agosto 2022 - VI Año

LETRAS

Razón y ser del Caín de Saramago, hacia una lectura en contexto (y II)

2022 – Centenario del nacimiento de José Saramago

La obsesión para el autor: Caín sigue vivo

Al principio de la historia de la humanidad, el mito bíblico evoca el fratricidio como momento fundacional de la cultura. Caín, el asesino que reconoció su culpa, iba a ser el origen de una prestigiosa línea de constructores, poetas, músicos y herreros. ¿No tiende este episodio de la historia de la humanidad a encontrar confirmación en la pesimista afirmación de Freud (1987): «Todos venimos de una larga línea de asesinos»? Pero, ¿no es el reconocimiento de esta falta lo que permitió que se constituyera la civilización? ¿No es el reconocimiento de que el crimen tuvo lugar lo que ayuda a evitar que una repetición desastrosa ensucie la historia?

En el Antiguo Testamento, leemos que después que Caín mato a su hermano Abel con la quijada de un animal. Nada dice de la postura de Abel y de cómo entregó lo mejor de sí mismo. A Saramago le interesa el desterrado y en principio gran asesino de la historia. Desde el siglo IX, los artistas suelen representar al primogénito de Adán y Eva matando a su hermano de un golpe propinado con una quijada de asno, Saramago se acoge a esta tradición que en realidad pertenece a Sansón, tal y como se relata en Jueces 15;15-17:

15 Y hallando una quijada de asno fresca aún, extendió la mano y la  tomó, y mató con ella a mil hombres.
16 Entonces Sansón dijo: Con la quijada de un asno, un montón, dos  montones; con la quijada de un asno he matado a mil hombres.
17 Y sucedió que al acabar de hablar, arrojó de su mano la quijada y llamó a aquel lugar a Ramat-lehi.

Esta imagen metafórica e icónica, forma parte de nuestro subconsciente colectivo no existe ninguna referencia documental en las Sagradas Escrituras, como decimos, que avale ese convencimiento; es decir, ni la Biblia ni el Corán citan, expresamente, que ese hueso fuera el arma homicida. Aun así, las Bellas Artes se hicieron eco de esa tradición e inmortalizaron a Caín de pie, inclinado sobre Abel, que permanece tendido en el suelo, desnudo, indefenso y con gesto incrédulo; mientras el labrador lo reduce, agarrando con fuerza la mano del joven pastor de ovejas a la altura de su cuello y blandiendo la quijada para golpearlo hasta quitarle la vida. De esta forma, a mediados del siglo XVIII, el italiano Gaetano Gandolfi inmortalizó el primer asesinato que narra el Génesis. Su cuadro no destaca por la originalidad temática –de hecho, muchos otros pintores han escenificado ese fratricidio: Tintoretto, Tiziano, Negretti, Francken, Rubens, Rembrandt, Manfredi, Bacchiacca, Spada, Coxcie, de Vos, Levine, Loth, Cotman, Schiavone, Vouet, etc.– pero en el óleo de Gandolfi se aprecia, sin lugar a dudas, que el arma homicida fue la mandíbula inferior de un animal.

Más adelante se puede leer: » Y yo, el Señor, puse una marca sobre Caín, para que no lo matara cualquiera que lo hallase». Saramago en la página 41 del libro que estamos manejando (1), expone esas dudas: andarás errante y pondré una señal en tu frente. Forman sin lugar a dudas el centro del libro.

Al ser desterrado de la presencia del Señor, y ser un fugitivo y vagabundo que no podría ser asesinado, ¿podemos concluir que no podría morir?, ¿la maldición consiste en que estaría errante sobre la tierra y no podría ser asesinado, más bien, moriría en soledad por causas naturales?, ¿es acaso la maldición vivir errante sobre la faz de la tierra, escondido de la gente, y sufrir mientras contempla su soledad y su miseria? Esas son un fundamento de las dudas de Saramago. Quizá la citación más sólida para apoyar la idea de que Caín permanece vivo hasta hoy, se encuentra en una historia mencionada en el libro: Life of David W. Patten: The First Apostolic Martyr

