abril de 2024 - VIII Año

Poesía en la obra de Vincent van Gogh

Autorretrato (1890, Museo de Orsay, París)

Escribir sobre Van Gogh es manifestarse sobre uno de los pintores más populares de la historia del arte, de los más queridos y de los más admirados. Su vasta obra pictórica es conocida y está repartida en varios museos por diferentes partes del mundo, se trata de una obra genial que ha logrado cautivar las miradas de millones de personas, una obra muy singular que lo identifica claramente entre otros célebres pintores.

Sabemos que Vincent van Gogh fue un hombre que tuvo una vida infeliz, atormentada, difícil, una vida sin amor, sin recursos, sin dinero, que vivió la mayor parte de ella gracias a la ayuda que, generosa y constante, le prestó su hermano Theo. Sabemos que Van Gogh buscaba su lugar, su sitio en este mundo, quería ganarse la vida honradamente. Fue un hombre con el deseo no cumplido en vida de hacer algo útil, algo reconocido, de tener desarrollo profesional y éxito personal. En una carta a su hermano le decía en agosto de 1888, “… Aquellos días en los que uno llega a casa sin nada y no por eso deja de comer, dormir y gastar dinero, entonces uno se siente insatisfecho consigo mismo, como un desgraciado o un inútil”. Van Gogh luchó denodadamente por ser independiente y mantenerse por sus propios medios, pero no lo consiguió. Sabemos también que era un hombre de difícil trato, de mucho temperamento y poco hábil en las relaciones con los demás, que no era un hombre sociable, y además que era un hombre que estaba enfermo, con una enfermedad que en esos tiempos no tenía un adecuado tratamiento. En definitiva, vivió una vida desgraciada en la que se sintió en todo momento un gran incomprendido.

Sin embargo, pese a esta vida tan marginada y solitaria, dentro de ese hombre había una sensibilidad especial. Van Gogh era creyente y tenía una talla espiritual fuera de lo común, era un ser apasionado de lo que le atraía, era capaz de ver y sentir todo aquello que para la mayoría pasa desapercibido. Y era un hombre observador y estudioso que aprendía rápido de la experiencia. Por otra parte, fue un hombre cargado de romanticismo, de amor; un amor que siempre quiso entregar a quien le amara. En muchas de sus cartas aparece el amor como algo importantísimo, vital para nuestras vidas, y lo defiende con firmeza: “El amor es algo positivo, potente, tan profundo que es completamente imposible sofocar ese amor y luchar contra él”, escribía el pintor en 1881, con 28 años, cuando estaba enamorado de su prima Kate, a quien se declaró y esta le rechazó.

Cuando se habla de Van Gogh, en general solo hablamos de su pintura. No se piensa en la literatura que rodea esta figura excepcional de las artes, una literatura que fue desarrollando al mismo tiempo que sus dotes de pintor. Tampoco se piensa que sus cuadros son una derivada de su sensibilidad, de los sentimientos y de las emociones que el pintor tenía con todo aquello que le rodeaba, fundamentalmente con el protagonismo del color; ni pensamos en sus vivencias, en ese día a día que tan malos ratos le hicieron pasar en muchas ocasiones y que, no obstante, inspiraron muchas de sus obras. Acudo aquí al claro ejemplo de las dos sillas solitarias que pintó en sendos cuadros: “La de Gauguin y la suya propia” a las que me referiré algo más adelante.

Autorretrato con sombrero de paja (1887-88)

He mencionado literatura porque Vincent Van Gogh tuvo una nutrida correspondencia con su familia y amigos, principalmente con su hermano Theo a quien corresponde casi las tres cuartas partes de su epistolario. Los dos estaban muy unidos. Curiosamente, cuando murió Van Gogh su hermano le siguió en la muerte seis meses después. Nuestro pintor escribió alrededor de novecientas cartas, de las cuales gran parte de ellas se conservan gracias a los cuidados de Theo. “Tenemos que escribirnos con mucha frecuencia”, le dijo el 13 de diciembre de 1872, cuando tenía diecinueve años. Estas cartas, que fueron escritas a lo largo de veinte años, se consideran una obra de arte lingüística en sí misma. En la investigación realizada para el libro “Versos para Van Gogh”, al profundizar en esta correspondencia, no solo descubrimos un magnífico estudio sobre los colores, sino que vemos que este artista es un ser excepcional que nos emociona, y nos emociona por los testimonios que nos cuenta de su vida, por ser un hombre con unos valores personales de alto nivel y calidad, y también por la nobleza con la que escribe y detalla todas sus vivencias, todo lo que le conmueve. Cuando ponemos en relación su pintura con las cartas, que son las que nos han hecho conocer una parte importante de su pensamiento y de todo aquello que él sentía en los principales aspectos de su vida, vemos la gran conexión existente y al mismo tiempo toda la poesía que hay en su obra.

