mayo de 2026

Averroes y la memoria olvidada de la España musulmana

Estatua de Averroes en Córdoba

En 2026 se cumplen 900 años del nacimiento de Averroes, una de las figuras intelectuales más importantes de la historia europea y, al mismo tiempo, una de las más injustamente relegadas en la memoria colectiva española. Filósofo, médico, jurista y astrónomo nacido en Córdoba en 1126 bajo el nombre de Ibn Rushd, su pensamiento ayudó a preservar y transmitir la filosofía clásica a Europa y ejerció una influencia decisiva sobre autores cristianos y judíos de la Edad Media. Sin embargo, más allá de la relevancia académica, recuperar hoy su figura tiene también un significado cultural y político en una España donde resurgen discursos identitarios que presentan la herencia musulmana como algo ajeno o incluso incompatible con nuestra historia.

Averroes simboliza una realidad histórica incómoda para quienes defienden una visión homogénea y excluyente de España: durante siglos, la península fue un espacio de intercambio intelectual y cultural entre musulmanes, cristianos y judíos. En ciudades como Córdoba, Toledo o Sevilla florecieron centros de estudio y traducción que conectaron el legado griego con la Europa medieval. Buena parte del pensamiento de Aristóteles llegó al continente gracias a las traducciones y comentarios realizados por sabios musulmanes y judíos de al-Ándalus. Las universidades europeas estudiaron durante siglos las obras de Averroes, conocido simplemente como “El Comentador”.

Pero su modernidad no se limitó a la filosofía. También defendió ideas extraordinariamente avanzadas para su tiempo sobre el papel de las mujeres en la sociedad. Averroes criticó abiertamente que las mujeres fueran apartadas de la vida pública y sostuvo que podían participar plenamente en tareas intelectuales, políticas y jurídicas. Incluso defendió que podían ejercer como juezas, una posición excepcional en el contexto medieval. Para él, limitar a las mujeres exclusivamente al ámbito doméstico suponía desperdiciar el talento y las capacidades de la mitad de la sociedad.

Resulta revelador recordar esto en un momento en que ciertos discursos simplifican la civilización islámica como intrínsecamente atrasada o incompatible con valores modernos. La historia, una vez más, es bastante más compleja. Evidentemente, las sociedades medievales —cristianas, musulmanas o judías— estaban lejos de la igualdad contemporánea, pero figuras como Averroes demuestran que dentro del pensamiento islámico existieron corrientes racionalistas y profundamente abiertas al debate intelectual y social.

La herencia musulmana en España tampoco puede reducirse a una cuestión religiosa. Está presente en la lengua, la arquitectura, la ciencia, la agricultura y la vida cotidiana. Más de cuatro mil palabras del castellano tienen origen árabe: desde “ojalá” hasta “aceituna”, “álgebra”, “almacén” o “alcalde”. El desarrollo de sistemas hidráulicos y de regadío transformó la agricultura peninsular. Cultivos como el arroz, los cítricos o la berenjena llegaron y se expandieron gracias a al-Ándalus.

En el terreno científico, la aportación fue igualmente decisiva. Médicos, astrónomos y matemáticos andalusíes contribuyeron a preservar y ampliar conocimientos que luego serían fundamentales para el desarrollo europeo. La medicina de Averroes y de otros autores de la época fue estudiada durante siglos en universidades occidentales. Lo mismo ocurrió con avances en álgebra, navegación o astronomía.

Y, por supuesto, permanece el legado artístico. Monumentos como La Alhambra o la Mezquita-Catedral de Córdoba forman parte del patrimonio histórico español más admirado internacionalmente. No son elementos exóticos ajenos a nuestra cultura: son parte central de ella. Del mismo modo, el arte mudéjar demuestra cómo la influencia estética andalusí continuó impregnando la arquitectura cristiana durante siglos.

En los últimos años, algunos sectores políticos han tratado de presentar la presencia musulmana en la península como un simple episodio de ocupación extranjera sin continuidad cultural. Bajo esa lógica, la identidad española sería exclusivamente cristiana y europea, mientras que al-Ándalus aparecería como una anomalía histórica. Sin embargo, ocho siglos de presencia musulmana no pueden borrarse del relato nacional sin deformar gravemente la realidad histórica.

Reconocer esa herencia no implica idealizar el pasado ni negar los conflictos que existieron. Al-Ándalus no fue una utopía multicultural perfecta, como tampoco lo fueron los reinos cristianos medievales. Hubo guerras, persecuciones y desigualdades. Pero también hubo intercambio, mestizaje y circulación de ideas. La historia rara vez encaja en los relatos simplistas que hoy alimentan la polarización política.

Por eso la conmemoración de los 900 años del nacimiento de Averroes debería ser algo más que una efeméride académica. Es una oportunidad para recordar que España se construyó a partir de múltiples tradiciones culturales y religiosas. También para reivindicar una idea de país más compleja, abierta y segura de sí misma, capaz de asumir toda su historia sin miedo ni sectarismo.

Averroes defendió la razón frente al dogmatismo, el conocimiento frente a la ignorancia y una participación más amplia de las mujeres en la vida pública frente a las limitaciones impuestas por su época. Nueve siglos después, su legado sigue interpelándonos. Quizá porque recuerda algo esencial: las sociedades más brillantes no son las que levantan muros culturales, sino las que convierten la diversidad y el intercambio en una fuente de riqueza intelectual y humana.

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Archivo Entreletras

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