junio 2021 - V Año

LETRAS

Rafael Alberti, el poeta deshabitado

La sobresaliente significación literaria de Rafael Alberti, requiere un compromiso serio, riguroso y verdadero de los poderes públicos para salvaguardar y promover su legado.

EL ÚNICO Y VERDADERO RECONOCIMIENTO. La escritura comporta la responsabilidad mayor que es precisamente la que en su sustantivo se sustancia: la palabra escrita. En la alocución de Federico García Lorca a Fuente Vaqueros, su pueblo natal, en septiembre de 1931, con motivo de la inauguración de la biblioteca pública, en los dos primeros párrafos se expresaba así: «Antes que nada yo debo deciros que no hablo sino que leo. Y no hablo, porque lo mismo que le pasaba a Galdós y en general, a todos los poetas y escritores nos pasa, estamos acostumbrados a decir las cosas pronto y de una manera exacta, y parece que la oratoria es un género en el cual las ideas se diluyen tanto que sólo queda una música agradable, pero lo demás se lo lleva el viento. Siempre todas mis conferencias son leídas, lo cual indica mucho más trabajo que hablar, pero al fin y al cabo, la expresión es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme puesto que puede servir de enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí». En este sentido la determinación primera y última  del escritor es asentar definitivamente el mensaje al que los lectores se aproximaran. La palabra escrita es paréntesis para la lectura. El tiempo se detiene porque aquella arroja el ancla por la borda del texto y fija la posición para los que desean sentarse en derredor de su historia. La historia de las palabras olvidadas por el tiempo que son rescatadas en cada nueva lectura. De ahí su inmortalidad, aunque sin olvidar el profundo hecho humano, luego efímero, que lo engendra. El tiempo se convierte en único y verdadero, como lo es para aquel que lo detuvo -lo escribió- el reconocimiento anónimo de los que más allá de la muerte resucitan su palabra escrita, como a Lázaro, ¡Levántate y anda! Y que César Vallejo ceñiría a la categoría intacta de lo siempre venidero,  «¡Salud! Hombre de Dios. Mata y escribe».

EL HOMBRE DESHABITADO. En la edición de Andalucía del periódico ABC, de fecha 28 de febrero de 1931, se accede a la crítica del estreno de este primer acercamiento a la dramaturgia de Rafael Alberti. Fue estrenada en el teatro de la  Zarzuela de Madrid por la compañía de la actriz mexicana María Teresa Montoya. En la que se lee: «Esta lucha entre el bien y el mal es la que gravitando, crea el núcleo dramático del poema escénico, cuya moral puede contenerse en el buen uso que el hombre debe hacer de sus sentidos para gozar de las bienaventuranzas de la tierra». La representación tuvo en el propio autor una despedida altisonante que recoge el medio en cuestión de esta manera, «La estimación literaria y personal que sentimos por Rafael Alberti no obsta para que reprobemos las imprudentes palabras dirigidas al publico al finalizar El hombres deshabitado». Y es que su manifestación ante el auditorio era una insurgente proclama para los nuevos tiempos: «¡Muera la podredumbre del teatro actual y viva el exterminio!». Provocando que, entre otros, Jacinto Benavente y los hermanos Álvarez Quintero abandonaran el patio de butacas. Cincuenta y siete años hubieron de transcurrir para su reestreno el 14 de octubre de 1988 en el Centro Cultural de la Villa de Madrid. En esta ocasión fue José María Rodero el actor protagonista al que acompañaba, entre otros, Magüi Mira, Aitana Sánchez-Gijón, Antonio Dechen y Nacho Novo. Este espacio se conoce en la actualidad con el nombre del que fuera actor, director, novelista, dramaturgo, guionista y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Fernán Gómez. Recordemos las pretensiones del ayuntamiento de la capital de España que desde distinto signo y en diferentes mandatos políticos tuvieron a bien la decisión de sustraer temporalmente el nombre de este y más tarde los de Max Aub y Fernando Arrabal. Estos últimos de las salas teatrales del Matadero de Madrid. Finalmente ante el escándalo cultural tuvieron que desdecirse.

FUNDACIÓN RAFAEL ALBERTI. Desde el año 2010 la decadencia de esta institución ha ido incrementando una biografía lastimosa en cuanto a la revitalización de la obra albertiana y el legado que el propio poeta junto a la escritora María Teresa León, su primera esposa, cedió en 1978 al consistorio de El Puerto de Santa María, su ciudad natal. En aquella fecha se acordaba por el patronato de la entidad la extinción de la misma. Esta disolución aún no se ha concretado. El Protectorado de las Fundaciones Andaluzas, dependiente de la Consejería de Turismo, Regeneración, Justicia y Administración Local  de la Junta de Andalucía, no ha finalizado los trámites que culminen en este hecho. Con su creación en el año 1989 se abría una esperanzadora línea de actuación que con la apertura de la sede de la Fundación en la calle Santo Domingo, 25, en la que el poeta vivió siendo niño, posibilitó el aumento de los fondos, ya de por sí valiosos. Recordemos que la herencia cultural que atesora esta compuesta  por más de 500 obras artísticas. Entre ellas manuscritos y dibujos del poeta, más de 7000 ejemplares de su biblioteca personal y piezas de Picasso, Tapiès, Miró. La deuda de la Fundación asciende a 100.000 euros, que corresponde a impagos al secretario, su único empleado.

DÍA DE LA LECTURA EN ANDALUCÍA. La Junta de Andalucía, por acuerdo del Consejo de Gobierno de 24 de mayo de 2005, lo declaró como el día 16 de diciembre. La fecha fue elegida porque los días 16 y 17 de diciembre de 1926 se reunieron en Sevilla, entre otros, los escritores Federico García Lorca, Rafael Alberti, José Bergamín, Juan Chabas, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Jorge Guillén y Luis Cernuda para clausurar el homenaje al poeta cordobés Luís de Góngora. Este grupo de poetas se conocería posteriormente como la Generación del 27. Además, el 16 de diciembre es el día en que nació uno de sus más destacados miembros, Rafael Alberti.

EL TONTO DE RAFAEL. En su cautivadora y lúdica obra El alba del Alheli (195-1926), publicada en una tirada no venal por José María de Cossío, Andalucía -el Sur-, se descorre como un abanico donde los colores son solo una impresión primera y superficial de los estados de ánimo y circunstancias sociales que encarnan los seres a los que rescata del folclore con tintes de pasión y drama humanos. Una puerta abierta a la libertad, el mayor sacramento vital  que profesaba el autor de Marinero en tierra, obra que en el año 2024 cumplirá cien años y que es ganadora del Premio Nacional de Literatura. Desde esa actitud que le llevó a rechazar el Premio Príncipe de Asturias por lealtad a sus convicciones republicanas, no sería extraño pensar que en este tiempo donde su memoria poética parece dormir el sueño de los justos, se desvelará para sencillamente recitar en voz alta, recia  y clara por las calles de El Puerto de Santa María, aquel poema titulado El tonto de Rafael. La sorna e ironía que respira es el mejor aliado para enfrentar tanta necedad. «Por las calles. ¿Quién aquél? / ¡El tonto de Rafael!». Sin desmerecer los esfuerzos del actual ayuntamiento portuense y su pretensión de reflotar el proyecto, este requeirría la suma y conjunción de administraciones dispuestas a relanzar su proyección nacional e internacional. La vasta y fecunda dimensión literaria de Rafael Alberti no calza los estrechos y deslucidos zapatos de la realidad cultural española. Es un poeta deshabitado en su propio país.

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