El hombre que camina lentamente
Ricardo Martínez-Conde
Zadar eds., 2019 (reed. 2023)
Esta obra gira alrededor de una figura muy sencilla: un hombre que camina. Sin embargo, a medida que avanzan las páginas, esa figura deja de ser un personaje para convertirse en una conciencia. El caminante, mientras avanza por calles, plazas, playas o senderos, es el observador, el soñador, el melancólico, el filósofo espontáneo que mira las cosas cotidianas como si las viera por primera vez y descubre que poseen una vida secreta. Una maceta tras un cristal, una hoja caída o una calle vacía dejan de ser elementos del paisaje para adquirir una dimensión simbólica: las farolas parecen escuchar, la lluvia se transforma en compañía y la noche deja de ser una simple ausencia de luz para convertirse en un espacio de acogida y reflexión. Todo como interrogación sobre la memoria, el tiempo, la soledad, el amor, la esperanza o la muerte.
En uno de los pasajes leemos que «andar constituye un gesto de participación, una contribución al orden universal inscrito en el movimiento». La frase resume bien el núcleo ideológico del libro: caminar no es desplazarse, sino formar parte del mundo. El caminante descubre que la distancia no es una medida física, sino una experiencia interior. «Nunca vamos más allá de nosotros mismos». La calle no es aquí un mero espacio urbano, sino un territorio iniciático, una manera de comprender. El autor escribe: «La calle es el paisaje vacío que suscita y a la vez es una exigencia de la verdad».
El libro está recorrido por una melancolía serena, de quien sabe que el tiempo pasa, que todo se transforma y que precisamente por eso las cosas merecen ser observadas con atención. La muerte aparece con frecuencia, pero no como amenaza sino como horizonte que dota de significado al camino. Del mismo modo, la soledad (el protagonista avanza casi siempre a solas) no es presentada como una condena, sino como una condición privilegiada para el encuentro con uno mismo y su entorno. Es una soledad elegida, fértil, necesaria para poder escuchar el mundo y escucharse a sí mismo. El escritor la concibe como una condición privilegiada de la mirada y llega a sugerir que muchas de las verdades importantes de la vida solo se revelan cuando desaparecen las voces y queda el individuo frente a sí mismo.
Sin embargo, esta soledad nunca desemboca en el aislamiento absoluto. Frente a ella aparece el amor, entendido de una forma amplia. No se limita al amor romántico, aunque también lo incluye, sino que se extiende a una actitud de cuidado y atención hacia cuanto existe. Hay amor en la contemplación de una flor, en la fidelidad hacia un paisaje conocido o en la capacidad de escuchar a otro ser humano. «El gesto de amor ha de caber en el gesto mismo», confiesa el autor: amar no consiste tanto en declarar como en mirar, escuchar o acompañar. El amor verdadero se manifiesta en la atención silenciosa, en la disposición a salir de uno mismo para percibir la realidad del otro.
Las páginas se convierten en algo especialmente hermoso cuando el texto se acerca a la naturaleza y queda impregnado de una musicalidad que parece envolverlo todo. Pienso en las páginas en las que el autor observa una simple hoja de otoño y convierte esa observación en una reflexión sobre el tiempo y la mortalidad. O en aquellas dedicadas al amanecer, donde el mundo parece recomponerse lentamente ante la mirada del caminante; en las reflexiones sobre la lluvia, convertida en una forma de compañía; o en esos pasajes junto al mar donde el horizonte deja de ser una línea geográfica para transformarse en una pregunta existencial. El mar se presenta como el gran espejo filosófico del libro: «no hay mar sin ese hombre solo, ni hay hombre esencial y filosóficamente solo sin el mar». La noche aparece como un ámbito protector, casi maternal. El autor llega a describirla como «la amante más permisiva», una presencia que acoge la incertidumbre sin exigir respuestas. Son momentos en los que la escritura alcanza una limpidez poco frecuente y logra transmitir una experiencia.
No existe en las páginas una progresión argumental estricta; el lector avanza como el propio caminante: sin una meta definida, dejándose llevar por asociaciones, intuiciones y hallazgos. Cada variación vuelve sobre el mismo misterio desde un ángulo distinto, como quien contempla un paisaje cuya apariencia cambia con la luz. Por eso, al cerrar el libro queda la impresión de haber acompañado a alguien durante un largo paseo. No un paseo físico, sino moral y emocional. Como ocurre con ciertos caminantes solitarios que encontramos al amanecer en una calle desierta, no sabemos exactamente de dónde vienen ni adónde van, pero intuimos que han aprendido algo durante el trayecto.