Van Gogh manifiesta en sus cartas una forma de escribir que tiene un gran contenido lírico, su obra literaria centrada en la correspondencia está muy reconocida. Ahí encontramos la poesía de la que quiero hablar. Son muchos los escritos en los que Van Gogh manifiesta su sensibilidad de poeta. Los argumentos de Van Gogh en sus cartas están descritos con una carga lírica y filosófica que impresiona, tienen un alto nivel literario, en estos argumentos se manifiesta claramente la conexión entre la pintura y la poesía que hay en sus escritos y en sus cuadros. Esta poesía aflora en el momento en que nos habla del color, de la elección de un determinado paisaje, de las personas que le rodean, de las razones para interpretar a algunos pintores que le atraían, y otros muchos e interesantes detalles que afloran en su correspondencia.

Era un hombre detallista, que se abstraía contemplando todo aquello que le gustaba, como por ejemplo la observación del cielo; en algunas ocasiones escribió “El brillo de las estrellas siempre me hace soñar”. El proceso de creación de este artista está unido al de su correspondencia, porque una gran parte de sus cuadros están descritos con múltiples detalles, con misticismo incluso en algunas ocasiones, encontramos la misma sensibilidad y creatividad en sus cuadros que en sus cartas. La estrecha relación entre literatura y pintura es un tópico popular en la historia del arte; esta idea del poeta romano Quinto Horacio de ver “La pintura como la poesía”, o “La poesía como la pintura”, como se dijo después, ha estado presente a lo largo del tiempo en la concepción del arte y de los artistas. El modo que Van Gogh tenía de tratar el arte fue bastante literario. En sus inicios, en sus láminas había historias que contar. Era una forma de identificarse con lo que pintaba. A lo largo de los más de mil cien dibujos que realizó, sus motivos eran los cotidianos que le rodeaban, los telares, la mina, las personas, las calles… Vincent van Gogh está en su obra pictórica y literaria muy profundamente marcado por los sentimientos románticos de su época. Sus cartas tienen una gran dosis de melancolía y romanticismo, porque él era un hombre romántico. La melancolía presidió en general su vida. Después de una crisis que le mantuvo alejado de su hermano Theo casi un año, le escribió diciéndole que había tomado partido por la “melancolía activa”, una melancolía que sabe esperar y buscar, y le comentó que se sentía arropado en ella por la pintura, la literatura y el Evangelio. Esta “melancolía activa” será la que le guiará en el desarrollo de su actividad pictórica, porque en ese estado melancólico se encontrará constantemente su vida.

La manifestación poética de Vincent van Gogh ya está presente en su etapa religiosa como pastor, en la que aparecen algunos conceptos, algunos tópicos, que estarán más tarde, también, en su pintura. Escribe su correspondencia con gran detalle, con una prosa adornada de palabras muy atractivas y ajustadas a la descripción que está realizando; en realidad, es una prosa poética que sale de su espíritu sentimental y apasionado. Uno de sus primeros sermones como pastor comienza así:

Una vez vi un cuadro hermoso, era un paisaje al atardecer.
A lo lejos a la derecha, una serie de colinas azules envueltas en la bruma de la tarde.
Sobre estas colinas el esplendor de la puesta de sol,
las nubes ribeteadas de plata, oro y púrpura.
El paisaje es una llanura o una pradera…
Lejos, muy lejos… se eleva una ciudad iluminada por los brillantes rayos del crepúsculo…

Estas palabras sin duda son una declaración poética a la naturaleza, a su belleza y a la visión que él tiene de ella, pero lo realmente llamativo es que esas sensaciones las incardina en el principio de un sermón religioso, y ahí está su sensibilidad. Como demuestra en muchas ocasiones, el epistolario de Van Gogh contiene unas lecciones insustituibles sobre la observación de la naturaleza y el arte, incluso con la observación interior de quien se reconoce enfermo, y aun así poetiza con sus palabras sobre sus propias vivencias y sentimientos.

