octubre 2022 - VI Año

LETRAS

El Evangelio según Marx: Saramago vs. Pasolini

Este año coinciden dos centenarios: el del nacimiento del portugués José Saramago y el del italiano Pier Paolo Pasolini. Sorprende que ante tal conjunción “casual” de astros en aquel ya lejano 1922, que según el calendario gregoriano comenzó en domingo y en el que Mussolini iniciara su marcha sobre Roma y  James Joyce publica el Ulises, pocos hayan reparado en que los dos escritores, también afines en el credo marxista y en su beligerante ateísmo, asimismo «se pusieran de acuerdo» en escribir sendos Evangelios “alternativos” como respuesta personal a la implacable ortodoxia católica. ¡Plutarco se estará revolviendo en su tumba!

Y sobre todo porque los dos también tenían vidas paralelas a cuenta de su condición de poetas, sin la cual no pueden entenderse sus respectivas obras, como defiende brillantemente Antonio Daganzo a propósito del autor luso en su magnífico ensayo ‘Camino de palabras voy abriendo’: La poesía de José Saramago, publicado en esta misma revista.

El respetuoso acercamiento que los dos hacen a la figura de Cristo nos permite albergar  la certidumbre de que con gusto ambos suscribirían las opiniones del alemán Ernst Bloch que en su obra fundamental, ‘El Principio de la Esperanza’, hacía declaraciones de este jaez: «Ubi Lenin, ibi Jerusalén» (Donde está Lenin, allí está Jerusalén) y «el cumplimiento bolchevique del comunismo es parte de la vieja lucha por Dios.» No deja de resultar llamativa la fascinación que ha ejercido siempre el abismo insondable de la figura de Cristo en los pensadores ateos como pone en evidencia la obra contumaz del dionisíaco Nietzsche.

Pero si el Evangelio según Pier Paolo (1964) acabó saldándose con el beneplácito de la Curia del Vaticano y el aplauso de L’Osservatore Romano, el Evangelio según José (1989) consiguió, sin embargo,  el efecto contrario por parte de la derechona de su país y del “Santo Oficio” papal, lo que le valió al bueno de Saramago el autoexilio en la vecina España, acusado de sacrilegio contra los dogmas de la fe.

Este Evangelio según Saramago, en cierto modo, podría vincularse con los Evangelios Apócrifos como el Evangelio de Judas, texto gnóstico atribuido a Judas Iscariote, a pesar de que el relato de aquel reescribe las andanzas de Jesús, apoyándose en los episodios que aparecen en los Evangelios canónicos.

Veamos porqué cada uno de estos “evangelios marxistas” han corrido tan distinta suerte, a pesar de que los dos apelan estrictamente a la naturaleza humana de Jesús, cosa que ya desde los primeros siglos del cristianismo venía dando tremendos quebraderos de cabeza a la Iglesia con movimientos como el de los ebonitas y  el del adopcionismo que fueron aplastados respectivamente por los Concilios de Antioquía y de Constantinopla, sin contar con la posterior herejía arriana, que el Concilio de Nicea se aprestó a pulverizar con dureza.

De hecho, el “escandaloso” Evangelio de Saramago ¿no llevó a cabo, casi 25 años después, lo que algunos secretamente habían esperado del incendiario Pasolini?

Porque la elección de Mateo por Pasolini no es baladí. Harold Bloom en su libro ‘Jesús y Yahvé’ acusa la falta de coherencia en torno a la figura de Jesús que existe en los cuatro evangelios canónicos (Bloom también hace referencia al evangelio apócrifo de Tomás) contando hasta siete versiones literarias diferentes de personaje tan proteico según las presenten Pablo, Marcos, Mateo, Lucas y los Hechos, Santiago, Juan y el Apocalipsis. Bajo mi caprichoso punto de vista es imposible no ver en ellas una florida panoplia de heterónimos al más puro estilo made in Pessoa, con Yahvé en el centro como arrogante demiurgo.

