Destellos de paz
M.ª Paz Arés Osset
Sunrise Editorial, 2025
Páginas: 120
El libro se abre con dos citas que no son ornamentales, sino programáticas. afirma: «El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender»; y añade: «Abrid escuelas y se cerrarán cárceles». No son solo dos frases iniciales: son una declaración de intenciones. Educación, infancia, transformación. Desde ahí se entiende mejor todo lo que viene después.
Destellos de paz está escrito desde una voz que no se esconde ni se cuestiona constantemente. Es una escritura de afirmación, de creencia, de entrega a una idea central: el amor como fuerza que atraviesa la vida, lo humano y lo divino. Esa claridad le da al libro una coherencia fuerte, reconocible desde las primeras páginas.
La presencia de Dios es constante. No aparece como figura distante ni doctrinal, sino como una realidad integrada en la experiencia emocional: luz, energía, guía, sentido. En poemas como “Fluir eterno”, “Luz en la oscuridad” o “La paz”, lo divino se vincula a la esperanza, a la confianza en que existe un orden más allá del caos, incluso cuando el mundo falla. La autora insiste en una idea: el amor, y lo que lo trasciende, no abandona.
Pero el libro no se queda en lo espiritual. Hay una línea muy marcada dedicada a los niños, vinculada claramente a su experiencia como docente. Aquí la escritura cambia de temperatura: aparece lo concreto, lo cotidiano, la relación directa. Los niños no son símbolo, son presencia. Y en esa presencia se encarna precisamente la idea de las citas iniciales: educar no es llenar, es despertar.
También hay espacio para lo personal en un sentido más directo, como en el poema dedicado a Leonor Merino. En este caso, la emoción se construye desde una relación concreta, lo que introduce un contraste con los textos más abstractos o universales.
La geografía cumple asimismo un papel relevante. Lugares como Asturias, Valencia o Bosnia aparecen como referencias que conectan el poema con la memoria, la experiencia o lo colectivo. En “Paz en el abrazo de Asturias”, el paisaje se presenta como una vivencia real; en otros textos, como los que remiten a Bosnia, se introduce una mirada más abierta hacia lo histórico y lo social.
Otro de los núcleos importantes del libro es Valencia. No como paisaje decorativo, sino como vínculo emocional. En los poemas dedicados a esta ciudad, especialmente en relación con la DANA, aparece una implicación personal, casi dolida. La autora escribe desde la cercanía: habla de pérdida, de impotencia, de injusticia, pero también de resistencia. Aquí el discurso se abre hacia lo social y lo político, señalando la corrupción, el abandono y la responsabilidad de quienes gobiernan. El tono se vuelve más directo, menos simbólico.
Esa dimensión crítica se conecta con otro de los momentos más contundentes del libro: “Ahora es ya hora del grito sonoro”. Este poema marca un punto de inflexión. La voz deja de ser contemplativa para volverse colectiva. Habla de mujeres cansadas, de silencios impuestos, de violencia, de hartazgo acumulado. El grito aparece como necesidad, como ruptura, como acto de dignidad. No es un poema más: es un golpe de mesa dentro del conjunto.
El lenguaje del libro mantiene una intensidad constante. Recurre con frecuencia a imágenes de luz, fuego, energía, transformación. Hay una voluntad clara de elevar el tono y sostenerlo. Esto da unidad, pero también puede generar, en algunos tramos, cierta sensación de continuidad y uniformidad, sin demasiados cambios de ritmo, que facilita la lectura, empero al mantenerse un nivel emocional alto, resulta más difícil que determinados poemas destaquen con claridad sobre otros.
Cuando el libro introduce elementos más concretos, niños, ciudades, experiencias reales, la escritura gana relieve y profundidad.
En el plano visual, las imágenes que acompañan los textos refuerzan el carácter del poemario. No están ahí como adorno: forman parte del discurso. Colores intensos, formas en movimiento, figuras simbólicas… todo responde a la misma lógica expresiva.
A esto se suma el acceso, mediante código QR, a una banda sonora creada por la autora en plataformas. Esta dimensión musical no es un añadido superficial: amplía la experiencia y confirma que el libro se plantea como un proyecto artístico completo.
Destellos de paz no es un libro de medias tintas. Es un libro que afirma, que insiste, que cree. A veces esa intensidad se mantiene en un mismo nivel durante largos tramos, pero cuando la voz se abre a lo concreto, a los niños, a Valencia, a la denuncia, a la experiencia vivida, el libro adquiere una fuerza distinta.
Y es ahí, en esos momentos donde lo universal se encarna, donde el poemario encuentra su forma más sólida y más verdadera.











