterior.

El motivo del scripta manent (“lo escrito permanece”) es uno de los que vertebran la poesía de Jesús Munárriz, tal y como señalé en un artículo publicado en esta misma revista (“A propósito del último poemario de Jesús Munárriz: Haciendo tiempo” [leer aquí]). Pues bien, en el poemario que nos ocupa dicho motivo se traslada del campo de lo literario al de las artes plásticas, es decir, adopta la forma de lo que podríamos llamar picta manent (o sculpta manent, en alguna ocasión). Muestra de esa traslación son los siguientes versos:

Ella no está, pero aquí sigue estando,
en esta piedra que la copia y recuerda,

[…]

(Poema “Encovada”)

No ha descubierto nadie aún la clave
que identifique este relieve, pero
a todos nos intriga, nos inquieta,
nos dice algo esa mujer que en otro mundo
brindó su intimidad a un lapidario
para que al cincelarla
siguiera deslumbrando
cuando a ella, como a todos,
la aniquilara inexorable el tiempo.

(“La desconocida de Charroux”)

Me ha gustado legar mi cuerpo a Venus.
Yo le he dado la vida y ella me ha dado paso
a otra vida más alta y larga: la del arte.

(“Ante el espejo”)

Así reposa más de dos milenios
lanzándose al enigma.

Sigue sin sumergirse.

(“Il tuffatore”)

Una mujer y un hombre intactos
frente a la muerte, frente al tiempo,
en ese cuadro en que se unen
las dos mitades del espejo.

(“La Fornarina”)

Su cuerpo, en ese tránsito
entre la madurez y la sazón
en que todo concuerda con un plan impecable,
proclamaba el acuerdo de verdad y belleza,
de idea y realidad,
y desmontaba el tiempo y su erosión
con la ficticia eternidad del arte.

(“Sigue joven”)

Desnudos ante mí, frente a mis ojos,
recogí su belleza y la inmortalicé
para otros, en mis cuadros.

(“Odaliscas”)

El cuadro nos transmite su belleza,
su juventud gloriosa,
y dos siglos después de ser pintada
nos atrapa en sus redes Fortunée,
continúa triunfando
sobre el tiempo y los hombres.

(“Madame Hamelin”)

De mí no sabrán nunca ni quién ni cómo fui,
no verán mi sonrisa, ignorarán mis ojos,
pero no olvidarán mi atractivo más íntimo,
lo que llamó el maestro el origen del mundo.

(“Secreta belleza”)

Santa, musa o hetaira,
te eternizará el lienzo,
retendrá tu hermosura,
mantendrá tu recuerdo,
y, aunque te hayas perdido
en las nieblas del tiempo,
para cuantos te miren
palpitará tu cuerpo.

(“Las dudas del artista”)

Te pintaron de joven.
Ahora que los años han dejado en tu rostro
las huellas de su paso,
tu retrato permite a tus nuevos amigos
apreciar el encanto
de tu antigua belleza.

(“Ante el retrato de una dama”)

Mi mano hará que tu esplendor
provoque asombro, admiración,
cuando ni tú ni yo existamos,
y en ello estoy. Es mi tarea.

(“El pintor y la modelo”)

Repárese en el hecho de que en algunos de estos ejemplos es el artista o la modelo quien habla. Se trata de una variante peculiar del motivo, en el que la proyección y permanencia en el futuro es proclamada, con orgullo, por quien aún habita el presente, su presente (un presente que para nosotros, los lectores que constatamos lo acertado de la predicción, es ya pasado).

Concluyo con la observación precedente esta nota, pues considero satisfecho su modesto propósito.

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Archivo Entreletras

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