Mientras iba sobre mi mula, repentinamente me di cuenta de un personaje algo extraño que caminaba a mi lado… Su cabeza llegaba casi a la altura de mis hombros, estando yo sentado en la silla de montar. No llevaba puesta ropa alguna, sino que estaba cubierto de pelo. El color de su piel era sumamente obscuro. Le pregunté dónde vivía, y me contestó que no tenía hogar; que era vagabundo en la tierra e iba de acá para allá. Dijo que era un ser muy miserable, que sinceramente había procurado la muerte durante su jornada en la tierra, pero que no podía morir; y que su misión era destruir las almas de los hombres. Cuando se expresó de esta manera, lo reprendí en el nombre del Señor Jesucristo y en virtud del santo sacerdocio, y le mandé que se apartara de allí, e inmediatamente se alejó de mi vista. (p.50) (2)

Ciertas dudas sobre la autenticidad del relato aparecen debido a que se trata de un documento de tercera mano, es decir, es el relato tomado de una carta, de una persona contando lo que había escuchado, años después de ocurrido el suceso y sin ser testigo ocular del evento en cuestión. De alguna manera, en las leyendas tradicionales como la de Pie grande o Bigfoot aparece un hombre de complexión muy grande, negro y con cantidad de pelo probablemente porque vive errante y asalvajado. Muchas leyendas se relacionan con el hecho de que Caín sigue vivo.

En los tiempos de Noé, -un personaje por cierto muy atrayente para Saramago-  la tierra fue totalmente cubierta por las aguas, esto fue el bautismo de la tierra y simbolizó su purificación. El bautismo por fuego todavía no ha llegado, según las exégesis sagradas y según estas mismas la tierra ahora se prepara para que suceda ese fuego con la llegada del Dios de Israel que no es otro que la segunda venida de Jesucristo. Pero entonces ¿Es posible que la tierra esté debidamente purificada de toda iniquidad si Cain, posiblemente uno de los hombres más inicuos en la historia humana, hubiese sobrevivido? Pudo haberse metido en el arca sin ser visto. Podría haber sido “protegido” por Dios para que continuara su peregrinación y castigo o destino, según se mire. En 1 Pedro 3:20 afirma claramente que solo ocho almas se salvaron, los cuales serían: Noé y su esposa, sus tres hijos y sus respectivas esposas (Genesis 7:13). Tales versículos no dejan margen para la existencia mortal de Caín durante y después del diluvio. Pero tampoco es congruente y está en el fondo de toda la narración saramaguiana.

Es interesante notar la importancia del diluvio, como parte de la purificación de la tierra,  y fue tan grande la mortandad que el Señor hizo un pacto de no volver a llenar la tierra con agua, colocando «un arco en las nubes como señal del pacto» (Genesis 7:10), Este diluvio fue mostrado a Enoc, tanto que él vio a Noé y el arca, donde dice: «Enoc vio que Noé construyó un arca; y que el Señor estuvo complacido con ella, y la sostuvo con su propia mano; pero las aguas descendieron sobre el resto de los inicuos y los tragaron» (Moises 7:43). Los grandes “profetas” nunca han sido especialistas en hacer algo en concreto (Moisés conducir el pueblo, Noé construir un arca, Salomón construir un Templo, pero lo hacen por inspiración divina. Si bien se mira Magallanes era cartógrafo no marino, igual que Cristóbal Colón. Sin embargo, a Saramago le tiene a mal traer la idea del arca, su construcción y su sentido casi metafísico.

¿Es posible que Caín sea la única persona impura e inicua que no fuera tragada por las aguas y que la tierra recibiera su bautismo, un bautismo indispensable, por inmersión, con la debida autoridad del Señor, cumpliendo los requisitos necesarios y que éste ocurriera con Caín sobreviviendo y habitando la faz de la tierra? Esta afirmación sería en cierto modo confusa, parte de la interpretación general afirma que Caín estaría 40 días y 40 noches bajo el agua, llevado por las corrientes, pero afirmar tal cosa escapa de la doctrina de la total purificación y dotaría a Caín de un cambio anatómico importante para soportar y resistir la vida bajo el agua, y para tales suposiciones o afirmaciones, no tenemos evidencia escriturística o siquiera algún relato que nos permita suponer tal cosa. Pero sí que dicho cambio anatómico podría estar en la base de ciertas leyendas.

¿Y la maldición?

