
El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela negra
Ricardo Bosque y Jesús Lens
Cazador de Ratas Editorial, 2024
500 pp.
Sin duda hay que agradecer la aparición de un libro de estas características, y no solo por su indiscutible valor intrínseco, sino porque con él vienen sus autores a llenar un espacio, hasta ahora semivacío, en nuestro panorama literario más reciente. A diferencia de lo que ocurre en las letras anglosajonas o francesas, no son muchos los ensayos sobre novela negra o policiaca publicados en español, al menos a este lado del Atlántico. Los lectores más comprometidos con la causa recuerden quizá la meritoria Guía de la novela negra, de Héctor Malverde, publicada por Errata Naturae en 2010; o el denso pero interesantísimo Divinos detectives: Chesterton, Gramsci y otros casos criminales, de Ramón del Castillo (Ediciones Pensamiento, 2022); o acaso el más reciente y fascinante Los bajos fondos del corazón: Las emociones en la novela negra, de Eugenio Fuentes (Tusquets, 2024). La propuesta de Ricardo Bosque y Jesús Lens es diferente a todas ellas por su enfoque y su originalidad.
El lugar de los hechos (Cazador de Ratas Editorial, 2024) nos embarca, como indica su subtítulo, en un viaje por la extensa, casi inabarcable, geografía de la novela criminal. El libro se divide en distintas secciones, en cada una de las cuales se agrupan ciudades, reales o ficticias, en las que algún escritor del género ha ambientado sus relatos. Así, por ejemplo, en “Castillos, fantasmas y duendes” recorremos las islas británicas, desde el Oxford de Colin Dexter y su inspector Endeavour Morse a la oscura Glasgow de Craig Russell, la Edimburgo de Ian Rankin, el Dublín de mediados de siglo pintado por Benjamin Black (seudónimo del gran John Banville) o el idílico Saint Mary Mead, hogar de la señorita Marple. O en “Mar del Norte, Báltico y países escandinavos” visitamos la Ystad por la que se mueve el taciturno comisario Kurt Wallander de Henning Mankell, la Estocolmo del tándem Wahlöö-Sjöwall, la gélida Kiruna de Asa Larsson o la aparentemente tranquila Rejkiavik. En otras secciones, Bosque y Lens nos llevan por lugares tan reconocibles y queridos como la Sicilia del comisario Montalbano de Andrea Camilleri, la Argel que con tanta agudeza describe Yasmina Khadra en las tres novelas protagonizadas por Ibrahim Llob, el Berlín hitleriano donde Philip Kerr pone en acción al detective Bernie Gunther o la luminosa Marsella de mi adorado Fabio Montale, héroe de la trilogía (Total Khéops, Chourmo y Soleá) de Jean-Claude Izzo, una de las cumbres más altas que ha alcanzado nunca la novela negra.
Otros destinos son mucho más exóticos y revelan un profundo conocimiento del asunto por parte de lo autores. Descubriremos Kiev de la mano de Andrei Kurkov, volaremos a Teherán con Quién mató al ayatolá Kanuni, de la iraní afincada en Francia Naïri Nahapetian; seguiremos hacia Oriente por Bombay, Delhi, Bangkok, Beijing… Llegando incluso a la lejanísima e ignota Ulán Bator, capital de Mongolia y escenario de la bizarra Yeruldelgger, muertos en la estepa, del francés Ian Manook (publicada por Salamandra en su ya copiosa colección Black).
La ruta a la que Bosque y Lens nos invitan se cierra en el África negra, con escalas en Ciudad del Cabo, la imaginaria Trekkesburg de James McClure, Bamako, Dakar o Gaborone, teatro de operaciones de la detective privada Precious Ramotswe, protagonista de las tan divertidas como inocuas novelas de Alexander McCall Smith.
El buen lector echará en falta, obviamente, una prolongada estancia en el continente americano, cuna de tantos y tan buenos escritores (y no solo estadounidenses, ahí están el brasileño Rubem Fonseca, el argentino Mempo Giardinelli, los cubanos Leonardo Padura y Amir Valle o el mexicano Rafael Bernal, por poner tan solo algunos ejemplos), y en Japón, donde la novela policiaca en casi todas sus variantes tiene una fecunda y brillante tradición. Tal vez, como dejan entrever los autores en una breve nota epilogal, todo ello sea materia para un próximo volumen que volveremos a recibir con agrado.
El libro está escrito con un estilo fresco, divulgativo, casi periodístico, sin afán dogmático ni intención de agotar el tema; antes bien, el objetivo de Bosque y Lens no es otro que sugerir, abrir sendas desconocidas, ofrecer un canon —subjetivo, como todos— que privilegia la novela de corte más social y político sobre el ingenioso puzle intelectual. Cada capítulo está introducido por un fragmento representativo y acompañado de un plano de la ciudad de turno, e incluye al final un índice de autores y otro de personajes. En definitiva, un novedoso ensayo de amena lectura que completará la biblioteca de todo aficionado al género.












