mayo de 2024 - VIII Año

‘La sed de hielo’, de Begoña Cabezas

La sed de hielo
Begoña Cabezas
Editorial Talón de Aquiles, 2024

El universo de Begoña Cabezas en La sed de hielo

Begoña Cabezas es profesora, licenciada en Filología y poeta, acaba de estrenarse en el mundo de la poesía con el libro La sed de hielo que ha editado Talón de Aquiles.

Y en este comienzo de una carrera literaria uno se asombra ante la belleza del verso, de un mundo interior que expresa su luz y su sombra, convirtiendo el acto de la creación en un paisaje emocional. Cartografía de palabras, tiempo que evoca, miradas que se convierten en lenguaje y que la poeta reivindica, porque, como dice en un poema, no nos miramos como antes.

Del paso del tiempo habla el poema “Niña” cuando dice:

“Quiero hablarte de recuerdos: / de los patines que sonaban como tranvías, mañana y tarde / de las costras que gobernaban las rodillas, / de la familia que tuve cerca / y se marchó como las horas”.

Y es la soledad de la niña que busca en la lectura el paisaje de su vida donde se ancla este libro, donde los juegos son “Rastrillo y pala / el pan de la infancia”.

Y la reivindicación del saber mirar, del tener tiempo para admirar el mundo, la Naturaleza que nos rodea, para encontrar en el cielo o el mar que reina en su océano la luz del mundo. En “Camina la historia”, Begoña sabe que esa prisa de la vida nos excluye de ese mirar a la belleza del mundo, ese ocio contemplativo, como diría Juan Gil-Albert, que nos salva de la rutina del mundo:

“Vivimos con la prisa del verdugo / y olvidamos la verdad del maíz / entre verbos vacíos”.

Palabras que ya no significan nada, palabras usadas como esa ausencia de miradas de un mundo que debemos reconquistar con la belleza de la poesía y con la hermosura de la Naturaleza. Se pregunta la poeta: “¿Dios no está en el cielo?”. Y dudamos ante un mundo donde reina la injusticia, cómo admitir tanta injusticia entre la belleza del cielo, en el azul que resplandece.

Y el descubrimiento de la literatura en la niñez, porque hay mucha confesión en el libro, de una poeta que empezó a leer muy pronto y a escribir poemas. Solo ante la soledad del cuarto vacío uno puede encontrar la raíz del lenguaje, su significado. Como miraba Francisco Brines ese balcón que daba al exterior desde el interior de una casa vacía, donde un anciano quiere ser joven y recobrar la niñez en su primer libro, Las brasas. En el poema “Próxima parada: adolescencia”, que es el descubrimiento de la lectura: “el viaje es hacia dentro”, nos dice:

“El viaje es hacia dentro. / Le gusta leer en voz alta / y lo hace / hasta que se le seca la garganta. / La infancia pesa”.

Y es la infancia el edén donde la niña crece, se mira en el espejo, y sabe ya que la lectura es la vida. Quién lee vive más, nos dijo Javier Lostalé en un estupendo libro y esa niña sabe que la lectura es compañera, es viaje, es parada, es el lugar de salida y llegada, lo es todo en la existencia.

Y la importancia de la casa, como ese espacio donde Luis Rosales hablaba con los muertos en La casa encendida, casa que es el lugar donde los silencios nacen y uno sabe que se recoge el tiempo. En “Casa mojada”, Begoña dice:

“Quise que la lluvia / no tocara nuestra casa / y su esqueleto entró por las grietas de las paredes, / por los baldosines rotos, / por las tejas del tejado”.

Esa casa herida, donde hubo abandono, pero también aliento y ganas de seguir y de luchar, espacio donde la niña creció y recompuso el puzle del tiempo. Y, de nuevo, un tema esencial en el libro: el lenguaje. Escribir se convierte entonces en refugio, en lugar donde uno encuentra su olimpo, su hábitat, para no naufragar ante los envites de la vida. Por ello, nos dice en “Palabras”:

“Escribir palabras para emborracharse de nieve, / para combatir el dolor que deja en la vida / los que ya no están vivos”.

Y las palabras son “refugio”, porque crecen en nosotros y nos salvan y nos hacen hablar con los que no están, con los que no nos abrazaron o con aquellos que nos amaron poco.

Y el amor en el poema “Tiempo”, porque en el momento de amar a otra persona todo es eterno, nos volvemos inmortales, cito el bello final de este hermoso poema:

“Y, sin embargo, / dos cuerpos que se aman, / como presentes extendidos, / le desafían, recordando / que el agua no calla / al borde del camino”.

Desafiar al tiempo, hacer que el amor eternice la vida, en ese instante en que sentimos al otro y nos pertenece para siempre.

Y, como colofón, a esta reseña sobre un libro que abre ventanas y que expresa la sinceridad de una poeta que ha sabido encontrar en el lenguaje el espacio para crecer, me gusta el poema “Metro”, porque el viaje es también una travesía, donde podemos mirar los seres que viven su rutina, ese silencio en que van caminando pensamientos cotidianos, mientras miran la pantalla del móvil:

“Los ojos ya no miran como antes; / se encogen como la ropa mojada, / se vuelven caminos de barro, / miradas de cuneta”.

El libro es también una reivindicación a la mirada, a esa que la niña contemplaba el rostro en el espejo, al de los ojos del amado, al de las páginas de nieve, blancas, de un libro. Y todo ello converge en la escritura, en el lenguaje, donde la niña que vivió soledades ha creado un mundo y en ese quiere quedarse.

La sed de hielo es un libro hermoso, que transita por el recuerdo, por la necesidad de recuperar lo que somos, nos abre un paisaje de ventanas, donde podemos ver un paisaje, un mar con olas, la vida entera. Un comienzo para una poeta que tiene voz propia: Begoña Cabezas. En este libro leemos la cartografía de emociones de una niña que ya ha pasado por el tiempo y ha vencido las sombras y nos regala su luz.

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