De acuerdo con algunos investigadores algunas de las primeras interpretaciones de la Biblia en el cristianismo sirio combinaban la maldición y la marca de Caín, e interpretaban la maldición como la piel negra. Interpretaban que al sentirse Caín rechazado y según el texto bíblico “su rostro se ensombreció” y que el cambio de color de la piel de Caín se hizo permanente.

Efrén el Sirio (306-378) afirma que Abel era brillante como la luz/pero su asesino (Caín) era oscuro como la oscuridad. En el cristianismo armenio, en el llamado Libro de Adán (siglo V-VI d. C.) está escrito: Y el Señor estaba enfurecido con Caín. Tocó el rostro de Caín con lluvia, que se ennegreció como carbón, y su rostro se quedó negro. El libro irlandés Saltair na Rann (El Salterio en Verso, 988) muestra al arcángel Gabriel anunciando a Adán El oscuro e irresponsable Caín va a matar a Abel. ​

El cisma entre las iglesias baptistas del Norte y el Sur de los Estados Unidos, por ejemplo, por la cuestión de la esclavitud y la cuestión de los esclavos se tradujo en sus doctrinas. Y durante el siglo XVIII alrededor de un 40% de los predicadores baptistas de Carolina del Sur poseían esclavos. Cuando se produjo el cisma, los baptistas sureños utilizaron la maldición de Caín como una justificación para el esclavismo. De hecho, durante la mayor parte del siglo XIX y durante el siglo XX, la Convención Baptista del Sur, y las congregaciones sureñas, enseñaban que existían dos paraísos separados: uno para los blancos y otro para los negros.​

Los baptistas y otros grupos cristianos como los pentecostalistas enseñaron oficialmente o practicaron diversas formas de segregación racial hasta mediados o incluso finales del siglo XX, aunque miembros de todas las razas fueron aceptados en los servicios de adoración después de 1970-1980, cuando se cambiaron muchos elementos doctrinales. De hecho, no fue hasta 1995 que la Convención Baptista del Sur renunció oficialmente a sus raíces racistas.

Abraham, Lilith y Lot: el desafío a la obediencia

Lilith o Lilit, es una figura iconográfica representada en las artes plásticas en la tradición judeocristiana, como mujer fatal en los finales del siglo XIX y actualmente utilizada en publicidad.

Los judíos que vivían en Babilonia llevaron a su tierra de origen la creencia en esta criatura maligna, cuyo nombre, adaptado a la fonética del hebreo como לילית (Lilith), se puso en relación con la palabra parónima hebrea ליל, laila, ‘noche’. El origen de la leyenda que presenta a Lilith como primera mujer se encuentra en una interpretación rabínica de Génesis 1, 27.4. Antes de explicar que Yahveh dio a Adán una esposa llamada Eva, formada a partir de su costilla,​ el texto dice: «Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó». Si bien hoy suele interpretarse esto como un mismo hecho explicado dos veces, otra interpretación posible es que Dios creó en primer lugar una mujer a imagen suya, formada al mismo tiempo que Adán, y solo más tarde creó de la costilla de Adán a Eva.

La figura de Lilith como esposa rebelde de Adán, que abandona a su marido y el jardín del Edén, aparece por primera vez en el folclore judío de mano del Alfabeto de Sirach, un texto medieval de tono satírico datado entre los años 700 y 1000. Formula la historia como parte de una narración contada por Ben Sira al rey Nabucodonosor II, la cual también introduce la tradición mágico-religiosa de poner un amuleto alrededor del cuello de los niños recién nacidos, con el nombre de tres ángeles (Snvi, Snsvi, Smnglof), a fin de protegerlos de Lilith hasta recibir la circuncisión.

El Génesis Rabba, midrás sobre el libro del Génesis, recopilado en el siglo XV en Palestina, señala que Eva no existía todavía en el sexto día de la Creación. Entonces Yahvéh había dispuesto que Adán diese nombre a todas las bestias, aves y otros seres vivientes. Cuando desfilaron ante él en parejas, macho y hembra, Adán —que ya era un hombre de veinte años— sintió celos de su amor, y aunque copuló con cada hembra por turnos, no encontró satisfacción en el acto. Por ello exclamó: «¡Todas las criaturas tienen la pareja apropiada, menos yo!», y rogó al Dios que remediara esa injusticia.

