La inexistencia
Rosita Rivas Martínez
Editorial Apache Libros, 2025
216 páginas
La inexistencia, de Rosita Rivas Martínez: Un bebé que nace hablando para que los adultos empiecen a escuchar
Hay novelas debut que irrumpen con la fuerza de un portazo y la sutileza de un bisturí. La inexistencia, de Rosita Rivas Martínez (¿a quién se le ocurrió que podía ser buena idea firmar con un diminutivo?), publicada por el sello Petricor (Apache Libros), pertenece a esa estirpe rara de obras que logran ser a la vez comedia ácida, tratado filosófico sobre la libertad individual y retrato implacable de la familia contemporánea española. Su premisa es tan descabellada como irresistible: una bebé que nace con plena capacidad de hablar, razonar y opinar como un adulto, y cuyo primer acto de vida es anunciar que nacer no es más que empezar a morir.
Seda García Gómez llega al mundo y se corta ella misma el cordón umbilical. Desde esa primera escena en la sala de partos, donde el personal sanitario huye despavorido y los padres oscilan entre el pánico y la estupefacción, Rivas establece un tono que mantendrá con admirable coherencia a lo largo de veintiséis capítulos. El del absurdo que ilumina verdades incómodas. La autora no concede tregua al lector. En lugar de dosificar la anomalía de Seda, la expone a bocajarro, obligándonos a aceptar las reglas del juego desde la primera página. Y funciona, porque bajo el disparate late una lógica emocional impecable. Si un bebé pudiera observar y juzgar el mundo de los adultos, ¿qué conclusiones extraería?
La voz de Seda es la gran conquista literaria de esta novela. Rivas construye un personaje que combina la lucidez de un pensador existencialista con la desfachatez verbal de un monologuista de comedia. Sus intervenciones son hilarantes, pero nunca gratuitas. Cada travesura, cada provocación, obedece a un plan deliberado. Sacudir la conciencia dormida de sus progenitores. Rivas utiliza el humor no como adorno, sino como instrumento de demolición. Cuando Seda le pregunta a su madre si condicionar la vida de alguien desde que nace es menos cruel que quitársela, la risa se congela en los labios y queda la pregunta, desnuda y palpitante. El repertorio cómico es amplio y certero. Va de la sátira costumbrista de una urbanización de familias pudientes, donde todos aparentan y nadie confiesa su miseria íntima, al esperpento más puro. Rivas demuestra un oído privilegiado para el diálogo y una capacidad notable para extraer comicidad de situaciones que, pensadas dos veces, resultan desoladoras.
La galería humana que rodea a Seda es otro de los pilares de la obra. Belén, la madre, resulta un personaje de una complejidad notable. Mujer moldeada por la obediencia, sepultada bajo capas de perfeccionismo y complacencia, que emprende un proceso de despertar tan doloroso como liberador. Su arco es el verdadero corazón emocional de la novela. Antonio, el padre, funciona como un espejo de cierta masculinidad acomodada, y su evolución a lo largo del libro constituye una de las críticas más afiladas y divertidas que ofrece Rivas. Ana, la au pair rumana, aporta la perspectiva del desarraigo y la precariedad, e introduce una sombra de amenaza real que ancla la novela al suelo cuando corre el riesgo de elevarse demasiado hacia la fábula. Los abuelos completan el cuadro generacional con pinceladas precisas, cada uno encarnando un modelo distinto de lo heredado, lo impuesto y lo silenciado.
Donde la novela se resiente un poco es en el tramo central, cuando la acumulación de episodios y travesuras amenaza con convertir la estructura en un catálogo de situaciones más que en una progresión dramática. Algunas secuencias repiten un esquema similar (Seda provoca, los padres reaccionan, el narrador comenta) y esa cadencia, en un libro de esta extensión, puede producir cierta fatiga antes de que el último tercio recupere el pulso y lo acelere con fuerza.
Bajo la pirotecnia cómica, La inexistencia plantea una cuestión filosófica de hondo calado. La legitimidad de traer a alguien a un mundo que nadie le ha consultado. Seda es una antinatalista con pañales y su argumentario no es caprichoso. Rivas tiene la inteligencia de no resolver esta tensión con facilidad. No ofrece una respuesta unívoca, sino un proceso. Los pasajes intrauterinos, narrados en primera persona con una prosa poética que contrasta deliberadamente con el tono coloquial del resto, dotan a la novela de una dimensión casi metafísica. La inexistencia que da título al libro no es solo el lugar de donde viene Seda, sino el estado en que viven muchos de los adultos que la rodean. Presentes en cuerpo, ausentes de sí mismos.
Del desenlace solo cabe decir que Rivas toma una decisión narrativa valiente que transforma retroactivamente toda la lectura. La novela termina donde empezó, pero el lector ya no es el mismo que abrió la primera página.
La inexistencia es una obra inclasificable, de esas que se resisten a habitar un solo estante de la librería. Tiene la mordacidad de una sátira, la profundidad de un ensayo sobre la condición humana y la calidez de una historia de amor entre una madre y su hija. Una novela necesaria y singular. La prueba de que se puede hacer filosofía con pañales, humor con bisturí y literatura con las tripas. Rosa Rivas ha escrito un libro que hace reír a carcajadas, pensar en silencio y, en sus últimas páginas, tragar saliva. No es poca cosa.











