abril de 2024 - VIII Año

‘La imagen sonora’, de Javier Mateo Hidalgo

La imagen sonora
Javier Mateo Hidalgo
Palabras preliminares de Luis Antonio de Villena
Prólogo de Eugenio Rivera
Editorial Vitruvio, 2023
Colección Baños del Carmen
90 páginas

He tenido el placer de prologar el poemario de Javier Mateo Hidalgo, pero mi reseña sobre el libro se tiene que alejar necesariamente del mismo por razones evidentes. A saber: la primera porque el texto ya está a disposición del público lector, la segunda porque sería una desconsideración por mi parte precisamente por ello y la tercera —y quizá la más importante— es la siguiente: a día de hoy un servidor no está seguro de que pudiera suscribir punto por punto todo lo que escribió en su día para el libro, hace ahora casi un año.

Hecha esta necesaria aclaración, entraré en lo que a mi juicio supone la nueva lectura aquí/ahora de este recién publicado poemario de Mateo Hidalgo, tercero tras la aparición de El mar vertical y Ataraxia.

Conviene fijarse en el valor simbólico que el autor da al hecho poético ya desde sus títulos, desde ese mar rampante que desafía las leyes de Newton —en oportunas abscisas— hasta esa horizontalidad metafórica de la serenidad estoica que sugiere el segundo de los libros.

En esta La imagen sonora, Mateo hace una hábil síntesis hegeliana de ambos mundos para abrir el plano a las cuatro dimensiones donde el tiempo einsteiniano se existencializa como quería Heidegger. A este respecto nada mejor que traer aquí el poema 21 que dice así: “Admiro la obstinación de los relojes, / devorando a deshoras / su avance inexorable. / Se posicionan por encima de nosotros / porque no temen el paso del tiempo. / He aquí su paradoja”.

La disposición estructural del poemario está impecablemente articulada en cuatro bloques de volumen similar, con planta de cruz griega (El museo imaginado, Los restos del naufragio, Fábulas y Purgatorio), que se imbrican —en un fecundo juego de espejos— buscando la simetría compositiva, y cada una de ellas está a su vez conformada por ocho poemas (dos veces cuatro, como vigorosos arbotantes góticos).

En lo temático, las cuatro partes mencionadas que dan forma al libro —con la eficacia de una mesa gestáltica— no dejan lugar a dudas sobre las intenciones del poeta, si nos atenemos a los títulos que este ha establecido para ellas. Si ya en la primera (El museo imaginado) podemos encontrar una evocación de El museo imaginario de Malraux con su proclividad a la panoplia virtual/ visual, en  la siguiente (Los restos del naufragio) nos trasladará al territorio baldío de la pérdida y la ausencia; en la tercera (Fábulas) el autor obtendrá un suculento rédito de la tradición literaria oral —con apotegmas incluidos, tras la pródiga retórica de sus versos— para, finalmente, ya en la última (Purgatorio) acomodarnos bajo la frondosa sombra selvática del Dante y, por consiguiente, de la del visionario William Blake y sus acólitos: el gnóstico Pessoa y el proteico Borges. En el poema 12 leemos: “De nuevo, al ocaso, / vuelves a visitarme. / Rostro impertérrito, sabiduría ancestral, / lo infinito y atemporal en tus ojos negros”.

Esa sinérgica “imagen sonora” que nos propone Javier —y que ya nos anticipara la lingüística y la ha perpetuado la performance audiovisual— la encontramos en lo cotidiano y hacen buen uso de ella el cine y el teatro o el cómic y la poesía. Y en su sinestesia —procedimiento habitual del poeta para transgredir y sobrepasar los estrechos límites del propio lenguaje— aparecerá recurrente y puntualmente a la cita a lo largo de su libro como ponen en evidencia los versos del poema 8: “Cromatismos in crescendo / calientan el alba, iluminando la tierra. / Son colores que inundan penumbra, / tonos que parecían muertos, agrisados / repasando su historia entera”.

La múltiple percepción sensorial que —reactualizando la teoría filosófica del escocés Berkeley— asoma en el poema 4: “Sería inútil decir/ que las cosas se mueven/ porque tú las miras…”, interpela audazmente al proverbio machadiano de: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve”.

El texto de Javier Mateo, por otra parte, está trufado de guiños a la pintura, a la música y a la literatura —tan caros al autor, él mismo doctor en Bellas Artes y crítico de cine—, a través de referencias expresas a algunos de sus más conspicuos creadores, de Cézanne al Greco, de Debussy a Beethoven, de Constable a Turner, de Faulkner a Tennessee Williams. El poema 3 dice: “Los personajes de Cézanne, sin saberlo, / jugaron al póker con el tarot de Marsella / (…) / En la montaña de Santa Victoria hay un loco / diminuto entre el paisaje, como figura de Patinir / alza su voz para ser oído entre la masa. / Pero nadie puede escuchar la pintura. Sólo / comprenden el sonido engañoso y efímero de Debussy”, en una divertida ironía sobre la citada sinestesia del título.

Además, tratándose de un autor como el que nos ocupa, la mirada del cinéfilo no puede andar muy lejos —muy frecuente en su anterior poemario Ataraxia— y si nos aprestamos a ello, encontraremos aquí también claves menos explícitas de ella, pero, sin duda, omnipresentes. Por ejemplo, en el poema 16 —dedicado precisamente al músico Jordi Sabatés, una de cuyas facetas es el cinema en concierto— leemos: “Por el vano trasciende la luz primera, / origen, creación de vida, / indicando, persistente, el lugar. / Adaptándose desde la oscuridad, la mirada. / El ojo mira a la mano. / Un impulso nervioso la ordena, / se apoya y se hunde. / Espuma blanca, todo lo envuelve / la imagen sonora”. No es casual que en este poema “cinematográfico” aparezca la afortunada expresión “imagen sonora”, que dará título al libro, con la sutil alusión a la persistencia de la retina del fenómeno Phi, amén del Fiat lux bíblico.

Celebremos, pues, la llegada de La imagen sonora del poeta Javier Mateo Hidalgo que por obra y gracia de su sensibilidad y de la alquimia de su palabra “hará arder —como cantara Octavio Paz— nuestros corazones puros y solos en llamas, en otoños incendiados” como el que ha dado paso a este invierno caliente que nos asola.

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