Y si Pasolini se remite al relato bíblico de Mateo será porque es el más terrenal de los cuatro evangelistas (como no podía ser de otro modo). Saramago por el contrario tendrá la osadía de invocar al mismo Jesucristo, en el encabezamiento de su novela, para endilgarle “la autoría del texto”, en un ejercicio de arrogancia sin precedentes. Y eso precisamente es lo que le hubiera gustado a Pasolini desde aquel día que, leyendo el Nuevo Testamento por primera vez, supo que Cristo había escrito “algo” con un palo en la arena de la playa y sus apóstoles ¡no recogieron sus palabras! Esto es lo que más le impresionó: aquellas se perdieron irremisiblemente bajo el batiente oleaje de las aguas.

Los diálogos del guión del relato fílmico, escrito por el propio Pasolini, se apoyaba directamente en uno de los evangelios sinópticos, el de san Mateo como ya queda dicho y como afirmaba sin ambages el propio cartel de la película, lo que le otorga de entrada un convincente marchamo de legitimidad como para acallar las presumibles voces airadas de los censores.

El aura de morbo que en su momento rodeara al film, que está dedicado a la memoria del papa Juan XXIII, venía del hecho de que Pasolini, declarado comunista, confeso ateo e indisimulado homosexual, había filmado dos años antes un conflictivo cortometraje titulado ‘La ricotta’, que se distribuyó bajo la etiqueta de ‘Rogopag’ en uno de aquellos largometrajes de episodios que fueron tan populares en la época. El de Pasolini se puede ver en cierto modo como un adelanto de su Evangelio en sus reflexiones sobre el cristianismo desde un enfoque marxista. En clave de parodia extravagante hacía una metáfora sobre la sociedad de clases, combinando la fotografía en un blanco y  negro costumbrista y en un color delirante — para las secuencias de la bajada de Jesús de la cruz — que evoca el manierismo pictórico y la iconografía religiosa de los cuadros renacentistas de Pontormo. La dicotomía cromática iba más allá de lo estético para disociar lo profano de lo sagrado. Aunque al comienzo, Pasolini afirma que el acontecimiento narrado, la Pasión, es el acontecimiento más grande jamás ocurrido, será acusado de desacato a la religión del Estado que se saldará con la censura de algunas escenas de la película y con una condena de cuatro meses que le será conmutada por una multa.

Naturalmente, cuando filma el Evangelio la polémica está servida. No obstante y a pesar de que el director italiano atesoraba todos los factores de riesgo en su contra,  el resultado final despistó a propios y extraños, y defraudó a rebeldes sin causa y a alborotadores impenitentes. El realizador había sido un niño con preocupaciones religiosas y dudas terribles y esto le había atormentado desde entonces. Además la sentida religiosidad que había heredado de su madre, Susanna, que aparece en una de las escenas encarnando a la Virgen María anciana, dejará una impronta decisiva en la película. Pasolini había conseguido la cuadratura del círculo: su visión personal ideologizada no había comprometido los preceptos de la fe y finalmente, su relato había acabado por parecer “casi” convencional.

Años más tarde, el italiano se sacaría la espina con su escatológica ‘Saló o los 120 días de Sodoma’. ¡Pero ya era tarde! Con un estilo visual complejo, pero aparentemente simple y sobrio, en su Evangelio hace una suerte de “documental” neorrealista de bajo presupuesto que rompe los clichés estéticos que durante décadas había acuñado el cine,  oponiéndose a los excesos y al oropel de los péplums rutilantes a los que nos tenía acostumbrados la Fábrica de Sueños de los grandes estudios hollywoodenses, a mayor gloria del Star System.

Pero si arrumba estos convencionalismos icónicos no va a renunciar a las evocaciones de los modelos pictóricos de Piero della Francesca, que complementan ese tono “poveretto” con el uso de actores no profesionales repletos de autenticidad interpretativa,  fotografiados en un adusto blanco y negro por el gran Tonino Delli Colli sobre el mortuorio telón de fondo de unos ásperos paisajes del sur de Italia  que subraya exquisitamente con apuntes musicales del argentino Luis Bacalov a los que suma la música de Mozart, Prokofiev, Bach y espirituales negros.