Según el Yalqut Reubeni, colección de comentarios cabalísticos acerca del Pentateuco, recopilada por R. Reuben ben Hoshke Cohen (muerto en 1673) en Praga:

Yahvéh formó entonces a Lilith, la primera mujer, del mismo modo que había formado a Adán. De la unión de Adán con esta hembra, y con otra parecida llamada Naamá, hermana de Tubalcaín, nacieron Asmodeo e innumerables demonios que todavía atormentan a la humanidad. Muchas generaciones después, Lilit y Naamá se presentaron ante el tribunal de Salomón disfrazadas como rameras de  Jerusalén. (p. 345)

Adán y Lilith nunca hallaron armonía juntos, pues cuando él deseaba tener relaciones sexuales con ella, Lilith se sentía ofendida por la postura acostada que él le exigía. «¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual». Como Adán trató de obligarla a obedecer, Lilith, encolerizada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y lo abandonó.

Saliendo del Edén fue a dar a las orillas del mar Rojo (hogar de muchos demonios). Allí se entregó a la lujuria con éstos, dando a luz a los lilim. Cuando tres ángeles de Dios fueron a buscarla (Snvi, Snsvi y Smnglof), ella se negó. El cielo la castigó haciendo que muriesen cien de sus hijos al día. Desde entonces las tradiciones judías medievales dicen que ella intenta vengarse matando a los niños menores de ocho días, incircuncisos.

En el mito sumerio Lilith es una diosa o fuerza independiente asociada a la oscuridad y temida por los hombres. En el mito hebraico representaría la igualdad frente al hombre ya que fue creada a su semejanza. Así, viéndose igual a Adán se rebeló ante sus exigencias de sometimiento y lo abandonó. Tuvo otros amores y muchos hijos. Fue, en este sentido la primera mujer libre de la historia y por ello considerada tradicionalmente como ‘mujer fatal’, la perdición de los hombres, la diablesa, la demoníaca, la femme fatal de la que había que alejarse. Representaba todo lo contrario de la esposa fiel y madre abnegada y obediente. En la tradición judeocristiana, se perpetúa la imagen de Lilith a lo largo del tiempo con diferentes iconografías y características: serpiente, mitad animal y mitad humana, diablesa, mujer de belleza y sensualidad arrebatadora, siempre desnuda y provocadora.

En el último tercio del siglo XIX aparecen, primero en los prerrafaelistas, diversas representaciones de la mujer como mujer fatal o femme fatale como respuesta a las demandas de emancipación -igualdad de derechos, libertad sexual, sufragio- de la mujer. Estos artistas recuperan la iconografía tradicional, actualizándola, ante el miedo que sentían ante las reivindicaciones de los movimientos de las sufragistas. Erika Bornay  en Las hijas de Lilith, (Cátedra, 2010) sostiene que la sociedad patriarcal no aceptaba esas demandas y, algunos de los artistas de la época ofrecieron representaciones extravagantes y exageradas del peligro que la mujer podía representar, para lo que la pintaban recurriendo a la iconografía histórica -Judit, Salomé, Lilith- siempre representadas desnudas y en actitud insolente, provocadora o altiva. Dichas obras reflejan el desconcierto, el miedo y oscuro deseo de los hombres que no llegaban a comprenderlas.

Para Saramago, Lot tiene todo el derecho de volverse a encontrar con el pasado: “Hasta hoy nadie ha conseguido comprender por qué fue castigada de esa manera, cuando es tan natural que queramos saber qué pasa a nuestras espaldas”. (p. 107) Lo que no entiende Saramago a lo largo de todo el análisis de los personajes y acciones con las que su pupilo se encuentra, y que sin duda se une a la materia central del libro, es el principio de la obediencia en general, el poder que puede ejercer un “ser superior” castigando continuamente a los seres de la tierra sin poder acoger para sí ninguna perspectiva y lo que mayor peso tiene es la privación de libertad y obediencia, menos a un ser superior.