Noche estrellada (1889)

Son muchos los ejemplos que podríamos poner sobre la conexión y la existencia de motivos poéticos en la pintura de Vincent van Gogh, poesía que se manifiesta no solo en su correspondencia, sino en su pintura colorista. En una carta que escribe a su hermana Wilhelmina en noviembre de 1888, hablándole del color y describiéndole un jardín, Van Gogh manifiesta de forma muy clara ese sentimiento poético y literario que también consigue captar con los pinceles. En la carta va trazando el cuadro, habla del arriate de coles verde pálido y rojas, del sendero de arena anaranjado crudo, de los geranios escarlatas rodeados de hierbas muy verdes, de las plantas con exuberantes flores blancas, rosas, amarillas y rojo bermellón. Y textualmente le dice a su hermana: Ya sé que quizás no sea muy parecido (…) pero a mí me muestra el carácter poético y el estilo del jardín, tal como lo siento. Van Gogh, demostrando ese toque poético sigue explicando cómo imagina a su familia, y con una pirueta de soñador le dice que el tono violeta oscuro, salpicado por el limón de las dalias, le sugiere la personalidad de su madre. También en este salto ingenioso le escribe: “La figura con el chal escocés a cuadros anaranjados y verdes, destacándose sobre el verde oscuro del ciprés, ese contraste exagerado aún más por la sombrilla roja me da una idea tuya, como las novelas de Dickens, vagamente una alegoría”, rematando con esta frase: No sé si entenderás que pueda hacerse poesía únicamente mediante una buena disposición de los colores, (…) La descripción anterior, sin duda alguna, es propia de alguien que observa minuciosamente lo que le rodea y que es capaz de disfrutar mucho de su entorno, además de tener una profunda sensibilidad interior.

En otra ocasión, uno de esos días en que el sol era abrasador y en los que Van Gogh se pasaba horas pintando con su típico sombrero de paja soportando las altas temperaturas, en una carta dirigida a Theo le habla de su romanticismo, en esa carta no le habla de lo duro que es su trabajo bajo los rayos del sol, sino que le cuenta que estuvo a la puesta del sol en un brezal pedregoso, en el que había encinas muy pequeñas y retorcidas junto a unas ruinas y un valle de trigo. Y le dice que el espectáculo “era romántico a más no poder”. Le relata que el sol derramaba sus rayos, muy amarillos, sobre los zarzales y la tierra como una lluvia de oro. Y vuelve a hacer una cabriola visionaria con su imaginación comentándole textualmente: “Nadie se hubiera sorprendido al ver aparecer, de repente, unas damas y unos caballeros de regreso de una cacería con halcón, y tampoco se hubieran sorprendido al oír la voz de un viejo trovador provenzal”.

Estas ensoñaciones, estas frases llenas de sensibilidad, romanticismo y poesía, nacen de la mano del artista al igual que su pintura, espontáneamente, limpiamente, y son fruto de un cerebro enamorado de la vida, de una vida que desgraciadamente no le obsequió con el amor que siempre buscó. Conviene tener en cuenta, también, que estas cartas no las escribía en el mismo momento en que está viendo lo que describe, sino al día siguiente como es el caso de esta, o incluso algunos días más tarde como en otras ocasiones. Al escribir, el artista recordaba su visión propia de los paisajes, de lo que quería pintar, de todo aquello que estaba a su alrededor y que era atractivo a su mirada; veía él los colores con gran imaginación, tergiversando la realidad, igual que el poeta ve y siente en su interior las palabras que pueden formar el verso que anda buscando.

Cuando estaba decorando la habitación en la que iba a dormir Gauguin —porque le preocupaba mucho tenerla presentable para su amigo—, en una carta que dirige a Theo, le habla del cuadro que estaba pintando —que era una versión del jardín del poeta—. Y lo hace con unas palabras que en sí mismas son un pequeño poema de siete versos si ponemos estas frases como una estrofa:

“Este cuadro es un croquis muy vago de mi último lienzo,
una hilera de cipreses contra un cielo rosa,
con una luna creciente limón pálido.
Un primer plano de tierra imprecisa…
y arena… y algunos cardos.
Dos enamorados…
el hombre azul pálido con sombrero amarillo…
la mujer con un corpiño rosa y una falda negra”.