Su intencionalidad política no logrará escandalizar como muchos años después ocurrirá con ‘La última tentación de Cristo’ (1988) de Martin Scorsese y  Kazanzakis.

Pero para que dé saltos de alegría la Congregación vaticana para la Doctrina hay que esperar al año 2004.  No es extraño que la fascistoide versión de Mel Gibson, en plena Era George W. Bush,  hiciera las delicias de este remozado Santo Tribunal que la  jaleó con pueril fervor ecuménico con aquello de que  «la ‘Pasión de Cristo’ ofrece una producción de sensibilidad artística y religiosa exquisita».

Por el medio quedaba  la también controvertida  ‘Jesucristo Superstar’ (1973) de Norman Jewison, sobre la ópera rock de Tim Rice y Andrew Lloyd Weber, con un Judas hippy, resentido y existencialista y otro Jesús también humano, dominado por sus propios miedos y sus debilidades. Y, cómo no,  la jocosa ‘La vida de Brian’ (1979) de los  gamberros Monty Python que también levantó alguna que otra ampolla sacramental.

El acercamiento de Pasolini a Jesús se produce desde un enfoque lírico y  desmitificador, con pretensiones de penetración filosófica, que conecta las creencias neotestamentarias con los idearios marxistas afines. A fin de cuentas, el llamado «socialismo utópico» se había inspirado en ideales cristianos. Las motivaciones éticas y humanistas de Jesús y de Marx no eran tan diferentes en la práctica, como pensaba el poeta transalpino.

En el relato  de ‘El Evangelio según Jesucristo’, por el contrario, la historia que Saramago nos cuenta es una historia alternativa a la vida de Jesús que hace recaer el protagonismo en María Magdalena, dejando a Jesús como personaje secundario, pese a lo que nos promete el equívoco título del libro. Una vez más el escritor concede a otro de sus personajes femeninos la supremacía como hace con frecuencia en sus obras, desde la Blimunda de ‘Memorial del convento’ a la anónima mujer del médico de ‘Ensayo sobre la ceguera’, en contraposición a los personajes masculinos, más débiles y acomplejados que contagia del gris funcionarial pessoano, ahíto de hastío/aburrimiento y angustia.

Saramago nos presenta a un Jesús “humano, demasiado humano” y a un Dios que le da la réplica aconsejándolo y recriminándole y que como pensaba Harold Bloom es aún más terrenal que este en una identificación absolutamente imposible de todo punto, como pretende el dogma. Un Dios veleidoso y guerrero, no puede devenir en un dios sufriente —la imagen es la de un dios que se suicida—. Un Dios bélico y arrogante no podría asumir la muerte voluntaria así sin más.

El Jesús que nos propone Saramago no se considera jamás el Mesías, ni proclama su divinidad ni  tiene intención alguna de crear una iglesia. Ya sabemos que llegó después Pablo de Tarso, que se había dado un oportuno golpe en la cabeza durante una de sus correrías, y, tres siglos más tarde, el emperador Constantino con un invento diabólico… Lo demás es historia.

Y es que, en términos marxistas, el premio Nobel defendía la existencia de una superestructura, que comprendiendo las estructuras ideológicas y jurídico-política, va a funcionar como herramienta de dominación del cándido personaje de Jesús  que así las cosas no tendrá más remedio que acatar ese  sacrificio impuesto por la divinidad “social” y que para colmo de males también se verá colonizado por ella, introyectándola; al extremo de aceptar sin rechistar el insensato papel de víctima propiciatoria. Pero no nos equivoquemos: este Jesús humano que no es Dios ni tiene la más mínima pretensión de serlo es el mismo de Pasolini, al margen de que este concluyera su film con la resurrección, coda escuetamente resuelta por cierto, que por exigencias del guión se hacía inevitable.

Y, ¿qué había cambiado en la Iglesia en ese lapso de algo más de dos décadas que media entre los dos Evangelios? Sencillamente que el aperturista espíritu del Concilio Vaticano II, que habían alentado gentes del talante de un Romano Guardi, ha muerto a manos de la corriente arcaizante y retrógrada del anticomunista furibundo Wojtyla y del garante de la fe Ratzinger y cuando escribe Saramago ya no está el horno para bollos tan delicados, como en la época de Pasolini: el horno vuelve a tener un tufo a chamusquina inquisitorial que tira para atrás. “Algo huele a podrido en Dinamarca”.