La misma obsesión manifiesta en la incapacidad de comprender que un padre pueda disponer de la vida de su hijo, entrando en un debate sobre el caso ante la imposibilidad de asumir el poder que un padre o una madre pueda tener sobre el nacimiento de un hijo, por ejemplo. Este tema controversial en nuestra actualidad, se confronta con la función del “Señor” que deja que mueran niños, como seguimos haciendo los hombres en cierto modo, no parece destacar del lado de qué o de quién está Saramago. Así lo expone Saramago claramente las siguientes frases dedicadas a Abraham:

El señor no es persona de la que uno pueda fijarse. Hará unos tres días, no mucho más, el señor le dijo a Abraham, padre del  muchachito que llevaba a la espalda el haz de leña, llévate contigo a tu único hijo, Isaac, a quien tanto quieres, vete a la región del Moria, y me lo ofreces en sacrificio sobre uno de los montes que te indicaré. El lector ha leído bien, el señor ordenó a Abraham que le sacrificase al propio hijo, con la mayor simplicidad lo hizo, como quien pide un  vaso de agua cuando se tiene sed, lo que significa que era costumbre suya y muy arraigada. (p.88)

Y un poco más adelante también vuelve al mismo punto de partida: “No puede ser bueno un dios que le da a un padre la orden de que mate y queme en una hoguera a su propio hijo simplemente para poner a prueba su fe, eso no se le ocurriría ni al más maligno de los demonios” (p. 142)

Parece cierto entonces que este ensayo ¿es un divertido poema herético e irreverente, o el doloroso testamento de un escritor que cierra su obra con el cuadro de una humanidad de la que no hay nada que salvar, ya que hasta su Dios es malo?

Lo que queda es la valentía de un Caín, por lo demás bastante simpático o compasivo que vaga por el mundo y observa por doquier la venganza de los hombres manipulados por un Dios vengativo e intolerante, y que se atreve a echarle en cara su propia maldad: Eres un malvado, Caín. ¡Tú mismo, Dios!

También se puede decir que uno se ríe amargamente de la lectura de esta fábula chirriante, servida por el inimitable estilo de Saramago, que atrapa al lector en un flujo ininterrumpido de comas, salpicado de puntos de humor y observaciones iconoclastas.

Lo paradójico es el final: “La historia ha acabado, no habrá nada más que contar”. p.189). Una última frase intrigante y muy conmovedora cuando uno sabe que pocos meses después Saramago se iba para siempre. ¿Fue la premonición de un anciano que presintió que su fin estaba cerca? ¿Fue la lucidez del escritor sobre su última novela? Entonces, ¿por qué Saramago eligió la Biblia, Dios y su relación con los hombres, como tema de este último texto, o más bien fue al revés?

Notas:
1.-Saramago, José: Caín, Madrid, Alfaguara-Santillana (versión en español) 2009.
2.-Lycurgus A. Wilson, Life of David W. Patten, Salt Lake City: Deseret News, 1900, pg. 50. (El milagro del Perdón, p.61) (puede encontrarse en el siguiente enlace de los archivos de BYU: http://emp.byui.edu/marrottr/cainandpatten.pdf)

Rosa Amor del Olmo

Doctora en Filosofía y Letras. Profesora de Universidad. Directora de la Revista Isidora de Estudios galdosianos. Autora de una veintena de libros.

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Quevedo en sociedad II.- La crítica como ‘función’ social

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Quevedo en sociedad I.- El hombre, la sociedad

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VII Certamen de Novela Histórica de Úbeda

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Antología poética. Alfonsina Storni

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Ángel González: palabra sobre palabra

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Galdós y el melodrama

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IV encuentro de Poesia a Sul

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Feminismos: la mujer sobre la letra

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El Hidalgo: literatura y pobreza

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (y II)

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (I)

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El nazismo para Antonio Ramos Oliveira en 1930

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Ana Caro Mallén: una esclava en los corrales de comedias del siglo XVII

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José Rodrigues Miguéis, casi olvidado

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Tristeza que es amor. Alusión a Don Quijote

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George Sand: ‘Un invierno en Mallorca’

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (y II)

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (I)

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Imagen de José Ángel Valente

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Valente, sin aditivos

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Valente: Qué la palabra sea solo verdad

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José Ángel Valente, en ‘el borde de la luz’

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John Berger: ‘Un hombre afortunado’

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Los desafíos de Lou Andreas-Salomé

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La primavera y su sombra

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El Conde de Montecristo, historia de una venganza

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Luis Martín-Santos y James Joyce

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Los cimientos culturales del abolicionismo: Harriet Beecher Stowe

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Pinceladas sobre Agatha Christie

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (y II)

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

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Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

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El eterno romanticismo

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Qué es ser agnóstico

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Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

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El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

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El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

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La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación