octubre 2021 - V Año

‘En el vértigo azul de una mirada’ de María Ángeles Lonardi

En el vértigo azul de una mirada
María Ángeles Lonardi
Prólogo de Gerardo Rodríguez Salas
Epílogo de Ivonne Sánchez-Barea
Editorial Círculo Rojo, Almería, 2021
106 páginas

Fue en 2011 cuando uno de los narradores más destacados del actual panorama europeo, el turinés Alessandro Baricco –autor de la mítica Seda-, dio a conocer la también extraordinaria Mr Gwyn, novela que, a través de su personaje protagonista, Jasper Gwyn, escritor de retratos –no pintor de retratos, sino escritor de retratos-, subraya hasta extremos quizá nunca considerados la importancia de la mirada en los dominios de la literatura, y en el oficio mismo de la escritura. Casi una década después, la eclosión de una crisis mundial en el ámbito de la salud nos ha cubierto el rostro, prácticamente en su totalidad, como medida profiláctica: sólo los ojos han podido sustraerse a la necesaria protección de las mascarillas, y eso ha venido a enfatizar más aún la trascendencia de mirar y de ser mirados, y la posibilidad, ricamente paradójica, de tender puentes de comunicación, con la mirada, más allá de la mirada misma. A toda esa realidad tan compleja no ha dejado de referirse, en el contexto de la Semana Internacional de las Letras de la Región de Murcia – 2021, la autora argentina, afincada en Almería, María Ángeles Lonardi, que ahora precisamente nos entrega En el vértigo azul de una mirada, el cuarto de sus libros aparecidos dentro del ámbito editorial español –tras El jardín azul (2014), Poemas para leer a deshoras (2017) y Soles de nostalgia (2019)-.

“En este viaje a través de la mirada, Lonardi mira sin miedo y nos hace mirar con ella (…) Si elegimos mirar con Lonardi nos veremos a nosotros mismos en los espejos de sus palabras pero también, como Alicia, los cruzaremos para ver qué hay al otro lado”. Así lo afirma Gerardo Rodríguez Salas, el prologuista de esta nueva obra cuyas cuarenta composiciones –la primera, postulada como explícito pórtico- se reparten en cinco segmentos definidos, cada uno de ellos, por un hilo conductor al servicio de la idea general. Y estimo conveniente reservarle a los lectores el hermoso trabajo de descubrir cómo cada una de esas partes (“Volviendo la mirada”, “Cuestión de miradas”, “Mirada transversal”, “Mirada de hoy” y “Más allá de una mirada”) van explotando, con ambición constructiva, el yacimiento del tema primordial. Sin duda esa voluntad de no rehusar un “tour de force” tan incitante constituye, en sí misma, la puerta de entrada a una esfera nueva en la andadura de la autora, que ya nos había mostrado, singularmente en su anterior entrega lírica, Soles de nostalgia, las huellas de un aliento en expansión. Allí la nostalgia como reconocimiento de lo vivido, y también el sentimiento de un minucioso desarraigo, casi como “intemperie de las cosas”, desgranaba sus versos con sencillez expresiva y una efusividad se diría que acariciante; aquí la sencillez del lenguaje, y del sentido figurado del lenguaje, renueva sus votos, la efusividad no desdeña el tacto áspero y promiscuo de una civilización –la nuestra- en franco declive, y el vuelo sistemático del discurso deviene cuerpo poliédrico, sin que por ello peligre, en ningún caso, la incuestionable organicidad de la propuesta.

Intemperie había, sí, en Soles de nostalgia, y justo bajo su signo se produce ahora una necesaria identificación –radical, inmisericorde- con la trascendencia y lo trascendente: “Dios no supo ir más allá (…) / Comprendo que sola he de bastarme / porque me hizo a su imagen y semejanza”. Pero también contra la intemperie cabe conjurar el revulsivo del amor, y estos versos, casi iniciales en las páginas del libro, lo vienen a decir: “Creo que no he conocido / más dolorosa y salvaje intemperie / como aquella que suele visitarme / cuando cierras los ojos / en frugal parpadeo”. No hay prueba más palmaria, en realidad, de la cercana y entrañable condición de la poesía de María Ángeles Lonardi: la intemperie metafísica es materia abordable y llevadera cruz –valga aquí el significativo símbolo-; la intemperie ligada a lo “fieramente humano”, que diría Blas de Otero, resulta mucho más intolerable. Lo fieramente humano del amor, y lo fieramente humano de nuestro mundo y sus heridas planetarias: “Duele esta mirada apocalíptica / sin alegría, sin luz ni esperanza (…) Detente. Reflexiona. Mira. / Todavía se puede cambiar”. El poder transformador de la mirada se vincula, irrevocablemente, al poder transformador de la poesía, lo cual conduce, en el destacado poema “Cuando de miradas se trata”, a los cuestionamientos, a las revelaciones quizá dolorosas, a la sorprendente ironía final: “Si no puedes sostener la mirada, / si no logras encontrar el alma / de los otros en sus ojos, / ¿es porque no sabes mirar? (…) / Ten cuidado dónde miras / o cómo lo haces. / Buscar ojos cómplices (…) / es ardua tarea / y puede llevarte toda la vida. // A veces es más difícil / que elegir pescado / en la pescadería”.

Una sucesión de imperiosas preguntas clausurará En el vértigo azul de una mirada, no sin antes haber cruzado, en el fogonazo de un par de versos escritos con bisturí, la crisis sanitaria y la violencia machista que sufrimos (“Espantan los cuchillos silenciosos / de mujeres encerradas con su verdugo”). No sin haber denunciado con inspirada urgencia, una vez más, las injusticias del mundo (“…y eres carne y eres bestia / y eres hombre y eres nadie / y eres mujer y eres nada”). No sin haber planteado la vibrante sencillez del poema “Tempus fugit”: “(…) Los fantasmas hablan / aunque estés despierto / pero tampoco saben / dónde está la salida”. Y si “mirando por encima de los hombros / hemos perdido / la oportunidad de un nuevo abrazo”, este nueva obra de María Ángeles Lonardi, con sus tomas de conciencia y sus plurales lirismos, nos aboca a un desnudo conocimiento: “Una mirada será la que nos diga / si hemos llegado / o si estamos perdidos”.