El portugués pensaba que al «cinismo» del papa Benedicto XVI y a la «insolencia reaccionaria» de la Iglesia católica hay que responderle con la «insolencia de la inteligencia viva, del buen sentido, de la palabra responsable». El puente que Juan XXIII había tendido a los intelectuales de toda laya había saltado por los aires, bajo las cargas de profundidad de nitroglicerina que los fanáticos han colocado en sus pilares, como prueban fehacientemente tanto la deflagración institucional de la Teología de la Liberación como el bochornoso sainete que anatemiza post mortem al lúcido Saramago. Tal inquina más allá de los límites de la  vida supera con creces las inflexibles vendettas de la Cosa Nostra para adentrarse de lleno en el ámbito de las psicopatologías descritas en el DSM-V. ¡Pajaritos y pajarracos! Saramago podría hacer suyas perfectamente las palabras de Nietzsche en su Zaratustra sin cambiar ni una coma: «Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que no viva aún ninguno de ellos. (…) ¿Acaso tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta atención? Lo que a mí me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen póstumos».

Afortunadamente, siempre nos quedará la audaz acrobacia tautológica de  la bienaventuranza: “Felices los felices” de los borgianos ‘Fragmentos de un evangelio apócrifo’. O dicho en román paladino: “¡Que con su pan (ácimo) se lo coman!”

Y es que el Jesucristo del de Azinhaga, es radicalmente inaceptable para la Iglesia católica, al contrario que el de Kazanzakis, a pesar de la excomunión impuesta a este por la Iglesia ortodoxa, porque aquella no entendió que su Evangelio no niega lo divino, la religiosidad latente en el corazón de cada hombre, sino que lo que hace es interrogarlo, cuestionarlo, acusarlo. A diferencia de Pasolini, a Saramago no le quedará más remedio que firmar y afirmar las palabras de Étienne Cabet: «El comunismo es el cristianismo puro, antes de que fuera dañado por el catolicismo».

El Jesús de ‘La última tentación de Cristo’ en el momento supremo, clavado en la cruz, toma conciencia plena de su divinidad, es el hijo de Dios, sin arrebatos místicos ni paranoias napoleónicas.

Pero puestos a encontrar un film emparentado con ‘El evangelio según Jesucristo’ desde el enfoque estrictamente narrativo no debemos acudir a Pasolini. Tenemos que recordar,  ¡pásmense ustedes!, el inofensivo y grandilocuente ‘El beso de Judas’ (1954) de Rafael Gil  que pese a su doctrinaria adscripción al cine de estampita del nacionalcatolicismo de la rancia España de la época, tiene el memorable logro de contarnos la historia a través de otros ojos diferentes, en él los del discípulo que traicionó a Cristo, magistralmente interpretado por Rafael Rivelles, como en la novela del portugués serán los ojos de María Magdalena. Aunque es necesario hacer algunas precisiones al respecto: Sin tomar en consideración el antagonismo ideológico de los dos realizadores, ambos comparten algunos elementos curiosos: el italiano encarna al protagonista en Enrique Irazoqui, actor español amateur, como antes había hecho Gil con su Jesús, y además los dos le sacarán un buen partido a los planos de espaldas de estos actores con evidente elocuencia.  Estas perspectivas no eran nuevas en rigor. Y es que la cosa venía de lejos…

Tintoretto en ‘El lavatorio’ del Museo de El Prado ya había hecho lo propio desplazando la figura de Cristo al extremo derecho de la tela y cediendo el privilegiado centro de la composición, nada más y nada menos que a… ¡un perro! Y no a un perro cualquiera: un perro satisfecho que no ronda la mesa en busca de los mendrugos de  pan que luego van a ser consagrados… ¡Qué sutilezas las del veneciano!

