El buen azar
Enrique Álvarez
La Discreta, 2025
Necesidad del azar
Cuando se dirigía a Monserrat, san Ignacio de Loyola mantuvo una conversación con un caballero «moro» a quien había encontrado en el camino. El caballero «moro» expresó sus dudas acerca de la virginidad de María. San Ignacio se separó de él, pero, pensando en la conversación, «le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho». Sin saber bien qué hacer, pensó san Ignacio que mejor sería dejar la decisión a la mula que cabalgaba. Si esta seguía el camino que había tomado el «moro», lo buscaría y «le daría de puñaladas». Si la mula continuaba por «el camino real», san Ignacio se olvidaría del asunto. La mula continuó por el camino real. Así lo «quiso nuestro Señor», pensó el santo. San Ignacio interpretó la decisión de la mula como un ejemplo de la agencia divina.
Esta anécdota de la biografía de san Ignacio permite abordar, en sus propios términos, un elemento constituyente de El buen azar, la novela de Enrique Álvarez recientemente publicada. Mencionaré un solo ejemplo entre los varios que sorprenderán al lector en esta obra. Uno de los personajes, casi al finalizar la novela, a punto está de tener un accidente de coche. «Un poco antes de pasar frente a Las Navas, aún de noche, el cansancio le pudo, y Javier se durmió. Fueron solo tres o cuatro segundos. Iba a algo más de cien por hora, y el coche se salió al arcén y golpeó la valla, pero pudo dar a tiempo un volantazo e increíblemente mantuvo el rumbo» (págs. 278-279). El personaje recapacitó sobre lo ocurrido. El accidente era un claro aviso. ¿Cómo interpretar este aviso? Javier se preguntó por el sentido del accidente. «Era un aviso del buen Dios» (pág. 279). Pero, a diferencia de san Ignacio, Javier decidió mantener su elección, decidió desoír el aviso, no revisó una decisión ya tomada, eligió salir al encuentro de «una vida no decente» (pág. 279). Javier, a decir verdad, no cree en la trascendencia de los hechos. Los hechos son solo hechos, y el mundo está regido por la casualidad. «Simplemente, había tenido suerte: el buen azar estaba con él, y su deber de hombre era aceptarlo, porque solo el azar regía la vida» (pág. 279). Si no hay providencia divina, solo hay azar, hay buena suerte y hay mala suerte. Las elecciones y decisiones personales alzan el vuelo y se despegan del suelo de los compromisos.
El hecho de que este personaje, en el primer momento, se preocupe por la interpretación de lo que acaba de ocurrirle es importante. La novela de Enrique Álvarez es el testimonio contemporáneo de una desaparición: nadie en el mundo contemporáneo piensa que cualquier hecho inesperado oculta la raíz de su origen, de su causa, en la voluntad de Dios. ¿Nadie? Casi nadie. Es importante para el lector que, ante un hecho imprevisto, fortuito, el personaje haga examen de conciencia, y descarte la agencia divina en lo ocurrido.
La blasfemia que san Ignacio deja pasar sin sanción, que pudo haberse castigado con la pena de muerte, la decisión de Javier, que involucra el destino futuro de tres personas, no son acontecimientos poco importantes. Y son ejemplos que permiten entender en qué forma la comprensión del fenómeno del azar puede enlazarse con muy diferentes tipos de juicios sobre lo ocurrido.
La urdimbre de la novela reúne de manera principal sus hilos en el escenario de un colegio e internado de la ciudad de León en 1974. Este es el año del atentado de la calle del Correo, en Madrid. Uno de los profesores, clérigo de una orden que no se identifica, ha sido acusado de pederastia. En torno a este hecho se teje una trama de hechos que, en cada caso, propician la pirotecnia del azar. Pero la urdimbre la integran hilos contados: el padre prior y el prefecto —es decir, la jerarquía eclesiástica del colegio, una jerarquía que tiene una participación más o menos indirecta en los hechos—, el fraile pederasta, y un estudiante, que es quien denuncia al pederasta.
La trama de la novela se cruza y enlaza con la urdimbre de forma sorprendente. Sin destruir el derecho del lector a gozar de la autonomía de su lectura, puede decirse que hay en esta obra un pederasta, hay un asesinado, hay un asesino, hay otro causante más o menos directo del asesinato, y hay un grupo de personas que son o representan la jerarquía eclesiástica. En torno a estos datos el lector tiene el derecho y acaso la obligación de inquietarse. Las leyes humanas ¿fueron fieles a los fines que dicen proteger? ¿Así lo «quiso nuestro señor»? La lectura de la novela será muy diferente si se sigue uno u otro curso de pensamiento, el de la ley humana o el de la ley divina. «Los castigos humanos son a menudo peores que los males que quieren remediar. El castigo que no falla es el divino, ese sí que será justo y purificador» (pág. 259), dice casi al final de la novela el director del colegio. Los castigos humanos los conoce el lector, son los que, trama y urdimbre, crean el tejido que vestirá a cada personaje. Los castigos divinos o, por mejor decir, los juicios divinos sobre los personajes, son los mismos que conocen las leyes humanas. Pero en la valoración de ambas formas de justicia el lector verá comprometida su responsabilidad como lector.
Según las leyes humanas, el fallecido fue cruel e injustamente asesinado; y el asesino recibió todo el consuelo de una justicia que cifra su eficacia en el poder de la reinserción; por su parte, el pederasta, el causante de la tragedia, si se permite el coloquialismo, «se fue de rositas», pues ninguna responsabilidad se le exigió por lo ocurrido, la jerarquía eclesiástica se desentendió de sus deberes.
El castigo divino, por su parte, solo puede pensarse en este caso por comparación con los procedimientos penales humanos, por «los castigos humanos». La persona asesinada era una persona que deshonraba su ministerio: había perdido la fe. El asesino era un menor a quien su edad debía permitirle la posibilidad de arrepentimiento. Por último, el causante de la tragedia, el pederasta, no recibe ningún castigo, pero las autoridades eclesiásticas se mueven con diligencia y discreción para evitar la comisión de futuros delitos.
Pensar en los dos planos que entienden de los castigos humanos y los que atañen a los castigos divinos, algo que la novela consiente sin dificultad, brinda al lector la vista de dos paisajes muy diferentes entre sí. Las buenas obras literarias no son las que ofrecen soluciones, sino las que plantean problemas que deben juzgarse en el tribunal de la conciencia de cada lector. La novela El buen azar plantea, entre otros, los problemas descritos, pero no guía al lector a ganar una posición que rime con las inquietudes o deseos del autor, con un discurso que legitime ideas previas o prejuicios, o que solicite modificaciones de las ideas propias. A nada de esto convida la lectura de la novela. El lector habrá cerrado la novela tras leer la última página, y se hallará en la posición de tener que someter al fuero de su conciencia el sumario de lo ocurrido, para redactar su propio fallo, su propia sentencia.