Van Gogh sentía algo especial con la visión de la noche. Pintó varios cuadros con cielos estrellados de gran atractivo. Era un sentimiento que le llevaba a contemplar en directo la naturaleza. En otra carta dirigida a su hermano, con un gran sentido de la imaginación le decía: “Declaro no saber nada de nada, pero la vista de las estrellas me hace soñar. Me hace soñar igual que los puntos negros de los mapas geográficos que representan pueblos y ciudades. Y me pregunto… ¿Por qué habrían de ser menos accesibles esos puntos luminosos del cielo que los puntos negros del mapa de Francia? Si tomamos el tren para ir a Tarascón o a Rouen… Podríamos tomar la muerte para ir a alguna estrella.” Es algo muy trascendente lo que dice, está pensando en la eternidad, en el más allá, en la relación entre la vida y la muerte, incardinada en la época y en los profundos sentimientos religiosos que tenía Van Gogh. Es una visión poética, romántica, y en cierto modo espiritual de la existencia. Y como también sucede con los poetas, su vida interior es un recurso puesto a disposición de su trabajo. No es algo forzado o buscado, está ahí en sus genes, y traslada esa afectividad y esas emociones a sus cuadros, dejándolo también muy patente en su correspondencia.

Granja en Provenza, 1888, NGA, Washington DC (EE.UU)

En otra ocasión en la que su padre le hizo una visita y estuvo con él en su estudio durante unos días, le afloraron unos fuertes sentimientos de cariño y melancolía, estos afectos los dejó plasmados en un conocido y popular cuadro: “La silla de Van Gogh” (noviembre 1888), en el que transmite su interpretación melancólica de un espacio vacío, es una reflexión poética con los pinceles, como podría hacerlo un poeta con sus versos. De esos sentimientos habla a su hermano en una carta singular en la que deja escrito lo que sintió en esa visita: “Como sabes, —le dice— Pa ha venido a verme y estoy muy contento. Mi recuerdo más agradable de la visita es la mañana que pasamos juntos en la habitación donde estudio, revisando mi trabajo y hablando de todo tipo de cosas. Puedes imaginarte lo rápido que pasaron esos días y cuando volví a la habitación después de haber llevado a Pa a la estación, haber seguido al tren, incluso al humo, durante todo el tiempo en que pude verlo, y después ver la silla vacía en donde Pa se había sentado cerca de mi mesa, y en donde aún estaban dispersos los libros y papeles del día anterior (…) me sentí tan desgraciado como un niño.” Este mismo sentimiento pudo tenerlo Van Gogh cuando, después del altercado con su amigo Gauguin en el que Van Gogh se automutiló la oreja izquierda—, su amigo se marchó y su silla quedó vacía. De hecho, en una carta que dirigió al Mercure de France, comentando un artículo del periódico decía —hablando de Gauguin— que estaba pintando “su sitio vacío”.

Cuando Van Gogh pinta “La noche estrellada”, en el asilo/hospital de Saint-Remy, no lo hace mirando al cielo y viendo las estrellas al aire libre, sino que “esa visión” tuvo lugar por la noche, pero el cuadro se pintó en varias sesiones durante el día. Claramente vemos que el cuadro es producto de la imaginación, es un cuadro visionario, es una forma romántica y poética de reflejar el recuerdo que él tiene del cielo y de las estrellas, además, un recuerdo obtenido a través de los barrotes de un ventanuco de su habitación, y Van Gogh le da una estructura pictórica y cromática singular, como podría ser la estructura de unos versos configurando un poema en diferentes tipos de estrofas; en realidad, lo que hizo fue poesía con los pinceles mediante una buena disposición de los colores, como le comentó a su hermana.