Y en cuanto a la naturaleza exclusivamente humana de Jesús,  a mediados del siglo XIX, Ernest Renan, la bestia negra, ya la había liado parda al publicar su ‘Vida de Jesús’, donde cualquier referencia a la divinidad del interfecto era ignorada abiertamente. Los extremos se tocan, puesto que como curiosamente el mismo Saramago afirmará: «A la Iglesia le importa poco el destino de las almas; busca el control de los cuerpos».

Sabedor de todo esto, cuando este escriba la novela será consciente de que se está metiendo en un jardín de dimensiones colosales. De un lado, por lo ya escrito más arriba y de otro porque si hay alguien en el relato bíblico que ha sido piedra de escándalo en la tradición no ha sido otro que el personaje de María de Magdala y el escritor para colmo le otorga un magisterio sobre Jesús, desde una sabiduría y una honestidad ejemplares, que chocará con el criterio de los rancios jerarcas de la Doctrina que no solo se conformarán con rasgarse las vestiduras y jurar en arameo.

Asimismo, la novela plantea un inteligente paralelismo intergeneracional entre la sumisión de María la madre de Jesús y la libertad de Magdalena. María fue para este  una madre ocasional, hasta el punto de que no sabemos nada de ella aparte de que pensaba que su hijo estaba «fuera de sí» (lo dice Marcos, 3:21). El encuentro entre ambas, unidas por el amor al mismo hombre,  está marcado por una sana complicidad. El decidido acento en el aspecto femenino, tan ninguneado por las instancias eclesiásticas, seguido por el hecho de que la  concepción de Jesús fuera consecuencia de un despiste  de José y el subsiguiente amancebamiento de Cristo con la Magdalena, amén de las continuas agarradas entre este y Dios justifican de sobra el cabreo de aúpa de los diferentes sectores conservadores que no estaban dispuestos a  tolerar semejante trágala.

Recordemos que la Magdalena ha revestido una especial importancia para las corrientes gnósticas del cristianismo. En dos de los textos coptos encontrados en Nag Hammadi, el ‘Evangelio de Tomás’ y el ‘Evangelio de Felipe’,  aparece mencionada como discípula cercana a Jesús, en una relación de igualdad con los apóstoles. Además en este último se la llega a considerar su compañera. Sin embargo, no será hasta 1969, cuando el papa Pablo VI le levante el baldón de culpable retirando del calendario litúrgico el apelativo de “penitente” que tradicionalmente se le endosaba y además, desde esa fecha deja de leerse durante su celebración el ‘Evangelio de Lucas’ sobre la mujer pecadora. A partir de aquel momento, la Iglesia católica la ha dejado de denigrar como a una prostituta arrepentida aun cuando para muchos de sus fieles sigue arrastrando ese estigma.

Lo que de ningún modo pueden aceptar las autoridades eclesiásticas es la relación carnal de la Magdalena con Cristo como se podría desprender de algunos pasajes del ‘Evangelio apócrifo  de María Magdalena’ y como han aireado numerosos libros de ficción como el best seller  ‘El código Da Vinci’ (2003) de Dan Brown, que incluso hablan de  una hipotética descendencia fruto de la unión entre ambos que es conectada con la dinastía merovingia francesa.

Y si esto ya pasa de castaño oscuro, la referencia a que Jesús, como desliza Saramago, sea un hijo adúltero de María en un descuido de su esposo, es absolutamente intolerable y blasfema.

Cierto que el escritor no inventa nada por su cuenta y riesgo: esta versión de la historia la puso en marcha ya en el siglo II el filósofo griego Celso que escribió que el padre de Jesús era un soldado romano llamado Pantera y la dio a conocer Orígenes, al tratar de refutarla: “Volvamos, sin embargo, a las palabras puestas en la boca del judío, donde se describe que «la madre de Jesús» fue «expulsada por el carpintero que estaba comprometido con ella, ya que había sido condenada por adulterio y tenía un niño de cierto soldado llamado Pantera»”. Idea que también fue hábilmente retomada por el escritor Ramón Hernández, destacado miembro de nuestra «generación de postguerra», en su novela ‘Golgothá’ (Seix Barral, Barcelona 1989) publicada tan solo dos años antes que el Evangelio de Saramago.

