noviembre 2020 - IV Año

LIBROS

‘Constantes vitales’ de Alberto Infante

constantes
 
Constantes vitales
Alberto Infante
Vitruvio, 2016

 

 

Por Mercedes Arbaiza

La novela Constantes Vitales de Alberto Infante gira sobre la vida de un joven hijo de familia republicana, estudiante de Medicina, que en los años del tardofranquismo, durante el verano de 1969, decide hacer un viaje a París. Álvaro, el protagonista, se sube a un camión y se va a París con un amigo. Aquel viaje le cambió. París significó una experiencia en la que se despojó de todo, de lo que era, de lo que tenía. Fue como nacer de nuevo.

La novela va trenzando con maestría tres tiempos que tienen un punto de intersección, la vida de Álvaro. El tiempo personal, el de la vida íntima de un joven que descubre la sexualidad, los amigos, la camaradería política, así como la paternidad en sus primeros años. El tiempo de la profesión médica, desde la etapa de estudiante en una universidad madrileña casposa y endogámica, el acceso a la especialización como médico interno en el Hospital de San Carlos, y el primer ejercicio de la Medicina. Y el tiempo político, una historia contada en primera persona por quien estuvo en la lucha clandestina de las organizaciones de la izquierda durante el final del franquismo: el atentado de Carrero Blanco, la Transición política, el golpe del 23 F. Un tiempo político, personal y profesional que desemboca en 1982, con el triunfo del PSOE y el inicio del desencanto de los años ochenta.

Podríamos pensar que es una novela de carácter autobiográfico, escrita con la melancolía de quien mira al pasado y pretende contar cómo fue un joven rebelde en la España de los 70. Sin embargo, nada más empezarlo el libro cobra otro sentido. El de una forma inteligente de intervenir en el ambiente político de hoy. Me refiero a la frustración política y a la crisis de representación en que estamos inmersos. Porque el libro dialoga con la pregunta básica de muchos jóvenes: ¿qué país nos habéis dejado? Esa pregunta contiene un reproche e impulsa a un ajuste de cuentas con el pasado. Si hace cinco o seis años pensábamos que la memoria de la Transición se había cancelado con el balance optimista de una España moderna y democrática, hoy comprobamos que la narrativa sobre la Transición se ha reabierto. Como si otro pasado hubiera sido posible, ya no sirve el discurso cerrado y autocomplaciente de sus protagonistas.
Si Constantes Vitales tiene valor es porque intenta darle sentido a aquella experiencia narrándola sin ningún afán justificativo. El autor sabe que en estos asuntos la forma literaria es tan importante como el contenido mismo. Sabe que corren tiempos de fuerte subjetivismo, que en plena renovación cognitiva del «giro emocional», los afectos tienden a oscurecer las razones. Y hace de Constantes Vitales un texto de «pensar sintiente», lo que es una manera de hacer inteligible la política de aquel tiempo fundacional y de explicar que aquella generación, la suya, también fue joven y, con sus aciertos y errores, soñó y peleó por un país mejor.

El lector empatiza fácilmente con Álvaro, con su peripecia vital y sus sentimientos encontrados. El autor consigue darle cuerpo al conjunto de emociones que experimentaron aquellos jóvenes de los años setenta quienes acabaron conformando una auténtica «comunidad emocional». Por eso el texto conmueve. Utilizando los «enclaves de memoria» que marcaron la vida del protagonista se expresa una férrea voluntad por recordar. Y no recuerdos superficiales sino las sensaciones de cada instante vivido, como si el propio acto de escribir desatara argumentos, sentimientos, más recuerdos. La urgencia de comprender, de explicarse a sí mismo y de explicar el presente, le va devolviendo al autor fragmentos del pasado. En este aspecto, Constantes Vitales expresa bien cómo la relación del protagonista con el pasado va cambiando a lo largo de la vida.

De hecho, Álvaro había decidido olvidar. No porque diera el pasado por cerrado sino más bien, y me importa subrayarlo, porque alberga un cierto sentimiento de vergüenza por la ingenuidad de aquella juventud, por su radicalidad retórica y su romántico compromiso con el mundo. En este olvido voluntario por muchos de quienes la protagonizaron puede tal vez hallarse una de las claves de la incompleta e imperfecta trasmisión de la narrativa de aquel periodo clave de nuestra historia. Quizá por eso su memoria se abre de nuevo. Pero entra en escena una nueva generación y el pasado aparece otra vez como una instancia de sentido. Y Álvaro decide recordar. Se lo debía a su juventud de entonces. Y también a la de ahora.

Si sois jóvenes, si seguís siendo jóvenes, si entendéis que la juventud no sólo es una etapa de la vida sino un estado mental en que se es capaz de creer que la vida encierra posibilidades inéditas que se intuyen aunque no se entiendan del todo, leed Constantes vitales de Alberto Infante.