Van Gogh llega a Arlés, en la Provenza francesa, en febrero de 1888, llega con la nieve… aquí todo es blanco decía… y ahí aflora un sentimiento poético extraordinario que manifiesta continuamente a través de los colores. Llega un poco antes de la floración de los melocotoneros, los ciruelos, en esa explosión cromática que el artista plasma con fuerza e intensidad en los lienzos. Influido por las estampas japonesas, Van Gogh buscó los campos de Japón en el sur de Francia; de hecho, en una carta a su hermana Wilhelmina le dijo que le parecía estar en Japón… Según él solo tenía que abrir los ojos y pintar lo que veía y le impresionaba. La obra que crea en Arlés es extraordinaria y colorista a la par que muy “natural”, su sensibilidad artística resuelve la ecuación de los cuadros con “golpes” de los pinceles sobre la tela, igual que el poeta “golpea” con su cadencia y ritmo los versos de un poema. En la variada serie de cuadros que realiza sobre los “huertos”, la poesía aflora en los colores, en los rayos de luz, en la individualidad de las plantas captadas en su claridad y en su brillo. Ahí es en donde Van Gogh inicia un camino impresionista muy personal, con un estilo peculiar que posteriormente calará en otros muchos pintores que siguieron su camino, aunque con variables ajustadas a cada uno.

Decía Charles Baudelaire respecto de la moda y lo moderno, bajo el romanticismo de esos tiempos, que se estaba pasando de lo eterno a lo efímero o transitorio, y Van Gogh, en los trabajos y la obra creada en la época de Arlés, invierte este planteamiento, yendo de lo efímero a lo eterno, del instante captado por su mirada a la realidad del cuadro que permanece. Van Gogh pasa de aquello que la imaginación ha pensado con intensidad y pasión al lienzo fijo y permanente, y además cargándolo de poesía cromática y de sutileza. Este legado lo tenemos repartido por los museos de medio mundo.

Finalizo con unos breves comentarios sobre ese principio de contradicción que hubo en su vida, y que por desgracia le siguió hasta los últimos momentos. Me refiero a contradicciones, o quizás circunstancias muy adversas, porque analizando su vida aparecen sin lugar a duda alguna. Pintó genialidades que no tuvieron aceptación hasta después de su muerte; no ganó dinero en vida como quería y vivió a expensas de su hermano Theo; se enamoró en ocasiones, pero nunca fue correspondido; vivió un tiempo con una mujer que no fue aceptada por su familia y a la que tuvo que dejar por las presiones que recibió; y señalar también que el día en que nació se cumplía exactamente un año del nacimiento de un hermano, que había nacido muerto, y al que habían puesto con anterioridad su mismo nombre.

En la última carta que escribió en Auvers-sur-oise —en donde está enterrado junto con su hermano—, carta que dirigió a su hermana y a su madre en el mes de julio de 1890, el artista decía que se encontraba bien, que estaba más tranquilo que el año anterior y que su confusión mental se había calmado mucho. Pero no fue así. En la tarde del 27 de julio de 1890, Vincent Van Gogh se arrastraba por las escaleras de la pensión Ravoux para subir a su habitación, después de dispararse un tiro en el pecho. A los dos días, el 29 de julio, su vida terminó a la edad de 37 años. “Quisiera que ya todo hubiera acabado”, parece que fueron las últimas palabras de este genio de la pintura, que nos dejó una obra repleta de color y poesía.

Bibliografía
1.- Vincent van Gogh, Las Cartas (volumen 1) y (volumen 2). Traducción de Marta Sánchez-Eguíbar Durán. Ediciones AKAL (2007). Madrid. ISBN obra completa: 978-84-460-2199-5.
2.- Vincent van Gogh. La obra completa – pintura. Ingo F. Walther. Rainer Metzger.
Editorial TASCHEN GmbH. Printed in Slovenia. ISBN 3-8228-1218-8.
3.- Van Gogh Los últimos paisajes. Auvers-sur-Oise, 20 de mayo – 29 de julio 1890
Edición de la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, Madrid, 2007. ISBN 978-84-96233-48-5.
4.- Pinturas Vincent van Gogh. Evert van Uitert, Louis van Tilborgh.
Sjraar van Heugten. Arnoldo Mondadori Arte. De luca Edicione D’Arte.
Impreso y encuadernado en Italia por Arnoldo Mondadori Editore S.p.A.
Editora de la versión española: Ana Martínez Collado. ISBN 88-242-0026-5

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