“Los Jesuses” de Saramago y  de Pasolini, ambos con vagos conocimientos teológicos,  adoptarán dócil e irremediablemente el incierto papel que representará el joven estudiante de medicina Baltasar Espinosa del ‘Evangelio según Marcos» de Borges cuando entienda que los Gutres lo van a crucificar.

Concluyamos asunto tan espinoso, trayendo aquí a Bertrand Russell que pensaba que el problema de la filosofía es un problema semántico, si tratamos de “desfacer” semejante entuerto y apelaremos, pues, al iluminador mundo de la etimología con el insano afán narcotizador de serenarnos, para entender qué diablos significa la palabra “Evangelio”. Puesto que como nos ilustra la RAE, este deriva del término  griego  “evangelion” que está compuesto a su vez por los términos “ev” (bien) y “angelos” (mensajero; enviado, nuncio; ángel, o sea el que anuncia una buena nueva)  debemos reconocer por consiguiente, que tanto Pasolini como Saramago estuvieron desafortunados en la elección del dichoso vocablo si lo que pretendían era obviar o minimizar la buena nueva divina.

La pregunta que queda en el aire es la siguiente: ¿Cómo habría caído el funcional y socorrido título, para cada uno de sus respectivos relatos, de ‘Vida de Jesús’ a secas que a Renan le dio tan malos resultados?

¡La duda ofende! Y el beneficio de la misma también.

Eugenio Rivera

Escritor, ilustrador, crítico de cine y arte. Su último libro publicado es 'Memorias del derrumbe' (Ed. Vitruvio).

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Sufriente, prometeico, iconoclasta y quijotesco

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Leopoldo María Panero, el traductor de la locura

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Poesía y dignidad

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Buenos libros malos

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Confesiones de un crítico de libros

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En torno a ‘Sombra de Luna’ de Francisco Álvarez ‘Koki’

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Alda Merini, vivir al borde de la sombra

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Literatura de cordel

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Demian. Herman Hesse

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Hilario Martínez Nebreda, el poeta silencioso

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La literatura y sus soportes (I)

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La literatura y sus soportes (y II)

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La Escuela Nueva y el centenario de Ruskin

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Don Quijote y el mar

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Elizabeth Barrett Browning, una poeta victoriana

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Por qué escribo

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Ángel González: la ácida ironía de un poeta

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Carmen Posadas y su feria de las vanidades

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El caso Miguel Hernández

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Quevedo en sociedad y III.- Obra y vinculación cívica

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Quevedo en sociedad II.- La crítica como ‘función’ social

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Quevedo en sociedad I.- El hombre, la sociedad

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VII Certamen de Novela Histórica de Úbeda

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Antología poética. Alfonsina Storni

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Ángel González: palabra sobre palabra

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Galdós y el melodrama

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IV encuentro de Poesia a Sul

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Feminismos: la mujer sobre la letra

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El Hidalgo: literatura y pobreza

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (y II)

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‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (I)

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El nazismo para Antonio Ramos Oliveira en 1930

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Ana Caro Mallén: una esclava en los corrales de comedias del siglo XVII

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José Rodrigues Miguéis, casi olvidado

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Tristeza que es amor. Alusión a Don Quijote

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George Sand: ‘Un invierno en Mallorca’

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (y II)

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (I)

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Imagen de José Ángel Valente

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Valente, sin aditivos

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Valente: Qué la palabra sea solo verdad

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José Ángel Valente, en ‘el borde de la luz’

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John Berger: ‘Un hombre afortunado’

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Los desafíos de Lou Andreas-Salomé

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La primavera y su sombra

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El Conde de Montecristo, historia de una venganza

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Luis Martín-Santos y James Joyce

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Los cimientos culturales del abolicionismo: Harriet Beecher Stowe

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Pinceladas sobre Agatha Christie

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (y II)

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

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Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

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El eterno romanticismo

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Qué es ser agnóstico

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Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

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El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

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El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

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La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación